viernes, 12 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 11 ) RECAPITULANDO



Para sintetizar al máximo el pensamiento de Sócrates, os presentamos a continuación tres temas socráticos:

La MAYÉUTICA.

EL UNIVERSAL

EL DAIMON.

1.- LA MAYEUTICA:

Cuando Sócrates dice "sé que no sé", no niega la existencia de la verdad (como habían hecho los sofistas), sino que invita a su búsqueda.

Es como si dijera: “la verdad existe, aunque yo no la conozco”; pero, como no puedo creer que uno que la ha conocido no la tome en consideración, pienso que es indispensable alcanzar el "conocimiento".
Sólo así, en efecto, podremos saber con seguridad de qué parte está el Bien.

Procuremos ahora describir la mente humana como debió de habérsela imaginado Sócrates: en el medio, un enorme montón de maleza y debajo de él, bien escondida, la verdad, es decir la justa valoración de los comportamientos, el "sentido de las cosas".

¿Qué hacer, se pregunta Sócrates, para llegar al conocimiento?
Ante todo, liberarse de la maleza y después extraer la verdad.

Para la primera fase, que podríamos llamar operación "limpieza" o "pars destruens" para los amantes del latín, Sócrates se vale de la “IRONÍA”.

Nadie supera la maestría de Sócrates en este arte.

Manifestando la más absoluta ignorancia y candidez, finge siempre querer aprender de su interlocutor: le solicita continuas precisiones y por fin lo pone frente a sus propias contradicciones.
La maleza de la que hablábamos antes es, efectivamente, el conjunto de los prejuicios, de los falsos ideales y de las supersticiones que ocupan nuestra mente.

Una vez liberado el campo de estas escorias, es preciso sacar a la luz el verdadero conocimiento y es aquí donde interviene la segunda parte de su método, la “MAYÉUTICA”.

Sócrates, en el Teeteto, acordándose de su madre, nos da una descripción: "Mi trabajo de partero se asemeja en todo al de las comadronas, sólo que ellas actúan sobre las mujeres y yo sobre los hombres, ellas sobre los cuerpos y yo sobre las almas".

Sócrates no se presenta como depositario de una "verdad suya"; a lo sumo ayuda a los otros a buscarla en sí mismos, "ya que -dice él- soy estéril de sabiduría, y por eso el dios (Apolo) me obligó a ejercer de partero, prohibiéndome al mismo tiempo engendrar".

Resulta claro que, para ejercer la MAYÉUTICA, Sócrates necesita el diálogo, es decir improvisar su discurso según los estímulos que le ofrece su interlocutor.
Ningún escrito -dice él-, podría tener una eficacia comparable, incluso porque "no sabiendo nada, ¿qué habría podido escribir?"

Sócrates, por otra parte, desconfiaba absolutamente de la escritura, como resulta de la fábula que Platón le hace narrar en el Fedro.

¿Puede concluirse que Sócrates, como Jesús de Nazaret, no sabía leer ni escribir?

El hecho de que Diógenes Laercio diga que escribió una fábula del tipo de las de Esopo no significa absolutamente nada: podría haberla dictado a un escriba.

A quien objeta que un hombre inteligente como Sócrates no podía no haber aprendido a escribir, le respondo que aún hoy hay millones de personas inteligentísimas que no han aprendido todavía a usar la computadora, pese a que no se requiere más de una semana para ponerse al corriente del proceso de textos.

La verdad es que por aquellos tiempos eran muy pocos los que sabían leer y escribir: Plutarco cuenta que un ateniense, siendo analfabeto, para grabar el nombre de Arístides en los óstraka, se dirigió precisamente a él.

A la pregunta de Arístides sobre si conocía al hombre al que quería mandar al exilio, el ciudadano respondió que no lo conocía, pero que ya estaba harto de oír decir a todos que era un hombre justo; ante lo cual Arístides escribió su nombre en las listas y no agregó nada más.

2.- LO UNIVERSAL:

En los diálogos platónicos, Sócrates acostumbra solicitar a sus interlocutores la definición de un valor moral, y por regla general ellos responden citando un ejemplo particular.

Ante esto, Sócrates se muestra insatisfecho e insiste para obtener una definición más Universal.

3.- EL DAIMON.

Por lo que al DÁIMON se refiere existen múltiples relatos acerca del famoso Daimon de Sócrates.
Uno de ellos se encuentra en un escrito de Plutarco que lleva justamente el título de “El daimon de Sócrates”.

¿Cuál os parece la verdadera naturaleza del daimon de Sócrates?

En la antigüedad se decía que se trataba de un simple estornudo: según algunos, cuando Sócrates sentía que un estornudo provenía de la derecha o de la izquierda, de adelante o de atrás, tomaba una u otra decisión.
Por lo que hace a los estornudos mismos, todo dependía de cuándo le venían las ganas, si en movimiento o en estado de reposo: en el primer caso se detenía, y en el segundo proseguía en lo que estaba por hacer.
Esto es lo que dicen los testimonios, aunque, en verdad, no creo en absoluto que un hombre como Sócrates pudiera haberse dejado guiar por semejantes tonterías.

Aparte de las habladurías, lo que si es cierto es que el mismo Sócrates, durante el proceso, declara poseer un DAIMON que lo aconsejaba en los momentos difíciles.

"Es como una voz que tengo en mi interior desde niño, y que, cada vez que se deja oír, lo hace siempre para disuadirme de hacer algo, nunca para hacerme actuar.
En particular, me desaconseja que me ocupe de política".

Las interpretaciones del DAIMON son innumerables: pasan del espíritu guía al ángel de la guarda, a la conciencia crítica, al sexto sentido, a la intuición, etcétera….

¿Pudiera ser que sólo fuera y se tratara de una broma de Sócrates, que éste había querido reservar para no verse obligado a tener que explicar cada una de sus decisiones?

(Luciano Crescenzo. Historia de la filosofía Griega. Segunda parte. Págs.7-45)

jueves, 11 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 10 ) RECREACIÓN DEL PROCESO Y CONDENA (Según Di Crescenzo) ( E )


-El carcelero, Sócrates, te recomienda hablar lo menos posible. Afirma que, si te acaloras demasiado, el veneno no hará mucho efecto en tu cuerpo y se verá forzado a hacerte beber la poción dos o acaso hasta tres veces.
-Entonces dile que prepare dos o tres porciones, pero ahora, por favor, que nos deje hablar. Tras lo cual se vuelve a los discípulos y vuelve a discutir sobre el alma.
-Sólo los malvados pueden desear que después de la muerte no haya nada, y es lógico que piensen así, porque es lo que les interesa. Yo, en cambio, estoy seguro de que vagarán angustiados por el Tártaro y que sólo quien ha transcurrido la vida de modo honesto y con templanza será admitido a ver la Verdadera Tierra.
-¿Qué quieres decir, Sócrates, con la expresión "Verdadera Tierra"? -pregunta Simias, un tanto perplejo.
-Estoy persuadido -responde Sócrates- de que la Tierra es esférica. No tiene necesidad de apoyo para permanecer donde está, porque, encontrándose en el centro del Universo, no tendría dónde caer. Además, estoy convencido de que es mucho más vasta de lo que parece y que nosotros, conociendo sólo la parte que va del Fasis (ciudad griega ubicada en la Cólquide , actualmente en territorio de Georgia, en la costa este del Mar Negro) a las columnas de Hércules (el límite geográfico situado en el estrecho de Gibraltar y que simbolizaban el fin del mundo conocido. De origen mitológico era para los navegantes del Mediterráneo la frontera a lo desconocido (el océano atlántico) somos como hormigas o ranas que viven alrededor de un pequeño estanque. Los hombres están convencidos de que habitan la parte más elevada de la Tierra, pero en cambio se encuentran en una cavidad de la misma, del mismo modo que quien, viviendo en un abismo marino, confunde la superficie del mar por la cúpula celeste.
-¿Quién dice esto? -pregunta con sensatez Simias.
Sócrates ignora la interrupción y prosigue:
-Inversamente, en la profundidad de la Tierra está ese gran abismo que Homero y muchos otros poetas han denominado Tártaro. Aquí confluyen todos los ríos y de aquí vuelven a fluir todos ellos. De éstos hay que recordar cinco: el río Océano, el Aqueronte, el Aquerusíada, el Piriflegetonte y el Cocito.
¿Crees de veras lo que has dicho, Sócrates? -vuelve a la carga Simias.
-Tal vez no es propio de un hombre sensato creer en ello, pero en compensación procura un gran bienestar interior.

Precisamente en este momento aparece un esclavo en el umbral: tiene en sus manos un recipiente de mármol con la cicuta (una hierba de aspecto similar al perejil y olor fétido, que es una de las plantas más venenosas).

-El destino me llama -dice Sócrates poniéndose en pie.
-¿Tienes alguna orden que darnos? -murmura Critón, intentando ocultar su desesperación-. ¿Cómo quieres que te sepulten?
-Como mejor os parezca, siempre que consigáis atraparme y no me escape de vuestras manos -responde riendo Sócrates-. Pero, a fin de cuentas, mi buen Critón, ¿cómo puedo convencerte de que Sócrates soy sólo yo, el que ahora está conversando contigo, y no ese que dentro de poco verás convertido en cadáver en este camastro?

El tiempo apremia. Se hace entrar para los últimos saludos a Jantipa, Mirto y los tres niños. Sócrates los abraza afectuosamente y después los invita a salir.

Apolodoro no consigue ya retener sus lágrimas. Entra de nuevo el enviado de los Once.

-¡Oh¡ Sócrates -dice el carcelero-, ciertamente no tendré quejas de ti, como me ha ocurrido con otros que, antes de morir, han injuriado a Atenas y me han maldecido con toda su alma. Durante tu reclusión he tenido posibilidad de conocerte y puedo muy bien decir que eres la persona más buena y más bondadosa de todas las que han pasado por este lugar.

Apenas pronunciadas estas palabras, el mozo de los Once estalla en llanto y sale de la celda. Sócrates se encuentra algo incómodo: ya no sabe qué decir; después, para romper el clima de conmoción que se ha creado, se dirige a Critón y lo invita a que haga entrar al esclavo con la cicuta.

-¿Por qué tanta prisa, querido amigo? El sol todavía no se ha puesto -protesta Critón-. Sé de condenados que han esperado el último rayo para beber el de otros que se han decidido a dar el paso extremo sólo después de haber comido hasta saciarse y haber hecho el amor con una mujer elegida para la ocasión.
-Es natural que nos comportemos así, cuando consideramos ventajoso retardar el momento de la muerte -rebate Sócrates-. Pero es natural que yo haga exactamente lo contrario, ya que manifestando un excesivo apego a la vida, resultaría patético y desmentiría en un solo instante todo lo que siempre he predicado.

Entra el hombre con la taza de veneno.
-Buen hombre -dice Sócrates-, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué hay que hacer en tales circunstancias?
-Nada más que beber y caminar arriba y abajo por la habitación -responde el esclavo-. Después, cuando empieces a sentir que las piernas te flaquean, tiéndete en el camastro y verás que la pócima actúa por sí sola.
-¿Crees que con una bebida de tal clase se pueda hacer un brindis a algún dios? -pregunta Sócrates.
-De eso nosotros no nos ocupamos: nos limitamos a moler la dosis suficiente.

Diciendo esto, el esclavo entrega el veneno a Sócrates, quien, sin vacilación alguna, lo apura de un trago.
Un gesto imprevisto, definitivo, que sobrecoge a todos los presentes, incluso a los que hasta ese momento habían conseguido contener las lágrimas.
Critón, desesperado, se levanta y sale de la celda. Apolodoro, que ya antes tenía las mejillas surcadas por el llanto, se pone a sollozar desesperadamente. Fedón llora con el rostro entre las manos.
El pobre Sócrates no sabe qué hacer: va de uno a otro lado, intentando ofrecer algún consuelo a todos. Corre tras Critón y lo hace volver a la celda, acaricia los cabellos de Apolodoro, abraza a Fedón y enjuga las lágrimas de Esquines.

-Pero.... ¿qué es esto? ¿Qué os pasa? -protesta Sócrates, entre un gesto de consuelo y el siguiente.
He hecho salir a Jantipa precisamente para evitar este tipo de escenas que me disgustan: jamás me habría imaginado que os ibais a comportar peor. Sed valientes y conservad la serenidad, amigos, como conviene a los filósofos y a los hombres justos.

Ante estas palabras, los discípulos se sienten algo avergonzados de haberse dejado llevar por sus emociones y Sócrates aprovecha para pasear arriba y abajo por la celda, como le había aconsejado el esclavo. Después de unos minutos, sintiendo las piernas cada vez más pesadas, se tiende en el camastro y espera con calma el fin.
El esclavo le aprieta con fuerza una pierna y le pregunta si advierte la presión de la mano. Sócrates responde que no: el veneno está haciendo su efecto. En estos momentos, también el vientre ha perdido toda sensibilidad.

-Recuerda, Critón, que debemos un gallo a Asclepios (Esculapio, para los romanos), el dios de la medicina) -susurra Sócrates-. Devuélveselo de mi parte, no te olvides.
-Lo haré -lo tranquiliza Critón-. ¿Deseas algo más? ¿Tienes algo más que decirme? Pero Sócrates ya no responde.

Días después, los atenienses se arrepienten de haber condenado a Sócrates: cierran en señal de duelo los gimnasios, los teatros y las palestras, destierran a Anito y Licón y condenan a muerte a Meleto.
La vida de Sócrates fue absolutamente coherente con su pensamiento. De hecho, no hizo más que buscar la verdad en cada persona con la que logró entrar en contacto: rastreó a los hombres como un perro de caza, los detuvo en las esquinas de las calles, los atormentó a preguntas y los obligó a mirar en su interior, en lo más profundo de su espíritu. Con todo el respeto por la estatura moral del filósofo, estoy convencido de que muchos en Atenas deben de haberlo evitado como la peste. Apenas su figura regordeta aparecía bajo la puerta Sagrada, debía de producirse una desbandada general, al grito de “que viene Sócrates, que viene Sócrates”.

Platón, en el Laques , relata que todo aquel a quien Sócrates se aproximaba y comenzaba a hablar con él cualquiera fuese el tema de la conversación, no podía ya marchar sin antes haber dado cuenta de "sí" y Diógenes Laercio agrega que muchas veces "sus interlocutores, para poder librarse de él, la emprendían a golpes de puño y le arrancaban los cabellos".

Con toda probabilidad, de joven había empezado también él a estudiar la naturaleza y las estrellas, tal como acostumbraban hacer todos aquellos que se ocupaban de filosofía; luego, un buen día, advirtió que la física no le importaba en absoluto y concentró entonces toda su atención en el problema del conocimiento y de la ética.

A quien le proponía un viaje con fines instructivos, o tal vez incluso una excursión al campo, le respondía con una sonrisa: "¿Pero qué pueden enseñarme a mí los árboles y el campo, cuando la ciudad pone a mi disposición todos los hombres que quiero y todos ellos tan instructivos?".

miércoles, 10 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 9 ), RECREACIÓN DEL PROCESO Y CONDENA Según Di Crescenzo) ( D )


-¿Por qué has venido tan temprano, mi buen Critón?
-Estoy aquí, Sócrates, para traerte una noticia dolorosa -responde Critón con tono desesperado-. Algunos amigos me han contado que la Nave de Delos acaba de doblar el cabo Sunion. Hoy, o como máximo mañana, tendría que llegar a Atenas.
-¿Y qué tiene de extraño? Antes o después tenía que llegar -replica Sócrates-. Quiere decir que así les ha parecido bien a los dioses.
-No hables de este modo: déjate convencer y salva tu vida. Ya me he puesto de acuerdo con los carceleros: ni siquiera me piden mucho dinero para dejarte huir. Y, de todos modos, se han ofrecido a financiar tu fuga también Simias de Tebas, Cebes y muchos otros. Por favor, que el día de mañana nadie pueda decir: "Critón, por no gastar su dinero, no ayudó a Sócrates a huir".
-Estoy listo para emprender la fuga: pero primero quisiera que decidiéramos juntos si es justo que intente salir de la cárcel contra la voluntad de los atenienses. Pues si es justo, lo haremos, y si es injusto, nos abstendremos de hacerlo.
-Dices bien, Sócrates.
-¿No crees, Critón, que en la vida no debemos cometer injusticia por ninguna razón?
-Por ninguna.
-¿Ni siquiera si antes se ha cometido injusticia?
-Ni siquiera en este caso.
-Y supongamos que justamente en el momento en que estuviera por escapar, nos salieran al encuentro las Leyes y nos preguntaran: "Dinos, Sócrates, ¿qué intentas hacer? ¿No meditas acaso destruirnos, a nosotras, que somos las Leyes, y con nosotras a toda la ciudad?" En ese caso, ¿qué podríamos responder a estas y otras palabras semejantes? ¿Responderíamos tal vez que antes de la fuga nos fue infligida una condena injusta?
-Claro, responderíamos eso.
-¿Y si las Leyes me dijeran: "Entérate, Sócrates, de que es necesario obedecer a todas las sentencias, sean éstas justas o injustas, ya que toda la existencia del hombre está regulada por las Leyes. ¿No fuimos acaso nosotras quienes te dimos la vida? ¿Y no ha sido gracias a nosotras que tu padre se casó con tu madre y te engendró? ¿Y no fuimos también nosotras quienes te enseñamos a respetar a la patria y a no retroceder ante el enemigo? Si éstas fueran las preguntas, ¿qué podríamos responder: que dicen la verdad o que son falsas?
-Que dicen la verdad.
-Y pese a eso, tú querrías que yo, después de haberme disfrazado de modo grotesco con un gabán, tal vez con vestidos de mujer, me escapara de Atenas, para ir a Tesalia, donde los hombres están habituados a vivir en medio del desorden y el desenfreno, y todo para prolongar unos añitos más una vida que ya toca a su fin. ¿Y qué razonamientos podría yo hacer aún sobre la virtud y la justicia después de haber quebrantado las Leyes?
-Ninguno, a decir verdad.
-Como ves, mi buen amigo, no me es en absoluto posible huir; pero si estás convencido de poder persuadirme aún, habla y te escucharé con la mayor atención.
-¡Oh, Sócrates, no tengo nada que decir!
-Entonces, resígnate, Critón, ya que éste es el sendero por el que nos conducen los dioses.

El día siguiente es el de la ejecución. Los amigos se dan cita ante la puerta de la cárcel y esperan con impaciencia que el presidente de los Once los haga entrar. Están casi todos: el fiel Apolodoro, el omnipresente Critón con su hijo Cristóbulo, el joven Fedón, Antístenes el cínico, Hermógenes el pobre, Epigenes, Menexeno, Ctesipo y Esquines, el hijo del vendedor de salchichas. Algunos han venido de lejos, como los tebanos Simias y Cebes, o como Terpslon y Euclides, que son de Megara. Entre los discípulos más conocidos faltan Aristipo, Cleombrotes y sobre todo Platón, quien, al parecer, justo ese día tenía fiebre. Cuando los discípulos entran en la celda, encuentran al maestro en compañía de Jantipa y de su hijo pequeño. Al ver a los recién llegados la mujer se pone a gritar desesperadamente.

-¡Oh, Sócrates, ésta es la última vez en que tus amigos te hablarán y tú a ellos!

Ante lo cual el filósofo se dirige a Critón, diciéndole:

-Que alguien la acompañe a casa, por favor.
-¡Pero mueres inocente! -protesta Jantipa, mientras se la llevan a rastras de la celda.
-¿Y qué querías? -responde Sócrates-, ¿que muriese culpable? Entretanto, uno de los carceleros se ha ocupado de sacar la cadena que rodea el tobillo del prisionero.
-¡Qué cosa extraña son el placer y el dolor! -dice Sócrates, masajeándose el tobillo dolorido-. Parece que cada uno siga siempre a su contrario y que ambos no quieran encontrarse nunca en la misma persona. Mientras antes, bajo el peso de la cadena, en mi pierna sólo había dolor, ya siento, después de él, llegar el placer. Si Esopo hubiera reflexionado sobre esta relación entre dolor y placer, seguramente habría escrito una bella fábula al respecto.

Después, la conversación recae en el tema de la muerte y del más allá. Sócrates hace alusión a algo que podría parecerse al Infierno y al Paraíso. Pienso que a los muertos les está reservado un futuro -dice textualmente el maestro-  y que este futuro es mejor para los buenos que para los malos.
Comienza así la discusión sobre la inmortalidad el alma.
El tebano Simmias, asemejando el cuerpo a un instrumento musical y el alma a la armonía que nace de dicho instrumento, sostiene que una vez rota la lira (el cuerpo) muere con ella también la armonía (es decir el alma).
Cebes no está de acuerdo y formula la hipótesis de la reencarnación. El alma es como un hombre que en la vida ha usado muchos abrigos. Todos los abrigos, o sea todas las reencarnaciones, serán menos longevos que su propietario, con excepción del último, que vivirá más que éste.
En otras palabras, según Cebes, cuando uno muere, podría tener la desgracia de haber llegado al último turno y de concluir de este modo su vida.

Sócrates es de parecer contrario, y sostiene la tesis de la inmortalidad del alma. Todos se acaloran hasta tal punto que Critón se ve obligado a intervenir para reconvenir al maestro.


martes, 9 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 8 ). RECREACIÓN DEL PROCESO Y CONDENA Según Di Crescenzo) ( C )


Un "oh" de turbación se eleva de entre el pueblo apiñado detrás de las barandillas. Critón oculta el rostro entre las manos. El canciller, después de una breve pausa, retoma la palabra:-Y ahora, según la ley de Atenas, pedimos al condenado que proponga él mismo una pena alternativa.

Sócrates vuelve a ponerse de pie, mira alrededor y abre los brazos en señal de desconsuelo.

-¿Una pena alternativa? ¿Y qué he hecho para merecer una pena? Durante toda la vida he descuidado mis intereses personales, mi familia y mi casa. Nunca he aspirado a mandos militares ni a honores públicos. No he participado en conjuras ni en otras formas de sedición. ¿Qué penas corresponden a quien ha hecho esto? No quisiera equivocarme, pero creo tener derecho sólo a un premio, el de ser alojado y mantenido en el  Pritaneo (uno de los edificios que albergaba a miembros de la Asamblea. Esto era un honor reservado a atletas y otros ciudadanos importantes) a expensas del Estado.

Un coro de protestas cubre estas últimas palabras. La absurda solicitud del filósofo, para muchos jueces, suena como una tomadura de pelo o una verdadera provocación. Sócrates mismo se da cuenta de que ha exagerado. Vuelve a tomar la palabra y procura apaciguar al auditorio:

-De acuerdo, de acuerdo, mis queridos conciudadanos: me hago cargo de que me habéis entendido mal. Algunos han tomado mi sentido de la justicia por un acto de arrogancia. Pero decidme con franqueza: ¿qué podría haber propuesto como pena? ¿La cárcel? ¿El exilio? ¿Una multa en dinero? ¿Y qué multa podría pagar yo, que nunca he enseñado por dinero? Como mucho, estaría en condiciones de ofrecer una mina de plata.

La protesta se hace más rabiosa. Una mina de plata es poco más que nada como alternativa a una sentencia de muerte. Parece como si Sócrates estuviera haciendo lo imposible para ser condenado.

-Está bien -suspira Sócrates, señalando a Critón y a sus otros discípulos-. Aquí están mis amigos que insisten para que me multe a mi mismo por treinta minas. Ellos mismos, según parece, se ofrecen como garantes.

Comienza así la segunda votación: condena a muerte o multa por treinta minas. Lamentablemente, la primera "pena" propuesta por el filósofo (la de ser alojado y mantenido en el Pritaneo a expensas del estado) ha irritado de tal modo a los jueces, que muchos de los que en un primer momento se habían puesto de su parte, ahora se le ponen en contra. Esta vez los guijarros de la urna negra son mucho más numerosos: 360 contra 140.

-Ciudadanos atenienses -concluye ya Sócrates-, temo que hayáis asumido una gran responsabilidad ante la Polis. Era viejo: bastaba con esperar y la muerte habría llegado por sí misma, de modo natural. Actuando así no tenéis ni siquiera la seguridad de haberme castigado. ¿Sabéis por ventura qué es morir? Con seguridad, una de estas dos cosas: o un caer en la nada, o transmigrar a otra parte.
En la primera hipótesis, creedme, la muerte podría ser una gran ventaja: no más dolores, no más sufrimientos; en el segundo caso, en cambio, tendría la suerte de encontrarme con muchísimos personajes excepcionales. ¿Cuánto pagaría cada uno de vosotros por hablar cara a cara con Orfeo, con Museo, con Homero o con Hesíodo? ¿O con Palamedes y con Ayax de Telamón que murieron ambos por haber sido tratados de manera injusta? Pero ha llegado la hora de partir: yo a morir y vosotros a vivir. Quien de nosotros ha tenido mejor destino es oscuro para todos, fuera de los dioses.

¿Por qué fue condenado a muerte Sócrates?

A 2.400 años de distancia todavía hay quien se hace esta pregunta. Los hombres, para vivir, tienen necesidad de certezas, y cuando éstas no existen, hay siempre alguien que se las inventa por el bien común. Ideólogos, profetas, astrólogos, unos de buena fe, otros sólo por interés, sacan a la luz continuamente verdades con que aliviar las angustias de la sociedad. Si entonces llega un hombre a sostener que no hay nadie que verdaderamente sepa algo, entonces ese hombre se convierte súbitamente en el enemigo público número uno de los políticos y de los sacerdotes. ¡Ese hombre debe morir!

Platón ha dedicado al proceso y muerte de Sócrates cuatro diálogos: 1.- El Eutifrón, donde vemos al filósofo, aún en libertad, dirigirse al tribunal para conocer las acusaciones de que lo ha hecho objeto Meleto; 2.- la Apología, con la descripción del proceso; 3.-  el Critón, con la visita en la cárcel de su amigo más querido; 4 .- el Fedón, con los últimos instantes de su vida y su discurso sobre la inmortalidad del alma.
Son obras que los editores publican una y otra vez sin cesar, incluso reuniéndolas en un solo volumen, y nosotros aconsejamos su lectura a todos los que quieran conocer más a fondo el carácter y las ideas del gran filósofo.
Sócrates no fue ajusticiado inmediatamente después del proceso.
Justamente en esos días había partido la embajada a  Delos y la tradición quería que durante el viaje de la Nave Sagrada se prohibieran las ejecuciones capitales. Después de unos veinte días lo encontramos aun en la cárcel con su paisano y coetáneo, Critón.
Es el alba: Sócrates duerme aún y Critón se sienta a su lado en silencio.
En un momento dado el filósofo se despierta de golpe; ve a su amigo y le pregunta:
-¿Qué haces aquí, Critón, a esta hora? ¿No es demasiado pronto para las visitas?
-Sí, es temprano: es apenas el alba.
-¿Y cómo has hecho para entrar?
-He dado una propina al servidor de los Once.
-¿Y estás aquí hace mucho?
-Así es.
-¿Y por qué no me has despertado en seguida?
-Porque dormías tan tranquilo, que me daba lástima despertarte -responde Critón-· ¡Me pregunto cómo puedes encontrar tanta serenidad en medio de semejante desventura!
-Extraño sería lo contrario, Critón -responde Sócrates sonriendo-· Piensa qué ridículo sería si, a mi edad, sintiese amargura por tener que morir.

Critón, en el diálogo que lleva su nombre, la conversación es normal: el maestro habla y él lo interrumpe sólo para decir "dices la verdad, Sócrates", o "Eso es, Sócrates".
Sócrates habla y habla y advertimos que el diálogo no es sino un monólogo de Sócrates.


SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 7 ) RECREACIÓN DEL PROCESO Y CONDENA (Según Di Crescenzo) ( B )


-¡El presuntuoso de siempre!

Anito y Licón han acabado en estos momentos su intervención. El canciller da vuelta a la clepsidra de agua que controla el tiempo de las arengas y proclama:-¡Y ahora tiene la palabra Sócrates, hijo de Sofronisco.

Sócrates echa una mirada en torno, como si quisiera tomarse su tiempo, se rasca el cuello, mira al arconte-rey e inmediatamente después se vuelve a los jueces.

-No sé qué impresión habéis experimentado vosotros, atenienses, al oír las razones de mis acusadores. Lo cierto es que ha sido tal y tan grande la persuasión de éstos que, si no se tratase de mi persona, también yo creería en sus palabras. El caso es que estos ciudadanos no han dicho absolutamente nada que tenga que ver con la verdad. Y ahora me perdonaréis si no os hago un discurso adornado con bellas frases. Hablaré como estoy acostumbrado a hacerlo, sin ceremonias, pero en compensación procuraré decir siempre lo justo, y vosotros debéis fijaros sólo en esto: ¡si lo que estoy por decir es justo o no!

-¡Hete aquí que ya comienza con sus discursos tortuosos! -exclama Eutímaco, dando señales de impaciencia-. ¡Por Zeus, qué antipático me resulta!

-¡Cálmate, Eutímaco! -le solicita Calión-. Y déjame oír.

-Quiero contaros -dice Sócrates- un extraño episodio que le ocurrió a Querefonte, un queridísimo amigo mío desde la juventud. Un día se marchó a Delfos y osó hacer al oráculo esta extraña pregunta: ¿Hay alguien en el mundo más sabio que Sócrates? ¿Y sabéis qué respondió Apolo Pitio? “No hay nadie en el mundo más sabio que Sócrates”.

Imaginaos mi sorpresa cuando Querefonte me relató la respuesta: ¿qué habrá querido decir el dios? Yo sé que no sé ni poco ni mucho, y desde el momento que el dios no puede mentir, me pregunto: ¿qué habrá escondido bajo el enigma? De ello puede dar testimonio el hermano de Querefonte, ya que él ya no se encuentra entre los vivos.

-¡Me gustaría saber qué tiene que ver toda esta historia de Querefonte con la acusación de impiedad!-estalla Eutímaco-. Si hay algo que no soporto en Sócrates es justamente ese modo suyo de tomar las cosas tan de lejos: ¡sólo por eso lo condenaría a muerte!

-Y para comprender el mensaje del dios -continúa Sócrates con la mayor calma- me puse en acción y fui a ver a uno de esos que tienen fama de ser sabios. No os diré el nombre, atenienses: basta con saber que era uno de nuestros políticos. Y bien, este buen hombre me pareció, sí, que tenía aire de sabio, pero que, en realidad, no lo era en absoluto. Entonces procuré hacérselo entender y él, por esta causa, me cobró odio. Inmediatamente después fui a ver a algunos poetas: cogí sus poesías, o al menos las que me parecían mejores, y les pregunté qué querían decir. Ciudadanos..., me da vergüenza deciros la verdad... ¡Quien peor razonaba, sobre una composición poética cualquiera, era justamente su autor! Después de los políticos y los poetas me dirigí a los artesanos y... ¿a qué no adivináis qué descubrí? Que ellos, conscientes de ejercer bien su profesión, pensaban que eran sabios también en otras cosas, incluso más importantes y difíciles. A esa altura comprendí lo que había querido decir el oráculo:"Sócrates es el más sabio de los hombres porque es el único que sabe que no sabe". Entretanto, sin embargo, me había atraído el odio de los poetas, de los políticos y de los artesanos; y no es casualidad que hoy me vea acusado en el tribunal por Meleto que es un poeta, por Anito que es un político y artesano y por Licón que es un orador.

-Lo que has dicho, Sócrates, son sólo insinuaciones -rebate Meleto-. Defiéndete más bien de la acusación de corromper a los jóvenes.

-¿Y cómo piensas, Meleto, que puedo corromper a los jóvenes?

-Diciéndoles que el Sol es una piedra y que la Luna está hecha de tierra -responde Meleto.

-Creo que me has confundido con otro: los jóvenes pueden leer todo eso cuando lo deseen, comprándose por una dracma los libros de Anaxágoras de Clazomene en cada esquina del ágora.

-¡Tú no crees en los dioses! -grita Meleto, poniéndose de pie y amenazándolo con el dedo índice- ¡Tú crees sólo en los Daimones!

-¿Y quiénes serían éstos? -pregunta Sócrates sin perder la compostura. ¿Hijos malvados de los dioses? Así pues, afirmas que no creo en los dioses sino sólo en la existencia de los hijos de los dioses. Es como decir que creo, en los hijos de los caballos, pero no en los caballos.

Una carcajada del público cubre durante unos instantes la voz de Sócrates. El filósofo espera que el auditorio preste de nuevo atención, luego de lo cual se vuelve al segundo acusador.

-Y tú, Anito, que solicitas mi muerte, ¿por qué no has traído aquí, ante los jueces, a todos esos jóvenes a los que yo habría llevado a la perdición? Para salirte al paso, yo mismo habría podido indicártelos. Hoy muchos de ellos se han hecho viejos y podrían testimoniar contra mi, confirmando que los he corrompido. Helos allí, mirándonos: aquél es Critón, con su hijo Critóbulo, y luego está Lisanias de Sfecto, con su hijo Esquines, y también Antifonte de Cefisia, Nicóstrato, Paralio, Adimanto con su hermano Platón, y veo también a Ayantadoro con su hermano Apolodoro. Tal vez, Anito, podría apaciguarte si prometiera marchar al exilio y no hacerme ver más por aquí. Pero créeme: obedecería sólo para hacerte un favor, dado que en verdad estoy convencido de que eso dañaría mucho a los atenienses. En cambio no dejaré de estimularos, de persuadiros, de reprocharos uno por uno, de no daros tregua todo el día, donde sea que os halléis, como un tábano que pica los flancos de una yegua de buena raza que quiere dormir, porque eso es lo que me pide el dios Apolo. Ciudadanos, la yegua de la que estoy hablando es Atenas, y sí me condenáis a muerte no encontraréis tan fácilmente otro tábano que pueda mantener despierta vuestra conciencia. Ahora, basta: las razones que podía deciros ya las he dicho. En este momento debería hacer entrar a los amigos, a los parientes y a mis hijos más pequeños para invocar vuestra piedad, según es costumbre de muchos. Yo también tengo familia: tengo tres hijos, pero no os los muestro porque está en juego mi reputación y la vuestra. El juez no debe indultar a quien lo conmueve, sino que debe solo hacer caso a las Leyes.

Cae la última gota de agua de la clepsidra. Sócrates da por terminado su discurso y retrocede para ir a sentarse en un escabel de madera colocado a sus espaldas. Sus amigos más queridos, con un tímido aplauso, intentan provocar el acuerdo del público, pero la tentativa cae en medio del desinterés general.

Dan comienzo las votaciones.

-No tengo ninguna duda: ¡es culpable! -sentencia Eutímaco poniéndose de pie-Y aunque no lo fuese, lo condenaría igualmente. Sus discursos, su continuo poner en duda las convicciones de los demás, no es útil a la polis. Sócrates difunde inseguridad: es un derrotista. ¡Cuanto antes muera, mejor para todos!

-Yo, en tu lugar no estaría tan seguro -rebate Calión con ardor-.Una ciudad que se respete debe tener siempre alguien que la vigile, y Sócrates es el único en condiciones de hacerlo: es imparcial, no es un político, y sobre todo es pobre. Aunque fuese culpable, no ha obrado con toda seguridad para favorecerse.

-¿Y tú, Calión, piensas que la pobreza es un buen ejemplo para los jóvenes? ¿Quieres que nuestros hijos crezcan como él? Recorriendo de arriba abajo el agora, preguntándose continuamente unos a otros: « ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? ¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo injusto?

Eutímaco, sin esperar la respuesta, se levanta de golpe y con el Psephos (piedra que los antiguos atenienses depositaban en urnas para votar, como papeletas) en la mano se encamina hacia las urnas. Mientras pasa entre los escaños, procura influir también en los otros jueces. -¡Basta de Sócrates! ¡Saquémoslo de en medio de una vez por todas! Sostiene ser un tábano que pica a Atenas. Muy bien, le tomo la palabra: ¡qué caballo no intenta liberarse de sus tábanos?, ¿qué caballo no lo aplastaría, si tuviese manos?

Calión aún vacila: interroga a sus vecinos para comprender cuál es la opinión de la mayoría. Al parecer, el jurado se ha dividido en dos partidos casi iguales: los que odian a Sócrates y los que sostienen que es el mejor hombre del mundo. Cada uno, mientras espera su turno ante las urnas, defiende la propia tesis.
Entretanto, los que ya han votado se acomodan como pueden en los escaños para tomar un bocado. Abren el cesto de las viandas y extraen de él sardinas, aceitunas y galletas de masa.
Antifonte, después de haber pedido permiso al presidente de los Once, le lleva a Sócrates una bandeja con higos y nueces. Pero he aquí que finalmente se escrutan las urnas.
-¡Ciudadanos de Atenas! -proclama con solemnidad el canciller-. Ésta es la sentencia emitida por los Heliastas: votos blancos, 220; votos negros, 280. ¡Sócrates, hijo de Sofronisco, es condenado a muerte!


lunes, 8 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 6 ) RECREACIÓN DEL PROCESO Y CONDENA (Según Di Crescenzo) ( A )




A pesar de su valor militar, Sócrates, era un sujeto de grandes “convicciones morales” que lo llevaban a situarse, siempre, muy lejos de la violencia.

Ello no le libraría, sin embargo, de ser acusado y condenado a beber cicuta (como exponemos en otro post).

El proceso lo cuenta Platón en su diálogo de Juventud “La Apología de Sócrates”.

La justicia, en los tiempos de Pericles, estaba organizada del siguiente modo: los arcontes, al principio de cada año, sorteaban seis mil atenienses de edad superior a treinta años, los “heliastes”, que constituían la Heliea, es decir el depósito del que, cada vez, habrían extraído los quinientos jueces de cada proceso.
El segundo sorteo, el definitivo, tenía lugar durante la mañana misma de la causa, para evitar que los imputados pudieran corromper a los jueces.

(Pensemos en voz alta lo que ellos pensarían)

Debían de ser muchos (quizá demasiados) los que se sintieran estúpidos ante él y, como todos saben, nadie es más vengativo que quien se da cuenta de que es inferior.
Así que -pensarían- si lo condenan a muerte, de nadie tendrá que quejarse Sócrates más que de sí mismo, porque les habría parecido un individuo muy presuntuoso.
Pero si declara a todos que no sabe nada, que es un ignorante…

Esa presunción sería ya el colmo.

Es como si dijera a todos los hombres:"Yo soy un ignorante, ¡pero tú que no sabes que lo eres, eres aún más ignorante que yo!"
Pues bien, es natural que si te empeñas en seguir esa senda y el interlocutor lo interpreta como in insulto, antes o después, alguno reaccione y te lo haga pagar.
Y es que, siendo así, como era, resultaba extraño que hubiera llegado a los setenta años sin haber sido exiliado ni una sola vez por “ostracismo”, lo que estaba  muy en boga en aquellos tiempos, una especie de elección al revés.

Cuando un ateniense se convencía de que un conciudadano podía dañar de algún modo a la polis, sólo tenía que ir hasta el ágora y escribir el nombre de su enemigo en el  “ostracón” (concha o fragmento de cerámica sobre el que se escribía el nombre del ciudadano condenado al  OSTRACISMO)

Imaginarse la posible puesta en escena:

Se presenta Sócrates. Tiene un aspecto sereno: lleva puesto el acostumbrado tribon y camina apoyándose en un bastón de roble.

-Ahí está ese viejo irreductible -exclama Calión-.Si lo miras, parece que, más que a un proceso por impiedad, se dirija a un banquete: ¡sonríe, se detiene hablar con los amigos y saluda a todos los que ve!

-¡Es el mismo pesado de siempre! -protesta Eutímaco, más rabioso que nunca-. Entre otras cosas, no se da cuenta de que el pueblo lo considera culpable y quisiera verlo asustado y suplicante.

Entretanto, Sócrates ha subido al tribunal: se ha puesto a la izquierda del arconte-rey y espera con paciencia a que el canciller declare abierto el proceso.

-Heliastas -proclama el canciller del tribunal-, los dioses han elegido vuestros nombres de la urna para que podáis absolver o condenar a Sócrates, hijo de Sofronisco, de la acusación de impiedad hecha contra él por Meleto, hijo de Meleto.

En Grecia los imputados, cultos o analfabetos -lo mismo daba-, debían defenderse solos y, cuando no se sentían en condiciones de hacerlo, tenían la posibilidad, antes del proceso, de convocar a un Logógrafo
(Retórico que en la antigua Grecia componía discursos o defensas por encargo de otra persona).

-Tiene la palabra Meleto, hijo de Meleto -anuncia el canciller, indicando a un joven de pelo rizado y rebuscado en su forma de vestir. Meleto sube a la pequeña tribuna reservada a la acusación: su rostro es altanero y doloroso, como es lícito esperar de un poeta trágico. Quiere dar la impresión de que no le agrada tener que ensañarse con un viejo como Sócrates.

-¡Jueces de Atenas! -comienza a decir el joven, haciendo girar lentamente sus ojos para cubrir todo el arco de los jueces que tiene frente a sí-. Yo, Meleto, hijo de Meleto, acuso a Sócrates de corromper a los jóvenes, de no reconocer a los dioses que la ciudad reconoce, de creer en los daimones y de practicar cultos religiosos extraños a nosotros.

Un largo murmullo sale de la multitud: el ataque es seco y preciso. Meleto calla unos instantes para subrayar mejor la gravedad de lo que acaba de decir. Después vuelve a hablar recalcando cada palabra:

-Yo, Meleto, hijo de Meleto, acuso a Sócrates de ínmiscuirse en cosas que no le atañen; de investigar sobre lo que hay bajo tierra y lo que hay sobre el cielo y de discurrir con todos y acerca de todo, intentando siempre hacer aparecer como mejor la razón peor. ¡Por estos delitos solicito a los atenienses que se lo envíe a muerte!

En esta última frase todos se vuelven hacia Sócrates para observar sus reacciones. El filósofo tiene en el rostro una expresión de asombro: más que un acusado, parece un espectador. Eutímaco golpea con el codo a Calión y comenta la situación, diciendo:

-Temo que Sócrates no se dé cuenta del lío en que se ha metido. Meleto tiene razón: todos saben que Sócrates no ha creído nunca en los dioses. Se dice que un día dijo: "Son las nubes, y no Zeus, quienes provocan la lluvia; de otro modo, si sólo dependiera de Zeus, veríamos llover también cuando el cielo está sereno."

-A decir verdad - objeta Calión-, es Aristófanes quien hace decir estas cosas a Sócrates y no Sócrates quien las dice.

Entretanto, el proceso prosigue su curso y, después de Meleto, suben a la tribuna otros dos acusadores: Anito y Licón.

-Me ha contado Apolodoro -dice Calión- que ayer por la noche Sócrates se negó a que Lisias lo ayude.

-¿Le había escrito un discurso de defensa?

-Sí, y parece que se trataba de un discurso extraordinario.

-Lo creo: ¡el hijo de Céfalo es el mejor de todos en Atenas! ¿Y cómo es que se negó?

-No sólo se negó, sino que hasta reprochó a Lisias por ofrecerse a ayudarlo. Le ha dicho: "Tú con tus triquiñuelas verbales querrías engañar a los jueces por mi bien. ¿Y cómo piensas conseguir lo que es bueno para mí, si al mismo tiempo urdes tramas contra las Leyes?

domingo, 7 de julio de 2019

SÓCRATES: BIOGRAFÍA ( 5 )EL DEMON-DAIMON-DON (LO DEMÓNICO).




Es un aspecto importante de su religiosidad, ese don es la “voz interior, misteriosa y firme” que dice escuchar que nada tiene que ver con “introducir nuevos dioses en la ciudad”, es la intuición, el chispazo interior.

Los “demones” son ciertos tipos de divinidades intermedias entre los dioses y los hombres y que aparecen si no en todas, en casi todas las religiones en forma de genios, de ángeles, de demonios (forma adjetivada de “demones”).

La voz interior que Sócrates escucha es “demónica”, procedente del mundo de los “demones”.

Él interpreta esa voz interior como un fenómeno religioso, como algo de origen divino, una señal de dios.

Esa voz interior, según Jenofonte, le indicada qué hacer y qué no hacer, pero según Platón sólo se limitaba a prohibirle ciertas cosas, a disuadirle ante ciertas acciones o comportamientos, pero nunca indicaciones positivas.

Es esta voz la que le impide dedicarse a la política y dedicarse sólo al servicio filosófico del dios.
Y también le impide preparar su discurso de defensa, ni aceptar el del logógrafo que quería defenderlo con un discurso escrito.
Pero, y eso es importante, también le impide aceptar alumnos que no han de beneficiarse de sus enseñanzas.

“Ese algo demónico que me acompaña me impide juntarme con algunos y me permite juntarme con otros, y éstos fructifican de nuevo.
Por lo demás, los que tratan conmigo experimentan lo mismo que las mujeres embarazadas: en efecto, día y noche sienten dolores y no encuentran salida alguna a su estado, mucho más aún que aquellas. Y mi oficio es capaz de excitar y de apaciguar su dolor” (Teeteto)

Voz demónica –mayéutica- dimensión religiosa de su tarea educadora.

En el Banquete el “eros” se define como un gran “demon”, intermediario entre los dioses y los hombres, “impulso” capaz de hacer que el hombre se eleve más allá de sí mismo.

Este “eros” juega un papel definitivo en la vida de Sócrates.

La “educación socrática” poco o nada tiene que ver con la “instrucción sofística”.
Además de que el amor, sin dinero, está presente en la educación socrática, es lo opuesto al interés únicamente crematístico de vender sus conocimientos a quien pueda pagárselo de los sofistas.

Su carácter “cívico” se une a la “interiorización de lo religioso” lo que refuerza atenerse al “nomos” de la ciudad.

Seguir la tradición no es sólo dar culto a los dioses de la polis, pero no de cualquier manera, “existen leyes de acuerdo con las cuales ha de rendirse culto a los dioses” (Jenofonte. Recuerdos de Sócrates).

Asume la religiosidad cívica y legalista mientras se produce en él una evidente interiorización de lo religioso.

Nomos e interiorización a la vez.
Identificación con las leyes a la vez que individualización del pacto con ellas.

Se produce en él una racionalización de lo religioso que apunta al “monoteísmo” cuando afirma la existencia de una “divinidad ordenadora y providente” (por una parte como Anaxágoras y por otra contra él).

Sin embargo en el mundo griego lo que está presente es el politeísmo.

¿No serían los distintos dioses y fuerzas sobrenaturales manifestaciones diversas y nombres distintos de una única divinidad?

La religiosidad le sirve como impulso (eros) de su investigación racional, constante e indesmayable, que tiende a alejarlo de la religiosidad tradicional y, a la vez, como freno moderador de posibles extravíos y frivolidades que ya predominaban en la cultura griega.

Fue aquel año, el 404, cuando mostró su comportamiento cívico y político, durante el gobierno sanguinario de “los 30 Tiranos”, cuando se negó a colaborar en al apresamiento de León de Salamina y que sólo duraría tres años y medio, siendo derrocado por las armas.
En este gobierno sanguinario tuvo un papel relevante Critias, el sofista, antiguo compañero y discípulo de Sócrates, el alma del desalmado gobierno de los 30 Tiranos y principal instigador y protagonista de sus desmanes.
Otro protagonista, pero en el sentido opuesto, fue Anito, que se distinguió en la lucha de los demócratas contra los 30, contribuyendo a su caída y a la reinstauración de la democracia.

La nueva democracia reinstaurada dejó de lado cualquier tentación de revanchismo, porque el pueblo deseaba la paz, trajo consigo la concordia civil y se acordó una amnistía que fue escrupulosamente respetada.

Tras las tragedias vividas se instauró una ola de religiosidad y un deseo de regeneracionismo, de recomponer una democracia moderada y conservadora.

Y es triste tener que recordar que fue, precisamente, en este período de concordia civil cuando Sócrates fue acusado y condenado a muerte.

Sócrates estaba mal visto por los demócratas conservadores, no sólo por sus opiniones y por su costumbre de cuestionarlo todo, sino también por los lazos de amistad y magisterio que lo habían unido con políticos tan denostados como Alcibíades, el demagogo, y Critias, el oligarca sanguinario.

Sin embargo, la amnistía impedía juzgar a nadie por delitos políticos por lo que los tres denunciantes, en la primavera del 399, lo acusaron de delitos contra la religiosidad y la moralidad.

Las tres acusaciones fueron: por no creer o reconocer a los dioses en los que cree o reconoce la polis, por introducir nuevas divinidades (o dioses) y por corromper a la juventud, por lo que se solicita la pena de muerte.

En otro post hemos expuesto cómo se defendió y lo mal que se defendió, pero tenía a muchos atenienses contra él porque, siendo una “mosca cojonera” (como el se definía), para despertar de la modorra a los atenienses muchos interpretaron sus cuestionarios como ofensas por considerar que el objetivo de Sócrates era mofarse de ellos, ridiculizarlos,…y, tras la “ironía”, cabreados, no daban tiempo a la “mayéutica”.

Incluso si “sólo sé que no sé nada”, que bien interpretado….pero era considerado como una mofa o chulería al intentar llevar a sus interlocutores a la ignorancia que, para Sócrates, el paso obligado para querer salir de ella pero que sus interlocutores lo interpretaban como burlarse de ellos y dejarlos en ridículo.

En Sócrates vemos representada la tragedia del espíritu griego, al ser el más noble de los hombres, el moralmente intachable, el despertador de conciencias dormidas, la ejemplaridad cívica en persona, el auténtico patriota que intenta salvar a su patria de la decadencia por la que se desliza.

Morirá por ser un revolucionario, consumándose la injusticia de un hombre justo que sólo pretendía que los atenienses interiorizaran las leyes de la polis para cumplirlas religiosamente y salvar del cataclismo al que se dirige Atenas.

Su intención de superar el individualismo y considerarse ateniense, como la parte comprometida con el todo.
Ese individualismo como la cizaña sembrada por los sofistas poniendo un muro entre el individualismo y la polis.
Sólo si los individuos son conscientes, se dan cuenta de…, se atreven a derribar ese muro que los separa del todo de la polis…sólo si ellos reflexionan,….
Ese individualismo, disolvente de la polis, que puede ser superado, con la reflexión, y de nuevo integrarse como ciudadano (no ya como individuo) con su ciudad.