jueves, 31 de enero de 2019

RAZÓN APASIONADA O PASIÓN RACIONAL (2)



Y los hombres las hemos echado a luchar, como si ellas fueran incompatibles, excluyentes. O una o la otra.

Desde la Filosofía y, sobre todo, desde la Religión, se puso todo el empeño en el platillo de la Razón, por aquello de que ésta habita en el alma, mientras que la Pasión se manifiesta en el cuerpo.

Entre la opción: o cuerpo o alma, nunca ha habido duda, se apostó por la Razón.

Desde que Aristóteles definiese al hombre, (entre otras definiciones) como “zoon logicon”, como “animal racional”, todos lo repetimos, ya, constantemente y lo damos por asentado.
Pero que “el hombre sea animal racional” no quiere decir que “sólo sea racional”.

Pero en Atenas, en Delfos, junto al Santuario dedicado a Apolo (el dios de la luz, de la razón, de la claridad, del día, de la sensatez… del alma), estaba el teatro dedicado a Dionisos (el dios de las tinieblas, el dios de la noche, de la juerga, de la jarana, el dios del vino, del placer corporal).

Nietzsche nos lo recordaría constantemente, con su contraposición “apolíneo-dionisíaco”, equivalente a la dualidad Razón-Pasión, despotricando contra Sócrates, que apostó todo y sólo por la Razón, por la luminosidad de la Razón, frente al fondo oscuro de la Pasión, la actividad sobre el descanso.
Su obsesión por Saber desembocará en un determinismo intelectual y en un intelectualismo moral, que imposibilitan la libertad.

Mientras para los pre-socráticos se buscaba el equilibrio, la armonía, entre esas dos grandes fuerzas, Sócrates asfixiará por estrangulamiento, a una de ellas.

Pero si ahogamos la afectividad se seguirán manifestaciones patológicas, al igual que si asfixiamos la racionalidad surgirán racionalizaciones fantásticas, que concluirán en supersticiones y en creencias absurdas.

“El sueño de la razón produce monstruos” nos había señalado el sordo aragonés.
Y como somos enemigos de los monstruos no debemos dejar que la razón duerma y no intervenga.
        
Los mecanismos psíquicos buscan, siempre, compensar sus carencias, aunque no siempre sea de un modo sano.

Para Sócrates, como sabemos, el Saber es el paso obligado para el Obrar y de aquí desembocar en el Ser.
Quien Sepa qué es, realmente, la virtud, Obrará virtuosamente y Será una persona virtuosa.

Hay que comprender a Sócrates en su Atenas del alma, con una democracia devaluada, con una democracia restaurada, tras los 8 meses del gobierno de los 30 tiranos, y que en nada se parecía, ya, a la primera y excepcional democracia ateniense, la de Pericles y la Ilustración griega.

Los sofistas estaban enseñando el relativismo moral y los jóvenes, por ellos preparados, tomaron las riendas de la polis.

¿Puede ser justo quien no Sabe qué es la justicia?

Sócrates es un Racionalista, y sólo racionalista. El hombre, para él, es/debe ser “sólo racional”. Sólo la Razón puede salvar a Atenas.

El hombre es racional, pero no sólo es racionalidad. Hay también, en él, factores “irracionales” (no en el sentido de “antirracionales” sino de “a-racionales”), que son los que, en realidad, mueven al hombre a la acción, al conocimiento, a la relación con los demás, a la construcción de la voluntad.

Razón, (alma) sí, pero también deseo, sentimiento, afecto (cuerpo).

Aunque la presencia de lo irracional en el ser humano ha resultado siempre molesta a ciertas corrientes del pensamiento occidental, al Intelectualismo (mejor denominación, y preferible, que Racionalismo).

El triunfo de Apolo sobre Dionisos nos obligó a la seriedad, olvidándonos de lo festivo y convirtiendo a la noche en la prolongación de la luminosidad.

Ese ha sido el lema de Occidente: “Hay que imitar a Sócrates e implantar, de manera permanente, contra los apetitos oscuros, una luz diurna, la luz diurna de la Razón.
Hay que ser inteligentes, claros, lúcidos, a cualquier precio.
Toda concesión a los instintos, a lo inconsciente, conduce hacia abajo” (Nietzsche. “Crepúsculo de los ídolos” (o “Caída de los dioses”)

Aunque (afirmamos muchos) que lo que Sócrates defendió no fue el frío intelectualismo, a la busca y captura de simples verdades, sino esa otra forma de intelectualismo, el “Intelectualismo moral”.

Lo cierto es que el deseo y la pasión representan la dimensión dinámica de la mente. Ellos son el motor de arranque, ellos son el combustible que mantiene al motor de la razón o de la mente en movimiento.

miércoles, 30 de enero de 2019

VIVIR EN DEMOCRACIA.


VIVIR EN DEMOCRACIA.

Corría el año 1.966 cuando yo había cumplido 22 años, era estudiante universitario en Salamanca y, como ya era mayor de edad, ya podía votar.

Aquel año se votó un referéndum, “el referéndum de Franco”, del que la inmensa mayoría de los españoles no sabía qué era lo que se votaba.

Pero la campaña orquestada desde el Ministerio de Información y Turismo de Fraga se basaba en el “Sí a Franco, Sí a la Paz” (por supuesto que no podía haber otra propaganda electoral).

¿Quién era el osado que iba a votar NO? Sería votar NO a la Paz o, lo que es lo mismo, era partidario de la guerra, tras “25 años de Paz” que aparecía, en letras grandes en las fachadas de las escuelas.

Yo fui a votar a mi pueblo, donde estaba empadronado.

Nada más entrar en el Colegio Electoral, que era la escuela en la que había estado muchos años, el Presidente de la Mesa dijo, en voz alta, cogiendo una papeleta y poniendo un SÍ, “Sito (yo, Tomás) vota SÍ”, e hizo ademán de introducir la papeleta en la urna.

“Tengo que votar yo –dije, sin aspavientos- y, además el voto es secreto”.

¿Para qué pronunciaría yo esas dos frases?

“Si sale un NO o un Voto en Blanco ya sabemos que es el tuyo” –pronunció públicamente el Presidente.

Salí sin votar y con la papeleta en blanco. Se lo conté a mi padre. Me reprendió lo más que puede reprender un padre a un hijo de 22 años.

“¿Eres consciente de que, si vas a dedicarte a la enseñanza, tendrás que pedir el “certificado de buena conducta” que será expedido, precisamente, por el Presidente de la mesa?

Me recomendó (¿me obligó?) que pusiera un SÍ y firmara la papeleta.

Al hacer el recuento de los votos salió 1 en blanco y la consiguiente y automática frase: “Ese es el de Sito”. (Menos mal que luego apareció mi papeleta firmada (lo que debería haber sido descartada, por nula, pero debió contar doble o triple, porque salieron más votos que votantes. Mi pueblo también fue uno de los muchos en que salió el SÍ más del 100%)

Ahora, ya requetejubilado, recuerdo a Cicerón, apartado ya de la política a causa de la dictadura de César y dedicado, ya, sólo a escribir una serie de diálogos filosóficos, entre ellos su “De senectute” (“acerca de la vejez”) en el que afirma que la vejez es el resultado de lo que hayamos hecho con nuestra vida, por lo que no es una etapa de ominosa decadencia sino la más plena y productiva, cuando se ha retirado (lo han retirado) del fragor de la batalla.

Y si venimos al 2.019, con la experiencia vital acumulada de tantos años ¿qué papel social y político se nos da a los viejos, además de las manifestaciones reclamando la subida de la pensión?

José Luis Sampedro denunciaba que lo que llamamos “democracia” no lo es y los ciudadanos (y sobre todo los viejos) hemos sido reducidos a la indigna condición de consumidores y votantes (sin saberlo) del verdadero poder que detentan los especuladores financieros y los bancos camuflados en los partidos políticos.

La democracia no sería sino un juego de palabras para legitimar, con los votos de la plebe, los intereses de las oligarquías.

Cuando se crean organismo internacionales no es, realmente, para que la justicia llegue a todos sino para mermar la soberanía de los pueblos sobre su territorio y cuando se firman tratados de libre comercio no es para favorecer a quienes venden materias primas y compran mercancías manufacturadas sino para blindar los intereses de las compañías multinacionales y apátridas frente a los tribunales y las leyes de los Estados.

Nuestras democracias occidentales se justifican por el poder votar a sus representantes, que hasta las próximas votaciones no tendrán que dar cuenta a sus votantes de qué han hecho con su voto, mostrando así la cara amable y sin levantar sospechas, para luego poder hacer lo que más le convenga al partido.

¿Y cuando una agregación de perdedores se unen sumando más que el partido ganador, siendo democrática esa operación?

“Lo llamamos “democracia”, pero no lo es”




EL HOMBRE: "RAZÓN Y PASIÓN" (1)



“Y la sacerdotisa habló nuevamente  y dijo: “Háblanos de la Razón y de la Pasión”.

Y él contestó, diciendo:
        
“Vuestra alma es, a menudo, como un campo de batalla, en el que vuestra Razón y vuestro Juicio dirimen una guerra contra vuestra Pasión y vuestros Apetitos”.
Desearía ser el pacificador de vuestra alma, poder transformar la discordia y la rivalidad de vuestros elementos en unidad y armonía. Pero ¿cómo hacerlo, a menos que vosotros mismos seáis asimismo los pacificadores, es decir, los amantes de vuestros elementos?
                                      ---------------------
Vuestra Razón y Vuestra Pasión son el timón y las velas de vuestra alma marinera.
Si vuestras velas o vuestro timón se rompieran, solamente podríais dar bandazos y ser arrastrados por el mar, o, en todo caso,  permanecer a la deriva en medio del océano.
Pues la Razón, cuando gobierna sola, es una fuerza que ata; y la Pasión, desgobernada, es una llama que arde hasta su propia destrucción.
Permitid, por tanto, que  vuestra alma exalte vuestra Razón conduciéndola a la cima de la pasión y, así, pueda cantar.
Y permitidla dirigir vuestra Pasión con Razón, de manera que pueda vivir gracias a su propia resurrección cotidiana, y, como el ave Fénix, surgir de sus propias cenizas.
                                      ---------------------
Desearía que cuidaseis vuestro Juicio y vuestros Apetitos, como lo haríais con dos personas queridas en vuestro hogar. Seguramente no honraríais a una persona más que a la otra; porque, quien atiende preferentemente a una sola, perderá el amor y la confianza de ambas.
                                      --------------------
Cuando en las colinas os sentáis bajo la sombra fresca de los blancos álamos, compartiendo la paz y la tranquilidad de las campiñas lejanas y de las praderas, permitid, entonces, que vuestro corazón exclame en silencio: “Dios se apoya en la Razón”.

Y cuando arribe la tormenta, y el poderoso aire agite el bosque entero, y el trueno y el relámpago proclamen la majestad del cielo, dejad, entonces, que vuestro corazón diga, con temor: “Dios se mueve en la Pasión”.
Y como vosotros sois un hálito en la esfera de Dios y una en su bosque, también vosotros os apoyáis en la Razón y os movéis en la Pasión”.

                                      El Profeta. Gibrán Kalhil Gibrán.
2

martes, 29 de enero de 2019

"NO MAN´S LAND" ( TIERRA DE NADIE) ( Y 2)



La “razón moderna”, la Diosa Razón Ilustrada. no odia al Dios de la fe, sencillamente afirma que, para explicar el mundo, su origen y su funcionamiento, no le hace falta, que le basta y le sobra con la ciencia.

La ciencia no odia la creencia, pero sí al revés.
La ciencia no despotrica sobre lo divino, lo obvia como explicación de la realidad.
Si la Iglesia  considera a la “razón” como excluyente, es que no ha entendido el problema.

Las sociedades religiosas no tienen por qué sentirse atacadas por la razón porque no es su misión atacar a las opciones personales.

Querer dialogar entre creencias opuestas siempre será difícil, si no imposible, pero no es imposible el diálogo si se baja a la arena a dialogar, a lo que B. Russell llamaba “No man´s land”, la tierra de nadie, donde se dirimen las diferencias y el peso de los argumentos, no a gritos desde pedestales a los que las Iglesias no quieren renunciar.
Unas invitan a las otras a que se apeen de la peana en que están y suban a la que en ella se encuentran, por lo que los monólogos paralelos están servidos y el diálogo, imposible, ausente.

Y es que las creencias son “privadas” mientras la razón es “común” por lo que, en cada momento, hay sólo UNA civilización dominante al tiempo que hay diversas culturas que pugnan por ser las “únicas” y tienen las mismas pretensiones de ser las más valiosas.

Si en la Edad Media la Filosofía (la “razón”) era sólo la “ancilla theologiae” (la esclava de la teología) se liberó de esas cadenas y sin revolverse contra su antigua Dueña y señora comenzó a caminar, a navegar, a volar libre, y descubrió otros mundos, geográficos y astronómicos, otros mundos humanos y otra manera, mundana, de explicarlos sin tener que recurrir a lo sobrenatural.

Para ser filósofo y manejarse con la razón no hace falta recurrir arriba, se es autónomo, y ya no se quiere volver a estar encadenado.

La razón no puede entender cómo un Dios le promete a un hombre anciano, de nombre Abraham, que va a ser padre (cuando él ya no estaba para esos trotes) y que ese hijos será, a su vez, padre de multitudes y, apenas nacido, le ordena que lo mate.
(Ya sé que la religión lo justifica considerándolo una “prueba de obediencia”, pero ponte tú en su lugar y lo juzgarás como una “descomunal putada” o un sinsentido.

Ajena a Atenas (la filosofía, la razón) surgió Jerusalén (la teología, el monoteísmo, la fe) y, después, Jerusalén encadenó a Atenas, la hizo su esclava, aunque, con sus propias armas, desde dentro, (nadie vino a desencadenarla) rompió sus cadenas, se asomó al Renacimiento y se asentaría en la Ilustración haciéndose Señora, la Diosa Razón, no necesitada, ya, de esclavas.

A los acercamientos entre confesiones religiosas un filósofo los alaba pero es consciente que ese intento de acercamiento es por “prudencia” y no por “altruismo” porque ninguno de los creyentes renuncia a su terruño.
Querer mantener las lindes es querer estar separados, aunque desde la linde se saluden y se hablen.

Los humanos estamos hechos para entendernos, pero sólo si lo hacemos desde abajo, desde un campo neutral, no desde los tejados.

Las religiones son amenazas de unas para las otras (ahí está la historia y la actualidad) y los que sufren son los amenazados de unas y de otras, vivir en “el estado de amenaza”.

Las religiones tienen en su ADN el espíritu beligerante, por lo que sólo buscan la victoria en la batalla para someter y encadenar a la vencida y sólo, si paga y si admite su estado de “ancilla”, permitirle que siga viva.
Las religiones no saben, no quieren, no pueden, dialogar para pactar sin luchar, a no ser el acuerdo de no pelear, que no es suficiente.

Los dogmas de las religiones, en sí mismos, son bloques de confrontación.

Quizá en lo único que se ponen de acuerdo es en “luchar conjuntamente contra el laicismo democrático” causante de pedir sus disoluciones, sin pelear por ello, porque en ellas la “democracia” es un fantasma o un espíritu maligno, un virus contagioso que puede acabar con ellas desde dentro de ellas mismas.

¿Qué tal un “pacto laico”, un ámbito mundial, tanto para católicos como para protestantes, para musulmanes, judíos o budistas, para agnósticos y ateos de todo tipo, para religiones sucedáneas de las siempre religiones,…para todos, y en el que se respetaran unas Normas Comunes de Convivencia, sin barniz religioso alguno, cimentadas en los principios fundamentales que sirven de base a las democracias?

Para ello sería necesario que, de los pedestales propios, todos, se apearan, pero eso va contra sus principios, porque los valores ciudadanos no pueden ni anular ni obviar los valores superiores, valores de otro tipo, que son los valores religiosos.

lunes, 28 de enero de 2019

"NO MAN´S LAND" (TIERRA DE NADIE ( 1)



Tengo la bendita costumbre de, en mis paseos por la ciudad, entrar en cualquier iglesia que tenga las puertas abiertas (por supuesto que no me pierdo, en mi Málaga, la de Los Mártires, la de Santiago y, por supuesto, la Catedral) me siento en los últimos bancos y recorro con la vista, atentamente y sin prisa, las cúpulas, las vidrieras, los altares,…pero en cuanto el cura de turno comienza el sermón, sin hacer ruido, me levanto y me voy porque sé que, con pequeñas variaciones, va a decirme lo mismo que dice cualquier cura en cualquier iglesia.

Como no llegué a tiempo, en Málaga, de escuchar los sermones, en la catedral, tan diferentes que me decían los malagueños de aquel cura distinto, Don José María González Ruiz (sevillano de Triana y malagueño de pro), teólogo y canónigo de la catedral, en cuanto pude compré “Memorias de un cura”, en dos tomos, y de los que disfruto.

Pero cuando visité Praga aquellas iglesias eran otra cosa porque, además de disfrutar de la vista, disfrutaba del oído escuchando (no simplemente oyendo) aquellos coros con aquellas voces celestiales.

Sé (y conozco alguno) que los talibanes católicos o asimilados sienten un arrobo superlativo cuando su líder abre la boca (sobre todo un antiguo amigo, que era del OPUS, al oír al antes Escrivá de Balaguer y hoy San Josemaría).
Yo soy la antítesis, me aburren los sermones de los curas.

He dicho (y repetido) que ninguna religión es verdadera como que ninguna religión es falsa porque las categorías de Verdad o Falsedad no son aplicables a las religiones, al no poder ser demostradas ni falsadas por no ser científicas.

Los conceptos y los criterios de Verdad y de Falsedad sólo pueden aplicarse a los contenidos científicos.

Ni los griegos, tan racionales ellos, aplicaron dichos criterios al terreno religioso: eso fue un rasgo definitorio de la razón monoteísta que introdujeron los cristianos en su batalla ideológica contra el paganismo.

Lo primero que consiguieron fue acabar con el tolerante pluralismo politeísta, lo que ellos mismos conseguirían, sufriendo las consecuencias, cuando ese mismo criterio se lo aplicaron los filósofos positivistas a su propia doctrina teológica que negaron los propios dogmas religiosos en nombre de la razón.

Si los cristianos derribaron los altares de los dioses olímpicos griegos y romanos en nombre de su monoteísmo, la Razón Ilustrada apearía del pedestal al Dios cristiano y los vástagos de esa Razón, los filósofos positivistas, negarían el concepto de verdad a los dogmas religiosos.

¿Qué verdad pueden tener unos dogmas ni verificables ni falsables “in se”, cuando no puede saberse nada de ellos y sólo entran en el orden, en el ámbito de la fe, de la creencia?

“Créanlo o no se lo crean, pero no digan que son verdaderos”.

Es el peligro que tiene la razón, que, si la sueltas, una vez suelta, comienza a escudriñarlo todo e insiste y no se cansa, derribando lo no sólido.

La razón no hace prisioneros sino que suelta las cadenas que te atan a tutores de todo tipo, religiosos o laicos, autoridades siempre interesadas en lo que sea, y que prefieren tenerte encadenado a ellos, pero la razón no encadena, sino que libera para que puedas volar y si, después, tu te metes en un túnel, tú y sólo tú eres el responsable.

Defender la Teoría de la Evolución o defender el Creacionismo conlleva apoyar a la “razón”, humana, o a la no sé por qué llamada “Razón Última”, Dios. Y cada una tiene sus defensores, los que prefieren liberarte de las cadenas y los que prefieren estar y tenerte encadenado.

viernes, 25 de enero de 2019

GLOBALIZACIÓN DE DIOS ( y 2)



Los Papas, a los que últimamente les ha dado por viajar en avión a los sitios más insospechados para darse, como anteriormente hemos indicado, baños de multitudes han conseguido globalizar a Dios, pero sólo a un nivel epidérmico, como si desconocieran el despliegue histórico del pensamiento y las transformaciones radicales de la sociedad.

Esas misas multitudinarias, en explanadas inmensas repletas de gente me trae a la memoria los cierres de campaña electorales en que los líderes de los partidos gritan desaforadamente como si no supieran, todavía, que nada tiene que ver los tonos altos de la voz y los bramidos verbales con el peso de los argumentos pero eso sí, con mucho público presente, banderola en mano, de excursión gratis en autobús desde el pueblo y no sé si ya con bocadillo de chorizo y lata de cocacola incluida.

Los discursos huecos de los sermones papales y las promesas incumplibles de los candidatos políticos nada nuevo dicen que no se sepa que lo iban a decir y lo dicen para nada.

No dudo (o sí) de las buenas (o nulas) intenciones de los líderes religiosos y políticos porque sus mensajes ni ellos mismos se los creen pero por si acaso cala en alguno…

Hace tiempo colgaba un documento sobre la postura de la Iglesia como institución ante los avances de la modernidad.
Lo cuelgo tal como lo tengo, en otros lugares, publicado.

EXPOSICIÓN DE LOS ERRORES MODERNOS

«A todos los fieles, en especial a los que mandan o tienen cargo de enseñar, suplicamos encarecidamente por las entrañas de Jesucristo, y aun les manda­mos con la autoridad del mismo Dios y Salvador nuestro, que trabajen con empeño y cuidado en alejar y desterrar de la Santa Iglesia estos errores. » («Concilio Vaticano. Const.» «Dei Filius». «IV Can. 3.°»). :

Los errores principales condenados por la Iglesia, son catorce, a saber:

El primero, Materialismo.
El segundo, Darvinismo.
El tercero, Ateísmo.
El cuarto, Panteísmo.
El quinto, Deísmo.
El sexto, Racionalismo.
El séptimo, Protestantismo.
El octavo, Socialismo.
El noveno, Comunismo.
El décimo, Sindicalismo.
El undécimo, Liberalismo.
El duodécimo, Modernismo.
El décimo tercio, Laicismo.
El décimo cuarto; la Masonería.

¿INSPIRADOS POR EL ESPÍRITU SANTO?

JUZGUEN USTEDES Y MIREN, AHORA, LA REALIDAD QUE LES RODEA.

GLOBALIZACIÓN DE DIOS (1)



Es triste, pero hay que recordarlo y no olvidarlo, que la Santa Madre Iglesia ha sido mucha Iglesia, poco Madre y dudosamente Santa.
A pesar de considerar a todos los hombres como “hermanos” por considerarlos “hijos del mismo Padre, Dios”, cada vez que la Razón humana se ha atrevido a salir en defensa de los “hombres” la primera en meter palos en las ruedas para que descarrilara el tren de los Derechos Humanos ha sido la Santa Madre Iglesia.

Ya en el siglo XVIII, cuando la Asamblea nacional francesa proclamó la “Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano” allá por el 1.789, la primera institución que levantó la voz, para criticarla, fue la Santa Madre Iglesia.
Le faltó tiempo.
Como si nada bueno pudiera provenir de la Diosa Razón, laica, cuando teníamos al Único y Verdadero Dios cristiano.

Lo cierto es que el influjo de la doctrina católica en las conductas efectivas de nuestros conciudadanos, incluso en un país tan estentóreamente católico como ha sido España y, teórica y estadísticamente, sigue siéndolo proveniente de los consecutivos residentes en el Vaticano, a medida que ha ido pasando el tiempo, ha sido y es cada vez menor.

Según se van filtrando y conociendo los entresijos de la Iglesia, como institución, cada vez va más en declive, a pesar del espectáculo de esos viajes en los que se dan los papas baños de popularidad, aunque sea en países con dictaduras que quebrantan los Derechos Humanos más elementales.

Y si hablamos de economía y de patrimonio, con la nocturnidad y alevosía de las tan recientes inmatriculaciones de ermitas, capillas, iglesias, incluso la Mezquita-Catedral de Córdoba uno (yo) se pregunta si ya no es la pobreza uno de los distintivos de la Iglesia Católica, la Iglesia de los pobres, la de “bienaventurados los pobres porque…”

Sólo un desgaje del tronco de la Iglesia, la Teología de la Liberación, condenada además, ella y sus promotores, por la Autoridad papal parece ser la que mejor ha captado el mensaje del Nazareno.

Y lo último de lo último ha sido el estreno y puesta de largo en público con el nombramiento del portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello que, en su primera intervención, sus primeras palabras han causado un escándalo.

la Iglesia quiere sacerdotes, enteramente varones, por tanto, heterosexuales".

Y que,  inmediatamente, ha tenido que rectificar: “No he querido decir que los homosexuales no sean perfectamente varones”
Así que pide disculpas si la expresión ha molestado: la "frase poco afortunada" solo quería decir que la Iglesia pide que los sacerdotes sean varones y heterosexuales.

“Pido disculpas si la respuesta ha podido molestar a alguna persona: yo, por supuesto, no puedo ni quiero decir que los varones homosexuales no sean perfectamente varones, lo que quiero decir con esta frase poco afortunada era algo más amplio".

¡Qué manera de espantar a la gente con esa sinceridad, porque es así como ha pensado y piensa la Iglesia!

jueves, 24 de enero de 2019

LAICISMO ( y 2)


Tú puedes pensar lo que quieras y creer en lo que te dé la gana, pero no  hacer lo que la sociedad laica ha tipificado, en sus leyes, como un delito.

Si alguien, varón, pues, maltrata a su mujer (por considerarla de categoría inferior y subordinada) o ahorca a un homosexual porque así consta en el Libro sagrado en el que cree, legitimando así su conducta, es un delito que debe ser justamente, y penalmente, castigado, independientemente de su buena voluntad y del texto revelado al que se ha atenido.

Es sólo la legalidad establecida en la sociedad laica la que marca los límites socialmente aceptables dentro de los cuales debemos movernos todos los ciudadanos, sean cuales fueren sus creencias o sus incredulidades.
Son las religiones las que tienen que acoplarse, que acomodarse, a las leyes de las sociedades laicas, y no al revés.

En la escuela pública, pues, sólo pueden resultar aceptables, como enseñanza, lo “verificable” (es decir, las realidades científicamente contrastadas en ese momento) y lo civilmente establecido como válido para todos (los “derechos fundamentales de las personas”) y no lo “inverificable” que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas o ciertas líderes religiosos, con las consiguientes obligaciones morales de sus credos religiosos particulares.

La formación catequética de los ciudadanos nunca puede ser obligación de ninguna sociedad laica, aunque ésta no podrá prohibir que los líderes religiosos catequicen a sus fieles, practicando y predicando su doctrina y su moral, pero NO EN LA ESCUELA PRÚBLICA Y EN HORARIO ESCOLAR.

Las Iglesias tienen sus lugares de culto y de prácticas religiosas, que es en sus parroquias, en los días y en el horario que crean convenientes, pero no en la escuela pública y en horario escolar.

Si no lo creen, y no quieren aceptarlo por considerar que sí tienen derecho, habría que preguntarles si tras el sermón del domingo, en la misa de la parroquia, tendría derecho un agnóstico (como yo) o un ateo a exponer sus ideas desde el púlpito, desde la teoría de la evolución y contra el creacionismo, a la teoría del Big Bang como origen del universo (y no el creacionismo) o la historia de la Inquisición, con sus mazmorras, sus autos de fe y sus castigos varios con muerte incluida.

Nadie duda de que la sociedad actual tiene unas raíces cristianas (han sido muchos siglos durante los que el cristianismo ha estado vigente, incluso como única opción religiosa) para pedir insistentemente que conste en la Constitución Española (también en la Constitución Europea), pero también habría que expresar otras raíces no cristianas igual o más influyentes en las sociedades laicas, como la Revolución Francesa y la Ilustración con su Diosa Razón.

Quizá lo más original del Cristianismo haya sido su vaciamiento progresivo como religión, su secularización paulatina y constante, la “religión para salir de las religiones” separando a Dios del César y a la fe de la legitimación estatal.

La sociedad democrática y laica, en la que vivimos, te permite adorar, en la intimidad, a tu Dios, al que elijas y obedecer, obligatoriamente, a tu César correspondiente en las leyes necesarias para la convivencia entre creyentes y no creyentes, o entre creyentes de religiones varias, porque a todos los considera iguales en cuanto ciudadanos.

Sin olvidar que las raíces cristianas también eran las de los antiguos cristianos que repudiaron a los ídolos del Imperio y que, si por ellos hubiera sido, una vez que Constantino les dio la Bienvenida y los instaló en el imperio, habrían destruido el Pan-teón romano o, al menos, haberlo dedicado al Único Dios, Mono-teísmo.

Y raíces también fueron los antiguos agnósticos e incrédulos que combatieron al Cristianismo convertido en nueva idolatría estatal.

Las raíces, pues, son varias y variadas.

El combate por una sociedad laica no pretende sólo erradicar los tics teocráticos de algunas confesiones religiosas, sino también los sectarismos identitarios de etnicismos, nacionalismos y cualquier otro sectarismo que pretenda someter los derechos de la ciudadanía, toda, a segregacionismos de cualquier tipo.

Ningún ciudadano debería, pues, ser obligado, ni ser necesario, ni siquiera conveniente, jurar sobre la biblia o sobre cualquier otro Libro Sagrado para poder ejerces sus funciones.

Tenemos, todavía, mucho que aprender de Francia, la sociedad más laica, ahora mismo, a pesar del islamismo que se le ha incrustado en el seno mismo de su sociedad.

miércoles, 23 de enero de 2019

LAICISMO (1)


LAICISMO.

Aunque muchos cristianos se lo crean la sociedad civil y las políticas de una sociedad democrática no odian las religiones, ni en Europa ni en España, aunque durante tantos siglos haya sido lo contrario, cuando las iglesias sólo permitían gobernar a reyes o emperadores si ellas les daban el visto bueno, porque como los hombres eran hijos de Dios desde que aparecieron en la tierra, esa condición primaba sobre la de ciudadanos o súbditos en la sociedad civil.

¿Cómo iba a estar subordinada la “felicidad eterna”, en el cielo, tras la muerte, a esta felicidad temporal, en la tierra, mientras se está vivo?

Cuando en el siglo XX ha triunfado la democracia como forma de gobierno las Iglesias han debido retirarse a sus cuarteles de invierno, pero quienes siempre han tenido las sartenes por el mango son reacios a soltarlo o, al menos, poder usarlo aunque sea de manera secundaria.

Para aclarar la cuestión que se plantea y no ver fantasmas de una enemistad diabólica del Estado contra las Iglesias, desde el Papa hasta el último cura, sacristanes y beatas incluidos, es el objetivo al que se dirigen estas reflexiones.

Han sido muchos los siglos en que las Iglesias han vertebrado, social, moral y políticamente a las sociedades pero las sociedades modernas basan sus acuerdos axiológicos en leyes y discursos legitimadores, al margen de las Iglesias, es decir, leyes discutibles, revocables y de aceptación únicamente por los acuerdos voluntariamente aprobados por los ciudadanos, es decir, nada que ver con las antiguas políticas de preceptos provenientes de los dioses que eran revelados a sus auténticos representantes en la tierra, las Iglesias jerárquicamente establecidas, a todos sus fieles creyentes (y ¡pobre de aquel que no se considerara oveja del único rebaño divino¡).

El nuevo marco institucional creado es las nuevas sociedades democráticas no excluye, ni mucho menos persigue, las creencias religiosas, más bien creo que las protege a unas de las otras que, durante toda la historia, han sido poco tolerantes entre ellas con las mutuas excomuniones y guerras de religión incluidas, con degüellos mutuos provenientes de revelaciones de dioses distintos, incluso de versiones distintas de un mismo texto o Libro considerado sagrado y revelado, llámese Torah, Biblia o Corán.

En la sociedad democrática laica (algo que nunca sucedió, ni sucede, en las sociedades religiosas) cada Iglesia debe tratar a las demás como ella misma quiere ser tratada y no como piensa que las otras lo merecen.

Los dogmas de cada una de ellas se convierten en creencias particulares de los ciudadanos, pierden su obligatoriedad general pero ganan, en cambio, en garantías protectoras que brinda la constitución democrática, igual para todos.

Iguales todos, como ciudadanos, en las sociedades democráticas laicas, respetando las particularidades religiosas de todos y cada uno de ellos.
Todos serán ciudadanos, exactamente iguales, y sólo serán fieles creyentes de aquellas religiones por las que opten, siendo la sociedad laica la que garantiza la paz entre las diversas creencias.

En esta nueva sociedad laica y democrática cada ciudadano tiene “derecho” a optar por la creencia religiosa que más le atraiga (o a no optar por ninguna, en su agnosticismo y ateísmo) pero no como “deber” que pueda imponerse a ningún otro.
Que cada uno elija lo que quiera pero no imponerle su opción a ningún otro.

Esta forma de dirigirse y gobernar en la sociedad laica es incompatible con la versión integrista, tantas veces presente, que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para todos los demás.

Pertenecer a una comunidad o a otra es un “derecho” de todo individuo, pero nunca un “deber”, sabiendo que son bienvenidas en el seno de la democracia, pero con la única condición de que no engendren desigualdades e intolerancia, que, como nunca la igualdad y tolerancia han provenido de ellas mismas, es la democracia la que las garantiza.

Las religiones, pues, pueden orientar a sus fieles creyentes sobre los comportamientos que deben practicar, acordes con su religión, y que serán las “virtudes” y los que no debe practicar, que serán “pecados”, que nada tienen que ver con los “delitos” que igualmente pueden serlo esas “virtudes” que esos “pecados” religiosos.

Una conducta tipificada como delito por las leyes vigentes en una sociedad laica jamás podrá ser justificada, ensalzada o promovida por argumentos religiosos de ningún tipo ni puede ser un atenuante para el delincuente su buena fe a la hora de cometerlo.


martes, 22 de enero de 2019

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (y 6)



Si los ricos siguen considerando a los pobres, por una especie de ley natural (“siempre ha habido ricos y pobres”) como si de un “hecho” pueda derivarse un “derecho”) como sus sirvientes y subordinados y los pobres, a su vez, sigan considerando a los ricos como una presa que cazar y destruir, para descabalgarlos de la peana para subirse ellos…la guerra está servida.

En una sociedad desigualitaria, las pérdidas que se experimentan no sólo son económicas y sociales, de índole pragmática, (que también), sino
especialmente pérdidas morales, de subdesarrollo moral.

El déspota no sólo es sujeto de violencia, sino que también está expuesto a ser objeto violado y expuesto a la muerte por los oprimidos.

Las relaciones humanas montadas sobre una base de desigualdad y reparto injusto de bienes, no sólo generan odio, resentimiento y sentimiento envenenado por aspiraciones de dominio de unos y de revancha de lo otros.

Y cuando no reina ni siquiera la convivencia, menos puede haber un “goce compartido”.

Las migajas de placer que pueda ofrecer una vida basada en la competencia nada tienen que ver con la riqueza y el goce placentero que puede derivarse de una convivencia pacífica y solidaria.

Mientras hay individuos humillados, sometidos, subordinados, oprimidos,…está servida la revancha, la venganza, la represalia, la envidia,… en una palabra, la guerra.

Solidaridad con los demás y solidaridad con uno mismo, siendo leal a las propias ideas y principios, a cultivar y cuidar la propia personalidad a nivel intelectual y emotivo, esforzándose en crecer en ello.

Mejor un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho, mejor un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho, lo que desde siglos han estado advirtiéndonos los filósofos.

Nadie está contento con uno mismo, siempre miramos al otro que está arriba con el deseo de ocupar su lugar, aire que se respira en la sociedad en que vivimos.

Sólo los empecinados en que todo siga igual, que los poderes y las autoridades sean las que siempre han sido y sin ser cuestionadas, son los que frenan el desarrollo solidario, por no querer bajar de la peana a la que están subidos.

Si ya han caído los reyes que subyugaban a los sirvientes por no considerarlos ciudadanos y ya han caído los dioses que ordenaban desde arriba sus órdenes con el culto a la Razón Ilustrada que, en el diálogo, llega a acuerdos que cumplir, ya sólo quedan las clases privilegiadas en varios órdenes que no quieren tratar y dejarse tratar de “tu”, mandando el Ud. y el Don al baúl de los recuerdos.

Los verdaderos placeres, los prohibidos por reyes y dioses desde el principio de la historia y por los nuevos poderes, están en la Ética Solidaria.

Una vez liberados de la tradición, del prejuicio, de las jerarquías y clases tradicionales, de los tabúes, del concepto de pecado, del egoísmo pequeñoburgués tradicional, del “Dios lo quiere”, de “la Patria os necesita”,… Todos interesados en que nada cambie y todo siga igual, hemos aterrizado en el cosmopolitismo de ser, todos, ciudadanos del mundo, con los mismos Derechos Humanos al participar todos de la misma naturaleza.

Sólo los privilegiados quieren seguir siéndolo.
Todos los demás debemos aplicar todas nuestras fuerzas y capacidades para ser felices solidariamente.

Tenemos el deber de ser felices, pero de la auténtica felicidad, de la “felicidad SOLIDARIA” de la que y en la que todos debemos participar.

Tenemos el deber de ser felices y tenemos derecho a exigir que ese goce sea lo prioritario.

FIN

lunes, 21 de enero de 2019

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (5) LAS TRES ÉTICAS


NIVEL I: Capacitación para el goce de la felicidad SOLITARIA.
NIVEL II: Capacitación para el goce de la felicidad GREGARIA.
NIVEL III: Capacitación para el goce de la felicidad SOLIDARIA.

La vida auténtica, la reclamada desde Sócrates, la conforme a nuestros principios, supone dar una paso más y acercarse al Nivel III, apartándose de la multitud, pero no por desprecio ni por elitismo, sino por tratar de no halagar los instintos más bajos de las masas o la ignorancia supina.


Lo mejor no tiene que ser lo que agrade a los más, hay que saber y buscar qué es lo mejor que ha de hacerse y no lo que es más acostumbrado –dirá Séneca.

El Nivel II es el terreno abonado de y para los demagogos y conseguir el estatuto de líder sin importarle mucho las necesidades e intereses, los deseos ilustrados de los demás.

A pesar de todo ello, no todo es negativo en este Nivel II porque la inteligencia humana ha llegado a comprender, aunque sólo sea vagamente, la necesidad de la cooperación y ayuda mutua porque sin ellos él no sería lo que es, pero es un sentimiento ambiguo y vago de empatía que no produce, todavía, acciones y comportamientos éticamente encomiables.

NIVEL III: Capacitación para el goce de la felicidad SOLIDARIA.

Es el nivel en el que es posible compaginar la búsqueda de la felicidad propia y la búsqueda de la felicidad ajena, mediante una ampliación de los sentimientos de empatía que dan lugar a fuertes lazos de SOLIDARIDAD.
Es en este nivel en el que se dan el desarrollo moral pleno y el goce humanamente más profundo y satisfactorio.
Es el nivel en el que se vive plenamente de acuerdo con el sentimiento ético de la vida.
Se corresponde este nivel con el postconvencional kohlbergiano aunque éste sea, por una parte demasiado racionalista y demasiado individualista por otra.

En este Nivel se postula la deseabilidad de un individuo plenamente desarrollado tanto intelectual como emotivo y sentimentalmente.

No hay/no puede haber enfrentamiento entre “razón” y “sentimiento” (“razón sentimental” y/o “sentimiento racional”)

Ya no es que no se desentienda de los demás, es que está sumamente interesado en los otros, empatizando y gozando en el gozo ajeno y doliéndose con el dolor de los otros.
Sintonizando plenamente con los otros, que le preocupan.

No está lejos (o, como diría Rajoy, está cerca) del socialismo utópico o romántico de tiempos atrás.

“Socialista cualificado” se autodenominaba Mill, con su visión optimista de la especie humana, que le lleva a pensar que el hombre está llamado a identificar sus sentimientos cada vez más con el bien ajeno, no pudiendo el hombre encontrar satisfacción en su vida cuando no ha conseguido ampliar los horizontes propios del egoísmo.

Este Nivel III, el de la Felicidad Solidaria, es la meta deseable del desarrollo moral de los individuos y de las comunidades y sin proponerse una moral puritana de renuncia a pasiones e inclinaciones.

Es en este Nivel en el que se está incitando a la rebelión más profunda contra todo tipo de tabúes y obstáculos que no nos permitan gozar profunda  e inteligentemente en nuestras relaciones interpersonales y en nuestras relaciones con nosotros mismos.

En ambas relaciones (interpersonales e intrapersonales) ésta sería una Ética Prometeica y radicalmente revolucionaria, al afirmar que sólo a través de un tipo determinado de esfuerzo es posible desarrollar las capacidades intelectuales y sensibles que nos convierten en personas “excelentes”.

Esfuerzo por comprender y participar en la vida de los otros para conseguir una vida de relaciones humanas plenas y gratificantes, ayudando, impulsando y compartiendo (y nunca frenando e impidiendo).

Es una Ética Rebelde en las relaciones interpersonales borrando, por siempre, las barreras alzadas por el privilegio y proponiendo que “los intereses de todos sean tenidos en cuenta por igual”, y no por demandas de los peor situados sino por el beneficio del bienestar y goce de todos en una convivencia digna de tal nombre, y no sólo coexistencia.

La búsqueda de este “placer prohibido” en la sociedad contemporánea donde la competitividad prima sobre la cooperación, porque cuando hay un fuerte antagonismo entre las personas, los sexos o las clases sociales, la revancha de los oprimidos es tan feroz e indeseable como el despotismo e insensibilidad de los opresores.

Si, en vez de convivir en el mismo plano, se coexiste en planos paralelos, la lucha entre los que no quieren bajar y los que quieren subir es la guerra continua de todos contra todos.

La convivencia pacífica deseada habrá devenido en coexistencia bélica y tirando a matar.


domingo, 20 de enero de 2019

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (4)



4

“El placer humano”, “la felicidad humana”, “el goce humano”, no son sino abreviaturas con las que nos referimos a estados de hechos complejos en los que se interaccionan sujetos con objetos, sujetos con sujetos, sujetos con sujetos y con objetos, y con el requisito del cálculo racional (conocimiento reflexivo o Ilustración) como uno de los ingredientes más importantes de una vida humana gozosa.

El hombre es un ser naturalmente propenso a sentir con los demás, por lo que los goces más profundos del ser humano derivan de su capacidad para desarrollar sus sentimientos de empatía o “sympatheia” de tal suerte que el requisito de Ilustración (conocimiento reflexivo) ha de ser complementado por el de la empatía ampliada o “solidaridad”.

La pasión por compartir nuestra vida y nuestra dicha con los demás constituye, posiblemente, la pasión más profunda de muchos seres humanos.

Las relaciones humanas desinteresadas y amistosas son una fuente de una felicidad más honda.

“De los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de la vida entera, el mayor, con mucho, es la adquisición de la amistad” –de nuevo Epicuro.

Aunque es evidente que no todos los seres humanos se encuentran en un mismo nivel de desarrollo moral, ni están, por tanto, igualmente capacitados para el goce y disfrute de la felicidad.

Hay, al menos, tres niveles que, siguiendo la denominación de Kohlberg se denominan: “preconvencional”, “convencional” y “postconvencional”.

NIVEL I: Capacitación para el goce de la felicidad SOLITARIA.

Es la típica del niño, “egocentrismo” (no me gusta llamarlo “egoísmo”) que rodeado de juguetes, muchos, variados y caros, el que más le gusta y ahora quiere, y si puede se lo quita, es el juguete simple y sencillo de ese niño que envidia todos los suyos.

“Egocentrismo” y “heteronomía” respecto a las normas (Piaget, precedente de la clasificación kohlbergiana).
Y eso mismo, propio del niño, es también de esos pueblos y culturas estancados en una etapa de despreocupación por los intereses transnacionales, y que les ocurre a muchos adultos, que sólo miran su ombligo (personal, cultural, nacional, social, religioso,..) y a muchos nacionalismos.

Desde el punto de vista ético “ser niño” es una descalificación, ya que no implica el mantenerse en el estado de inocencia o de pureza, sino más bien es un estado de ignorancia, inmadurez y falta de la capacidad de empatía.
Los placeres que buscan son los más inmediatos y personales, les falta visión de futuro, no van más allá de sus narices, no meditan suficientemente sobre aquello que hace la vida verdaderamente valiosa.

Es un “hedonismo ético personal o individual” en el que falta la madurez tanto de la capacidad racional como de la capacidad sentimental, personas que no se encuentran plenamente desarrolladas para ampliar sus intereses a intereses generales.

Están detenidos, excesiva o definitivamente, en este nivel 1 de capacidad hedonista, incapacitados para una inter-acción positiva y gratificante con otros seres humanos, por lo que la capacidad de empatía es, prácticamente, inexistente y sus sentimientos morales, prácticamente, atrofiados.

NIVEL II: Capacitación para el goce de la felicidad GREGARIA.

Corresponde a las personas que han desarrollado, al menos medianamente, su sensibilidad moral pero que aceptan y comprenden las demandas e intereses de los otros, aunque sea de manera inapropiada porque si lo hacen es para congraciarse con los demás y derivar de ello beneficios personales, en vez de ocuparse realmente de los otros, con independencia de los beneficios inmediatos que ello pudiera procurarles.

Los otros son usados como medios para conseguir fines y beneficios propios.

Y pueden tener un desarrollo intelectual considerable y ponen en práctica lo que Kant denominaba “reglas de habilidad” y saben, perfectamente, qué fines persiguen tratando de obtener los medios que a tales fines conducen sin cuestionar las reglas de juego con las que puedan conseguirlo.

Son hábiles negociadores y suelen ser buenos demagogos y conseguidotes de votos y de beneficios prometiendo humo, bisutería y chucherías.
Sabe estar a bien con los demás, es un “bien adaptado” y mejor conseguidor.
Pertenece a sociedades relativamente desarrolladas desde el punto de vista del nivel económico.
Es una ética del “egoísmo ilustrado”.

El Nivel II es un avance respecto al Nivel I pero sigue y persiste en un infradesarrollo moral preocupante.

Es el nivel de la “moral agonal” o moral de lucha y éxito, propia de la Grecia homérica y que habría de ser superada por la moral socrática del “triunfo ante uno mismo más que ante los demás”

Este sujeto del Nivel II obra de acuerdo con las expectativas sociales y acorde con las normas vigentes y con tal de conseguir el triunfo y sus recompensas (prestigio, fama, riquezas, éxito, fortuna,…) no le importa renunciar a su autoafirmación personal, algo secundario para él.

Lo consigue todo (o casi todo) pero sin empatía, sin solidaridad, sin justicia.
Es un egoísta desde fuera, utilizando a los otros.

Será portada de revistas, admirado y envidiado, pero es un gran perdedor moral, porque es un imitador que hace lo que la gente hace, dice lo que la gente dice y quiere oír.

Vive en una felicidad gregaria.

sábado, 19 de enero de 2019

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (3)



El placer de un padre/una madre de ver a sus hijos felices comiendo el bocadillo al que ellos han renunciado –por ejemplo.

No es infrecuente este restar bienestar propio a favor de bienestar ajeno, cercano o lejano.

No nos importa (incluso debe ser motivo de orgullo y goce) que Hacienda nos descuente de nuestro salario mensual si vemos que lo detraído se emplea en educación, en salud, en pensiones, en ayudas sociales… de ciudadanos peor situados en la escala social.

Aunque en unos se muestre más intensa que en otros esa tendencia natural a procurar el bienestar de los otros, ello puede ser estimulado o reforzado o, por el contrario, reprimido o suprimido, en los diversos procesos de socialización a que estamos sometidos a través de las diversas agencias socializadoras que intervienen en el proceso.

Felicidad propia – felicidad ajena – medios de socialización que estimulan o reprimen la felicidad propia o la felicidad ajena.

Pero también cada uno puede intervenir, activamente, en esos medios de socialización que estimulen o que frenen; no somos necesariamente pasivos, ni nos dejarnos engullir, necesariamente, por ellos.

Felicidad propia – felicidad ajena (tema ético) porque puedo tomar decisiones en un sentido o en otro.

La consecución de la felicidad no es un don o una gracia que se te dé, sino fruto de un esfuerzo y lucha personal, una “conquista” (así se titula un libro de B. Russell: “La conquista de la felicidad”), lo que podemos denominar un imperativo moral, un deber ético.

La moral no sólo es un freno a nuestros instintos animales sino un estímulo a este ser racional, reflexivo, libre, solidario,…que invita no sólo a frenar lo tuyo sino a estimular lo ajeno.

Decía Epicuro que “mejor (preferible) un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho”, porque son muchas las forma de satisfacción, y la vida  de los cerdos no es, precisamente, una vida éticamente deseable.

“Los placeres de una bestia no satisfacen la concepción de felicidad de una ser humano porque éstos poseen facultades más elevadas que los apetitos animales y no consideran felicidad nada que no incluya la gratificación de aquellas facultades” –dice Mill.

O, como afirma Epicuro: “Ni en banquetes ni en orgías constantes, ni en disfrutar de muchachos, ni de mujeres, ni de peces, ni de las demás cosas que ofrece una vida lujosa engendran una vida feliz… no es posible vivir feliz sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin ser feliz”.

Hedonismo ético – eudemonismo ético.

Un placer, en sí mismo, ni es bueno ni es malo.
Puede ser bueno de manera inmediata, pero con consecuencias negativas después, luego sería malo ese placer.

Un dolor, en sí mismo, ni es bueno ni es malo.
Puede ser malo de manera inmediata (una inyección dolorosa) pero con consecuencias positivas (la curación de una infección) por lo que el dolor sería bueno, por sus consecuencias.

Yo solía decirles a mis alumnos que nunca un perro acudiría a un veterinario de manera voluntaria para que le pinchase o le dieran una bebida amarga, pero que un hombre sí que acude al Centro de Salud para que el médico le recete jarabes amargos o inyecciones, incluso acude al cirujano y al quirófano por las buenas consecuencias posteriores, al aceptar el dolor inmediato.

Placer o dolor inmediato y resultados consecuentes.

O, en palabras de Epicuro: “Ciertamente todo placer es un bien…y, sin embargo, no todo placer es elegible; así como, también, todo dolor es un mal, pero no siempre todo dolor siempre ha de evitarse”.

Conviene juzgar todas estas cosas con el cálculo y la consideración de lo útil y de lo inconveniente, porque, en algunas circunstancias, nos servimos del bien como un mal y, viceversa, del mal como de un bien”.

Una “vida buena” desde el punto de vista de una Ética Hedonista, debe cumplir estos requisitos:

1.- Que la búsqueda de la felicidad sea consciente y deliberada (y, en cierto sentido, esforzada).
2.- Que la búsqueda deliberada y esforzada sea realizada inteligentemente (calculando las consecuencias y teniendo en cuenta las circunstancias y posibilidades).

Por lo tanto afirmar que “sólo el placer es bueno” es un enunciado falso (porque el solo placer, no sometido al cálculo racional, no es ni siquiera placentero).

viernes, 18 de enero de 2019

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (2)


Las dos grandes columnas o muletas en que se han apoyado algunos papas recientes han sido, además del Opus Dei, los Legionarios de Cristo.
Nada más y nada menos.

El gran Kant afirmaba que la búsqueda de la felicidad y la vida virtuosa nada tienen que ver una con la otra.
Es muy distinto hacer a un hombre feliz que hacer a un hombre bueno.

Para Kant, todo el mundo busca necesariamente, inevitablemente, la felicidad y, por consiguiente, la búsqueda de la felicidad no puede resultar ni meritoria ni virtuosa, porque la felicidad no está confiada a la razón, sino basada en el instinto.

Porque si la búsqueda de la felicidad obedeciese a un impulso inevitable no podría considerarse ni buena ni mala.

Impulsos como beber cuando se tiene sed, comer cuando se tiene hambre, taparse-cubrirse y buscar cobijo cuando se tiene frío, acostarse cuando se está fatigado,..  No son, moralmente, ni buenos ni malos, son impulsos naturales.

Si, agotado por el cansancio y el sueño, se te cierran “involuntaria e inevitablemente” los ojos, no hay razón alguna, ni lógica ni moral, para afear o alabar esa conducta.

Para que una acción pueda ser valorada éticamente se requiere que la voluntad sea libre, que sea una decisión autónoma y racional.

No puede valorarse éticamente que los ojos se te cierren automáticamente por sueño, que se te abra la boca por aburrimiento, que te tiemblen las manos y las piernas por el miedo,…porque son acciones involuntarias (no voluntarias, no queridas) y automáticas (no libres).

Buscar la felicidad o abrigarse cuando se tiene frío son acciones voluntarias (queridas) y libres (no automáticas, pueden llevarse a cabo o no).

Alguien, por motivos ascéticos, religiosos, o de cualquier otro tipo (para ligarse a la rubia del quinto) puede elegir el sufrimiento, soportar el frío estoicamente, para templar su voluntad, para forjar su carácter o para agradar a alguna deidad determinada más o menos caprichosa y sádica.

Aunque tendamos, natural y espontáneamente, a un tipo determinado de comportamiento (comer, resguardarnos,…) éstos no se producen automáticamente, sin intervención de nuestra voluntad y nuestra capacidad de elección y decisión porque podemos optar a ellas o a renunciar a ellas.

¡Qué bien lo expresa Kant¡ “Ser feliz es necesariamente el anhelo de todo ser racional (otra forma de expresar la sentencia aristotélica), pero finito y, por tanto, un inevitable fundamento de determinación de su facultad de desear, está confundiendo un movimiento natural y espontáneo, pero controlable y “evitable”, con las acciones que realizamos automáticamente, sin intervención alguna de nuestra voluntad”

O sea, deseo natural y universal pero “evitable”, no es como que con el cansancio se te cierren los ojos (inevitable, incontrolable, automático).

La búsqueda de la felicidad es como la búsqueda de una buena salud o de unas buenas relaciones con los demás, todo hombre las desea, pero al proponerse un plan de vida puede optar por diversas acciones para conseguirlas, anteponiendo o no el bienestar personal sobre el bienestar público (una ética puesta al servicio de los intereses humanos).

Todo lo que los hombres desean, cuando actúan libre, imparcial e ilustradamente es “deseable”.

Todas las acciones humanas tienden, en general, a procurar algún goce o a aliviar algún dolor (que también es un goce) pero no se trata necesariamente de algún goce o dolor particular y privado.

No se trata siempre de nuestro “yo”, de nuestro “amado yo”, sino que también incluye, abraza y abarca a “otros yos”, cercanos o lejanos, que ayudan a conformar y configurar nuestra personalidad.

El hombre, pues, a pesar de su limitada capacidad de “empatía”, no es un ser tan impermeable a los demás que pueda disfrutar siempre su goce en soledad sino también en coparticipar en las alegrías y penalidades ajenas.

¡Qué bien lo expresa Adam Smith: “por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros y de tal manera que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga a no ser el placer de presenciarla”.

Ahora mismo estamos asistiendo a la búsqueda de un niño, Julen, al que ni sabíamos que existía, pero que nos alegra que sigan buscándolo y nos alegraría más que lo rescataran vivo.

Felicidad sólo propia, aislada, versus felicidad, también, en los que te rodean (que incrementa tu felicidad, al ser una doble felicidad, como los padres y sus hijos y familiares) y versus felicidad en todos los hombres.

En cuanto seres humanos, pensantes y sintientes al mismo tiempo, tendemos a maximizar el bienestar no sólo propio sino el de otras personas afines, allegadas, incluso alejadas en el espacio y en el parentesco, prefiriendo incluso, en ocasiones, trabajar por el bienestar de todos los miembros de nuestra comunidad, incluso de todos los miembros de la especie humana, aún a costa del sacrificio de placeres propios inmediatos o futuros.

EL DERECHO/EL DEBER DE SER FELICES (1)


Dice Aristóteles que todo lo que el hombre hace lo hace para ser feliz, lo hace en vistas a la felicidad, que es el mayor bien de todos.
No es que tengamos derecho a la felicidad (que también) sino que tenemos el deber de ser felices.
Aunque, luego, tengamos distintos conceptos de “felicidad” y mientras para unos consiste en esto, para otros consista en otra cosa, pero todos, todos obran/obramos buscando la felicidad, buscando ser felices.

“Lo mejor, lo más hermoso y lo más agradable es la felicidad” –nos dice el estagirita en su Ética a Nicómaco.

La Ética Laica lo afirma tajantemente y, además, que esa felicidad tiene que ser en esta vida, mientras estamos en la tierra.

Sin embargo, desde sus orígenes hasta hoy mismo, las morales religiosas han reprimido esta felicidad terrena reservando la auténtica felicidad para el más allá, como algo demasiado “precioso” para ser degustado durante nuestro “peregrinaje” y “destierro”.
Para ellas esta vida no es una “meta” sino sólo un camino para hacer méritos, para merecer aquella felicidad ultraterrena y eterna.

Buscar la felicidad aquí abajo es renunciar a la meta, dicen las morales religiosas.
Más aún, los méritos para merecer aquella felicidad es, sobre todo, el sacrificio, la mortificación, que serían como la moneda de cambio para sacar el pasaporte, el billete o la entrada para disfrutar eternamente (porque la felicidad ultraterrena no es como la de aquí abajo, temporal, huidiza, inconstante, móvil, imperfecta…aquella es eterna y total, plena)

¿Quién no va a sacrificar los años, más o menos, de esta vida para conseguir la vida eterna feliz?
¿Quién no va a hipotecar el tiempo en aras de la eternidad?

“El ayuno riguroso es penitencia gratísima a Dios” y “mientras caminamos en esta vida la felicidad está en el dolor” –afirma la moral del OPUS DEI en “Camino” (la obra por excelencia de su fundador, el rápidamente “santificado” Escrivá de Balaguer.

Vienen a decir las morales religiosas, de una u otra forma,  que, en esta vida, “cuanto peor, mejor”.
De aquí las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres…los que tienen hambre y sed…los que lloran…”

¡Con lo fácil que es, pues, ser “bienaventurado”¡ pero casi nadie (nadie) quiere serlo; todos quieren/queremos ser ricos, estar bien comidos y bebidos, reírse, bailar, disfrutar, pasarlo bien, no hipotecar esta vida, sino vivirla a tope,…

Hay que renunciar al concepto de felicidad terrena, natural, para hacerse digno y meritorio de la felicidad eterna, sobrenatural, ultraterrena,…

La virtud, entendida no desde el punto de vista religioso, es el dominio perfecto, excelente, de una actividad.
Y así podemos decir de alguien que es un “virtuoso del violín, o del balón, o de la pluma o,…” porque dominan la práctica de esas actividades.

La virtud, dice Aristóteles, es “el hábito de obrar bien”  (Ara Malikian, Messi, Cervantes,…son virtuosos por cómo dominan el violín, el balón, la pluma).
El vicio, en cambio, es “el habito de obrar mal” (como éste que está escribiendo esto, con dos dedos, mirando las letras, lentamente, equivocándome a menudo…)

Pero “la virtud religiosa implica la felicidad tal como es entendida dentro del dogma religioso y se corresponde con un concepto religioso de felicidad” y que puede llegar a recomendar la renuncia a la vida sexual (o ser obligatoria para ser sacerdote, con el voto de castidad) o más peligroso todavía, castigar la carne con el cilicio (como el Opus Dei), un auténtico masoquismo, una mortificación hiriendo la carne, pero que es visto como la mejor manera de acercarse a Jesucristo, imitándolo, porque todos sabemos que fue coronado de espinas, azotado y, finalmente, crucificado.

Conocí a una joven profesora de filosofía, que había militado en el Opus Dei y que, al final pudo salir de él (con lo difícil que ello es por el acoso que sufre el que quiere abandonar o acaba de abandonarlo para que vuelva).
Me contaba cómo, cuando iba en autobús a la facultad y veía a un joven atractivo y se le desataba la imaginación, deseándolo, se bajaba en la próxima estación (aunque no fuera la suya), sacaba del bolso unas piedrecitas, “picudas”, que siempre llevaba consigo, se las metía dentro del zapato y así, andando y sufriendo, hasta llegar a la facultad. Esa era la manera de compensar, moral y religiosamente, el mal pensamiento que había tenido en el autobús.

¡Hasta dónde llega la borrachera obsesiva, el paroxismo, como para afirmar: “Un cuarto de hora más de cilicio por las almas del purgatorio; cinco minutos más por tus padres; otros cinco minutos por tus hermanos de apostolado! Hasta que cumplas el tiempo que te señala tu horario” (Camino)

¡Tremendo!.

Si alguien ha visto la película “Camino”, de Javier Fesser, puede entender lo que es el Opus.

Por supuesto que no todos los creyentes católicos son del Opus Dei ni piensan, ni actúan, como ellos, en ese crudo y brutal sadomasoquismo.
A la gran mayoría de católicos, en su sano juicio, les repugna este tipo de tormentos, pero no hay que olvidar que la influencia del Opus Dei en la Curia Vaticana es notable.