jueves, 21 de septiembre de 2017

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES (2)



Era el año 1.814, Schopenhauer tenía 26 años y tuvo una turbulenta discusión con su madre, Johanna.

Johanna Schopenhauer no era una inculta y malhumorada mujer.
Fue, al parecer, la primera autora alemana que adoptó la escritura como profesión.
Se cuenta también entre las primeras mujeres que firmaron sus obras con su propio nombre, rechazando los pseudónimos a los que recurrían otras autoras para hacerse pasar por varones, puesto que en su época, como es sabido, existían serios prejuicios contra las «escritoras e intelectuales femeninas».

Recibió una esmerada educación a cargo de un clérigo escocés amigo de su familia, que le enseñó inglés, geografía, astronomía y otras disciplinas afines, poco habituales en la educación de una niña de entonces; con otros preceptores aprendió lenguas clásicas e historia.

Amó la literatura desde edad temprana: Shakespeare, Voltaire, los clásicos...

Siendo todavía muy joven se había casado con el maduro Heinrich Floris Schopenhauer, padre de sus hijos Arthur y Adele, su más firme apoyo tras la muerte de su esposo.
Junto a éste conoció la riqueza y buena parte de Europa; posteriormente, y ya viuda, sufrió la escasez, la miseria casi.

Inició su carrera como escritora en 1810, con relatos, misceláneas, libros de viaje y novelas como Gabriele y, sobre todo “La nieve”, publicada por primera vez en 1825.

Pues esta mujer, harta de la conducta de su díscolo y protestón hijo, un día, toda irritada, le espetó:

“La puerta que, con tanta violencia estrellaste ayer, después de comportarte tan indignamente con tu madre,  se ha cerrado para siempre entre tú y yo.
Estoy harta de soportar tus excesos, me voy al campo y no volveré a casa hasta que tú te hayas ido; es algo que debo a mi salud, pues una segunda escena como la de ayer me produciría un ataque de apoplejía que podría ser mortal.
No tienes ni idea de lo que es un corazón materno: tanto más dolorosamente siente cada golpe de la mano antes amada cuanto más profundo fue el amor.
No es Müller, eso lo juro ante Dios en el que creo, lo que me ha separado de ti, sino que has sido tú mismo, tu desconfianza, tu censura de mi vida y de la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento hacia mi, tu desprecio contra mi sexo, tu resistencia claramente expresada a contribuir a mi felicidad, tu codicia, tu mal humor al que das libre curso en mi presencia sin ningún recato, todo eso, y mucho más, es lo que hace que parezcas completamente odioso, y eso es lo que me separa de ti”

Y eso lo dice una madre que, por naturaleza, tendería a minimizar los defectos de su hijo.

Pocos días después abandona el domicilio familiar y nunca volvería a ver a su madre, aunque sí se cruzarían nuevos y afilados reproches por correspondencia.

También muestra un desprecio hacia su hermana, Adele, nueve años más joven que él, con la que apenas se ve, sólo esporádicamente, y durante breve espacio de tiempo.
Era no sólo la diferencia de edad, también la distancia entre los sexos la que imposibilitaba la comunicación.
Y eso que Adele fue una figura apreciada por Goethe, que acudía a la asociación femenina, fundada por su madre, Johanna, y en la que se reunían las hijas de algunas familias nobles para tocar música, leer en voz alta o pintar.


A los 33 años nuestro filósofo tuvo una relación amorosa (la más larga que tuvo, más de diez años) con una corista, actriz y bailarina, de 19 años y cuando quiere poner un ejemplo de su “voluntad de poder” (tema fundamental de su filosofía) afirma que es en el acto de la copulación, “ésa es la verdadera esencia y el núcleo de todas las cosas, la finalidad y la meta de toda existencia”

miércoles, 20 de septiembre de 2017

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES (1)

Hace muchos, muchos años (ex libris – 2 de Abril- 1.980) adquirí un libro, que me llamó la atención y no me decepcionó, “El amor, las mujeres y la muerte”, de Arthur Schopenhauer, el “filósofo pesimista” por excelencia, un hombre solitario, que ama la tranquilidad y la calma, que siente miedo a los ladrones, a las enfermedades y a la muerte, escéptico y cínico, irónico y sarcástico, que llega fácilmente a la avaricia, a la desconfianza total y a la misantropía.

Capítulos sobre el Amor, las Mujeres, la Muerte, la Moral. La Religión, la Política,… (Jamás, en mi vida, he leído textos más misóginos que éstos del autor)

En el primer capítulo se expone su teoría sobre el amor.

“El amor, no sólo está en contradicción con las relaciones sociales, sino que, a menudo, también lo está con la naturaleza íntima del individuo, cuando se fija en personas que, fuera de las relaciones sexuales, serían odiadas por su amante, menospreciadas y hasta aborrecidas”.

¿Quién, al menos, no ha oído hablar del Kamasutra (y, si le ha tenido en sus manos, ha ido observando y viendo las “posturas sexuales”), el antiguo tratado hindú sobre la sexualidad, y que sostiene que el “Kama” (el deseo sexual) es uno de los medios para alcanzar el Moksha (la salvación)?

Tanto las figuras de dioses como de hombres ofrecen tal diversidad de acoplamientos sexuales que casi parecen un catálogo de un sex-shop.

El cuerpo y la sexualidad son aceptados, por toda la cultura hindú, como dos aspectos naturales de los hombres desde que nacen hasta que mueren.

Ocurre, sin embargo que eso, tan natural en Oriente (las cortesanas transexuales, la bisexualidad, la sexualidad en grupo, y prácticas sexuales varias) era y casi sigue siendo algo inconcebible en la cultura occidental, consideradas como aberrantes.

En la cultura hindú, en algunas sectas, los oficios sexuales gozaban de respetabilidad religiosa. Las mujeres estaban casadas con Dios y se dedicaban ritualmente a satisfacer las necesidades sexuales de la sociedad.
Vivían dentro de los templos o en sus proximidades y eran sumamente respetadas.

Toda esta cultura hindú influiría sobre Schopenhauer y su concepto de sexualidad como un instinto universal que está más allá de los individuos, al representar la perpetuación de la especie.

La naturaleza, que en los animales actúa de manera clara y manifiesta: hembra en celo-macho que la cubre y su finalidad: la perpetuación de la especie, en el hombre no ocurre así: el individuo (mujer-varón) busca la propia satisfacción y, si es época de ovulación y no se ponen obstáculos, la preñez de ella se producirá y la especie continuará.

Así como cualquier macho cubre a la primera hembra en celo con que se tropieza, entre los hombres, en general, la estrategia de la naturaleza es interponer el amor.

En el mundo animal sólo existe atracción sexual, entre los humanos, además, existe el amor.

No cualquier varón con cualquier mujer (a no ser sementalismo puro y mujer viciosa sexual).

Tanto la especie como el individuo tienen su propio objetivo directo e inmediato, pero el objetivo último es el mismo: perpetuar la especie.

Releyendo el libro arriba indicado el autor no se dejó influenciar respecto a la mujer.

El hinduismo parte de una igualdad básica entre los sexos, compartiendo las mismas posibilidades para gozar del amor.

Schopenhauer, sin embargo, destila misoginia.

Las mujeres son consideradas como la trampa que la especie lanza a los varones para reproducirse y perpetuarse.

No en vano su definición de mujer: “animal que tiene cabellos largos e inteligencia corta”

Señala que la mujer tiene una  inteligencia menor en comparación a la del varón, una especie de “miopía intelectual”.

Son las mujeres las que no se pueden analizar de manera amplia un tema o situación, sino de manera muy corta y en un tiempo presente.
Dice que son menos capaces en el arte, que son mentirosas y traidoras.

Las mujeres por lo tanto no están destinadas a los grandes trabajos o labores del mundo.
Su único propósito es la reproducción de la especie.

¿Y el orgasmo femenino?
Generalmente no estaba bien visto, sobe todo en el mundo occidental, con la influencia del Cristianismo y su obsesión por la procreación para incrementar la grey de adoradores de Dios, a la vez que conseguir feligresía obediente y fiel.

“No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras […] que se formasen […] no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión”

"Necesitas sólo mirarla de la manera en que está constituida, para ver que la mujer no se supone que haga grandes labores, ni de la mente ni del cuerpo".
Luego de señalar que su realización pasa por aceptar el sufrimiento del parto y la sumisión al marido, añade:

"Las mujeres encajan directamente como niñeras y profesoras de nuestra temprana infancia por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y cortas de miras; en una palabra, ellas son niños grandes durante toda su vida - un tipo de estadio intermedio entre la niñez y el hombre plenamente crecido, que es el hombre en el sentido estricto de la palabra".

Argumenta en la misma línea, que el hombre alcanza su madurez psicológica a los 28 años y la mujer a los 18, razón por la cual el hombre llega más lejos en su desarrollo psicológico que la mujer.

“La mujer carece de sentido de la justicia, en primer lugar porque no razona, y en segundo lugar porque al ser más débil que el hombre, la naturaleza la ha provisto con la estrategia del disimulo para defenderse.
Es también un sexo no estético (diminutas, hombros delgados, caderas anchas, piernas cortas...). Carecen de sentido para apreciar la música, la poesía o las bellas artes, y cuando lo hacen, es mera afectación (pone como ejemplo el parloteo de las mujeres en los pasajes más sublimes de las óperas...)


"Que la mujer es por naturaleza obediente al hombre puede verse en el hecho de que cada mujer que es colocada en la no natural posición de completa independencia, inmediatamente se une a un hombre, por quien se permite ella misma ser guiada y gobernada. Esto es porque necesita un señor y amo. Si ella es joven, será un amante; si ella es vieja, será un cura".

martes, 19 de septiembre de 2017

ROUSSEAU:: LA SUBORDINACIÓN DE LA MUJER (y 8)

Dentro de la obra roussoniana los dos libros más amenos de leer (no los más importantes) son El Emilio (o sobre la Educación) y la Nueva Eloísa (el ideal de mujer)

En éste último, la Nueva Eloísa, la apariencia recibe un tratamiento sospechosamente amable, curioso y sexualmente discriminatorio.

La apariencia es un deber moral que Rousseau le impone a la mujer.

“La mujer virtuosa no sólo debe ser digna de la estimación de su marido, sino que ha de procurar también obtenerla; si él la censura, será censurable; y aunque fuese inocente, tiene culpa por haber dado lugar a que sospechasen de ella, pues las apariencias constituyen también uno de sus deberes”.

Ya podemos entrever por dónde camina Rousseau en el terreno femenino.


Cuando se publicó el séptimo tomo de la Enciclopedia se vio moralmente obligado a tomar la pluma cuando apenas podía sostenerla.
El artículo “Ginebra”, escrito por d’Alembert, a instancias de Voltaire, exigía una réplica inmediata, y Rousseau la redactó en menos de un mes maldito que a punto estuvo de costarle la vida.
Tal vez aquí aparezca insinuada mejor que en ningún otro lugar la razón por la que nuestro autor excluía a las mujeres de la política.
“La Carta a d’Alembert” no es sólo un despropósito para el círculo de ilustrados; lo es también para las mujeres.

De ellas asegura que ni son expertas, ni pueden ni desean serlo en ningún arte, que les falta el ingenio, que los libros salidos de su pluma son todos fríos y bonitos como ellas, que les falta razón para sentir el amor e inteligencia para saber describirlo.

“Su sitio es el hogar; permitirles lo contrario –continúa– constituye para ellas una invitación a su propia deshonra”.

Y más lindezas como éstas.

“A la mujer le corresponde el hogar, por naturaleza.
La mujer es el último asilo de lo natural, pero es también el primer fundamento de la sociedad civil.
Sin el hogar que ella mantiene por toda ocupación, el hombre, dividiendo sus quehaceres entre la familia y la república, no sería digno de ninguna de ellas y faltaría a los dos grandes deberes que el pueblo tiene el derecho de exigirle”.

“La mujer es la condición de posibilidad de la vida política del varón, y sólo el amor confirmado por el santo sacramento del matrimonio mantendrá a los pueblos en la esperanza de ser bien gobernados”.

La mujer como complemento. No como mesa, sino como pata de la mesa. No como substancia, sino como accidente. No como verbo, sino como complemento del verbo. No como cuerpo, sino como prótesis del cuerpo del varón.

Rousseau afirma allí que las mujeres deben “aprender muchas cosas, pero sólo las que conviene que sepan” (que, naturalmente, es el varón, el que decide cuáles son las que convienen), lo que es tanto como afirmar que tienen derecho a la instrucción, pero sólo en aquello que sirva para el interés de su pareja.

“Aprenderán a coser, a cocinar, a ocuparse devotamente de la casa, de los críos y del marido. Más allá de la vida doméstica, donde la piedad y la ternura apenas valen nada, la mujer tampoco valdrá nada”.

Cierto que Rousseau les reconoce estos sentimientos (piedad y ternura) como virtudes, pero también se complace en identificar las carencias de la piedad y en asignar a ésta, en consecuencia, un valor sólo privado.

“La piedad –afirma Rousseau– es una virtud cuya fuerza depende de la proximidad del objeto que la inspira; quien sólo puede sentir piedad jamás podrá ser justo, y en cualquier acto en que se reclame la justicia, jamás deberá ser invocada la voz de una mujer”.

¿Y la religión?

“Toda muchacha debe tener la religión de su madre y toda casada la de su marido”

Es el patriarcalismo, que puede advertirse también en el público al que se dirige.
Porque Rousseau piensa sólo en el varón, y si alguna vez se dirige a la mujer, lo hace sólo excepcionalmente y cambiando de registro.

Para Rousseau, la mujer se halla naturalmente subordinada.

“En ti –dice-  reconozco una propiedad, y si te protejo es sólo porque eres mía y no porque tú renuncies a ser tuya”.

Sin la mujer ocupándose de la casa, el varón no podría ocuparse de sus funciones de ciudadano, y si éste se viese obligado a abandonar tales funciones, nadie sería capaz de sustituirle en su ejercicio.

“Cualquiera que esté convocado a las urnas deberá acudir por su propio bien y por el bien que, con el suyo, ganará para los demás”.

 Pero de este derecho quedan excluidas las mujeres,



lunes, 18 de septiembre de 2017

ROUSSEAU: UNA VIDA CONTRADICTORIA (7)



Rousseau vivió en discrepancia con sus ideas, actuó en contra de lo que pensaba y quiso ser maestro de aquello que no supo, o no deseó, poner en práctica en su vida.

Su lema podía haber sido: “haced lo que yo os digo, pero no hagáis lo que yo hago” o quizás, “la intención es lo que cuenta, no la acción”.

De cualquier forma, mediante tales contradicciones internas vivió engañándose a sí mismo.

En el mes de junio de 1762, tanto el gobierno de Ginebra como el de París dictaron la orden de quemar sus principales obras, el Emilio y El contrato social, y de arrestarlo porque, según se creía, sus libros eran “escandalosos, impíos, tendentes a destruir la religión cristiana y todos los gobiernos”.

Mientras tales obras ardían en la hoguera, Rousseau huía procurando ponerse a salvo.
En realidad, no estuvo del todo seguro hasta que cinco años después, a principios de 1767, consiguió instalarse en Inglaterra.

Hacia el final de su vida fue obsesionándose con la idea de que, hasta sus mejores amigos, conspiraban contra él y hacían todo lo posible por traicionarle.

Su enemistad con Voltaire era manifiesta.

En cierta ocasión le envió una carta en la que le manifestaba abiertamente el odio que sentía hacia su persona.
Voltaire no le respondió pero escribió a otro amigo diciéndole: “He recibido una carta muy larga de Jean-Jacques Rousseau. Está medio loco. Es una pena.”

En el análisis acerca del pensador francés que hace su biógrafo, dice: “Dando por hecho que no era un actor, cabría preguntarse si Rousseau era esquizofrénico; pero probablemente tampoco lo era. Su poder de imaginación era tan grande, su timidez tan acusada, su indignación moral tan fácil de explotar, su vanidad tan aplastante y su egotismo tan irrebatible, que un momento estaba violentamente a la defensiva y hostil y al siguiente era todo tranquilidad, un hombre aparentemente normal y casi eufórico. Todavía hay otra explicación, más seria, de su comportamiento: daba incipientes muestras de demencia.”  

El remordimiento que sentía por los delitos que creía haber cometido en su juventud, se fue transformando poco a poco en un sentimiento de autocomplacencia.

Pensaba que el sufrimiento de las enfermedades que padecía y las persecuciones de que había sido objeto por parte de sus enemigos, eran el pago de aquellos pecados pasados.
Sin embargo, se sentía como el mejor de los hombres, el más bueno de todos. Incluso llegó a decir que su existencia había sido una especie de vida paralela a la de Jesús.
Y si el Maestro fracasó en su intento de convertir al pueblo de Israel; Rousseau fracasó en convertir a los suizos y a los franceses.
Si Jesús padeció; Rousseau padeció también.
Y de la misma manera que la humanidad necesitaba un redentor cuando vino Jesucristo; Rousseau era el redentor que requería la sociedad caída del siglo XVIII para reconducirla a la condición natural del principio.

En fin, toda una megalomanía que rayaba en la blasfemia.

El 2 de julio de 1778, Rousseau murió de apoplejía, se le paralizó el cerebro y fue enterrado en una pequeña isla situada en el lago de Ermenonville, en casa del marqués Girardin que fue su último protector.

domingo, 17 de septiembre de 2017

ROUSSEAU: UNA VIDA CONTRADICTORIA (6)


El hombre que escribió la prestigiosa obra Emilio o De la educación, en la que pretendía enseñar al mundo cómo hay que educar y amar a los niños, resulta que se desentendió por completo de los suyos y no fue capaz de aceptarlos ni educarlos.

¿Por qué?

Rousseau justifica su actitud con varios argumentos: primero, tenía una enfermedad incurable de vejiga y se temía que no viviría mucho; además no tenía dinero y ni siquiera un trabajo estable que le permitiese educar a sus hijos debidamente o dejarles algún legado. Tampoco quería que fuesen educados por la familia Levasseur porque se convertirían en pequeños monstruos.
Así que la mejor solución era la Inclusa, donde no recibirían ningún mimo y lo pasarían mejor, y, además, esta era la forma de educación que Platón recomienda en su República: “los niños deben ser educados por el Estado.”

De cualquier manera, ninguna de estas excusas puede justificar moralmente el abandono de los hijos por parte de los padres, incluso aunque ésta fuera una práctica habitual en el París de la época (las cifras así lo manifiestan)

Precisamente por eso, Rousseau no tuvo más remedio que confesar el remordimiento que sentía por haber depositado en el hospicio a sus cinco hijos recién nacidos.
Hacia el final de su vida, en Las confesiones escribió: “Al meditar mi Tratado de la educación, me di cuenta de que había descuidado deberes de los que nada podía dispensarme. Finalmente, el remordimiento fue tan vivo que casi me arrancó la confesión pública de mi falta al comienzo del Emilio.”

Una de las críticas que se ha hecho al Emilio es que carece de afectividad.

El niño que inventó Rousseau no parece tener emociones, no ríe ni llora ni se encariña o se pelea con los demás niños. Es como un autómata sin alma, frío, insensible y encerrado en el propio yo.

Su creador intentó fabricar un muchacho completamente libre ante el mundo pero, en el fondo, lo que forjó fue un monstruoso esclavo de su maestro que observaba la realidad sólo a través de los ojos y de las ideas del mismo Rousseau.

Evidentemente el conocimiento que el escritor tuvo acerca de los niños fue siempre mucho más teórico que real.

Por lo que respecta a “las mujeres”, se relacionó sentimentalmente con varias, aunque de hecho fue un antifeminista convencido (subordinación de la mujer al varón y las labores domésticas como ocupación exclusivamente femeninas) ya que estaba persuadido de que las mujeres no formaban parte del pueblo soberano (excluidas del voto).

En su opinión, únicamente los varones libres podían pertenecer al pueblo soberano.

En 1750 envió un ensayo a un concurso público organizado por la Real Academia de Dijon sobre el tema: “El progreso de las ciencias y de las letras, ¿ha contribuido a la corrupción o a la mejora de las costumbres?”.
Se suponía que habían contribuido a la mejora de las costumbres (ese era el tema propuesto en el concurso y se solicitaba las causas o motivos de por qué sí)

En contra de lo que las autoridades académicas esperaban, Rousseau argumentó en este trabajo que el progreso de las ciencias y las artes no había servido para mejorar al ser humano sino para degradarlo.

Se había creado así una sociedad artificial e injusta que premiaba a los más ricos y, a la vez, cargaba las débiles espaldas de los pobres con impuestos y privaciones que éstos no podían soportar.

Los poderosos se habían corrompido mediante vicios refinados, ahogando el espíritu de libertad que anidaba en el alma de los primeros hombres. Éstos gozaban de mejor salud que sus descendientes en el presente, no necesitaban ningún tipo de medicina porque todavía no habían sido domesticados por la civilización. Eran libres, sanos, honestos y felices pues desconocían las desigualdades características de la sociedad civil.

Mediante tales ideas, tan contrarias al pensamiento general de aquella época, Rousseau sorprendió por su originalidad, aunque para muchos su ensayo constituyó un motivo de escándalo.
Sin embargo, se le concedió el premio, su trabajo se publicó y el joven filósofo saltó a la fama.

Algunos biógrafos opinan que a partir de este momento el hombre Rousseau se convirtió en prisionero del escritor Rousseau y siempre tuvo que mantener esta paradoja en su vida.

Su primer éxito fue este trabajo literario en el que, precisamente, procuraba demostrar que la literatura era perjudicial para la humanidad.
Las letras eran dañinas pero él se convirtió en un escritor prolífico.
Afirmó que las ideas pervierten al hombre y que quien medita acaba depravándose, sin embargo, pocos hombres han tenido tantas ideas y han meditado tanto como él (lo que resulta contradictorio).

Exaltó la castidad pero tuvo relaciones, al menos, con tres mujeres.

Adoró al sexo femenino pero fue un antifeminista radical.

Escribió un extenso libro sobre la educación, a la vez que se desentendió por completo de sus cinco hijos dejándolos a todos en el hospicio.
Lo mismo le ocurrió también con sus escritos acerca del teatro, la ópera o la política.

Ensalzaba y fulminaba.


Criticó a los nobles y a los ricos, pero siempre dependió de ellos para subsistir. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

ROUSSEAU: UNA VIDA CONTRADICTORIA (5)

Rousseau, una vida contraria a sus propias ideas

Su lema podía haber sido: “haced lo que yo os digo, pero no hagáis lo que yo hago”.

Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra, un 28 de junio de 1712.
Su madre, sobrina de un pastor calvinista, murió a consecuencia del parto, mientras que el padre, de carácter iracundo y violento, maltrató siempre al pequeño ya que lo hacía culpable de la muerte de su querida esposa.

Relojero de profesión, huyó de dicha ciudad cuando el niño Rousseau apenas tenía diez años, por culpa de una disputa mantenida con un capitán a quien había causado una herida de espada.

La orfandad a que se vio condenado el pequeño Rousseau parece que le marcó muchos aspectos de su futura personalidad.

Un tío suyo, llamado Gabriel, asumió su tutoría y le envió con un pastor protestante, que vivía en un pueblo cercano a Ginebra, para que éste le educase.
Algunas de las experiencias infantiles que tuvo con tal maestro fueron redactadas posteriormente, debido al impacto que le causaron en su más tierna infancia.
En cierta ocasión fue acusado injustamente de haber estropeado un peine y por tal motivo recibió una tremenda paliza de manos del pastor.

Hacia el final de su vida se refirió a este incidente con las siguientes palabras: “Este primer sentimiento de la violencia y de la injusticia quedó tan profundamente grabado en mi alma, que todas las ideas que se relacionan con él me recuerdan mi primera emoción,... Cuando leo las crueldades de un tirano feroz, las sutiles maldades de un cura trapacero, volaría gustoso a apuñalar a esos miserables, aunque me costase la vida mil veces. A menudo he sudado a chorros persiguiendo a la carrera o a pedradas a un gallo, a una vaca, a un perro, a un animal cualquiera que atormentaba a otro, únicamente porque se sentía más fuerte. Este sentimiento tal vez sea natural en mí, y así lo creo; pero el vivo recuerdo de la primera injusticia que sufrí estuvo durante tanto tiempo y tan íntimamente enlazado a él para que no haya contribuido a arraigarlo poderosamente en mi alma.” (Las confesiones).

De la misma manera, parece que la relación que Rousseau mantuvo toda su vida con las mujeres estuvo condicionada por ciertas experiencias sufridas durante su niñez.

En los castigos físicos o azotainas que recibía de parte de la hermana del pastor, o de alguna otra chica compañera de juegos, el pequeño Rousseau sentía un cierto placer masoquista que, de adulto, confesó en sus escritos y que le acompañó el resto de su existencia: “... y lo extraño es que aquel castigo me hizo tomar más cariño aún a la que me lo había impuesto... porque había encontrado en el dolor, en la vergüenza misma del castigo, una mezcla de sensualidad que me había producido más el deseo que el temor de experimentarlo de nuevo por la misma mano. Es verdad que, como en esto se mezclaba sin duda alguna precocidad instintiva del sexo, el mismo castigo, recibido de su hermano, no me hubiese parecido tan agradable... ¿Quién creería que este castigo de chiquillos, recibido a la edad de ocho años por mano de una mujer de treinta, fue lo que decidió mis gustos, mis deseos y pasiones para el resto de mi vida, y precisamente en sentido contrario del que debería naturalmente seguirse?” 

La educación que recibió fue un tanto desordenada y caprichosa.
Apenas cursó estudios oficiales.
Su formación autodidacta se realizó en base a lecturas que su padre le realizaba durante la infancia, a libros religiosos que le proporcionó el pastor protestante y a ciertas lecciones de latín efectuadas por algún otro eclesiástico.
Su afición a la lectura le proporcionó muchas de las ideas que posteriormente le fueron tan útiles en la defensa de la libertad y del hombre natural.

Pronto empezó a trabajar, primero como aprendiz de un oficinista, después como aprendiz de grabador.
Tras huir de Ginebra a los dieciséis años y pasar buena parte de su juventud como un vagabundo que se acogía a las ocupaciones más diversas (camarero, secretario, lacayo, profesor de música, empleado del catastro, intérprete, etc.), encontró alojamiento en casa de François-Louise de la Tour, baronesa de Warens, señora que se convirtió en su protectora y llegó a ser para Rousseau como una madre, una amiga y, por último también, una amante.
Aunque él siempre consideró esta última relación como incestuosa, lo cierto es que supo aprovecharse de ella.

Años después llegó a París y allí se relacionó con intelectuales como Diderot, hombre sabio que, además, tenía muchos conocimientos de biología, y con el físico y matemático D’Alembert, lo que le permitió publicar artículos sobre música en la Enciclopedia francesa.

En dicha capital conoció a Thérèse Le Vasseur, una camarera del hotel donde se alojaba, mujer sencilla, de poca cultura y modales nada refinados que, precisamente por eso, constituía el blanco de las burlas de los huéspedes.

Esta situación provocó que Rousseau se pusiera de su parte y se interesara por ella (¿por el “infantil sentimiento de piedad hacia el otro”?).
La amistad primera dio paso al amor sincero y ya no se separaron jamás.
Tuvieron cinco hijos pero todos fueron ingresados inmediatamente a la inclusa.


Este hecho constituye la mayor paradoja en la vida de Rousseau. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

ROUSSEAU Y LA SEXUALIDAD (4) “ESTADO DE NATURALEZA” Y “ESTADO DE CIVILIZACIÓN”


Es clásica la aseveración de que Rousseau es un defensor y representante del “Optimismo Antropológico”, en oposición a Hobbes: “El hombre es un lobo para el hombre” o el defensor y representante del “Pesimismo Antropológico”

De todos es conocida la sentencia de Rousseau:  “el hombre es bueno por naturaleza, y es la sociedad la que lo hace malo”

“Ser” y “parecer”. “Amor de sí”, “amor propio” y “armonía”.

Entendiendo como “parecer” el hecho de aparentar o dar a entender algo que no se es o no se posee, observamos que en el Estado de Naturaleza, en el que el hombre apenas interactúa con sus semejantes, carece de previsión, propiedades, afán competitivo etc., cosa que sólo se da al relacionarse con sus semejantes.

El “Estado de Naturaleza” no es ninguna etapa histórica antigua sino que es la hipótesis que maneja Rousseau para mostrar qué degradado está el hombre en el “Estado actual, de Civilización” refiriéndose a la ilustración y nosotros, ahora, podemos ampliar la crítica  al aplicarla a nuestros días.

Por esto el hombre en “Estado de Naturaleza” no concibe la distinción entre “ser” y “parecer”.
Lo que “es”, lo que hay, es lo que “aparece o parece”.

Dicha distinción es absurda para un hombre que no piensa porque no le hace falta.
En ese estado el hombre no puede aparentar, pues un ser que carece de racionalidad, ambiciones, codicia etc. no es capaz de defender ante nadie una apariencia que no es real.

Es como el niño, no necesita aparentar.
No hay en él doble intención.

(Es la recomendación del Nazareno: “dejad que los niños se acerquen a Mí….”, porque son lo que son, no aparentan ser lo que no son, son los “limpios de corazón y de cabeza”)

En cambio, el “hombre civilizado”, dice Rousseau, vive de “la opinión de los demás” pues al verse reflejado en los ojos ajenos concluye que “lo que es, no es nada, y lo que parece, lo es todo”.

Esto es lo que hace al hombre un ser hipócrita, aparentar lo que no es para que la gente crea que así es él, y le lleva a crear desigualdades con sus semejantes, pues pensará que los demás también aparentan ser lo que no son, o que son distintos a como aparentan ser.

En el “Estado Natural” el hombre vive en un estado de armonía, logrado por dos sentimientos: “el amor de sí” y “la piedad”.

En otras palabras, el instinto de autoconservación, y la identificación con el que sufre y rechazo al dolor ajeno.

“Amarse a sí mismo” y “amar a los demás”

(De nuevo el mensaje del Nazareno: “amarás al otro como te amas a ti mismo”.
(Se supone que cualquiera se ama mucho a sí mismo, pues igual a los demás)

Estos dos sentimientos puros llevan al hombre a vivir de forma totalmente pacífica en el Estado de Naturaleza, pues la piedad le impide obtener beneficios en detrimento del resto.

Sin embargo, al entrar en “Civilización” el hombre crea un sentimiento de “amor propio”, una “corrupción del amor de sí, el amor a sí”, en el que ve a sus semejantes convertidos en instrumentos con los que satisfacer su deseo de aparentar.

Esta corrupción, este cambio del “amor de sí” a “amor propio” se da, según Rousseau, por la manera de entrar en la cultura, la instauración definitiva de la propiedad privada, que destruye el “todo es de todos” natural, y le lleva a degenerar este sentimiento de amor de sí (amor a si mismo) a la vanidad (amor propio) fundamento de sentimientos ruines como la vanidad, el egoísmo, la codicia y la lujuria…

Cuando este sentimiento aparece, la armonía y la paz que existían en el “Estado de Naturaleza” se diluyen, pues el hombre actúa de una manera y su conciencia, que aún conserva del “Estado Natural”, le reprocha su conducta pues le hace ser consciente de la posibilidad de haber actuado de otro modo.

Es decir, pese a que podamos actuar de un modo u otro y el amor propio nos lleve a consideraciones egoístas e individualistas, todavía, mediante la conciencia podemos conducir racionalmente los sentimientos naturales para alcanzar la felicidad.
Pues, como hemos dicho, el hombre en “Estado Natural” vive en armonía y el acuerdo que establece consigo mismo el hombre civilizado al decidir actuar racionalmente respecto a los sentimientos naturales le lleva a sentir la armonía de quien está en paz consigo mismo y con su naturaleza.

Habría que señalar, por ultimo, la diferencia entre la “armonía existente de forma espontánea en el Estado de Naturaleza, con la propia del hombre civilizado que se ajusta a los sentimientos naturales mediante la razón, pues esta última tiene el mérito de quien decide ajustarse a estos sentimientos puros.


La sexualidad, el amor sexual,…aún no se manifiestan en el Estado de Naturaleza, sólo en el Estado de Sociedad y es aquí donde puede aparecer la hipocresía, el aparentar, el aparecer y parecer,…