jueves, 14 de septiembre de 2017

ROUSSEAU Y LA SEXUALIDAD (3)


Bien que lo previno y se lo sugirió el Abad de Saint Pierre: “En París no se hace nada si no es por las mujeres”.
Así que lo primero que hizo, nada más llegar a París, fue ser secretario particular de la Sra. Dupin, esposa e hija de banqueros.

Ya en 1.745 se unió en pareja con Teresa Lavasseur, una mujer normal, sencilla, tímida, modesta,…
Pero, ya, de entrada, le comunicó que nunca se casaría con ella (lo que no cumplió, porque tras 25 años juntos, se casaron) pero que tampoco la abandonaría.

Sus 5 hijos irán entrando en la Inclusa según iban naciendo (lo que no era tan raro, porque los niños abandonados en aquella época es, de los 18.700 niños nacidos en París, casi la mitad fueron abandonados.

Se disculpará por ello, pero no se arrepentirá, porque la presencia de los niños en la casa le impediría la tranquilidad para escribir, además de que lo que ganaba con sus publicaciones no le daba para mantenerlos.
Además de “¿qué tipo de educación podría darles yo?” –se preguntaba Rousseau.

Teresa, siempre fiel y entregada, lo amaba, le cocinaba los platos exquisitos que sabía que le gustaban y hacía la vista gorda, mirando para otro lado, cuando alguna otra mujer (y fueron varias) se interponía entre ellos.

Solitario empedernido. y perdido en generalidades, decía tener un corazón muy grande y que amaba demasiado a los hombres (en general) como para necesitar escoger entre ellos.

“El interés por la especie basta para alimentar mi corazón, no necesito amigos particulares”.

Unos ideales, tanto educativos como sociales, grandiosos pero que nunca los puso en práctica.

Sus ideas (no su vida) sí hicieron fortuna, creando opinión y seguimiento.

Por ejemplo, su método educativo propuesto, que venía a ser el “mens sana in corpore sano”.
Primero desarrollo de los sentidos, crecimiento sano, en contacto con la naturaleza, sin forzar el desarrollo del espíritu, que ya llegará a su debido tiempo y cuando tenga que llegar.


¿Y qué decir de su “voluntad general” y su “democracia”?

miércoles, 13 de septiembre de 2017

ROUSSEAU Y LA SEXUALIDAD (2)


Rousseau ve a los niños como niños y no como “adultos cortos de talla”, “hombres en pequeño” (eso que las madres consideran un logro “mi niño es ya un hombrecito”).

Algo totalmente novedoso, característica de la modernidad, ya que durante toda la historia el niño ha sido tratado, desde edades muy tempranas igual que a los adultos.

La educación debe empezar  por los sentidos y en contacto con la naturaleza, (dirá y repetirá Rousseau) ayudándole al desarrollo de la sensibilidad para que “sean Felices y Libres” como objetivos de la educación.

No “saber” sino “ser feliz”.

Por ello Rousseau desaconseja el autoritarismo, el memorismo, la erudición,…trabas todos ellos a la libertad.
Ayudarle al niño a descubrir verdades, no dárselas por anticipado y enlatadas para que las guarde en su memoria y repetirlas.

Al enaltecer el espíritu, en detrimento del cuerpo, Rousseau niega el impulso sexual como característica distintiva de la naturaleza humana.

Es lo que trata en El Emilio, una concepción cristiana de desprecio del cuerpo, material, el silenciamiento del sexo, el alejamiento de la naturaleza a favor del espíritu.

El contacto directo y libre, corriendo por el campo, subiéndose a los árboles o trepando por la montaña, contemplando el nacimiento de las flores y de los animales, sin forzar el surgir de la razón, esperando pacientemente que el niño pregunte y sin adelantarle respuestas, ni dárselas cuando lo pregunte sino procurando que descubran las respuestas por sí mismo, poniendo a su disposición los materiales adecuados, sobre el sol y la luna, el aparecer nocturno de las estrellas,… Toda esa curiosidad y búsqueda retardará, alejará durante más tiempo a los jóvenes de su encuentro con el sexo.

Ese intenso contacto con la naturaleza frenará el aparecer del deseo sexual.

Una educación que se precie de serlo debe intentar retrasar la aparición del deseo sexual como uno de sus objetivos.


Todo ello, sin embargo, fue, tanto teórica como prácticamente, lo contrario de lo que fue su vida, sobre todo su unión o vida en pareja con Teresa Lavasseur, tras las muchas mujeres que pasaron por su vida.

martes, 12 de septiembre de 2017

ROUSSEAU Y LA SEXUALIDAD (1)

ROUSSEAU Y EL AMOR.

Mientras los “ecologistas” pueden tener/tienen razones para explicar (“dar razones”) de la salud y de la enfermedad de la naturaleza (“ecos”), madre y madrastra, protectora y homicida, los “ególatras” la adoran como a una diosa, a la que reverenciar y nunca maltratar porque, más antes que después, nos devolverá el maltrato, y multiplicado, y no de manera intencionada (la naturaleza carece de intenciones), sino por necesidades de tipo físico.

Los románticos quedan fascinados por la naturaleza, al tiempo que la teman, porque saben que por la más pequeña grieta abierta en ella puede echar abajo todo un edificio, lleno de gente o vacío, pero sin intención alguna, siguiendo la ley natural más elemental.

¿Qué sería de nosotros si, por la cultura, no nos hubiéramos introducido en el meollo, en el núcleo, de la naturaleza, la hubiéramos conocido para así mejor poder dominarla y nos hubiéramos impuesto a ella?

Pero tratarla y usarla razonadamente no es abusar de ella, porque el maltrato se volverá contra el maltratador y contra todos los que le rodean, lo que comprobamos a diario cuando se construye en la falda de la montaña o el lecho, en ese momento seco pero en otros tiempos caudaloso, de ese río.
Sólo hace falta, para comprobarlo, esperar, darle tiempo al tiempo.

La misma naturaleza humana, el hombre, dejado a su suerte, es y será un animal salvaje y con menor bagaje defensivo que otros animales, más presa que depredador, a no ser que la cultura (la educación, la lengua, el derecho, la moral,…) le pongan muros o carriles a esa libertad, sin negarla pero sí encarrilarla, dirigirla,…

“Educar” viene de “e-ducere”

El amor no es algo natural, como lo es la mera y simple cópula, sino una “construcción social y cultural”, como lo es la “sexualidad”, no el mero “sexo”, que sí es algo natural, como lo es el que existe y practican los animales.

Los animales no se aman, sencillamente copulan, buscando y consiguiendo el placer del orgasmo en la descarga del semen.

En la cópula no se busca tanto el “dar” placer como “recibirlo”, en el amor, en cambio, se da y se disfruta en la donación.

Al toro ni le va ni le viene que la vaca disfrute o no del coito, él sólo quiere copular cuando la vaca esté en celo y se lo permita.

Pero, entre dos personas, la forma superior de relación no es tanto el contacto carnal como el sacrificio mutuo buscando sólo el bien del otro.


“El verdadero amor es inseparable de la generosidad” –pone Rousseau en boca de uno de sus personajes en su novela “La nueva Eloísa” y es la educación uno de los temas principales del pensamiento roussoniano, lo que pone más de manifiesto en su otra novela “El Emilio”.

domingo, 10 de septiembre de 2017

KANT: LA SEXUALIDAD Y LAS MUJERES ( y 4)

¿Estaba en la mente de Kant la búsqueda de esposa?
Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que los fracasos matrimoniales de muchos de sus amigos debieron influir sobre él y se iría enfriando la búsqueda de esposa, porque es, entonces, cuando pronuncia la sentencia: “uno no debe casarse”.

Afirma que la voluptuosidad es contraria a la naturaleza porque alimenta la imaginación y se crea una imagen irreal de las cosas.

Sexualmente, rechaza tanto la homosexualidad como el bestialismo.

Define el intercambio sexual como “la utilización de los órganos sexuales de un individuo de sexo diferente…y es “contra natura” cuando se practica con una persona del mismo sexo o con un animal extraño a la especie humana”

De acuerdo con la ley, el comercio o intercambio sexual viene definido por el matrimonio, cuyo fin es procrear y educar a los hijos, pero también para el goce mutuo de los esposos, lo que sería suficiente para fundamentar la unión sexual, lo que suponía un avance, ajeno y contra el cristianismo, para aquellos tiempos.

Por supuesto, rechaza las orgías, en que se desata el instinto animal, ajeno a la razón.

Si el intercambio sexual es la ventaja del matrimonio, también tiene un inconveniente, porque lo conveniente es ahorrar esperma.

“Los hombres que se mantienen célibes mantienen un aspecto juvenil durante más tiempo, por el menor gasto espermático”, por lo que Kant se opone a la masturbación con eyaculación.

“Antes una prostituta que la práctica onanista, pero mejor, la abstinencia”

“Si la simiente no es emitida se transforma en una fuerza espiritual” – es el espíritu y la creencia de la medicina del XVII.

Cuando conoció a quien sería su gran amigo, Green, un inglés, comerciante en varios artículos, soltero, un tanto excéntrico pero bastante culto ya que era aficionado a la ciencia y a los descubrimientos y estaba , al tanto de todo lo que se escribía sobre filosofía en Gran Bretaña y en la agitada Francia de la época y de cuyos temas se sentirían gozosos tratándolos, dialogando, preguntando, respondiendo,… se convierte en sospechosa la relación entre ellos desde el primer encuentro, desde el primer día que se conocieron.

Confiaba tanto Kant en su amigo Green que le dejaba sus ahorros para que se los invirtiera al 5 ó 6 % (al final de su vida docente sus ingresos ascendían a 100 libras al año). En su testamento dejó la respetable suma de 39 táleros, y ya descontadas las cantidades anuales destinadas a obras de caridad.

Y si antes de conocerlo, Kant jugaba a las cartas, al billar, iba al teatro, a los conciertos, a las tabernas,….era un extrovertido y social, después cortó con esas salidas totalmente.

En las veladas del conde y la condesa de Keyserling, en cuya casa había sido preceptor durante sus años de juventud, Kant tenía un lugar de honor. Como lo señala un testimonio: “él era casi siempre quien desataba y dirigía la conversación”.

Kant podía hablar de todos los temas y se le consultaba sobre cualquier asunto.

En 1774 un sabio físico encargado por las autoridades de la ciudad de instalar el primer pararrayos de Königsberg en el campanario de la iglesia de Haberberger, escribió a nuestro filósofo para pedirle su punto de vista.

¡Kant, hasta consejero sobre truenos y relámpagos¡

Pero, después de conocer a Green, dijo adiós a todo eso, porque dejó de gustarle.


Así que cada día, durante el resto de la vida de Green (porque padeció de gota abdominal y guardaba reposo en casa) por las tardes lo visitaba, hasta las siete, de lunes a viernes, y hasta las nueve, los sábados.

¿Hubo algo más, entre ellos, que la visita de amigos dialogantes?

Al volver a casa (que compró cuando ya tenía 59 años) leía o contestaba algunas cartas y a las diez, en punto, quince minutos después de haber dejado de pensar, se acostaba en su recámara, cuyas ventanas permanecían cerradas todo el año, se desvestía y se metía en la cama mediante una serie de movimientos especiales, un elaborado ritual, que le permitían quedar perfectamente cubierto toda la noche.

Cuando las necesidades urinarias lo hacían despertarse, sin luz, se guiaba por el cordel que había instalado entre su cama y el baño a fin de no tropezar por las noches”.


Así era Kant.

sábado, 9 de septiembre de 2017

KANT: LA SEXUALIDAD Y LAS MUJERES (3)


Para el filósofo el matrimonio es un lento suicidio, y la vida marital, sexual, un lastre que consume el tiempo que el filósofo ha comprometido a la filosofía.
Kant es filósofo y hace de esa actividad su imperativo categórico, su alejamiento de las mujeres y de lo sexual son un acto de virtud para preservar el tiempo necesario para la filosofía.

Kant rechaza el matrimonio después de haberlo analizado profundamente.
Él sabe que el comercio sexual del matrimonio no alcanza a explicar ese desgaste vital que implica.

Se conoce la austeridad, el gusto por la rutina, la regularidad de su distribución diaria del tiempo y la trivialidad de su vida sedentaria.

Es conocida la forma tan peculiar que tenía Kant de utilizar el tiempo (con un horario draconiano) y su forma de vida sedentaria al extremo de que nunca le permitieron salir de su natal Königsberg

Kant tenía sus hábitos (que han pasado a la Historia de la Curiosidad o de la Rareza):

“Todos los días su criado, Lampe (trabajó para él durante 40 años, llevándole todos los asuntos prácticos), lo despertaba cinco minutos antes de las cinco de la mañana, luego Kany se sentaba a la mesa a las cinco en punto, bebía una o dos tazas de té, fumaba una pipa y preparaba durante toda la mañana, hasta las doce cuarenta y cinco, los cursos que impartía.
Entonces tomaba un vaso de vino de Hungría y se sentaba a la mesa a la una.
Después de haber comido, caminaba hasta la fortaleza de Friedrichsburg, ocho veces paseaba arriba y abajo, siguiendo siempre el mismo camino, que fue bautizado por los habitantes de Königsberg  como “el paseo del filósofo”.
Era posible saber la hora que era sin necesidad de mirar el reloj, pues el filósofo pasaba siempre, exactamente, a la misma hora.
Cuando sus paisanos se cruzaban con él lo saludaban, ponían en hora sus relojes y, mirando al reloj de la torre comentaba si éste adelantaba o atrasaba.

A las seis de la tarde, después de haber leído los periódicos, reanudaba el trabajo en su estudio, que conservaba siempre a una temperatura de quince grados y en donde se sentaba de modo que pudiera ver las torres del viejo castillo.
Su meditación fue interrumpida cuando el crecimiento de los árboles impidió un día tener a la vista aquel panorama.
Los vecinos podarían el árbol para que pudiera ver las torres.

Igualmente se cuenta que, en clase, mientras explicaba, lo hacía con la vista fija puesta en el un botón de la chaqueta de un alumno que se sentaba en primera fila.
Cuando, un día, ese botón se le cayó, fue tal su nerviosismo al explicar que hubo que ser cosido de nuevo el mismo botón, en la misma chaqueta del mismo alumno en el que se concentraba.

Ese paseo diario, y que cuando llovía iba tras él Lampe con un gran paraguas, un día se le pasó porque estaba enfrascado leyendo el libro recién publicado, el Emilio, de Rousseau.

Igualmente otro día un constipado hizo que se lo perdiera, pero se dice que, cuando eso ocurría, calculaba cuántas idas y venidas tenía que dar en el pasillo de la casa, con lo que compensaba el paseo.

Decíamos, más arriba, poner entre paréntesis sus devaneos amorosos, a pesar de que su cuerpo no le acompañaba.

Existe una carta con una proposición de una cita, en toda regla.
Es de María Carlota Jacobi, casada, para encontrase en un jardín y redactada con un lenguaje simbólico (¿sexual?).
En la carta se dice: “me he permitido confeccionarle un cinturón (un estuche) para llevar la espada, dedicado a Ud”.
¿Qué espada? ¿Qué sería ese estuche?

“Lo esperaré allí para que mi reloj marche al unísono”
¿Del reloj real del metódico Kant en sus paseos, o del reloj que marca el comercio de un embarazo?

La Carta se la envía la Sra. Jacobi y una amiga.

La Sra. Jacobi, su marido, banquero y otros, pertenecían al mismo círculo y se reunían periódicamente para analizar temas filosóficos y científicos.

Además de que Kant visitaba frecuentemente la casa de los Jacobi, por lo que no era un desconocido en la casa, allí se reunían y se trataban amigablemente.

¿Era la carta de la Sra. Jacobi un intento de ponerle los cuernos a su marido con un conocido o su propósito era reírse de Kant si acudiera a la cita?

Incluso habrá otro encuentro entre ambos, antes de divorciarse “por haber cometido adulterio”

Sería en el palco del teatro, al que acudían regularmente y que alquilaban los amigos cuando, juntos, acudían a alguna representación.

jueves, 7 de septiembre de 2017

KAN: LA SEXUALIDAD Y LAS MUJERES (2)


Digámoslo francamente: Kant es un mal cliente tanto para los biógrafos como para los amantes de aventuras.
A diferencia de Pitágoras, de quien dice la leyenda que vivió veinte vidas enteras, parece que Kant apenas vivió una sola.
Sin embargo, yo no comparto el punto de vista de quienes ven en la monotonía de su vida un estrechamiento o cerrazón filosófica.
Yo quisiera demostrarles que existe en esa banalidad querida, cultivada, algo que es consubstancial a la filosofía de Kant y a la filosofía en general.
Quiero explicarles por qué el celibato, lejos de ser una cuestión accidental, forma parte de la esencia misma de la filosofía.

Esta tesis puede parecernos incómoda hoy día. Sin embargo, nunca elogiaremos suficientemente la sabiduría del filósofo que no habría querido compartir su vida con mujer alguna.
Se puede considerar discutible el sistema kantiano, se puede uno reír del personaje, pero hay un asunto sobre el que Immanuel Kant no puede sino suscitar la admiración universal: su celibato.

Todas sus tesis son discutibles excepto una: el filósofo digno de ese nombre no se casó.

Pero al hablar de erotismo y sexualidad, y si distinguimos entre “erotismo de los cuerpos” y “erotismo de los corazones”, deberíamos tener en cuenta su Ética

La obra de Kant, incluso lo más conocido y repetido por el gran público, está cruzada por su Imperativo Categórico que reza: “Obra de modo tal que la máxima de tu acción pueda convertirse por tu voluntad en ley universal.”

Siendo así, valdría preguntarse si la sabida castidad y celibato de Kant pueden o deberían tomarse como imperativo universal.

Según Botul, autor del libro “La sexualidad de Manuel Kant”, en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres Kant propone que “no existe órgano para un fin que no sea, al mismo tiempo, el más apropiado y adaptado para dicho fin”.
Siendo así, esto sin duda tendría que aplicar para los órganos sexuales del filósofo, pero, si él no los usaba, ¿de qué se trata entonces?, porque rechazaba la masturbación.


En el mismo sentido se defiende de esos dos enemigos de la filosofía que son el sueño profundo y la somnolencia, a la que llama “torpeza de la tarde”.
Después de comer, esa torpeza se “cura” con el paseo que es visto como un ejercicio de recuperación de las fuerzas mentales.

El sueño era para Kant un “gran vacío del pensamiento”, al que hay que entrar y salir con mucha vigilancia: al entrar Kant evitaba perderse en los pensamientos desordenados, por lo que repetía la palabra “Cicerón” como un mantra; para despertar, había que cortar con el sueño como con una mala hierba.
Salía del sueño de un salto, a la voz de Lampe, cinco minutos antes de las cinco.
        

Sin embargo, ese hombre “vivió la vida” antes de llegar a ser célebre, es decir, antes de cumplir sesenta años.
Cuando no era sino un “magister”, frecuentaba las tabernas y jugaba al billar, a veces incluso hasta bien entrada la noche.
Cuando llegó a ser profesor titular y pudo comprarse una casa y pagar un mozo, se complacía acogiendo a sus invitados en las comidas que él organizaba y que se prolongaban hasta el atardecer.

Kant, sin embargo, no frecuentaba las visitas a sus numerosos hermanos (Kant era el segundo de los nueve hijos del artesano sillero Johann Georg Kant y de su mujer Anna Regina, aunque sólo cinco sobrevivieron y alcanzaron la edad adulta).
Ni siquiera a su hermano Johann Heinrich que era pastor y le escribía afectuosas cartas.

Fueron educados, sobre todo por su madre, mujer piadosa por naturaleza, muy influida  por los movimientos de la Reforma religiosa de entonces, uno de las cuales (el principal) era el “pietismo”, que ponía gran énfasis sobre la fe y el sentimiento como opuestos a la razón y al dogma.

Educado, Kant, en el Collegium Fridericianum, de ideología pietista, fundación puritana y rígida y donde asimiló los hábitos de regularidad, puntualidad, frugalidad y duro trabajo a lo que si se le añade la educación familiar-materna le proporcionaron un carácter demasiado rígido, poco flexible para ser atractivo.

Ya en la Universidad, fue la influencia de un joven catedrático, Martin Knutzen, el que lo orientó hacia las obras de Newton, lo que con el tiempo diría: “dos cosas llenan mi alma de admiración: el cielo estrellado sobre mí (Newton) y la conciencia moral dentro de mí (el pietismo y su madre)”

Fue adquiriendo unos conocimientos enciclopédicos, escribiendo y dando conferencias  en temas de lo más variado: Matemáticas, Física, Lógica, Metafísica, Ética, Geografía, Antropología, incluso pirotecnia militar y ciencia de las fortificaciones.

Se cuenta que estando en clase explicando uno de los afluentes del río Támesis, arrancando de su nacimiento fue describiendo por qué paisajes, pueblos, historia, monumentos artísticos y cultura de esos pueblos, montañas, economía…
Ante dicha descripción, al terminar la clase se le acercó un alumno inglés, natural de uno de esos pueblos descritos y, extrañado, le preguntó cuándo había estado él por allí, a lo que Kant, naturalmente (y como ya hemos escrito más arriba) que nunca, porque él nunca había salido de Könisberg.

En cuanto a su vida sexual, les ruego abstenerse de todo prejuicio, no juzgarla precipitadamente, incluso no juzgarla, en la medida de lo posible.
Les ruego adoptar la actitud preconizada por Spinoza en su Tratado político: “no reír ni llorar, sino comprender”.

Kant no vivió como eremita, alejado de su ciudad y de su tiempo.
Cuidémonos de imaginarlo como enemigo de la vida mundana, recluido en una torre de marfil.


Nunca se alejó más de 40 kilómetros de su ciudad natal, Königsberg, cosa increíble en una época en la que todos los grandes filósofos – Voltaire, Rousseau, Diderot, Hume – fueron viajeros, europeos curiosos de su continente.
Pero Kant se quedó en Königsberg.
Allí nació, allí vivió, allí trabajó y allí murió.


En el Siglo de las Luces, en una Europa en ebullición, en plena Revolución francesa (que él aplaudía), permaneció fijo en esa ciudad a orillas del mar Báltico: Königsberg.
Nunca residió en Italia, contrariando así la tradición alemana del “gran viaje” ejemplificada en el siglo XVIII por Winckelmann, contemporáneo de Kant y prusiano como él, o, una generación después, por el gran Goethe.

Kant no hizo sino el “pequeño viaje” entre su casa y la torre del reloj.


Kant salía con agrado y se dejaba invitar por lo mejor de la sociedad de Königsberg, que lo apreciaba como “amable compañero”, tal como lo describió un testimonio de aquella época: “es el viejo más despabilado y ocurrente, un verdadero bon vivant en el sentido más noble; digiere tan bien los platos fuertes como el público digiere mal la filosofía que él le ha dado a leer”.

No era el impenitente solitario, sociófobo.
Al revés, en contra de todos los tópicos con que se le ha cargado, era muy sociable, y sobre todo en las comidas en su casa, en que siempre había invitados.

Además de que le gustaba el teatro, la música, las tabernas y las tertulias.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

KANT: LA SEXUALIDAD Y LAS MUJERES (1)


Si se le pidiera a un hombre corriente, con nociones de Filosofía que nos diera los nombres de cinco filósofos incluiría, de modo seguro, a Kant.
El que había sentenciado: “no aprenderéis de mí Filosofía, sino a “filosofar”, no pensamientos que podáis repetir, sino a pensar. Pensad por vosotros mismos, investigad por vosotros mismos, manteneos firmes sobre vuestros propios pies”.

¿Sapere aude” –atrévete a pensar.

Olvídate, deja, prescinde de “tutores”…

Decía Nietzsche que: “todo filósofo casado le parecía un personaje de comedia” (lo que no sé es si lo dijo antes o después de las calabazas de Lou Salomé)
Y Francis Bacon, casi haciendo de representante de no sé si de la mayoría de los filósofos, afirmaba: “ciertamente, las mejores obras son escritas por solteros u hombres sin niños” (aunque, luego, se casaría, poco después de haber hecho esta declaración),

Ese alejamiento de la vida sexual, erótica, incluso en su vertiente tierna o amorosa, dispensada para las mujeres, no es exclusiva de este filósofo, llamado Kant.
Muchos otros cultivadores del “amor a la sabiduría” practicaron, en diversos grados, un celibato que bien puede tomarse como paradigma de la filosofía.
La lista es rica en nombres: Platón, Plotino, Tomás de Aquino. Erasmo, Malebranche, Hobbes, Pascal, Descartes, Spinoza, Newton, Leibniz, Hume, Voltaire, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche… testimoniaron que el fin último de la humanidad no es reproducirse, por lo menos no en la materialidad de los cuerpos.

Se afirma que ninguno de ellos tuvo contacto carnal alguno a lo largo de su vida.
Es decir, nacieron, vivieron y murieron vírgenes.

Kant fue filósofo y célibe en extremo, al grado de llegar a sostener que “un filósofo digno de ese nombre no se casa”.

El soltero se casa con el pensamiento, el casado tendrá que compartir su tiempo con la esposa y los hijos.
Los argumentos y no el sexo es el alimento de los filósofos (sublimación freudiana).

“Filósofo casado, filósofo mermado”.

Se afirma que nunca estuvo enamorado, que toda su vida permaneció célibe y que nunca tuvo ni amante ni esposa.
Formaría, pues, parte de esos grandes hombres, como Newton y Robespierre, a quienes la carne femenina los dejó siempre como mármoles: incorruptibles, asexuados.

Nunca hubo una mujer en la casa de Kant, ni siquiera una sirvienta.

Tenía un criado, el fiel Martin Lampe, “un hombre para todo”, encargado de todos los asuntos prácticos y a quien Kant, tras 40 años de servicio, despidió, según se dice, al saber que se casaría (lo que suponía que, a partir de entonces, ya no se dedicaría en exclusiva a él, sino que tendría que compartir el tiempo con su esposa e hijos).

Suele afirmarse que Kant fue un “absoluto asexuado” (lo que habría que poner en cuarentena por, al menos, dos situaciones: una con una mujer casada, y que luego se divorciaría (“por infidelidad”) y otra el cambio total de su forma de vivir tras conocer a su nuevo amigo Green.

Habría que decir, pues, que practicaba el “erotismo de los corazones”, más libre, según expresión de Bataille.

Fue célibe pero no asceta, vivió una vida en relación con su tiempo: de joven frecuentaba las tabernas y siempre disfrutó de la comida (era un buen gourmet, aunque se sabe que su plato favorito era el bacalao, le gustaba el buen pan y el buen vino y muchas veces lo compartía con invitados en su casa (hasta 5 huéspedes al día, no más, pues la mesa era para un máximo de 5, enviándoles la invitación el mismo día, por la mañana, con el fin de asegurarse de la asistencia inmediata o de lo contrario, para poder invitar a otro.

Como puede deducirse era un hipocondríaco, porque, además entre la mesa y la sobremesa pasaban 4 horas y la conversación pasaba por tres momentos: narración, discusión y bromas (disfrutaba del chismorreo).

Le gustaba vestir bien y, cuando recibía invitados a su mesa iba vestido de manera impecable, cuidando que el color de sus ropas fuera a tono con las estaciones del año y su naturaleza.

Fumar en pipa era, para él, un placer, como degustar las propiedades del té, beber un buen vino y aspirar rapé.
Es decir, no era un ermitaño, taciturno y sociofóbico.

Para la sociedad de Königsberg era considerado como “amable compañero”.

Quizá Kant no conoció la sexualidad en otro cuerpo que el suyo, pero sí conocía la sensualidad, sobre todo de la comida: era de muy buen paladar.
Y aunque no poseía un físico seductor, con una estatura de apenas un metro cincuenta (su madre lo llamaba hombrecito), su cuerpo no le avergonzaba en absoluto.
Kant, pues, no es ni un ermitaño ni un anacoreta; ensalza el placer, así lo dice en su Antropología: “el puritanismo del cínico y la castidad del anacoreta, que se privan de los placeres de la sociedad, son deformaciones de la virtud que no invitan a practicarla”.

La verdad es que su cuerpo tampoco le favorecía para ser un seductor para acercarse y conquistar a una mujer o para que una mujer se le acercara.
Medía 1,50 de altura (como hemos dicho), tenía una gran cabeza y era cargado de espaldas, cheposo o chepudo.

Kant tenía sus hábitos (que han pasado a la Historia de la Curiosidad o de la Rareza):

En una época, la Ilustración, en que era comúnmente aceptado que “viajar ensancha el espíritu” y en la que “la conquista de la distancia” ha contribuido a un mayor entendimiento internacional, sabemos que Kant no atravesó, ni una sola vez, las fronteras de Prusia Oriental, ni mostró inclinación a hacer viaje alguno, ni por distracción ni por ampliar conocimientos.

Nació en Könisberg, vivió en Könisberg y en Könisberbg murió.

“Todos los días su criado, Lampe, lo despertaba cinco minutos antes de las cinco de la mañana, luego se sentaba a la mesa a las cinco en punto, bebía una o dos tazas de té, fumaba una pipa y preparaba durante toda la mañana, hasta las doce cuarenta y cinco, los cursos que impartía.
Entonces tomaba un vaso de vino de Hungría y se sentaba a la mesa a la una (con sus invitados).
Después de haber comido, caminaba hasta la fortaleza de Friedrichsburg, siguiendo siempre el mismo camino, que fue bautizado por los habitantes del lugar como “el paseo del filósofo”.
Era posible saber la hora que era sin necesidad de mirar el reloj, pues el filósofo pasaba siempre, exactamente, a la misma hora.
A las seis de la tarde, después de haber leído los periódicos, reanudaba el trabajo en su estudio, que conservaba siempre a una temperatura de quince grados y en donde se sentaba de modo que pudiera ver las torres del viejo castillo.
Su meditación fue interrumpida cuando el crecimiento de los árboles impidió un día tener a la vista aquel panorama.
Hacia las diez de la noche, quince minutos después de haber dejado de pensar, se acostaba en su recámara, cuyas ventanas permanecían cerradas todo el año, se desvestía y se metía en la cama mediante una serie de movimientos especiales que le permitían quedar perfectamente cubierto toda la noche.

Cuando las necesidades urinarias lo hacían despertarse, sin luz, a oscuras, se guiaba con un cordel que había instalado entre su cama y el baño a fin de no tropezar por las noches”.