martes, 12 de mayo de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (5)

 Analicemos los años. ¿Cómo contamos los años?.

        Perece que sólo los niños y los adolescentes quieren ser mayores de lo que son.

        Los niños no cuentan la vida por años, sino por fracciones, por meses, incluso días.
        “Tengo cuatro años y medio”. “Tengo cuatro años y nueve meses”. “Ya casi tengo cinco”.
Cuando cuenta no mira al hoy, está pensando en el mañana. Mira hacia delante. No deja nada atrás. Incluso cuenta lo que todavía no tiene. Quiere ser mayor de lo que es.

        A los adolescentes también les ocurre algo parecido. “Ya voy a cumplir 16”. Parece que no puede tener 15. No. Voy a cumplir 16. ¿Pero si yo te preguntaba cuántos tenías, no cuántos ibas a tener?.
        Pero “ya tengo 18, voy a sacarme el carnet de conducir”. Ya ha llegado a una de las metas tan deseada durante los últimos años. Ya puede conducir. No se fija en que, como ya es mayor de edad, ya es responsable y ya puede ir a la cárcel.

        Luego ya “tengo 26 tacos, tío, ¡joder¡”

        Cuando uno llega a los 30, no es que haya llegado, es que “ya cumplí los 30”. A partir de los 30 ya se cumplen años. El casorio, los hijos, el cole, el trabajo, las prisas.
Como no tiene uno tiempo para nada no tiene tiempo ni de pensar en el tiempo que tiene. ¡“Feliz cumpleaños, papᔡ “!Anda¡ es verdad, hoy cumplo años”. ¿Cuántos, papá?. Y tú dices, muy displicentemente, como con desgana: “37”, casi para tus adentros y el cuello de tu camisa.

        Lo de los 40 esto ya es otro cantar, esto ya es para caerse.
Se acabó el número 3, y el 4 ya es otra cosa.
 “De cuarenta para arriba…”, pero si estás soltero, por suerte o por desgracia para ti, “solterón y cuarentón, qué suerte tienes, ladrón”.
¿De verdad que es suerte?. ¿Tener que pavonearse para atraer a una pava?. Aparentar tener una conversación agradable, mariposeando de flor en flor todos los fines de semana, visitas al Eugenio´s de Torremolinos y soltando la pasta. Y seguir más despistado y más preocupado que Adán el día de la madre.
       
        Lo de los 50. ¿Qué te voy a contar?. Los hijos en la Universidad o en los primeros años de trabajo, explotados. Y tú ya no estás para trotes. Cada vez cansa más el trabajo. Así que en los 55 uno ya ve la prejubilación, ese despido fraudulento, pero consentido, para que cobres el paro durante x años, justo los que te llevan a la jubilación. Al paraíso. A la meta soñada. A la felicidad.
Aunque uno no esté, uno ya se ve allí, saboreando las mieles de la victoria. Viéndose apuntado a todos los viajes habidos y por haber del Imserso. (Luego comprobará que eso también cansa y ¡como en casa en ningún sitio¡).

        El jubilado ya deja de contar. Lo que le interesa del tiempo es el primero de mes para ir al Banco.

        A partir de los 85 ó 90 ya empieza, otra vez, a contar mirando para atrás. “Parece mentira. Pero si parece que fue ayer cuando tenía 70”¡.

O empieza a contar como los niños: “93 y 7 meses”. “Para Octubre los 94”.

lunes, 11 de mayo de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (4)


Yo no sé si será aquello del castigo divino de “trabajarás y ganarás el pan con el sudor de tu frente…” (Una pregunta, los Catedráticos de Filosofía, al trabajar, no sudamos por la frente, ¿nos habría tenido en cuenta Dios?). Digo que no sé si será el castigo divino o una ley de la naturaleza humana, pero hemos dividido la vida en tras grandes apartados:
        1.- Prepararse, durante muchos años, para trabajar.
        2.- Trabajar, durante muchos años, para vivir.
        3.- Vivir, durante muchos años, ya sin trabajar. Y aquí estamos nosotros, los del jubileo a diario.

        Parece como si nosotros, los mayores, estuviéramos al margen de la maldición divina, ya que no tenemos ni que prepararnos para trabajar ni tenemos que trabajar para vivir. Porque, aunque nos paguen poco, como vivimos con poco, tenemos suficiente, mejor y más tranquilos que el que gana mucho pero tiene muchos gastos (mantener el yate y la amante).
        Nosotros, ya, con muy poco “tiramos”.


viernes, 8 de mayo de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (3)



        Leo que ya hay más personas mayores de 65 años que menores de 15. Y esto sí que es para meditar.

        Leo que el 25% de los españoles, ahora mismo, somos mayores de 60 años y que cuando lleguen a esta edad los famosos niños del “baby boom”, los nacidos durante la explosión demográfica de entre los años 1960 y 1975, el % casi será el doble.

        Nadie puede ni debe intentar, ni nosotros deberíamos preocuparnos, y menos obsesionarnos, por vestir como jóvenes, por parecer jóvenes, por actuar como jóvenes.

Que ser joven no es el ideal, con el negro futuro que les espera por delante. ¿Para qué necesito yo jugar un partido de fútbol a ritmo juvenil?. ¿Para qué necesito yo teñirme de negro mis canas?. Reivindico mis canas, reivindico mis arrugas, reivindico mi cuerpo un tanto deformado y ya no tan juvenil, reivindico la menor agilidad en los movimientos, reivindico la ausencia de prisas, porque puedo salir diez minutos antes para llegar siempre a tiempo. Porque todo eso es mío, me pertenece. Yo soy yo en ellos. Sin ellos yo sería otro.

Y, como Unamuno, “yo quiero ser yo y seguir siendo yo, así y no disfrazado”

Pero ¿por qué una mujer tiene que aparentar tener menos años de los que tiene, si está estupenda para su edad, y con la memoria tan  cargada de experiencias maravillosas?.

        Hoy, a los 65, se puede empezar y terminar una carrera universitaria, además por hobby, por el placer de saber; y se puede uno divertir de mil maneras, y se puede viajar más y mejor que nunca y conocer lo que nunca imaginaste que podrías conocer; y se puede tener amantes, ¡claro que sí¡, y se puede uno casar y compartir la vida, incrementándola y coloreándola; y se puede jugar al golf,….


        Hoy, sí. Hoy podemos decir que existe otra vida tras los 60. ¡Por supuesto que sí¡.

jueves, 7 de mayo de 2015

¡QUE VIVAN LOS NOVIOS¡



“Guarden silencio, ¡por Dios¡ // que es tiempo de primavera // y están hablando de amor”.

¡Y un jamón¡ 
¿Y qué les pasa a los otras tres estaciones? 
¿Hay que esperar a la primavera, a que salgan las flores, los pajaritos canten y las nubes se levanten para…?
¡Qué candidez¡ ¡Qué simplismo romántico infantiloide¡.¡Qué tortolitos¡ (ni siquiera tórtolas)
¡Como si el amor pudiera “ser dicho”¡ “Obras son amores”.
Si uno le pregunta al otro: ¿tú me quieres? Mal pintan las cosas. El otro, si realmente la ama debería responder (cual gallego) ¿es que no lo ves? ¿Es que lo que hago no son obras de amor? ¿Necesitas que te lo diga?

Parejas y matrimonios.

Una pareja no es un matrimonio. Ambas son uniones, igual de buenas o igual de malas, pero no son lo mismo.

La convicción y seguridad que tienen las parejas de que si no dan el salto al matrimonio, puede romperse fácilmente el lazo que los ha tenido atados, afectiva y voluntariamente, con todos los invitados de testigos, pone de manifiesto la superficialidad de los que así, tan alegremente, actúan.

Toda ruptura de un lazo que ha llegado a apretar demasiado, hasta doler, consuela, pero si ha habido amor o, al menos afecto, siempre deja jirones en el alma, que quedan escritos en la memoria.

Hoy se afirma, por doquier, que “la familia ha entrado en crisis” y yo he escrito, muchas veces, que lo que ha entrado en crisis no es la institución familiar sino un tipo concreto de familia, la tradicional, la de nuestros abuelos y, quizá, nuestros padres, traspasada de machismo, con la condición de inferioridad, real, de la mujer.
La “cana al aire” del varón era, casi, un signo de virilidad, mientras que la de la mujer (si la había) era un estigma para toda la vida, condenada por la sociedad como “puta”.

Si “casar a la hija” era una tarea, casi misión, de los padres, (que no se quedara “para vestir santos”) y que consistía en ser entregada, en dependencia, al varón, novio, aconsejándole que practicase el mismo modelo de dependencia de la madre, (“tú, hija, aguanta, antes que romper tu matrimonio”), ahora los padres no buscan, sino que se lo encuentran, sin buscar, se lo presenta su hija, rezando, ellos,  para que la niña haya acertado, como si eso fuera una lotería.

“Por el bien de tus hijos, hija, aguanta”. ¿Por el bien de los hijos?
Debido a mi profesión, he tratado con muchos adolescentes que han dado el salto de la tristeza a la alegría y que han empezado a sonreír cuando sus padres se han separado o divorciado, porque su hogar era un infierno.

Jóvenes y jóvenas de hoy, no son como los de ayer.
Porque la niña, novia, juega/debe jugar, al mismo juego que el novio, al juego de la igualdad. Ni tú eres más que yo, ni yo soy menos que tú. Una igualdad de coordinación, frente a la paterna desigualdad de subordinación.

Y el problema siempre ha sido el mismo: que a nadar se aprende nadando, a escribir escribiendo y a convivir conviviendo. Y esto debe ser el noviazgo, el período que sirva para conocerse y no sólo para acostarse y ver cómo se funciona en la cama, porque, en la vida, se está más tiempo de pie que acostado.
Dormir en la misma cama es necesario para conocerse mejor, pero no es suficiente.
El noviazgo es un tiempo más de hablar de futuro (sin desperdiciar el presente), donde deben fraguarse los acuerdos previos, manifiestos, mejor que tácitos, el texto a firmar, aunque en los paréntesis de ese texto esté presente el solaz lubricante del placer, que ayude a la puesta a punto.
Porque puede ser larga la rodadura posterior, cuando el vehículo esté ocupado por 3, 4 ó más personas (esto, ya, sería excesiva carga).

Pero ¿un niño? La sonrisa de un niño desarma al más pintado, porque si los demás niños “ríen”, el suyo “se ríe”, si los demás niños “lloran”, el suyo produce punzadas en el alma. El suyo es otra cosa.
Y si, después del azar, de haber previsto todo lo previsible, en ese momento en que “el novio no vio y la novia no “vía”, se presentase ese niño “no solicitado”, “no encargado”, “involuntario”, …nunca, un niño, puede ser una “carga”.

En el noviazgo no existe un guión previo que hay que rellenar, siempre está abierto, y hay que irlo improvisando y previendo.

Cuando veo esas películas que termina con el coche de los novios alejándose en el horizonte y apareciendo “END” ¿qué nos quiere decir?, ¿Que a partir de ese momento “acaba” la insatisfacción, (infierno o purgatorio) y comienza el paraíso, ingresan en el cielo? ¿O que “acaba” la utopía y ahora comienzan, realmente, los problemas, con la convivencia 24 horas diarias, siete días a la semana,…?

“…Están hablando de amor”.

Los novios, mientras lo son, de lo que deberían hablar, para mejor conocerse y establecer las condiciones del contrato que desean subscribir, es, al menos de estos temas:

1.- HIJOS. ¿Sí o no? ¿Cuándo y cuántos? ¿Se apuesta por una relación de pareja o por un matrimonio, con descendencia? ¿Nosotros dos solos, como hasta ahora, y pasándonoslo bien o a por uno o x niños?
Esto, que es algo tan elemental, muchas veces no se trata, no vaya a ser que se rompa el hechizo.
¿Cuándo?, ¿ya mismo, aunque interrumpamos uno, el otro o los dos los previsibles ascensos profesionales o nos damos una tregua hasta que..?.
Porque ese hijo, tan pequeño, tan poca cosa, “pesa” mucho, restando horas de descanso, haciendo muy largas muchas noches.
Hay que tratar este tema y llegar a un trato a cumplir.
¿Y si, sin cigüeña, llega llamando en el útero materno…? ¿Aborto?, ¿No aborto?

2.- DINEROS. ¿Separación de bienes o gananciales? ¿Todo al fondo único, común, o cada uno con su cuenta poniendo, mensualmente, una cantidad, ambos, pero con lo que sobre que cada uno haga, compre,… lo que más le apetezca? ¿Nos asociamos a alguna O.N.G o no?, ¿a cuál o cuáles? ¿Coche sí o coche no? ¿Qué modelo y qué precio? Porque si uno ha sido consumista, dejar el hábito cuesta.
Aunque los “enamorados” (pardillos ellos) creen que hablar de dineros es algo vulgar, que contamina el amor.
“Contigo, pan y cebolla”, (cuando sabemos que “no sólo de pan vive el hombre” y que las cebollas hacen llorar) “Contigo, debajo de un puente” (con el frío que tiene que hacer y el peligro que eso entraña)

3.- FAMILIAS. Algo que no puede ser obviado, ¿Qué relación va a tenerse con las familias? Porque siempre, detrás de cada miembro de la pareja, quiéralo o no, hay una familia. Porque la sangre es la sangre, y la sangre, sobre todo en momentos de sombra, tira.
¿Fines de semana? ¿Todos? ¿Les pedimos dinero, para que nos ayuden o no? ¿Van a interponerse entre nosotros? ¿Vendrán a vivir con nosotros?
“Tú no cocinas como mi madre”. “Pues tú eres como tu padre”. ¿Nos comprometemos a no tirarnos las familias a la cabeza?

4.- DÓNDE. ¿En alquiler o nos embargamos y nos metemos en una hipoteca? ¿En qué lugar nos gustaría vivir? ¿Podemos?

5.- TRABAJOS. ¿Cuáles son nuestras perspectivas profesionales de cada uno?, para poder orientar nuestro futuro. ¿Qué expectativas tenemos? ¿Tenemos trabajo fijo y seguro o temporal y previsible paro? ¿Y si nos despiden, a uno, al otro o a los dos? ¿Qué haremos?
En el trabajo ¿dedicación exclusiva, con muchas horas extras, para ganar más y ausencia del hogar? ¿Cómo conciliaremos vida familiar y vida laboral?
Cunado dos personas, cada una con sus proyectos y sus expectativas, deciden vivir juntas, no son, como dicen los curas: “una sola carne y un solo espíritu”. Son dos carnes, que pueden abrazarse y disfrutar de los dos cuerpos, pero que, también, pueden ser frontones de pelota.
Y de dos proyectos, nada, al menos tres, los dos particulares y el proyecto común. ¿Cuánto se está dispuesto a sacrificar, no tanto por el otro (que también) sino por el proyecto común, por el “nosotros”?
Si uno renuncia a ser él mismo, se entra en la condición de esclavo.

Si sólo se intenta ser sí mismo, se entra en la condición de dictador.

miércoles, 6 de mayo de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (2)



        Un niño con arrugas es casi una ofensa a la naturaleza.
        Un joven torpe y cansado, apático, es casi un pecado contra la estética.
        Un adulto, vago y juerguista a la vez, improductivo y dilapidador, es como una broma de mal gusto.
        Un mayor con arrugas, algo torpe, pacífico y realista, con unas ganas enormes de vivir, aunque con los sentidos no tan finos como antes y la cabeza con menos pelo, es lo suyo, es lo normal, es lo natural.
        Dicen que estamos en “tiempo de pérdidas”. Pérdida es si a los 40 tienes cataratas o algo de sordera o los pies más cansados o algo de glucosa….a nuestra edad eso no es pérdida, es, sencillamente, ausencia. Pero igual que la sensatez está ausente en el joven y aún más en el adolescente.

        Optimistas, por favor. Seamos realistas, seamos optimistas. Vivimos si no en el mejor de los mundos posibles, sí en un mundo maravilloso.
        ¿Eres de los que lloran al saber que las rosas tienen espinas o perteneces al grupo al que yo pertenezco, al grupo que ríe al saber que, aunque haya espinas, lo importante son las rosas?.

        ¿Eres de los que tus temores y tus miedos no te permiten que arranques el coche de tus deseos o perteneces al grupo al que yo pertenezco, el que pone en marcha la maquinaria de los deseos a pesar del miedo a pinchar o del temor al mal tiempo?.

        ¿Eres de los que se sientan a ver pasar el tiempo, eres de aquellos a los que la vida le va robando tiempo o eres de los que usas, gastas, aprovechas el tiempo, disfrutándolo?.


        Recuerda: Tiempo no gastado no es tiempo ahorrado sino tiempo perdido.

martes, 5 de mayo de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (1)



        Si le preguntáramos a un agricultor  o a un horticultor cuál es el momento más esperado para él, y le obligáramos a decantarse por una de estas tres opciones: 1.- cuando está sembrando o plantando. 2.- cuando lo está regando, cuidando y el fruto está madurando y 3.- cuando llega el momento de la recolección, de la recogida. Todos sabemos cuál va a ser su elección.

        Entre sembrar (que conlleva inversión, riesgo y esperanza), cuidar (que supone trabajo y dedicación) y recogida de cosecha, de fruto (que conlleva la ganancia y el disfrute), ésta es la meta y el momento esperado y deseado por el trabajador.

        No me explico cómo algunas personas, al jubilarse, se deprimen. Es como si el agricultor y el horticultor estuvieran deseando continuar trabajando y que no llegara el tiempo de la recolección.

        ¿Por qué ven la vejez como un naufragio y no como la llegada a la playa para tumbarse, disfrutar del paisaje, manejar el tiempo a su antojo,…?.

        Es verdad que el hombre se realiza trabajando. Pero deben coincidir trabajo y vocación. Trabajar sólo por un salario no es muy emocionante. Y esto ocurre muchísimas veces. Además, hay muchos tipos de trabajo y, precisamente, el trabajo asalariado no es el trabajo ideal.

        Bienaventurados nosotros, mayores jubilados, que trabajamos. Que trabajamos mucho. Que trabajamos, incluso, más que antes, pero que no realizamos un trabajo oneroso, sino un trabajo lúdico.
        Ya no tenemos que trabajar para comer. Ahora lo hacemos porque: 1.- porque nos gusta, 2.- porque nos da la gana y 3.- porque nos es gratificante.

        Los que están aprendiendo (niños-adolescentes-jóvenes) son económicamente improductivos.
        Los que están trabajando y produciendo, (los adultos), están cansados de trabajar para poder comer ellos y sus familias. Ellos son los encargados de repostar para que el coche de la economía siga corriendo.
        Nosotros, los mayores jubilados, somos los turistas de la vida que vamos montados en el coche.




lunes, 4 de mayo de 2015

EL DÍA DE LA MADRE: SEGUNDA CARTA



QUERIDOS PADRES (Y SOBRE TODO TÚ, QUERIDA MADRE).

Aunque físicamente en otro nido, más o menos lejos del antiguo hogar; aunque me haya ido, tú sabes que no me he ido del todo, porque tú, madre, siempre estás presente, cada momento, en mi mente.

Y me pregunto, ante cualquier estado, cómo lo harías tú, cómo reaccionarías, qué solución le darías, sabiendo que no vas a incomodarte si te llamo por teléfono a cualquier hora del día o de la noche.

Ahora, desde mi maternidad, deduzco todo lo que tú tuviste que hacer por mí, todo lo que por mí tuviste que pasar y de lo que nunca fui consciente.
Porque yo, ahora, me desvelo de noche y le doy vueltas a la cuna y/o a la cama de la habitación de al lado para ver si está desarropado, porque no quiero que se me resfríe, y tú, también tuviste que hacerlo, y nunca fui consciente de ello.

Y hay días que no me acuesto en mi cama, sino en una silla, vigilando la temperatura de mi niño, no vaya a ser que….y tú también…y nunca fui consciente.

No busco nada en mi niño, porque me veo retratado en él, pero si me regala una sonrisa quedan saldados todos los desvelos, es una bonoloto sucesiva diaria, y si, además, en su balbuceo, con su lengua “aprendiza”, me suelta un “mamá”, es el gordo de la primitiva y surgen en mí instintos “filiófagos” (palabro, pero muy significativo) y me dan ganas de comérmelo a trozos.

Verlo dormir es el surgimiento del éxtasis. Una se va porque tiene que irse, pero allí me quedaría, en la fruición.

¿Recuerdas, mamá, cuando le cambiabas el pañal a la pequeña y lo mal que olía? ¡Qué pestazo! –repetía yo uno y otro día. Pues ahora, mamá, los pañales de mi niño no me huelen mal, incluso hasta bien, debe ser porque son de mi niño.

Y si se mea en la bañera, en cuanto los pies tocan el agua, lo interpreto positivamente, como algo beneficioso, un plus de urea para el cuerpo.

O ahora me peleo con ellos, a diario, para que dejen recogida su habitación y deje de ser una leonera, como tú, también,…

Y empleo mucho tiempo en la cocina, preparando esa comida que tan buena te salía a ti y que, a pesar del entusiasmo que le pongo, no me sale tan rica como la tuya (y eso que me das la receta, pero que no me sale)

Y ahora sé qué estás ahí, al otro lado del teléfono, descolgándolo antes de que suene tres veces, para oírme y escucharme, para responderme, para aconsejarme, para acompañarme, para recoger a mi niño del cole y darle la merienda…para…cualquier cosa que te necesite.

Y ahora veo cómo se te cae la baba cuando coges a mi niño que, también, es tu nieto.
Y, aunque a veces, me cabree y piense, incluso diga, que “me lo estás malcriando o maleducando o deseducando” comprendo que los abuelos los educáis de otra manera, de manera diferente.

Y ahora comprendo por qué, lo que para mí era mi casa, para ellos es “abuelilandia”.

Y ahora, cuando te he hecho abuela, es cuando más te estimo como madre, porque sólo ahora soy consciente de qué es ser madre.


Y es que los hijos, cuando abandonan el nido, nunca dicen “adiós”, sino “hasta en cualquier momento, mamá”.