lunes, 17 de febrero de 2020

EL PROFESOR Y SU ALUMNO


 
Somos, mientras vivimos, seres “perdedizos”, no necesariamente “perdedores”, excepto en la jugada final, donde la guadaña “nos gana y nos pierde”.
 
Hace unos días colgué, en Facebook, unas reflexiones sobre las “Pérdidas”.

Escribía sobre tres pérdidas que nos afectan sobremanera, a todos.

1.- La Pérdida de la Riqueza. No digo de la sobreabundancia ni de la ostentación, sino de la capacidad de satisfacer las necesidades vitales, tanto propias como las de lo que rodean a uno. Y es que la riqueza, aunque no dé la felicidad –como generalmente se dice- tampoco es un obstáculo para ella. Porque con ella, con la riqueza, pueden adquirirse muchas cosas que alegran la vida, desde un viaje de placer hasta un regalo amoroso. Y esa riqueza o solvencia económica puede perderse por una mala gestión, por una previsión equivocada, por una precipitación, por azar, por un E.R.E. de la empresa que te manda al paro, por….

2.- Pérdida de la Salud. Que ya no es una pérdida de algo externo, sino que afecta a lo interno, tanto fisiológica como psicológicamente, afecta a uno mismo, que sufre, y a los que le rodean, que sufren contigo. Y sobre todo cuando la enfermedad es grave, suponiendo un deterioro orgánico o una posible muerte. Tener que depender y tener que agarrarte a la medicina, a la analítica, a la cirugía, a los tratamientos agresivos (quimio, radio,…). Pierdes vida y, sobre todo, calidad de vida. A goteo, temporalmente o a largo plazo.

3.- La Pérdida de Sí Mismo. Vaciarse por dentro, crear el vacío interno, perder la personalidad, la vida interior e íntima, ser un deambulante. Perderse como persona. Quedarse en nada de sí. ¿Y para qué sirve la nada? Para nada. Ya no es que pierdas cosas, ya no es que pierdas calidad de vida, es que te pierdes como persona, te “nadificas”

Apenas colgada esta reflexión, un antiguo alumno, de hace muchos años, matiza mis “pèrdidas”.

“Estimado Tomás, si bien todas estas pérdidas son dolosas (unas más que otras), también hay que decir que cabe dentro de lo posible el volver a encontrar (al menos en parte) la riqueza, restablecer la salud (aunque fuere parcialmente), y recuperar la paz interior/la intimidad/la personalidad. Lo importante es, cuando uno se caiga, tener la capacidad de remontar y levantarse de nuevo... Y en relación a las pérdidas, hay una dimensión de pérdida que no ha reflejado, y que para mí también resulta muy significativa: Perder el "tiempo", ya que tiempo pasado no vuelve (sólo en nuestro recuerdo), con el coste de oportunidad que conlleva no aprovechar las ocasiones/eventos favorables.

!Chapeau¡ Cristóbal.

Yo, con mis negatividades, mis pérdidas, y tú con tu espíritu positivo de que “todo eso tiene arreglo” y terminas con la Pérdida irrecuperable, la Pérdida de Tiempo.

 Yo, con mis temores, con mis prevenciones de adulto/jubilado/viejo y tú con la energía juvenil de disponer de todo el tiempo del mundo por delante.

A tu edad (estoy seguro que) sin problemas de salud (por la vitalidad juvenil), sin problemas de vaciamiento (porque lo llenas con personas y proyectos a corto y largo plazo) y sospecho que sin la obsesión de la riqueza contada en euros, sino preocupado por esa otra mayor y mejor riqueza, como lo es El Tiempo, es una de tus preocupaciones: el no perderlo, el invertirlo bien, el hacerlo formativo y productivo,..

Gracias por recordarme que somos, además de “perdedizos”, “elevadizos”.

A mis tres “P” (Pérdidas, negativas), tus tres “R” (Recuperaciones, positivas).

La Riqueza puede volver a ser Recuperada (otro puesto de trabajo, otra inversión positiva, la suerte,…..) y volver a tener satisfechas las necesidades.

La Salud puede volver a ser Restablecida y volver a estar sano.

El Vacío puede llegar a ser Rellenado y volver a ser uno mismo.

Pero remata, Cristóbal, con su P, su Pérdida, la Pérdida de Tiempo, para la que ya no hay R, porque es “irrecuperable”.

Yo no voy a decir que “todo tiempo pasado fue mejor” (porque puede serlo, o ser igual o parecido, o ser (lo más seguro) peor). Pero nuestra memoria selectiva juega sus cartas, apartando los recuerdos de situaciones incómodas y sólo guarda lo positivo.

Lo cierto y verdad es que “todo tiempo pasado fue anterior”

Decía San Agustín que, a pesar de que decimos que existen tres tiempos: el pasado, el presente y el futuro, el pasado “ya no es”, el futuro “todavía no es” y que el único que, realmente, “es” es el presente, pero que éste puede ser: 1.- El presente de las cosas pasadas que se llama Recuerdo (que no es fotografía exacta de lo ocurrido, sino pasado por el colador del interés). 2.- El presente de las cosas presentes, que se llama Visión, Atención, Actualidad; y el presente de las cosas futuras, que se denomina Espera, Esperanza, Expectación.

Pasar de un “todavía no ser” (futuro) a otro “ya no ser” (pasado), ese es el presente, el límite entre ambos, el instante, un ser instantáneo que, realmente, es otro “no ser” porque no se deja atrapar. Llega y, sin pararse, se va.

Menos más que el alma retiene el pasado, no dejándolo ir del todo, adelanta el futuro, anticipándolo y dilata, estira, el presente, no el presente cronológico, sino el presente psicológico, que es en el que nos movemos.

Ya hemos perdido el tiempo pasado, que “ya no es”, por lo tanto, irrecuperable. No podemos perder el tiempo futuro, porque “todavía no es”. ¿Podemos perder el “tiempo presente”, que lo estiramos para que no deje de ser ya?.

Hemos oído muchas veces que somos el efecto de nuestro pasado y la causa de nuestro futuro.

Y cuando uno (yo mismo)  mira hacia atrás y recuerda a aquellos alumnos que te llamaban de Ud. por respeto a la autoridad del profesor (no del autoritarismo), una especie de autoridad moral que representaba el profesor, pero que infundía proximidad y confianza, y que, en su andar de madurez, te seguían, no solo en los conocimientos, también en el comportamiento….

Y compruebas que, a los pocos años, se han puesto a tu altura en la escalera del saber y, amablemente, te dicen “hola”, “qué tal profesor”,…

Y que, unos años más que pasan y ves cómo te sobrepasan, y se alejan, pero que, con la mirada atrás, te dicen: “hasta luego”, “adiós, profesor” y “gracias por todo”.

Es cuando el alma se te llena de gozo y (a mí, al menos) se me saltan las lágrimas.

Ese tardío “gracias” es una compensación, es la mejor y mayor paga extraordinaria que puede recibir un maestro/profesor/enseñante, porque es una paga valorativa, no pecuniaria.

!DIOS¡

 ¡Qué orgullo de haber sido profesor, pero sobre todo enseñante¡ Ver en ellos tu impulso materializado. Algo tuyo hay en ellos.

No creo que haya otra actividad laboral más gratificante, cuando van de la mano “vocación” y “profesión”,

Mientras estás allí (presente), después de haber estado allí (pasado), porque seguirás estando allí (futuro)

ORGULLO DE HABER SIDO PROFESOR/ENSEÑANTE.

domingo, 16 de febrero de 2020

LA POBREZA EN LA SOCIEDAD DE LA ABUNDANCIA.( 1 )




Parece algo contradictorio que “haya pobreza en una sociedad de la abundancia”, pero es la pura realidad.
Y nos escandalizamos, porque no es normal y, “no debiendo ser”, es.
Y nos preguntamos cuáles son las causas, sus consecuencias y qué medios deberíamos utilizar para que lo que no debería ser no lo fuera.

La pobreza se define como: “la situación de no poder satisfacer las necesidades físicas y psicológicas básicas de una persona o lo que se relaciona dentro de la vida del mismo,​ por falta de recursos como la alimentación, la vivienda, la educación, la asistencia sanitaria, el agua potable o la electricidad”.

Y, generalmente, los tipos de pobreza que existen son:

Pobreza material (la que se da en los países que presentan el índice de exclusión social más bajo)
Pobreza rural.
Pobreza urbana.
Pobreza social.
Pobreza infantil.
Pobreza relativa.
Pobreza estructural.

Sólo una filosofía de la desigualdad puede dar cuenta de esa anormal normalidad, “pobreza en la sociedad de la abundancia”, que, sobrando, por abundancia, haga falta, que se desperdicie comida al tiempo que mucha gente muera de hambre.

La solución al problema de la pobreza pasa por el cambio de mentalidad, a lo que no están de acuerdo los que nadan en la abundancia al tiempo que los pobres se ahogan en la miseria.

Esta contradicción (la simultaneidad de pobreza y abundancia) ha acompañado a los hombres desde siempre.

Es paradójico que nuestra época, tan potente para producir bienes materiales y culturales, cohabite con la pobreza, lo que deslegitima a esta nuestra sociedad.

¿Morir de sed habiendo tanta agua?, ¿Morir de hambre sobrando alimentos?
Pero no sólo en sociedades distintas y alejadas (que también) sino en el seno mismo de la misma sociedad.

¿Cuántos españoles, hoy, ahora, sobreviven por debajo del umbral de la pobreza al tiempo que muchos españoles, constantemente, sobrepasan e ingresan en el club de los millonarios, siendo cada vez mayor la distancia entre ambos mundos?

La presencia de la pobreza revela la injusticia del sistema y la irracionalidad de la organización social.

A la típica división de “países subdesarrollados”, “países en vías de desarrollo” y “países desarrollados” ha aparecido, hoy, los “nuevos empobrecidos” en el seno mismo de los países ricos, al tener franqueadas las puertas de entrada.

Por una parte el crecimiento del nivel de vida y la solidez económica y, por otra, bolsas de población excluidas del bienestar y con graves dificultades de integración.

Un “tercer mundo” coexistiendo-cohabitando con el “primer mundo”, sin salir del mismo país.

¿Cuántos millones de personas padecen, hoy, una pobreza absoluta en nuestra Europa de la abundancia?

Y si damos un salto y pasamos de la “pobreza europea” a la “pobreza mundial” nos encontramos con una escandalosa mortalidad por hambre y sed.

En Europa han aparecido grupos de gran riesgo: familias monoparentales (sobre todo cuando el progenitor es mujer), familias numerosas (con cinco o más hijos), las personas sin hogar (los “sin techo”), los emigrantes económicos, los disminuidos físicos y psíquicos, los exiliados, los refugiados políticos, los parados de larga duración, los ancianos, los jóvenes sin un primer empleo, los jubilados anticipadamente, los enfermos crónicos, los trabajadores en precariedad de empleo (economía sumergida),…

El rostro de la pobreza está cambiando y hoy la vemos en otros grupos, en otras familias, en otras personas,… (La “Nueva Pobreza”, los “Nuevos Empobrecidos”)

La “antigua pobreza” se definía con el concepto de “umbral”: ingresos familiares necesarios para cubrir el coste de una adecuada dieta nutricional para los hogares de un determinado tamaño y equipamiento, multiplicado por tres”.

Pero los “nuevos empobrecidos” constituyen una nueva forma de pobreza que afecta a los marginados, a las familias frágiles, debido a su tendencia consumista mantenida por un alto nivel de endeudamiento, que no pueden ser definidos por el nivel de sus ingresos, porque arrastran una deuda progresiva.

Personas pobres son los individuos o familias cuyos recursos son tan débiles que resultan excluidos de los modos de vida mínimos que se consideran aceptables en el Estado en que viven (entendiendo por “recursos” no sólo los bienes, las rentas en dinero, sino también los servicios disponibles de tipo público y privado).

“Pobres” son aquellos individuos cuyos recursos (materiales, culturales, sociales) son tan bajos que quedan excluidos de los modos de vida mínimos aceptables en el Estado en que viven y no teniendo en cuenta sólo lo meramente económico (alimento, vivienda, sanidad,…)

viernes, 14 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS ( y 5) RELIGIÓN Y POSTMODERNIDAD


RELIGIÓN Y POSTMODERNIDAD.

El carácter privado de lo religioso en la cultura actual, unido al antiautoritarismo, al antiinstitucionalismo y a la mentalidad consumista arroja luz sobre la religión en los jóvenes.

Los jóvenes aceptan ciertas verdades religiosas pero pasan olímpicamente de otras, no confían en la Iglesia y menos en los curas (y más con lo que está cayendo últimamente, que es lo que se sabe, no todo lo que hay) y no aceptan que quienes son célibes (voluntariamente prometido) pero no pobres (a pesar de su voto de pobreza) vengan a darles lecciones de cómo tienen que vivir la sexualidad, precisamente ellos, que no deberían practicarla.

Practican (si lo hacen) una religión a la carta en cuyo menú, y a voluntad, ponen nuevos platos o prescinden de otros, una “religión light” en la que las creencias no se traducen en acciones, en comportamientos y cuyos ritos (si los hay) son más sociales que religiosos.

Una religión a la carta en que no existen los compromisos.

Es el típico “creo en Dios pero no en los curas” (creo que son sinceros en lo segundo, lo que no sé es qué entienden y cómo conciben a Dios)

La postmodernidad (creencia en las potencialidades liberadoras de la técnica y de la democracia representativa, con esa mentalidad pragmática, con esa visión fragmentaria de la realidad, con ese antropocentrismo relativizador, con ese atomismo social, con ese hedonismo, con esa renuncia al compromiso, con ese desenganche institucional (político, religioso, familiar,…) es el fiel testigo de la crisis de los valores y de la actitud religiosa.

Es la consecuencia de la derrota del ideal iluminista y científico-positivista del proyecto moderno.

El saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, los sindicatos,…ya han dejado de funcionar como principios absolutos e intangibles y, en distintos grados, ya nadie cree en ellos.

Han entrados en crisis las “narrativas maestras” que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad.
Crisis, pues, de las concepciones omniabarcantes y totalizadoras.
Y, frente a ellas, pluralismo, eclecticismo, relativismo,…

La postmodernidad se caracteriza por una “producción excesiva de artefactos y una inflación de la teoría” al tiempo que un rechazo a la reducción instrumental de la razón y el olvido del poder de la imaginación y de los símbolos.

La postmodernidad es, también la oposición a un burdo pragmatismo y el despertar de nuevas fórmulas de espiritualidad que tienen sus orígenes en los movimientos contraculturales de los años 50 y 60, cuando ellos fueron la “conciencia desmodernizante” como reacción crítica a las contradicciones de la modernidad: destrucción de la naturaleza, empobrecimiento del hombre al que se le amputa su libertad, bolsas de pobreza y delincuencia, crisis de identidad, política de bloques, colonialismo,…

Frente a ese “desorden establecido” la contracultura postuló sus “contradefiniciones”: gratificación inmediata y no diferida, la irracionalidad (formas de conocimiento más allá de las palabras, del análisis y de la explicación), comunalismo frente a individualismo competitivo, liberación sexual, cooperación espontánea (organización social filoanarquizante),…

Esta contracultura fue caldo de cultivo de un neomisticismo y el descubrimiento de la filosofía y espiritualidad orientales.

Y si es cierto que la contracultura acabó manipulada y fagocitada por el propio sistema capitalista que la engendró como reacción, también lo es que las inquietudes espirituales han subsistido hasta nuestros días, incluso reverdecen.

Es, la llamada “venganza de lo reprimido”, un reencantamiento del mundo por la vía de una “trivialización de lo religioso” que la sitúa en los horóscopos, ufología, búsqueda de experiencias místicas por los caminos de Oriente.
Un pulular de prácticas encaminadas a alcanzar el éxtasis y el encuentro con uno mismo.

Son, sobre todo en USA, las sectas, los movimientos, cultos y terapias que componen la oferta espiritual, donde se mezcla la magia con la sugestión, con la búsqueda de lo novedoso y anómalo y, quizá, autenticas inquietudes religiosas, pero fuera de la tradición.

Y es que el consumo y la opulencia no son sinónimos de autorrealización auténtica.

Se da, pues, un rechazo de esa hegemonía de la razón instrumental y de la sociedad organizada y consumista y que no proporciona una identidad satisfactoria.

Por otro lado, los nuevos movimientos sociales juveniles (pacifismo, ecologísmo,…) presentan aspectos filo-religiosos, traspasados de un utopismo para-religioso de armonía y solidaridad mundial con los hombres y la naturaleza.

En algunos de ellos se manifiesta una sensibilidad que reivindica planteamientos éticos con pretensiones de universalidad, que implican  una “visión del mundo, de la sociedad y del hombre que rompen con el presente dominante y la cerrazón ante las preguntas metafísicas”.

Está siendo la Filosofía de la Ciencia la que está consiguiendo que la Ciencia Empírica deje de ser el paradigma de la racionalidad y del conocimiento objetivo.
Lo intra-atómico, por ejemplo, está más allá del sentido común.
Las partículas atómicas pueden ser quantos de energías, vibraciones,… constructos teóricos.
Así, el científico, como el hombre de la calle siguen estando ante el misterio de la realidad, lo que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones de la realidad y hacia las cuestiones últimas.

Pero no debemos olvidar que el sujeto humano, como persona, es un valor supremo y la postmodernidad, como la estamos viendo, no parece un proyecto viable, al prescindir del sujeto.

El hombre –como nos recordaba Ortega- se nos muestra como algo inconcluso, por terminar, inacabado, haciéndose, en su pensamiento y en su acción.
Y, aunque se nos aparezca todo como algo relativo, hay en el hombre una capacidad de querer, una voluntad de desarrollo y de realización total, que se concreta en una aspiración radical y originaria, a ser, a conocer, a amar absolutos que no satisface ninguna de sus realizaciones particulares.

Hay una inadecuación entre su “causa eficiente” y su “causa final”

Las clásicas pruebas de la existencia de Dios de la Teología Natural, más que asegurar la existencia de Dios, lo que muestran es la finitud del hombre.

La respuesta religiosa ha sido, a lo largo de la historia, la forma más frecuente de intentar satisfacer esa necesidad de superar y encontrar significado a las experiencias que amenazan con el caos y el sinsentido: el error, la injusticia, el sufrimiento y la muerte.

Nos consideramos agentes imposibles de terminar con esos males con nuestras propias fuerzas.

Eso es por lo que el hombre es el único animal religioso, porque es el único que experimenta su indigencia ante los retos de la vida de los hombres.

La postmodernidad muestra una huida ante las cuestiones últimas pero éstas son insoslayables a la condición humana.
Si el hombre quiere vivir humanamente tendrá que enfrentarse a ellas.

¿Se puede tener esperanza sin fe?

Una Ética Universal tiene que tener en cuenta a los muertos.
El sentido integral de la vida humana tiene que incluir el destino de los muertos, lo que implica no poder concebir la Historia ateológicamente.
Por eso, para Horckheimer, la teología es la “esperanza de que lo injusto no sea la última palabra”, “la expresión de un anhelo, de una nostalgia de que el asesino no pueda triunfar sobre la víctima”

Y si la “inmortalidad es indemostrable, la muerte es necesaria e incomprensible”

jueves, 13 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS (4) LA CULTURA DEL CONSUMO.


El individuo actual vibra sobre un transfondo nihilista y una búsqueda inútil de significado.
Sobrevive en un mundo social gaseoso en el que los otros no existen y él sólo procura respirar y vivir, sin ataduras ni compromisos, sólo mirando y actuando desde su ombligo, el centro de un mundo sin centro.

Adiós, pues, al proceso de ser persona para lo que es indispensable, necesario, la relación interpersonal para coactuar con ellas.

Adiós al sacrificio, al ascetismo, al autocontrol, a la valoración positiva del trabajo, al ascenso personal,… ocupado en la búsqueda y conquista de gratificaciones inmediatas, renuncia al aplazamiento de los mismos.

El sistema tiene necesidad de hombres así, trabajadores para tener un salario, ahorradores y contribuyentes para mantener el sistema, consumidores y ciudadanos hipotecados.

Hipotecar su vida futura por el consumo del presente y sin ya poder deshipotecarse.

¿Cómo armonizar la “eficacia” del orden económico con la “igualdad” del orden político y el “hedonismo” del orden cultural?

El pluralismo político le permite al individuo el autoservicio, tan legítima su opción, como quien opta por otro producto de la estantería del supermercado y, además, tenemos conciencia de coincidir (y no cuestionárselo) en ser igualmente consumista.

Este individualismo narcisista no aspira a una sociedad auténtica sino a una sociedad polimorfa, a un mundo abigarrado que ponga todas las formas de vida a disposición de cada individuo para que cada uno elija lo que más le apetezca sin pararse a reflexionar si es bueno o malo, bello o feo, justo o injusto,…aquello por lo que opta.
Lo que hay en la estantería social es una serie infinita de placeres diferentes e iguales que le gritan al individuo “cógeme a mí”.

Además de que, elija lo que elija, es consciente de que puede dar marcha atrás y cancelar su anterior opción sintiéndose “libre” al hacerlo, porque sabe que puede hacerlo.

La pregunta es si puede haber auténtica libertad sin obedecer a la razón y sin autonomía de juicio para orientarse correctamente.

La sociedad de consumo, pues, fomenta la existencia de individuos sin referencias propias (impresionado por lo más llamativo), sin voluntad (sólo con el capricho del momento).

Es el “yo débil”, desubstancializado, zombi,…

Este hedonismo renuncia (es incapaz de) recuperar nada del pasado, sin compromiso con el futuro, obsesionado con vivir a tope el presente que considera perpetuo.

El “aquí y el ahora”, sin cuestionarse cómo fue antes o cómo puede ser después.

“Mañana” es “hoy”, “luego-después” es “ahora”.
El tiempo ha desaparecido como tiempo y ha pasado a ser eternidad (sin un antes ni un después), sin historia y sin proyecto.

Es lo típico de la juventud, y todos queremos ser y mantenernos jóvenes, como el estilo ideal de vida.

El proceso de conversión al hedonismo del consumo, emprendido por las sociedades industriales occidentales, llenando las estanterías de la vida de productos atractivos y atrayentes, sabiendo que, una vez probados, pueden ser devueltos a la estantería o tirados a la basura siendo sustituidos por otros, sin reflexión, es lo que se lleva, es lo que hacen los jóvenes en sus fines de semana, es la “idolatría de los valores juveniles” a lo que aspiran los que ya no son jóvenes y los que aún no lo son.

Todo esto, y más, resulta incompatible con las exigencias de conversión y autenticidad religiosas, que implican un vivir responsable, comprometido y fiel a un proyecto de sentido.

miércoles, 12 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS (3) LA CULTURA DEL CONSUMO



LA CULTURA DEL CONSUMO.

Está una persona aburrida y, en vez de abrir un libro y ponerse a leer, se mete en unos grandes almacenes, o en un supermercado, o en un chino o un moro, “para ver qué necesita”.
Cuando lo lógico es lo contrario: tengo una necesidad y voy a esos sitios a ver si puedo, y con qué, satisfacerla.

Es el consumismo, la última salida de la crematística capitalista.

Hace un estudio de mercado, sondea gustos, saca al mercado un producto, publicita las enormes ventajas al adquirirlo, te crea la necesidad y, ya lo consiguió: tienes la necesidad y acudes al mercado a adquirir ese producto para satisfacerla.

Vivimos en “el tiempo de los objetos” –Baudrillard dixit.
Es la “época de la profusión”, la “negación mágica y definitiva de la escasez”, la felicidad como una sucesión frenética de acaparar objetos.
Si tienes sed ya no buscas el agua, sino a ver que bebida hay que me la quite, como si tienes hambre es difícil que recurras, de inmediato, al pan.

Importancia de la publicidad, no para mostrar las cualidades del objeto, sino para seducir a los sujetos porque, después, todo viene ya encadenado.

Es todo tan absurdo que dedicarás más tiempo al trabajo para poder disponer de más dinero, para poder adquirir más objetos.

La publicidad del productor y la mentalidad consumidora de los compradores descansan sobre la omnipotencia y la manipulación de los signos, convertidos en pseudo-significantes de significados que la propia sociedad establece.

En mis tiempos juveniles no era tener un reloj, sino tener un “Longines”, como hoy es tener un “Rolex”, que asegura prestigio.
Bien saben las mujeres distinguir un auténtico bolso de marca de un sucedáneo, o las zapatillas de deporte de ambos sexos.

Quien lo entiende y no lo tiene, porque no puede, lo envidia porque lleva adosado el prestigio social, la calidad de vida, personalidad,…
Quien quiere y no puede se refugia en el simulacro, en lo sucedáneo, esperando que no sea descubierta la falsificación.

“El sistema de las necesidades es el producto del sistema de producción” –Baudrillard dixit.

Se adquiere y se consume un objeto no por su valor utilitario sino como signo que distingue al que lo posee.

Es la astucia del objeto el que acaba imponiéndose al sujeto.

Además (técnica capitalista) los objetos son creados para un consumo rápido e inmediato, más allá de la duración de su funcionalidad, de ahí que se vuelvan obsoletos aunque, todavía, funcionen bien...

Es una fuga de los objetos al servicio del sistema y una subordinación del sujeto humano al ritmo de producción.

Costará más su arreglo, si se estropea, que adquirir otro nuevo.

La fecha de la pronta caducidad está en el núcleo de los productos.

La sociedad de consumo, naturalmente, está orientada por la clase que posee o domina los medios de producción y los de comunicación.

En general, esos productos que se anuncian como garantes de satisfacción suelen ser pseudo-gratificaciones frustrantes (“no era para tanto como decía ser”)

La felicidad es el “consumo hedonista” de objetos que procuran la satisfacción de necesidades “no necesarias” sino provocadas artificialmente pues el hombre ha sido resocializado para consumir, desconfiando de sus propios juicios y estando pendientes del de los demás.

Es la muerte del sujeto que se convierte en una pieza héterodirigida mientras, en esta cultura del simulacro, cree ser él sujeto que opta cuando, en realidad, está controlado por otros.

La cultura del consumo ha promovido un hedonismo narcisista y egoísta en el que el sujeto, que ha perdido la confianza en sí mismo, proyecta en el mundo sus propios temores y deseos manipulados, sin capacidad de crítica (¿cómo va a criticarse a sí mismo si se cree un sujeto libre y autónomo?) y con una actitud insolidaria.

Sucumben sus relaciones con los otros y sucumbe su conciencia política, lo que le haría “descentrarse” de sí mismo.

Al cesar el capitalismo competitivo frente a un capitalismo hedonista y permisivo desaparece, también, el individualismo competitivo en el terreno económico y revolucionario en el terreno político (respecto a la sociedad estamental) y, en su lugar, surge un individualismo puro, desprovisto de los últimos valores morales y sociales.

El hombre contemporáneo, pues, ha perdido su “yo” porque ha perdido, en realidad al “tú”, por lo que es incapaz de encontrar el “nosotros”.
Lo que queda, pues, es un “yo puramente centrípeto, hedonista,…fascinado sólo por lo puntual”.
Así es el narcisista, un “socialista desocializado”, de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro.

martes, 11 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS (2)


La sociedad moderna es la manifestación de la producción capitalista y una organización social racional-burocrática.

Este uso cotidiano de artefactos técnicos y automáticos propicia una manera de ver la realidad y de pensar creando una mentalidad previsora y controladora para mermar o suprimir lo malo e incrementar lo bueno.
La razón, pues, sirve de acelerador y de freno y debemos aprender a no equivocarnos en el uso de los mismos.

Pero esta mentalidad operativa, al irse haciendo automática, empobrece el pensamiento reduciendo la razón a un razonamiento tecnológico.

Los nombres de las cosas sólo indican cómo funcionan.
La cosa es su función, lo que elimina la crítica y el pensamiento contrastante, la lógica de la protesta, imposibilitando un pensamiento trascendente.

El desarrollo de la racionalidad científica ha ido parejo a un retroceso en las cuestiones del porqué y del para qué porque se limita a disfrutar de los hechos inmediatos sin pararse a buscar sus causas, ni eficientes (“porqué”) ni finales (“para qué”) reduciendo su investigación al “cómo”.

¿No hay una contradicción entre la soledad individual y la reunión de las muchedumbres, o de las masas, en las ciudades gigantescas, en los ejércitos, en los partidos?
Nunca ha tenido el individuo a tanta gente alrededor y nunca ha estado tan solo.
Coexistimos con los que viven en nuestra misma urbanización, sin convivir con ellos, y con el “buenos días” como única comunicación o “hay que ver cómo está el tiempo”

El predominio de la racionalidad instrumental tiende a evacuar la pregunta por el Absoluto.
Perdidos, anónimamente, entre tanta gente alrededor, sin encuentros gratificantes entre personas, como usuarios de un autobús, pensando cada uno en sus problemas sin entablar conversación que podría enriquecernos.

Se nos ha roto el vínculo con lo trascendente que durante toda la historia estuvo presente.

La secularización nos envuelve por doquier, todo se nos ha hecho “humano, demasiado humano”

La modernidad ha sido la madre (o es la hija) de la secularización.

La religión ha dejado de ejercer un influjo directo sobre las estructuras asociativas, donde las procesiones semanasanteras son fenómenos sociales y lúdicos más que religiosos y los matrimonios y bautizos no son sino ocasiones para sentarse en la mesa y disfrutar de placeres culinarios.
Los novios piensan en la ganancia que supondrá lo que se han gastado y lo que han recaudado y el niño en los regalos que piensa recibir.

El hombre secular está seguro de sí mismo porque domina/puede/cree que puede dominar todo lo que le afecta, sin tiempo, ni deseo de preguntarse por lo trascendente.

El hombre secular es primo-hermano del hombre tecnológico, ocupado en y con el presente o con lo que puede, del futuro, hacerlo presente.
Los “expertos” han asfixiado a los “sabios”.
No sólo ya no es religioso sino que se ha instalado en lo “post-religioso” y no siente necesidad de nada que pudiera ser considerado sagrado.
No sólo “ha muerto Dios” (pero no por haberlo matado sino por inanición) con Él ha muerto todo lo divino.

Los símbolos religiosos por excelencia, como la cruz, ha pasado a ser un abalorio que se lleva colgado al cuelo o pende del lóbulo de la oreja como un adorno más, sin connotación religiosa alguna y la Iglesia, como Institución religiosa, ha perdido su prestigio, antaño tan potente, habiendo perdido toda autoridad, ya no sólo religiosa sino también moral al apearse sus jefes de los votos que voluntariamente prometieron: pobreza, castidad y obediencia.

Los temas religiosos están, en otro tiempo casi únicos, ayunos en la literatura, en el arte, en la filosofía, en la cultura, en los medios de comunicación y difusión, en los negocios, en la vida.
Pocos son los que se quedan en el dial de Radio María o en la retransmisión de la santa mita televisiva, buscando el de los 40 principales o retransmisiones deportivas.

Poco pudo la Contrarreforma católica contra la Reforma protestante, favorecedora del desarrollo científico-tecnológico y del liberalismo, tanto económico como político.

“Por sus obras los conoceréis” –sentenciaba el cristianismo primitivo y que se concretaría en “si triunfas en esta vida, con los negocios, es un signo de que Dios está contigo, de que estás en el buen camino y estás predestinado a la vida eterna” de un protestantismo calvinista poniendo en valor la secularización.

La antigua “legitimación tradicional desde arriba” queda reemplazada por la “legitimación desde dentro”

La religión, como producto cultural, ha casi desaparecido del mercado por falta de compradores-consumidores, pasando a ser un simple y mero asunto privado convertida en “religión invisible”.

Religión invisible y “a la carta” en que se toma un dogma que gusta y se deja otro que no atrae, la religión ha pasado a ser un producto de autoservicio, “sírvase Ud. mismo”.

Las verdades y los valores, como la naturaleza y la política, ya no son expresión directa de la voluntad divina, sino lo que piensan y las aspiraciones de hombres concretos en situaciones históricas determinadas.

Nadie, pues, tiene derecho a imponer sus creencias y valoraciones a los demás.

Una fe, en este clima de secularización, es una “fe a la intemperie”, carente de abrigo cultural de las mayorías cognitivas y de la presión social.
La fe, esa fe como reducto y práctica privada, está amenazada por la falta de plausibilidad socio-cultural.

La integración social puede provenir por el deporte o por la música, pero ya no por la religión, lo que sí ocurrió durante tantos años.

domingo, 9 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS ( 1 )


LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS 

Hasta no hace tanto tiempo Dios habitaba normalmente en la cultura occidental, sobre todo en España, “reserva espiritual de Europa”.
Yo mismo, de pequeño, rezaba el rosario por las noches, en familia, al calor de la lumbre de la chimenea.
Nunca se nos olvidó santiguarnos al sentarnos a la mesa, antes de comer, de rezar antes de acostarte, nunca falté a misa los domingos y “fiestas de guardar”, confesaba y comulgaba a menudo,…como todos los niños de mi pueblo.

Hoy ya no se estila.

Ese Dios tan presente y necesario ya está ausente porque nos hemos instalado en un sentido de la vida inmanente.

Y no es que seamos ateos o antiteos militantes, no, estamos instalados en la “indiferencia agnóstica” en la que ya no están esas antiguas preguntas de ¿cuál es el sentido de la vida? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?....
Estas cuestiones últimas quizá, todavía, se encuentren en la mente o en el corazón de las viejecitas que acuden, muchas a diario, a rezar el rosario a la iglesia y que rezan el “ángelus”.

Pero en los adolescentes y jóvenes ya no.
Sus preocupaciones son otras, más a mano, más de andar por casa.
La juventud, sobre todo, se ha vuelto “arreligiosa” y viven y planifican su vida sin esas últimas o penúltimas preguntas.

El indiferentismo y el agnosticismo invaden la vida ordinaria.
Las iglesias –como decía Alberti- están quedando como lugares de visitas turísticas para contemplar creaciones artísticas.

La sociedad moderna es el resultado de la producción económico-industrial y el consiguiente estado burocrático-administrativo.
La revolución científico-técnica, el desarrollo de las ciencias experimentales, la matematización del universo, el pensamiento mecanicista,…son los cimientos, creados por el hombre, sobre los que se ha asentado la vida moderna.

Dios ya no nos hace falta para todo esto.
Trabajar en vez de rezar para tener el “pan nuestro de cada día”, trabajar y abonar la tierra para que produzca en vez de rezarle a Dios o a la virgen protectora para que llueva o para que deje de llover,…

El hombre comenzó a ser consciente de sus propias capacidades creadoras y manipuladoras de la naturaleza.

Descubrió las leyes naturales que rigen en la naturaleza y, ateniéndose a ellas, se dio cuenta de que el antiguo Dios ya estaba demás, no le hacía falta.

Fue independizándose de Dios cuando fue consciente de que tenía en sus manos el instrumento del progreso en todos los órdenes: astronómico, físico, económico y moral.
Progreso infinito (pues no se veía un final) del conocimiento y el avance infinito hacia la mejoría social y moral.
Todo dependía del adecuado uso del mismo.
Había descubierto lo que, hasta entonces, parecía que Dios se lo había ocultado.

Aunque, a la larga, este optimista progreso se redujo a la productividad gracias al desarrollo tecnológico y al control tecnocrático.

En esta evolución del pensamiento y de la cultura tuvo mucho que decir el liberalismo entendido como “actitud racional y mentalidad que reflexiona sobre el hombre, la sociedad, la política, la economía,…creando una nueva visión (“Weltanschauung”) y una nueva moral laicizada.

El espíritu del liberalismo es naturalista, proclive, pues, a eliminar valores y finalidades trascendentes, elaborando una antropología de la felicidad como tendencia y disfrute de los bienes naturales.

La felicidad es terrena y consiste en disfrutar de lo terreno.
La vista ha dejado de dirigirse en vertical y se mueve en horizontal.
El cielo está en la tierra.
El arriba está en el abajo.
Lo eterno es el tiempo.

La razón es, pues, la mediadora entre el hombre y la naturaleza y es en ésta donde se encuentra el cielo, un cielo terrenal.

El racionalismo es un racionalismo hedonista individual y organizativo de la sociedad para una cooperación eficaz que repercuta en todos.