Desde
la ambigüedad de Pablo, ¿Por donde va a tirar la tradición canónica y oficial
que reclama su nombre?.
Por
la línea totalmente patriarcal (que era una de las dos salidas posibles).
La
otra línea incluso va a ser combatida por la Iglesia oficial.
Por
eso da la impresión de que el único Pablo fuera el Pablo oficial. Y no es
verdad.
Además
del post-paulinismo (el oficial) está el deutero-paulinismo (el otro Pablo).
La
tradición post-paulina está compuesta por escritos cercanos al Apóstol, pero
que no proceden de él, aunque sí de su círculo.
Me
acuerdo, ahora, de D..José María González Ruiz, ya fallecido y uno de los más
grandes, sino el mayor, de los exégetas de S. Pablo.
Hoy
es doctrina común que son auténticas las epístolas o cartas: Romanos, Gálatas,
I y II de Corintios, I Tesalonicenses, Filipenses, y a Filemón.
Sin
embargo a las que se les suele llamar “Cartas de la cautividad”, no proceden de
Pablo, sino de su círculo, pero a las que se las firma con el nombre de Pablo
para acreditar su valor. (Las Cartas a los Colosenses, las de los Efesios y la
2º a los Tesalonicenses, más la I
de Pedro)
Son
las del Post-paulinismo.
Aquí
aparecen los llamados “Códigos domésticos”, que legitiman la estructura
patriarcal de la casa y el puesto del paterfamilias como señor, padre y amo.
Yo
los desafío a Uds., los reto, o mejor, los invito a que lean estas cartas post-paulinas
y las comparen con las paulinas auténticas.
Por
ejemplo: “Las mujeres están sometidas a los maridos como conviene en el Señor.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos….Hijos, obedeced en todo a vuestros
padres…que esto es grato en el Señor….esclavos, obedeced en todo a vuestros
amos según la carne, no sirviendo al ojo, como quien busca agradar a los
hombres, sino con sencillez de corazón, por temor del Señor… Todo lo que hagáis,
hacedlo de corazón, como obedeciendo al Señor y no a los hombres. (Colos 3-18
4-1).
“Las
casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza
de la mujer…y como la iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus
maridos….ame cada uno a su mujer, y ámela como a sí mismo, y la mujer
reverencie a su marido”( Efesios 5, 22 y ss) .
“Vosotras
mujeres, estad sujetas a vuestros maridos…”(I de Pedro 3,1)
“Los
siervos estén sujetos con todo temor a sus amos” (I de Pedro 2,18).
“Igualmente
vosotros, maridos, tratadlas con discreción, como a vaso más débil….” (I de
Pedro 3,7).
“Vosotros,
los jóvenes, vivid sumisos a los presbíteros… (I de Pedro 5,5).
Todos
estos códigos, que tratan de inculcar la docilidad de la parte sometida (mujeres,
hijos, esclavos, jóvenes) no son ni más ni menos que la tradición griega, muy
antigua, sobre el orden de la casa, que inculcaba la moral patriarcal.
Porque
las relaciones del paterfamilias con la mujer, los hijos, los esclavos era el
núcleo de la casa, que a su vez constituía la piedra angular de la sociedad.
La
polis, la ciudad-estado no era sino la extensión de la casa (ejemplo de
Sócrates, al que quiere dedicarse a la política y le pregunta cómo lleva su
casa=polis en pequeño).
Es
decir, alterar la casa era alterar la polis, una subversión política a escala
reducida.
Por
eso cuando la Iglesia
acepta los códigos domésticos, de este post-paulinismo, y legitima la sumisión
de la mujer, tiene, al mismo tiempo, una pretensión política latente, que bien
pronto iba a aflorar y a hacerse patente.
Estaban
poniéndose las condiciones para hacer del Cristianismo la ideología del
imperio.
Ambos,
poder civil y poder religioso, piensan lo mismo, estando en planos distintos.
Pero
Dios quiere lo mismo que el Emperador, o el Emperador lo mismo que Dios.
Es
decir, la patriarcalización (en la familia) y la institucionalización (en el
iglesia), de hecho, eran aspectos de un mismo proceso.
En la I de Pedro se da un paso más.
El
código tiene una intención apologética y pretende evitar las críticas que se
dirigen contra la iglesia.
Las
mujeres deben aceptar el orden patriarcal.
“Tened,
en medio de los gentiles, una conducta ejemplar, a fin de que, en lo mismo que
os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras, den gloria
a Dios…” (I de Pedro 2, 12).
Pero
es que, además, debe haber sumisión a las autoridades políticas: “sed sumisos, a causa del Señor, a toda
institución humana: sea al emperador, como soberano, sea a los gobernantes,
como enviados por él…tal es la voluntad de Dios….temed a Dios y honrad al
emperador” (I de Pedro 2, 13-17).
¿Hay
quien dé más?
Ya
están puestas las bases para lo que va a venir después y que va a durar tantos
siglos.
Ya
queda explícita, nada menos que en Pedro, la función de legitimación social y
política del código patriarcal.
El
poder viene de Dios, sea el poder de la autoridad paterna o sea el poder de la
autoridad socio-política, por lo tanto, desobedecerla es no sólo “delito” es,
además, “pecado”, porque esa es la voluntad de Dios.
Cualquier
autoridad podrá ya decir que lo es “por la gracia de Dios”, y eso lo confirma,
nada menos que el príncipe o principal de los Apóstoles.
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