lunes, 20 de enero de 2014

6.5.- EL SENTIMIENTO EN UNAMUNO: LA LUCHA ENTRE LA FE Y LA RAZÓN


 
En la biografía de Miguel de Unamuno (1864-1936) podemos diferenciar dos etapas, que constituyen dos experiencias vitales:

1.- Una infancia creyente, alimentada por una fe ingenua.

2.- Una juventud racionalista y agnóstica, alimentada por el cientificismo, al que sigue un socialismo que poco a poco se irá cargando de tintes religiosos.

En lo sucesivo, Unamuno, y eso es lo que lo hace genuino, mantendrá ambas fases, si bien en perpetuo enfrentamiento, en continua e irresoluble lucha.

El regreso al paraíso perdido de la infancia, donde los frutos del árbol de la ciencia aún no habían sido paladeados, es imposible; hay que comprometerse con el mundo actual, con su ciencia dominadora y, entonces, sólo queda instalarse en la duda.

No se pueden despreciar las evidencias racionalistas que descansan en la ciencia, pero tampoco el yo de Unamuno puede hallar reposo en una visión materialista y unilateral del mundo que conduce a, y acaba en, la aniquilación, por eso podemos sintetizar fe y duda para obtener el término “fe dubitante”.

“Fe dubitante” que refleja el pensar de Unamuno, donde la verdadera fe no consiste en aceptar creencias sino en, de algún modo, crearlas.

 Pero la duda unamuniana no es una duda del tipo cartesiano, una “duda filosófica”, como Unamuno mismo dice, sino una “duda de pasión”, el eterno “conflicto entre la razón y el sentimiento”, una duda que bien podría llamarse “agonía” (“lucha”)

Un intento de solución de esta “agonía” se encuentre en su novela, San Manuel Bueno, mártir.

Aquí hallamos una reconciliación entre la razón científica y la religión.

La primera está personalizada en Lázaro, el progresista; la segunda, en el sacerdote Manuel Bueno quien, convencido de que su lucha es inútil, sigue creyendo que es conveniente (y ello da sentido a su vida) que el pueblo siga soñando con una vida futura que alivie su actual existencia no demasiado valiosa.

Para Unamuno, el filósofo no puede hacer filosofía únicamente con la “razón”, ya que el hombre es un todo, un “hombre entero constituido por la razón, sí, pero también por la voluntad y el sentimiento”.

Hasta qué punto Unamuno considera al hombre como un “ser más sentimental que racional”, queda reflejado en la obra Del sentimiento trágico de la vida:

«El hombre, dicen, es un animal racional. “No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental”. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.»

Como paradigma de este hombre entero, de este filósofo que debe caracterizarse no sólo por ser filósofo sino por ser hombre, Unamuno nos presenta a Kant.

El pensador de Königsberg había abatido “con su razón”, con su cabeza, en la Crítica de la razón pura, la posibilidad de saber acerca de Dios y de la inmortalidad del alma. El principio de causalidad no puede aplicarse más allá de la experiencia. Y Dios, en el que cree firmemente, no puede experimentarse, por su propia esencia, luego no es válida ninguna de las vías tomistas ni ningún intento de demostración de su existencia.

Sin embargo, en su Crítica de la razón práctica, reconstruyó “con su corazón, con su sentimiento”, lo previamente derruido.

Para Unamuno, las diversas concepciones que la filosofía ha dado acerca del ser humano han sido otros tantos caminos para huir del “hombre de carne y hueso”.

El intelectualismo escolástico quiso racionalizar las sustancias y lo que consiguió fue convertirlas en ideas muertas, en conceptos abstractos.

El racionalismo moderno, con Descartes, su padre fundador, a la cabeza, disolvió el yo concreto y existente, lo idealizó invirtiendo la verdad del sum ergo cogito (soy, luego pienso), por un falso cogito ergo sum (pienso, luego soy).

«Lo malo del Discurso del método de Descartes, no es la duda previa metódica; no es que empezara queriendo dudar de todo, lo cual no es más que un mero artificio; es que quiso empezar prescindiendo de sí mismo, de Descartes, del hombre real, de carne y hueso, del que no quiere morirse, para ser un mero pensador, esto es, una abstracción.»

Por su parte, el Idealismo alemán redujo lo real a ideas absolutas y el Positivismo, a pesar de suponer una reacción contra el Idealismo, negó toda metafísica y, debido a su método analítico, destrozó al hombre de carne y hueso y lo convirtió en un ser sin vida y sin conciencia.

De la crítica a la tradición filosófica no se salvan ni siquiera el “Vitalismo” y el “Existencialismo”, pues piensan sobre “la” vida y “la” existencia, no sobre “nuestra” vida y “nuestra” existencia, “la mía, la tuya, la suya, la de cada uno de nosotros como individuos, la vida concreta, que es la real”.

Todas las corrientes mencionadas han dado primacía a las ideas abstractas frente al hombre concreto, y Unamuno, parafraseando a Francis Bacon, llama a dichas ideas “ídolos”, los cuales deben ser destruidos.

Hay que salvar al individuo concreto, real y existente.

Si el sujeto y el objeto de la filosofía es el hombre concreto, los resultados de la filosofía deben tener un valor directo para cada individuo; la filosofía debe ser una “ciencia de los valores humanos”, y el más alto de ellos es “vivir, un vivir que es sentirse y quererse, donde sentirse es sentirse imperecedero y quererse es quererse eterno, es decir, no quererse morir”.

Si como dijo Spinoza, la esencia de cada ser es el esfuerzo (“conatus”) que hace por seguir siendo por siempre, indefinidamente, ¿no será el ansia de inmortalidad la condición primera y fundamental de todo conocimiento reflexivo o humano?

Y entonces, ¿no deberá ser también el punto de partida de toda filosofía?

Cualquier filósofo oficial calificaría a Unamuno como un “anti-filósofo”.

Para él, la filosofía no es conocimiento conceptual, sino el desarrollo de una visión del mundo que nace del sentimiento de la vida, influye sobre él, y lo determina.

«La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción. Pero resulta que ese “sentimiento, en vez de ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella”.

Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y ésta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez.

No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen fisiológico o patológico quizás, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas.»

Así pues, Unamuno parte de la realidad del hombre de carne y hueso, donde vida y razón son dos polos opuestos: lo vital es irracional y lo racional antivital.

En ello consiste “el sentimiento trágico de la vida”, en tener su existencia el hombre “entre la espada y la pared, entre la fe y la razón”.

La primera es la voluntad de ser, la segunda la sospecha de dejar de ser. Y la lucha entre fe y razón se plasma en varias otras luchas que son la misma: “fe y duda”, “seguridad e incertidumbre”, “esperanza y desesperación”, “corazón y cabeza”, “vida y lógica”, “irracionalidad y razón”.

El hombre se da cuenta de que su fe es incompatible con su razón, pero también de que las necesita a ambas.

Ni puede vivir solamente amparado en la razón ni solamente abrazado a la fe.

El hombre de carne y hueso no es el que ha escapado de una u otra, sino el que se tambalea, el que oscila perpetuamente entre ambas.

A pesar de que Unamuno no deja un solo momento de hablar acerca de la fe, nunca dio una definición clara de en qué consistía ésta.

La fe nace de “un sentimiento” que luego se convierte en “deseo” y finalmente en “voluntad”, es una sensación íntima de la propia substancialidad espiritual, es la intuición psicológica de “un sentimiento que no es más que un deseo natural” que sale de la misma esencia del hombre concreto; negativamente, la fe se manifiesta como un temor a la aniquilación.

La fe no es creer en lo que no vimos, sino crear lo que no vemos; no es creer por la autoridad de otro, no es adherirse dogmáticamente a una verdad teórica, sino confiar en una persona que en la religión es la persona divina, pero que en la fe unamuniana es nuestra propia personalidad ya que Dios no es más que una creación del hombre.

Ahí radica el punto: “la fe es dubitativa porque el hombre puede haberse engañado y la razón, en su incansable actividad, siempre podrá contradecir las creaciones de la fe”.

El hombre de carne y hueso posee ambas facultades, la fe y la razón. No obstante, Unamuno tiene en mayor estima a la fe, pero cualquier hombre que se precie de serlo debe tener ambas.

Las dos son irreductibles y enemigas, y están en guerra perpetua. Es en este punto donde regresamos al tema de la inmortalidad.

En la eterna lucha entre el instinto de perpetuarse que lleva al hombre a querer serlo todo en todo y el instinto de conservarse que le empuja a mantenerse dentro de límites, surge el problema capital que angustia a Unamuno: el de la inmortalidad, derivado del instinto de perpetuación.

En un primer momento puede parecer que la fe se impone sobre la razón y la elimina. Pero lo cierto es que la intensidad con que se apoya la fe es directamente proporcional a las dudas que la acometen.

Estamos ante otro rasgo del sentimiento trágico de la vida.

Cuanto más fuerte son las dudas, más fuerte se hace la fe.

La fe, pues, siempre te deja en el aire, en una seguridad tan subjetiva que, en cualquier momento, la razón le pone un palo en la rueda. Y vuelta a la “agonía-lucha”.

El hombre tiene hambre de conservación, y con ella crea el mundo material de las cosas, pero también tiene otro tipo de hambre, el hambre de perpetuación, o lo que es lo mismo, de inmortalidad, y de una inmortalidad no sólo en el tiempo sino también en la realidad.

Esta avidez de inmortalidad no se reduce a lo que los budistas y Schopenhauer entendieron como la apetencia ontológica de perduración que lleva consigo el sacrificio de la individualidad y el sumergimiento en una única sustancia.

La inmortalidad en Unamuno es el individuo siéndolo todo en todo y sin renunciar a su ser individual.

Pero, ¿a qué concepción de la inmortalidad se adhiere el filósofo vasco?

No se puede decir que comparta ni la visión griega ni la cristiana de la inmortalidad.

Para los griegos, la inmortalidad consistiría en que cada cosa ocupase el lugar que le corresponde dentro de la jerarquía ontológica del universo.

A pesar de que Unamuno preferiría esta visión de la inmortalidad a la aniquilación, no la comparte. Ve en ella una postura quietista, estática, contraria al modo de pensar de Unamuno.

Quizá podría decirse que la inmortalidad unamuniana se acerca más a la cristiana.

Mientras la inmortalidad griega es racional, la cristiana es irracional, y a ello contribuye en gran medida el presentar a un Cristo resucitado.

El cristianismo olvida la inmortalidad del universo para centrar todas sus esperanzas en la inmortalidad del alma. Pero con el tiempo, esa fe cristiana en la inmortalidad basada en la irracionalidad tuvo que ayudarse, para hacerse sólida, de la razón, por lo cual la fe fue racionalizada, algo que sucedió en la teología escolástica, de ahí las grandes críticas de Unamuno a Santo Tomás de Aquino.

Esta racionalización de la fe le otorga al hombre una vida posterior en calma, algo en lo cual Unamuno no cree, pues para él en toda vida hay un fondo de lucha y, por tanto, la vida futura tampoco estará exenta de ese ingrediente tan conflictivo como primordial.

Así pues, ¿cuáles serían los rasgos definitorios de la inmortalidad unamuniana?

Principalmente, la inmortalidad debe ser siempre entendida desde el punto de vista del propio yo, del individuo que se niega a morir.

En segundo lugar, dicha inmortalidad está marcada por el sello de la tragedia, pues se manifiesta dentro de una oposición, la “del hambre de inmortalidad” y la “del sentimiento de mortalidad”.

Por otra parte, la presencia de Dios en el pensamiento de Unamuno se justifica como el ser dador de la inmortalidad, necesario para alcanzarla, de modo que es “ese hambre humana de inmortalidad la que crea a Dios” y hace que el hombre crea en él voluntariamente.

(P.D. Es una recreación personal de: “Unamuno: la lucha entre la fe y la Razón” de F. J. Fernández Defez)

 

domingo, 19 de enero de 2014

6.4.- EL SENTIMIENTO.


Quizá sea verdad –como leo- que Aristóteles, en un mal día, definió al hombre como “animal racional” y, desde aquel día, casi toda la humanidad, y todo Occidente, lo aceptaron  y siguieron (seguimos) repitiéndolo como papagayos.

Y me pregunto si no es más característico del hombre el “sentimiento” que la “razón”, si nuestro psiquismo no es más “sentimental” que “racional”, si nuestra conducta no está motivada más por los “sentimientos” que por la “razón”.

Me pregunto ni no tendría razón Pascal cuando sentenció: “el corazón tiene razones que la razón no comprende”.

Es clásica la división de los sentimientos en:

         1.- Sentimientos sensoriales, localizados somáticamente en partes concretas del cuerpo (como el dolor físico).

         2.- Sentimientos vitales (como el cansancio, el aplanamiento,…) con una localización somática difusa.

         3.- Sentimientos psíquicos (como la alegría y la tristeza), sin localización somática, que son “maneras de estar”, motivados por algo o por alguien, que los ponen en funcionamiento (¿por qué o por quién estoy alegre o estoy triste?

         4.- Sentimientos espirituales, que, más que “maneras de estar”, son “formas de ser”.

“Ser feliz” está en una escala superior a “estar contento”.

Como “hacer el amor” (1) no es el “enamoramiento” (2) y como el “amor humano” (3) no es el “amor místico” 4) de San Juan de la Cruz.

Estamos convencidos que son los sentimientos lo que mueven el mundo.

Lo hemos comprobado en nuestra vida cotidiana y en momentos extraordinarios e, igualmente, hemos experimentado cómo los razonamientos se han venido abajo cuando los sentimientos afloran.

Seguramente tuviéramos razón y deberíamos haber reprendido a nuestro hijo, pero su mirada, su sonrisa y ese beso nos ha dejado desarmados.

La razón, objetiva y cabal, nos aconseja un comportamiento que está basado en la reflexión y la experiencia.

Nos induce a comportarnos en función de lo más objetivo que podamos encontrar en nuestro interior, capaz de hacer que nos equivoquemos lo menos posible.

Cuando proyecta el hombre una situación, en realidad está haciendo un cálculo probabilístico de lo que puede suceder y por ello, presiona su meninge para encontrar la mayor cantidad de posibilidades.

Todo lo que podamos llevar preparado, racional y objetivamente, puede venirse abajo en cuanto una sonrisa o las dos manos juntas solicitando perdón, nos atraviese de parte a parte.

Al final, los sentimientos mueven más mundo que las razones. No digamos que las ideas.

El ser humano es un animal sentimental desde siempre, probablemente desde que descubrió que prefería mantener con vida a ese hijo con parálisis cerebral que, estando, no está, porque vive ajeno, aparte, a lo que la vida es.

Y sacrifica su vida, con la atención constante y continua, en vez de disfrutar, libremente, de la vida en sus múltiples aventuras.

¿Por qué?

El sentido de ese sacrificio es un “sentimiento”, porque “fría y objetivamente, “racionalmente” considerado, ¿para qué, si el hijo no se entera y la madre, alegremente, lo sufre?

Conductas humanas salvadas por un sentimiento, una sensación, un impulso irracional que en pocas ocasiones se emparentan con la lógica, racional.

Pero, ordinariamente, los sentimientos se mueven en el campo personal.

¿Es  que no hay “sentimientos colectivos”?.

Generalmente los objetivos generales suelen obedecer a “razones” pero cuando una colectividad se une alrededor de un “sentimiento” hay que echarse a temblar, porque irá más allá de un mitin.

¿Cuáles son los componentes políticos de los nacionalismos, sino “sentimentales” más que “racionales”?

Se sustentan en creencias que la propaganda política interesada se empeña en hacer ver como vigentes ahora más que nunca y que deben seguir instaladas y magnificadas.

Porque, por ejemplo, mientras los nacionalistas escoceses se decantan mayoritariamente por el “NO”, los catalanes lo hacen por el “SÍ”.

Los escoceses, en los estudios de opinión, sospechan (60%) que con la independencia perderán poder adquisitivo y sus bolsillos se resentirían.

En Cataluña, sin embargo, donde tanto se miran los dineros, no parecen tener ningún temor a ello, más bien al contrario, tendrían lo mismo que ahora y, además, como dejarían de estar “robados”… tendrán más.

De poco sirven los avisos de las autoridades europeas y de economistas y empresarios, menos o nada tintados de nacionalismo.

La cuestión identitaria (“un sentimiento”) parece estar por encima del pragmatismo secular del seny.

Un reciente estudio independiente echa un jarro de agua fría al bolsillo escocés, mientras que por estos lares, parece que estuviéramos dispuestos a pagar lo que fuera con tal de salirnos con la nuestra.

¿Puede meterse una cuña de pragmatismo en el ambiente sentimental? ¿Puede enfriarse y bajar la fiebre del sentimiento identitario? ¿Prima más el “sentimiento de pueblo con peculiaridades propias” que la fría y más objetiva economía previsible?

Hoy mismo J. A. Marina acaba de publicar un artículo titulado PATRIOTISMO.

“Es la pasión política más difícil de analizar.

Sólo en nombre de Dios se han realizado más actos nobles y más actos indignos que en nombre de la Patria.

Martha Naussbaum defiende un “patriotismo cosmopolita”, porque considera que el “patriotismo nacional” introduce un componente bélico.

Ningún argumento racional convencerá a un patriota, porque está movido por una energía “heroica”, “martirial” o “asesina” (las comillas son mías).

Es verosímil que se pueda condecorar justamente a una persona por patriota y condenarlo justamente por asesino”

(Y es verdad. En España tenemos cientos de ejemplares).

jueves, 16 de enero de 2014

6.3.- RAZÓN Y PASIÓN (2)


 
¿No hay “crímenes racionales?. ¿Sólo hay “crímenes pasionales”?.
Todas las mañanas se nos entreteje el desayuno con algún crimen, generalmente causado por un varón, sobre su expareja sentimental.
Impropiamente se le denomina “violencia de género”, como si los géneros (categorías gramaticales: masculino, femenino y neutro) pudieran ser causa de agresión sobre las personas.
Cuando aprendamos a hablar bien diremos y los llamaremos “violencia de sexo”, pues es un sexuado el que agrede, violenta o mata a otro sexuado, del mismo o distinto sexo.
Esta supuesta pareja de opuestos, que ya apareció en la tabla de opuestos de Pitágoras, fue seguida y amplificada por Platón y elevada a los cielos por el Cristianismo.
Hasta el mismo Descartes, con su “res cogitans” y su “res extensa”, sigue la tradición de la oposición entre Razón y Pasión.
Podíamos titular: “Leyenda negra de las pasiones”.
Pitágoras contrapone al orden el desorden, al control el descontrol, a lo racional lo irracional o pasional.
Además coloca al varón y a la mujer en cada una de las listas.
La mujer es la loca, la posesa, la lunática, la irracional, la celosa, la desordenada, la incontrolada, la demoníaca, la histérica,…. Mientras que el varón es, exactamente, lo contrario.
El sexo le sorbe el seso a la mujer, de aquí su función de parir, no de pensar. La pasión la posee.
No es eso lo que le ocurre al hombre, sino todo lo contrario.
Los celos (una pasión, que se “padece”) disparan, como un resorte, una conducta incontrolada.
¿Qué puede hacer la Razón ante una Pasión que la invade, como una metástasis galopante?
¿Qué puede hacer la Razón con un ludópata, un drogadicto, un fumador, un alcohólico,… cuando toda la energía está desviada hacia ese polo?
Fue a partir de Sócrates y los Sofistas cuando la Filosofía sustituye a la Épica y a la Tragedia como fundamento en la educación de unos jóvenes deseosos de intervenir en el gobierno de la polis.
Y la polis se rige por la democracia y ésta supone la palabra, el argumento, el diálogo, la discusión, el ganar al contrincante con razones de más peso y que el pueblo lo aprueba.
La fuerza de la Razón (de la palabra) como sustituta y superior a la razón de la fuerza.
El antiguo “vencer”, sustituido y superado por el “convencer”.
Hay que saber “hablar” (“gramática”), “hablar bien” (“retórica”), “hablar mejor” que los demás (“dialéctica”).
La dialéctica es una guerra, una lucha de/con palabras y la vencedora hace callar a la perdedora.
La Verdad existe –dice Sócrates contra los sofistas- sólo hay que saber buscarla.
Y el método, el camino para llegar a ella es la “dialéctica”.
Sócrates la practicaba en la calle y en el ágora, la “hablaba”, la seguiría Platón, dejándola por escrito en sus Diálogos y quedaría formalizada por Aristóteles en las Leyes de la Lógica.
La Dialéctica es el uso y desarrollo de la Razón, fundamento educativo para la formación política.
A la antigua heroicidad de la Epopeya la sustituye la “virtud”.
La virtud (“virtus”), en un principio no tiene connotación religiosa alguna. Es “fuerza”, “energía”, que consistirá en soportar, sin el más ligero pestañeo, las desdichas que destruyen la armonía del alma humana cuando se deja dominar por las pasiones y no puede imponerse a ellas, sometiéndolas.
El Logos (Razón) contra el Pathos (pasión).
El ideal es la “a-patía”, no tanto la ausencia de pasiones como dominio y control absoluto sobre ellas.
La a-patía, el dominio de las pasiones, es la receta para acercarse a la felicidad, lo que nos asemejaría a Dios, que vive en un estado de eterna imperturbabilidad o A-taraxía.
Ser y vivir como dioses es poder llegar a la a-taraxia, por el previo sendero de la a-patía.
Hay que aceptar el fatalismo de lo bueno y de lo malo (como lo harán, después, el budismo indio o el taoísmo chino).
“Abstine et substine”.
La pasión, en cuanto que es una fuerza, una energía, no es ni buena ni mala. Ella es sólo un sendero. La meta es la que puede ser Buena y Deseable o Mala y Evitable.
Hay pues “malas pasiones”, pero también las hay “buenas”.
Quienes se apasionan por la búsqueda de la Verdad, por la práctica del Bien, por el goce estético, por erradicar la enfermedad y el hambre,… son unos “apasionados” dignos de ser seguidos e imitados.
Quien más y mejor se pone del lado de la pasión será Nietzsche, para el que la pasión es lo más noble del ser humano y que denunciará que si los antiguos, Sócrates, Platón, los Estoicos,…apuestan por la Razón es porque son unos cobardes que le tienen miedo a la vida.
Uno se deja la vida por creer tener razón, los otros esperan la vida eterna, en el más allá, infinitamente superior y preferible a esta vida terrena y temporal.
El Cristianismo, todavía más. Hasta llegar a cantar “muero porque no muero”, lo que demuestra el poco aprecio que le tienen a la vida.
Ese desprecio de las pasiones es el origen del Nihilismo: doctrina que rechaza la cultura de Occidente por haber reducido a la nada los supremos valores de la vida.
El nihilismo es la enfermedad del mundo y la cultura occidental al afirmar que “nada” vale este mundo y viviendo de espaldas a los valores del cuerpo, de la voluptuosidad, del goce,…
Es por eso, por no apoyar ni apoyarse en la vida y en los valores vitales por lo que, huyendo, se refugian en mundos ideales, en cielos y paraísos celestes, renunciando a hacer de la tierra un “paraíso terrenal” del que no querer salir.
“Dios ha muerto” –proclamará Nietzsche (con  todo lo que ello significa (ver en el blog)
La Decadencia de Occidente proviene de la alianza entre los alucinados de  trasmundos (Sócrates y los Platónicos) y los discípulos del Crucificado.
“Sed fieles a la tierra” – proclamará Nietzsche, al aquí, al ahora, a la vida, al presente.
Propone como ideal no a Dios, sino al Superhombre, alejado de cualquier moral, el que da un salto en la historia de la humanidad para recobrar el gusto por vivir, por aquellos placeres que adornaban a los antiguos dioses y héroes en el mundo antiguo, antes de que fueran desterrados al olvido por la Razón y el Cristianismo.
¡Qué bien lo refleja con la metáfora del León (fuerza, “puedo”), el Camello (debilidad, “debo”) y el Niño (inocencia, “quiero”)¡
Ese es el Superhombre, al que debemos aspirar, el niño que lo único que quiere es jugar, ahora, luego, siempre, con todo,…jugar, gozar, disfrutar,..
“Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” –dijo el Crucificado.
“Si no os hacéis niños, si no aspiráis a vivir la vida, esta vida, la única que hay, si no os decidís a gozar los placeres que esta vida te ofrece…no perteneceréis al reino de la tierra”.

miércoles, 15 de enero de 2014

6.2.-RAZÓN Y PASIÓN (1)


 
“Y la sacerdotisa habló nuevamente  y dijo: “Háblanos de la Razón y de la Pasión”.

         Y él contestó, diciendo:
     
         “Vuestra alma es, a menudo, como un campo de batalla, en el que vuestra Razón y vuestro Juicio dirimen una guerra contra vuestra Pasión y vuestros Apetitos”.

         Desearía ser el pacificador de vuestra alma, poder transformar la discordia y la rivalidad de vuestros elementos en unidad y armonía. Pero ¿cómo hacerlo, a menos que vosotros mismos seáis asimismo los pacificadores, es decir, los amantes de vuestros elementos?.

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         Vuestra Razón y Vuestra Pasión son el timón y las velas de vuestra alma marinera. Si vuestras velas o vuestro timón se rompieran, solamente podríais dar bandazos y ser arrastrados por el mar, o, en todo caso,  permanecer a la deriva en medio del océano. Pues la Razón, cuando gobierna sola, es una fuerza que ata; y la Pasión, desgobernada, es una llama que arde hasta su propia destrucción. Permitid, por tanto, que  vuestra alma exalte vuestra Razón conduciéndola a la cima de la pasión y, así, pueda cantar. Y permitidla dirigir vuestra Pasión con Razón, de manera que pueda vivir gracias a su propia resurrección cotidiana, y, como el ave Fénix, surgir de sus propias cenizas.

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         Desearía que cuidaseis vuestro Juicio y vuestros Apetitos, como lo haríais con dos personas queridas en vuestro hogar. Seguramente no honraríais a una persona más que a la otra; porque, quien atiende preferentemente a una sola, perderá el amor y la confianza de ambas.

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         Cuando en las colinas os sentáis bajo la sombra fresca de los blancos álamos, compartiendo la paz y la tranquilidad de las campiñas lejanas y de las praderas, permitid, entonces, que vuestro corazón exclame en silencio: “Dios se apoya en la Razón”.

         Y cuando arribe la tormenta, y el poderoso aire agite el bosque entero, y el trueno y el relámpago proclamen la majestad del cielo, dejad, entonces, que vuestro corazón diga, con temor: “Dios se mueve en la Pasión”.

         Y como vosotros sois un hálito en la esfera de Dios y una en su bosque, también vosotros os apoyáis en la Razón y os movéis en la Pasión”.

                                      El Profeta. Gibrán Kalhil Gibrán.
     

         LA RAZÓN Y LA PASIÓN.

         LA PASIÓN Y LA RAZÓN.

         Y los hombres las hemos echado a luchar, como si ellas fueran incompatibles, excluyentes. O una o la otra.

         Desde la Filosofía y, sobre todo, desde la Religión, se puso todo el empeño en el platillo de la Razón, por aquello de que ésta habita en el alma, mientras que la Pasión se manifiesta en el cuerpo.

         Entre la opción: o cuerpo o alma, nunca ha habido duda, se apostó por la Razón.

         Desde que Aristóteles definiese al hombre, (entre otras definiciones) como “zoon logicon”, como “animal racional”, todos lo repetimos, ya, constantemente y lo damos por asentado.

         Pero que “el hombre sea animal racional” no quiere decir que “sólo sea racional”.

         Pero en Atenas, en Delfos, junto al Santuario dedicado a Apolo (el dios de la luz, de la razón, de la claridad, del día, de la sensatez… del alma), estaba el teatro dedicado a Dionisos (el dios de las tinieblas, el dios de la noche, de la juerga, de la jarana, el dios del vino, del placer corporal).

         Nietzsche nos lo recordaría constantemente, con su contraposición “apolíneo-dionisíaco”, equivalente a la dualidad Razón-Pasión, despotricando contra Sócrates, que apostó todo y sólo por la Razón, por la luminosidad de la Razón, frente al fondo oscuro de la Pasión, la actividad sobre el descanso. Su obsesión por Saber desembocará en un determinismo intelectual, que imposibilita la libertad.

         Mientras para los pre-socráticos se buscaba el equilibrio, la armonía, entre esas dos grandes fuerzas, Sócrates asfixiará por estrangulamiento, a una de ellas.

         Pero si ahogamos la afectividad se seguirán manifestaciones patológicas, al igual que si asfixiamos la racionalidad surgirán racionalizaciones fantásticas, que concluirán en supersticiones y en creencias absurdas.

         “El sueño de la razón produce monstruos” nos había señalado el sordo aragonés. Y como somos enemigos de los monstruos no debemos dejar que la razón duerma y no intervenga.
   
         Los mecanismos psíquicos buscan, siempre, compensar sus carencias, aunque no siempre sea de un modo sano.

         Para Sócrates, como sabemos, el Saber es el paso obligado para el Obrar y de aquí desembocar en el Ser.

         Quien Sepa qué es, realmente, la virtud, Obrará virtuosamente y Será una persona virtuosa.

         Hay que comprender a Sócrates en su Atenas del alma, con una democracia devaluada, con una democracia restaurada, tras los 8 meses del gobierno de los 30 tiranos, y que en nada se parecía, ya, a la primera y excepcional democracia ateniense, la de Pericles y la Ilustración griega.

         Los sofistas estaban enseñando el relativismo moral y los jóvenes, por ellos preparados, tomaron las riendas de la polis.

         ¿Puede ser justo quien no Sabe qué es la justicia?.

         Sócrates es un Racionalista, y sólo racionalista. El hombre, para él, es/debe ser “sólo racional”. Sólo la Razón puede salvar a Atenas.

         El hombre es racional, pero no sólo es racionalidad. Hay también, en él, factores “irracionales” (no en el sentido de “antirracionales” sino de “a-racionales”), que son los que, en realidad, mueven al hombre a la acción, al conocimiento, a la relación con los demás, a la construcción de la voluntad.

         Razón, (alma) sí, pero también deseo, sentimiento, afecto (cuerpo).

         Aunque la presencia de lo irracional en el ser humano ha resultado siempre molesta a ciertas corrientes del pensamiento occidental, al Intelectualismo (mejor denominación, y preferible, que Racionalismo).

         El triunfo de Apolo sobre Dionisos nos obligó a la seriedad, olvidándonos de lo festivo y convirtiendo a la noche en la prolongación de la luminosidad.

         Ese ha sido el lema de Occidente: “Hay que imitar a Sócrates e implantar, de manera permanente, contra los apetitos oscuros, una luz diurna, la luz diurna de la Razón. Hay que ser inteligentes, claros, lúcidos, a cualquier precio. Toda concesión a los instintos, a lo inconsciente, conduce hacia abajo” (Nietzsche. “Crepúsculo de los ídolos” (o “Caída de los dioses”)

         Aunque (afirmamos muchos) que lo que Sócrates defendió no fue el frío intelectualismo, a la busca y captura de simples verdades, sino esa otra forma de intelectualismo, el “Intelectualismo moral”.

         Lo cierto es que el deseo y la pasión representan la dimensión dinámica de la mente. Ellos son el motor de arranque, ellos son el combustible que mantiene al motor de la razón o de la mente en movimiento.

         La ausencia de combustible conlleva la parada del vehículo.

         La sola presencia del combustible no garantiza el movimiento del vehículo.

         Sin coche no hay movimiento, sin gasolina, tampoco. Ambos son necesarios.

         El deseo y la pasión son la energía, la fuerza, que pone en movimiento a la inteligencia.

         Cuando Spinoza nos habla del “conato” como constituyente de la esencia humana está actualizando el concepto griego, de los estoicos, de “hormé” (“tendencia o esfuerzo de los animales a conservarse en la existencia”).

         “Este esfuerzo (“conatus”), cuando se refiere al alma sola, se llama “voluntad”, pero cuando se refiere a la vez al alma y al cuerpo, se llama “apetito”; por ende, éste no es otra cosa que la esencia misma del ser humano, de cuya naturaleza se siguen, necesariamente, aquellas cosas que sirven para su conservación, cosas que, por tanto, está determinado a realizar. Además, entre “apetito” (“appetitus”) y “deseo” (“cupiditas”) no hay diferencia alguna si no es la de que el deseo se refiere generalmente a los humanos en cuanto que son conscientes de su apetito” (Spinoza, Ethica).

         En el ser humano, pues, hay una fuerza radical que se puede llamar, según los casos, “apetito”, “deseo”, “voluntad”.

         Apetecer, desear, querer.

         Me apetece, deseo, quiero.

         Esta energía no es sólo el esfuerzo por conservar la existencia, es, sobre todo, el esfuerzo por vivir mejor, por una vida más plena, una “supra-vida”.

         Cuando ésta se consigue aparece/se muestra la pasión llamada “alegría” y si no, aparece/se muestra la “tristeza”, que son, según Spinoza, las dos pasiones fundamentales.

         Porque vivir no es sólo la existencia biológica.

         Nietzsche nos lo recuerda y nos lo explica mejor cuando afirma que “todo ser viviente hace cuanto puede no sólo por conservarse, sino por ser más”. Y este esfuerzo por ser más es lo por él denominado “voluntad de poder”, esa energía psíquica, esa fuerza vital que te empuja a la superación, a ser más, a ir más allá, a superarte constantemente.

         Y quien culmina esta tendencia es Freud, que es el que más ha destacado el carácter enérgico o energético del psiquismo.

         El problema que tienen o que tenemos con las pasiones es que no podemos recurrir a la experiencia ajena.

         Podemos estar empleando las mismas palabras (amor, odio, miedo…) pero no sabemos si lo que la otra persona siente es lo mismo que lo que sentimos nosotros.

         ¿Qué significa “amar”?, nadie me lo puede explicar, tengo que ser yo el que ame y el que sienta el amor. Pero no puedo saber, con certeza, que “eso” que yo siento es lo mismo que lo que sienten los demás.

         No se puede mostrar el amor (“el amor es eso”) como si fuera un objeto exterior, como sí se puede mostrar un color (“esto es el color rojo”). Es la intimidad de los sentimientos lo que impide que sean objetivables, es decir, convertibles en objetos de observación intersubjetiva.

         Es la llamada “intimidad” de los sentimientos.

         Los deseos parecen ser “movimientos”, mientras que las pasiones parecen ser “estados”.

         En el hombre podemos encontrar tres sistemas de actividad:

         1.- El sistema cognitivo.

         2.- El sistema impulsivo (orientado a la acción).

         3.- El sistema hedónico (placer-dolor).

         Estos tres sistemas se encuentran en íntima correlación. La percepción de un objeto (conocimiento) puede determinar el deseo, que desencadena la acción (impulsivo) y la consecución o no de del objeto determinará diversos estados afectivos (placer, alegría… o dolor, malestar,..).
  
         Ahora puede comprenderse mejor la diferencia entre la mente humana y el ordenador. Éste sólo posee un sistema de procesamiento de información, pero ni experimenta deseos ni se ve “afectado” por la información que recibe, por lo que no estará ni alegre ni triste.

         Lo que hizo el ordenador de la nave espacial “2001. Odisea en el espacio”, protestar y entonar una triste canción cuando iba a ser desconectado, es, sencillamente, falso.

         Razón y Pasión. Pasión y Razón.

         Es el DUALISMO, clásico, que, en filosofía, se usa con dos sentidos distintos.

         En un sentido más general se denomina DUALISTA toda contraposición entre dos tendencias, entre dos elementos o entre dos cualidades que se consideran irreductibles entre sí (Razón vs Pasión, Bueno vs Malo, Material vs Espiritual,….).

         En un sentido más restringido se llaman DUALISTAS a los que afirman la existencia de dos substancias, la material y la espiritual, mientras que los MONISTAS no admiten más que una.

         Aquí estamos viendo a ambas, combinadas.

         Si la corporalidad ha sido, a menudo, pensada como una realidad natural, como algo que nos es dado y se nos impone de forma innata, lo mismo cabe decir de aquello que ha sido tradicionalmente vinculado con el cuerpo: los deseos y las pasiones.

         Esta vinculación se apoya en el hecho de que la vida afectiva humana, nuestros sentimientos y emociones, tienen un componente corporal. Así, cada emoción va acompañada de reacciones de carácter fisiológico: por ejemplo, el miedo, por una retirada de la sangre del rostro hacia las piernas y un estado de alerta general en todo el organismo; o la sorpresa, que se manifiesta en el arqueo de las cejas; o la tristeza, por la disminución general de la energía y del entusiasmo en las actividades vitales; la vergüenza; el remordimiento; la alegría….
     
         Fenómenos psíquicos que se manifiestan somáticamente. Pero si el cuerpo, desde los griegos, es la parte mala del hombre y, para el cristianismo, “la carne” es uno de los tres enemigos del alma,….

         Por otra parte nuestra vida está orientada por las sensaciones de agrado y desagrado que la acompañan: buscamos o amamos lo que nos causa placer y bienestar y rechazamos y evitamos lo que nos causa dolor, sufrimiento,…

         Quizás por este entronque corpóreo tradicionalmente se suele utilizar la palabra “pasión” para referirse a aquello que nos afecta, a lo que padecemos involuntariamente, frente a lo que hacemos libremente.

         “Nos pasan (padecemos, sufrimos) cosas, sin quererlo, involuntariamente, pero también hacemos cosas, libre y voluntariamente.     
     
         En su origen etimológico, el término griego “pathos” (en latín “passio”) tiene el significado de “padecer”, “sufrir algo”, “recibir algo de manera pasiva” (esta acepción permanece en castellano, cargada de connotaciones religiosas: “la pasión de Cristo”, lo que sufrió, padeció, sin quererlo ni buscárselo). De ahí que las pasiones, o la pasión, hayan sido siempre consideradas como lo opuesto a la acción, entendiéndose que ésta está vinculada a nuestra capacidad creadora y moldeadora.

         “Hacemos” y “padecemos”, “sufrimos”.

         En relación con este sentido de pasividad del sujeto ante las pasiones que lo agitan o lo invaden (la alegría o la tristeza, el miedo, el deseo, el odio o el amor…) la tradición filosófica occidental generó un DUALISMO de enorme influencia que, a su vez, dio lugar a posiciones opuestas.

         Por un lado el RACIONALISMO, teoría que, con más o menos énfasis, ha considerado que la RAZÓN, en tanto que extraña, distinta y superior a los deseos y pasiones, es la encargada, tiene la misión de encauzarlos, dominarlos, dirigirlos, o bien reprimirlos y erradicarlos.

         SÓCRATES, por el que según Nietzsche, “entró el mal en el mundo” al erradicar todo lo que suene o huela a pasión, sólo acepta a Apolo y reniega de Dioniso. El único placer será el placer intelectual, saborear el saber, el sabor del saber, la sabiduría, la sola y toda razón. El hombre es, sólo, racional. La dignidad humana sólo reside en su alma y sus actividades.

         PLATÓN, uno de los creadores y más claros representantes de esta Tradición Racional, ya expuso en el Mito del carro alado su concepción del hombre. La vida interior del hombre era la lucha sostenida por un auriga (La Razón) que quiere guiar un carro llevado por dos caballos, uno dócil y obediente (los sentimientos buenos) y el otro rebelde y hostil (las pasiones y deseos corpóreos, la sensualidad).

         La vida buena consistiría, entonces, en el control del auriga sobre el carro, logrando el sometimiento de los deseos y sentimientos a las exigencias de la Razón.

         ARISTÓTELES definirá al hombre como “Zoon logicon”, “animal Racional”; y entre los dos tipos de virtudes, considerará superiores las Virtudes Dianoéticas o Intelectuales sobre las Virtudes Éticas o Morales.

         Y esta tradición, exclusivismo de la Razón como lo específicamente humano, que arranca en Grecia (aunque quizás puedan encontrase antecedentes en Oriente) tiene en

         Los ESTOICOS sus representantes más radicales (las pasiones, como perturbaciones del alma, deben ser erradicadas, eliminadas, para dejar el ánimo libre). Su doctrina de la “a-patía” y la “ataraxía” lo dice y lo resume todo.

         Esta concepción estoica le vino como anillo al dedo al

         CRISTIANISMO a lo largo de toda la Edad Media, eso sí, esclavizando a la Razón poniéndola al servicio de la fe y de la revelación, pero en su lucha contra el cuerpo y sus pasiones no se quedó atrás.

         La EDAD MODERNA será la realmente Racionalista, cuando su campo de actuación sea todo lo que ocurre en el cielo y en la tierra y surja y se desarrolle la Ciencia en sus múltiples vertientes.

         Pero el RACIONALISMO del XVII (Descartes, Leibniz, Spinoza…), técnicamente, en historia de la filosofía, es la forma de entender el Origen del Conocimiento, basado en la Razón (frente a la otra gran corriente gnoseológica o epistemológica del EMPIRISMO, que primaba la experiencia como primera y principal fuente de conocimiento y única para el conocimiento de lo que realmente existe).

         La Ilustración del XVIII y la Diosa Razón es el zenit del apogeo de la razón, aplicable, ya, a todo.

         Esta Diosa Razón sí abarcó ya todo lo abarcable y apostó por la superioridad del elemento racional frente al emocional, vital, impulsivo, instintivo, sentimental, pasional…

         Sólo en este sentido RACIONALISMO se opone a IRRACIONALISMO, a VITALISMO, a EMOTIVISMO, a SENTIMENTALISMO,…

         En la ACTUALIDAD estamos asistiendo, a diario, al triunfo de La Razón en sus múltiples y variados descubrimientos así como encargamos a la Razón la educación en el dominio y control de las pasiones, como algo que invade, nubla y somete al psiquismo.

         La Pasión ha tenido, tradicionalmente, y sigue teniendo una mala fama, una mala prensa, siempre asociada a algo no bueno.

         Reina y triunfa el sentido peyorativo de la misma. Es, realmente malo, estar “ciego de pasión” o ser “esclavo de sus pasiones” o ser “demasiado apasionado” y, por lo tanto, poco objetivo.

         Sin embargo, como reacción, surgió el Romanticismo.

         Pero ¿y la pasión por la verdad?. ¿Y la pasión por la justicia?. ¿Y la pasión por la paz?. ¿y la pasión por el amor, o por la literatura, o por la poesía, o por…?

         Frente al Dualismo omnipresente a lo largo de la historia, hoy, cada vez más emergen planteamientos que rechazan esa oposición entre Razón  y Pasión y se prefiere hablar de emociones racionales y distinguirlas de las emociones irracionales.

         Hoy está de moda la “Inteligencia emocional” de Daniel Goleman, que afirma la imposibilidad de separar la inteligencia humana de la capacidad afectiva o sentimental, abogando, pues, por la Integración.

         Incluso, hoy, el término “pasión” se usa en la vida cotidiana para indicar una inclinación o preferencia (“tiene pasión por el fútbol”), o para describir un rasgo de la personalidad (“es una persona muy apasionada”).

         Hoy, para referirse a la “pasión” antigua se habla de “vida emocional o afectiva”.

         Hoy se aboga por la integración de ambas perspectivas, la sentimental y la racional, subrayando el papel de las emociones y de los afectos y sentimientos como estímulos de la acción, así como la capacidad modeladora que la cultura y la razón tienen respecto de la vida afectiva.

         En esta “vida afectiva” hay que incluir:

         .- Afectos (inclinación o rechazo hacia una persona, un objeto, una acción…) y las sensaciones de agrado o desagrado que las acompañan.

         .- Sentimientos  (tendencia que incluye una dimensión evaluativa  de la situación).

         .- Emociones (estados de ánimo y todo cuanto nos impulsa a actuar y que suele ser un sentimiento breve de aparición repentina (furia, ira).

         .- Deseos (conciencia de una necesidad o de una atracción).

         Las sensaciones de placer y dolor, los deseos y los sentimientos, son experiencias afectivas que sirven para orientarnos al actuar.

         INTEGRACIÓN DE LO AFECTIVO Y LO INTELECTUAL.        

         La inteligencia va guiada por lo que más estimamos y apreciamos; y es propio de los sentimientos incluir una valoración en la que interviene la inteligencia.

         Un padre, sacrificándose por sus hijos, para costearle unos estudios, es una decisión en la que se entremezclan, de manera inseparable, sus sentimientos paternos con su evaluación o estimación de aquello que es preferible en la vida.

         Es su estimación afectiva la que guía su vida intelectual.
    
         ¡Qué diferencia con un ordenador, incapaz de estimación afectiva que dirija su acción¡

         Hoy estamos viviendo, instalados, en plena vorágine genética. Y aunque es verdad que la afectividad humana tiene una base genética, de manera que el carácter viene determinado genéticamente, sin embargo, ese componente genético es moldeado y modificado por la influencia de la experiencia y del conocimiento.

         Aunque se nazca con un cierto temperamento, con una predisposición a ser una persona más o menos activa, abierta o tímida, esa no es la última palabra sobre el carácter que se desarrollará.

         La experiencia y la capacidad para controlar y dirigir las propias emociones resultarán determinantes en la conformación de la personalidad.

         La inteligencia humana tiene la capacidad de modificar y transformar la vida afectiva de una persona.

         Aprendemos a amar lo que consideramos bueno, lo que estimamos racionalmente que nos conviene y, por el contrario, aprendemos a aborrecer lo que hemos juzgado como malo, dañino, cruel.

         La vida afectiva viene afectada, también, y mucho, por el influjo que la cultura tiene sobre los sentimientos. Cada sociedad clasifica sus emociones  y sus afectos.

         En diferentes culturas, incluso dentro de una misma cultura en épocas diferentes, las mismas situaciones dan lugar a sentimientos diversos.


         PASIONES INTELIGENTES, INTELIGENCIA APASIONADA.

         INTEGRACIÓN  de Razón y Pasión.

         Nadie mejor que un poeta para pintar, en palabras, esta integración.

         Volvería a meditar el texto de Kalhil Gibrán.