jueves, 29 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (17)



Y, ampliando/amplificando esta doctrina de Feuerbach, vendrán los “filósofos de la sospecha” (Marx, Nietzsche y Freud) que denunciarán la estrategia de las religiones y las consecuencias de todo tipo (políticas, psicoanalíticas, económicas, morales, hasta ontológicass).

El drogadicto sólo busca su dosis para no sufrir y, por sí mismo, es muy difícil que quiera salir de su situación de drogodependencia.
Y si “la religión es el opio del pueblo” según la frontisficia sentencia de Marx…
La sentencia marxista significa que la religión es usada por las clases dominantes (que serían los camellos) como instrumento para controlar al pueblo, aliviando y dándole sentido a sus padecimientos mediante la idea de un mundo de dicha ilusoria y la promesa de una vida eterna.

Ante la contradicción existente entre las perfecciones o atributos que se le atribuye a Dios y la triste y pésima realidad que soportamos en esta vida mundana y terrestre vamos a tener que cambiar de perspectiva y admitir que ese Dios no es, al menos del todo, ni Bueno, ni Omnipotente, ni Padre, ni algo familiar y cercano a nosotros.

Lo de cambiar de perspectiva me viene a la mente ese “meme” que corre por las redes sociales, de dos personas, una frente a la otra, discutiendo si el número que aparece escrito en el suelo es el 69 o el 96.

O la más famosa leyenda urbana puesta en boca del torero Rafael Gómez Ortega, ‘El Gallo’, que nació en Madrid el 18 de julio de 1882, aunque estaba afincado en Sevilla y siempre se nos muestra como “torero andaluz”.
Terminaba, una tarde, de torear en La Coruña y sus admiradores, tras una faena triunfal, querían que se quedase para departir tertulia con ellos alegando que Sevilla estaba muy lejos y que tardaría en volver por La Coruña, para torear otra vez, ante lo que el torero sentenció: “Sevilla no está lejos, Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es esto”.

Otra perspectiva, otro punto de vista de lo mismo.

Los teólogos se parecen al Gallo: “Dios es como debe ser y obra de acuerdo con lo que es debido; somos nosotros, los humanos, quienes nos empeñamos en calificarLo y medirlo con el baremo de nuestros minúsculos criterios.

Es decir, olvidémonos de aquellas tres vías tomistas sobre la esencia divina: la positiva, la negativa y la de eminencia y quedémonos con esta nueva vía: la “apofática”, que afirma que Dios es inabarcable, insondable, inefable, imprevisible,… es decir que nunca tenemos, ni podremos tener repajolera idea de cómo es Él, porque sus designios son y serán, siempre,  incomprensibles para nosotros.

Es decir, olvidémonos de querer saber, con nuestra limitada mente, de cómo es Dios porque “Él no nos puede caber en la cabeza”

Cuando digamos algo positivo de Dios debemos decir, a continuación, que no es eso, ni eso, ni eso…

Algo así como San Pablo, ante sus oyentes, les describía lo que era o cómo era el cielo, la recompensa divina que les esperaba tras la muerte, en Corintios 2:9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó,… Ni han subido en corazón de hombre.  Son las que Dios ha preparado para los que le aman”

Es decir el discurso sobre Dios queda blindado, nada verosímil podemos decir de Él, porque nada puede ser dicho; todo es y queda en el misterio que, o te lo crees o no te lo crees.

O sea, que tan ridículos son los creyentes que dicen creer lo increíble como los ateos que sólo deberían callar o, a lo más, reírse al escuchar a los teólogos.

Y es que, de Dios, seguimos hablando de modo antropológico, y no podemos hablar de otro modo, porque esa es nuestra perspectiva, nuestro punto de vista que, además, no puede ser otro que el humano pero, desde este necesario punto de vista, nada verosímil podemos decir de Él, porque al antropologizarlo estamos deformándolo: eso no es Dios, no puede ser Dios,…

“Ni a su imagen ni a su semejanza”, nada verosímil, con nuestra limitada capacidad intelectiva, podemos decir de Él, “no nos cabe/no nos puede caber en la cabeza” porque somos “radicalmente distintos”, porque el niño nunca podrá meter el mar, con su cubito de agua, en ese hoyo que ha cavado en la arena, aunque el niño se lo crea y sus padres disfruten de su intento.

¿Qué nos queda, entonces? la FE: “Por siempre sin nombre // por siempre desconocido // por siempre inconcebido // por siempre irrepresentado // mas, por siempre, sentido en el alma” (D. H. Lawrence, novelista y poeta, inglés)

Si se etiqueta lo incognoscible como “misterio” queda garantizada su invulnerabilidad y admitida su verdad apoyada en la creencia, no verificable, pero tampoco falsable y como para un creyente si un ateo o un agnóstico no pueden demostrar la falsedad, entonces queda confirmada su veracidad o, mejor, su verdad, inconscientes, voluntarios o no, de que la carga de la prueba siempre recae en el que afirma la verdad y no en quien la niega.

¿Dónde queda, entonces, ante esa inescrutable verdad, la divinidad como “persona”, como sujeto que ama, se compadece,… sus rasgos antropológicos?
¿Cómo puede sostenerse que es una “persona” (como nosotros), con “sentimientos humanos” (como nosotros) si afirmamos el misterio y, por lo tanto, inatacable e incomprensible?

Las contradicciones entre ese Dios, omni-todo y creador y las imperfecciones de lo creado son tan contundentes que sólo cabe fundirse con Él en un abrazo místico en cuyo arrebato todo cabe y nada queda claro.

Si preguntas a un creyente por qué cree en un Dios, a imagen y semejanza nuestra (porque si nosotros hemos sido creados a “su imagen y semejanza” algo de semejante tendremos) siempre nos saldrá con eso de: “Hombre, yo creo que hay Algo que…”.
Pero ¿ese “Algo” es un “Alguien”? (that is the question), porque todos (y yo el primero) creemos que Algo hay por ahí arriba.

¿Y si “Dios” fuera sólo un “concepto” y no una “persona”, como lo era el Demiurgo platónico, o el Motor Inmóvil de Aristóteles, o el Uno de Plotino,…?
¿Y qué decir de Spinoza y su “Deus, sive substantia, sive natura”?

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