Y lo contrario, la insatisfacción, con la falsedad y con el
error.
Si, en la educación, se pone en funcionamiento el esquema
conductual E-R, sobre todo de Skinner, el halago, el reconocimiento público, la
alabanza, la palmadita en la espalda,… (Recompensas) hará que “se sienta bien”
y tienda a repetirla.
Y al revés.
El sentimiento es una necesidad para estar motivado.
Las razones convencen al entendimiento pero no
necesariamente estimulan a obrar.
El soldado, en un bombardeo, sólo puede mostrar valor si “se
siente patriota” y se lo recuerdan, alabándolo, sus jefes.
En la Roma antigua, para estimular a los soldados, se les
intentaba convencer, no con silogismos ni razones, sino con sentimientos como
el “patriotismo”: “Dulce et decorum
(honorabilis) est pro patria mori”.
El orgullo de ser romano, de “sentirse” romano, patriota,
infundirá el valor suficiente para luchar y, si es necesario, morir,
El animal sigue su instinto (igualmente el niño) pero un
hombre no.
Si el hombre fuera un ángel o una bestia obraría, siempre,
racional o instintivamente. Pero el hombre no es ni ángel ni bestia,
participando de ambos.
Entre el instinto animal y el espíritu angelical se
interpone el sentimiento.
El que el hombre sea racional (que lo es) no lleva a la
conclusión de que “sólo es racional” (porque no lo es).
Igualmente si lo calificamos de “animal”.
Los sentimientos humanos van ligados al cuerpo, por lo que
una vida sin sentimientos es antinatural.
Éste era el ideal de un Séneca, de los estoicos o de un
Descartes: “Suprimid los sentimientos”.
La capacidad de conmoverse y exaltarse (sentimientos)
pertenece a la esencia humana.
Ya Platón y Aristóteles estaban convencidos, y lo practicaban,
que la educación se basaba en afianzar en sus alumnos los sentimientos
adecuados ante una conducta, acostumbrándolos a que se sientan alegres, “se
sientan bien” cuando su conducta ha sido correcta y que “se sientan tristes”
ante conductas incorrectas, ilegales o inmorales.
Pero muy pronto se amplificó tanto la función racional que
“los sentimientos” fueron calificados peyorativamente, como rebajando al hombre
que, como es racional, sólo racionalmente debe obrar.
Hasta el punto que, tras el largo paréntesis de lucha entre
la Razón y la Fe (relación con Dios) y ya no con el Instinto (relación con el
animal). Descartes, el padre de la Filosofía Moderna, se atreverá a definir al
hombre, ya ni como animal, sino como “cosa”, “res cogitans”.
Pero la pasión (un sentimiento) es sólo una enorme fuerza,
con valoración inicial neutra, hasta que no divisemos hacía dónde, hacia qué meta
va. Sólo entonces será digna de alabanza o de rechazo.
Apasionarse por ayudar y socorrer al otro, aunque sea
distinto, no va a ser igual a apasionarse por matarlo o excluirlo,
precisamente, por ser distinto.
Hume y Rousseau reivindican el papel fundamental de los
sentimientos, siendo Kant el que a más altura los ubique en su Crítica del
Juicio, en que afirma que “los sentimientos no son conocimientos sino estados
subjetivos de placer o displacer (desagrado) que acompañan a todo conocimiento”.
Sin embargo, y coherente con su Ética Formal y Autónoma,
proclamará no una “Ética del sentimiento” sino una “Ética del deber” y que no debe
influir en la conducta.
Hay que obrar así o de la otra manera pero no porque te
“guste más” (“sientas placer”), sino porque debes obrar así, “por deber”.
El placer no se busca pero acompañará a la persona cuando
ésta obra éticamente bien.
Después de Kant, tanto el Romanticismo como el Vitalismo
rezuman sentimientos.
La “afectividad” es la más radical función vital, con más
valor cognoscitivo que la propia razón.
Amando, más que razonando, se conoce mejor al otro.
Y en la cima lo pondrá Nietzsche.
Igualmente el Existencialismo y el Vitalismo, al sentenciar
que es la afectividad el a priori de todo conocimiento.
Max Scheler afirma que la percepción, captación, de valores,
no se lleva a cabo vía cognoscitiva, sino vía emocional, afectiva.
Son los sentimientos los que descubren lo más valioso de la
realidad.
Se da, pues, para Scheler, una función cognoscitiva de los
valores a cargo de los sentimientos.
¿Una inteligencia sin sentimientos no sería como luchar sin
fuerzas?
¿Y una inteligencia con sentimientos desbordados, desatados,
no nos haría regresar a la naturaleza animal?
Nunca podrá una “Ética de los sentimientos” reemplazar a una
“Ética apoyada en hábitos”, porque éstos constituyen la estrategia racional de
afrontar la realidad, siendo, sin embargo, los sentimientos los que dan color,
atractivo o repulsivo, a los objetivos/metas de esas conductas.
La tarea de la Razón no es suprimir los sentimientos, sino
educarlos para sacarle el máximo provecho posible.
A través de/por la educación sentimental hábitos y
sentimientos se compenetran.
Es la Razón la que debe distinguir y jerarquizar los
sentimientos, alguno de los cuales quizá deba ser erradicado, mientras otros
tendrán que reforzar.
Pero no es la fría y calculadora Razón Racionalista, sino la
Razón Sentimental, que es la que debe llevar las riendas de los dos caballos
del carro alado.
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