jueves, 18 de octubre de 2018

A MI AMIGO SALVADOR,


Salvador fue, es y será siempre un amigo pero que, además, fuimos compañeros en un trabajo de grupo sobre “Relaciones interculturales”.

Salvador fue un emigrante, en su juventud, en Suiza.

Expuso su experiencia durante su estancia suiza.

Ésta fue mi respuesta, apresurada y, sin duda, matizable a su intervención con el título: “Relaciones interculturales forzadas”.

“Formar grupos compactos que se ayudan mutuamente, pero por un interés común; hoy por ti, mañana por mí, y no como una actitud generosa”.

Eso es lo que hacíais  (sentiros iguales en el grupo y desiguales con los suizos; éstos dadores/donantes de trabajo y vosotros consumidores laborales por un salario anejo) y es lo que hoy hacen los grupos de jóvenes negros vendiendo collares, C.D., bolsos, camsetas y cinturones falsificados de D & G, o los grupos de búlgaros o rumanos tocando el acordeón, o las gitanas que yo veo a diario en la Carihuela ofreciendo romero y leyendo la mano a los incautos.

Nosotros, para ellos, sólo somos potenciales clientes.

Ellos forman su grupo compacto, con su lengua, sus preocupaciones, sus sentimientos, sus proyectos, sus recuerdos, sus cosas.
Nosotros somos tangenciales a su mundo.

Ellos coexisten, como con permiso, en nuestro mundo.
No convivimos. No hay relación intercultural.

¿No sabemos nosotros abrir puertas?, ¿temen ellos entrar?, ¿hay, existe, un espacio neutral en el que pudiéramos interconectar para interactuar?.

El caso que expones, el de José, no es un caso de interculturalidad, porque es la misma cultura. Es un caso de problema generacional y de inclusión en otro grupo intergeneracional distinto, pero dentro de la misma cultura.

Lo normal hubiera sido que él llegara a ver de la misma manera que vosotros (individuo-grupo), en este caso la contaminación fue la inversa, su visión de la vida y de las circunstancias os contaminó tan positivamente que cambiasteis la lente.

Pero con José, y antes sin él, seguíais siendo un oasis celular dentro del cuerpo suizo.
Pero tanto él como el grupo ¿hubo otra conexión que no fuera meramente epidérmica con la sociedad de acogida?

Sigo opinando que las culturas no deben tener puertas o deben, siempre, estar las puertas francas para que cada uno entre y salga, meta y saque, deje o coja lo que mejor vea de ellas.

Dice Marina que el hombre, en su actuar, obra por dos objetivos: sentirse bien (ámbito psicológico) y ser mejor (ámbito ontológico, ampliación y apropiación de posibilidades).

Cuando uno emigra no es por placer y por gusto.
Por lo general el que emigra entra en otra cultura, en otra sociedad, sin tantas penalidades como de la que viene y donde espera encontrar más posibilidades de crecimiento, beneficiosas.

Ellos quieren integrarse y, si nosotros se lo facilitáramos, lo harían. Y sería bueno para todos, para ellos, por integrarse y crecer y para nosotros por verlos integrados. Nuestra sociedad sería más amplia y más habitable, mejor.

Para ello, las facilidades, las que tú apuntas: EDUCACIÓN  y TRABAJO.

La integración laboral (los que consiguen trabajo) rápidamente la asimilan. Los horarios, las funciones, los momentos y días de descanso,….Pero la Educación es más difícil, bien porque nosotros no somos capaces de entusiasmarlos, bien porque ellos tampoco lo ven de absoluta necesidad.

Tengo en casa los discos de vinilo, los grandes, los de 33 r.p.m. de los espirituales Negros. Una música divina, que no me cansaré de escuchar y que te hace rezar a ritmo con ellos pero no estoy integrado en su mundo y en los que en sus canciones comunican.

No me gusta el chistu ni el aurresku, pero me encantan las sevillanas. Paso de la jota, multirregional, pero disfruto viendo bailar un tango. En el vals veo perfección de movimiento pero noto ausencia de vitalidad. No me gusta el polo ni el críquet ni el fútbol americano pero me encanta el baloncesto y el fútbol (no americano)…..

¿Por qué digo todo esto?
Porque me encanta la libertad.
Nunca prohibiría ningún deporte, pero no quiero que me impongan ninguno.
Demos libertad a los deportes y que cada uno elija, si quiere, y que practique el que más le guste. Pero que no se invada la pista.

Que nadie me obligue a entrar en una mezquita, pero sé que, si entro, no puedo/no debo entrar con zapatos.

Respetemos los deportes. Respetemos las mezquitas.

¿Por qué no dejar a las culturas que muestren sus cartas, que expongan sus productos, sobre la arena y que jueguen ellos?

¿Por qué no un mercado libre de las culturas en vez de una seguridad social de las minoritarias?

Lo diferente, lo desconocido, no es malo, pero tampoco es bueno, hasta que no se lo conoce.

Todo ser vivo, ante un Estímulo conocido da su Respuesta adecuada, una vez que la ha aprendido. Pero ante un Estímulo extraño, nuevo, desconocido, ¿Cómo va a Responder, cómo va a Reaccionar?

Es la teoría clásica de E-R.

Si yo le preguntara a alguien (cosa que hacía todos los años con mis alumnos) si  le gustaban los “cantomanos” o preferirían las “moreguijas” la Respuesta automática del interrogado sería/era “¿y eso qué es?”.
Porque, efectivamente, si no sé qué son (los Estímulos), los “cantomanos” y las “norequijas”, la Respuesta, fuera afirmativa o negativa, de uso o de las otras, siempre sería, una temeridad o una tontería, una imprudencia, por ser ilógico Responder sin saber a qué se Responder.

Lo “nuevo” ¿puede enriquecer?
Por supuesto que sí.

Lo “nuevo” ¿puede perjudicar?
Por supuesto que sí.

¿Qué es lo que ocurre?. Lo normal. Ante lo extraño, preguntar y si no hay respuesta a la pregunta, cautela, prudencia.

Los latinos decían: “ Numquam affirmes, raro neges, sed semper distingue” (No afirmes nunca, raramente niegues, siempre distingue”).
Pero para poder distinguir hay que saber qué es.

Tú hablas, Salvador, de “mirada amorosa”.

Uno de los errores que tenemos más afianzados en nuestra mente es la creencia de que el amor es un sentimiento.
Y no es verdad.
Amar no es sentir, sino hacer/obrar, recogiendo el placer de haberlo hecho por la persona amada.

“No me digas que me quieres, hazlo”.
El amor son las obras que uno hace por la persona amada.

Si yo le hubiera preguntado a mi padre si me amaba, seguramente que  nada habría dicho sino que me habría mostrado sus manos encallecidas y el sudor de su frente.

“Obras son amores, y no buenas razones” - ¡qué bien expresado el amor¡.

Si mis hijas me lo hubieran preguntado les habría hecho ver la cantidad de cosas que he hecho, que hago y que haré (muchas de las cuales no me gustan), pero que las hice, las hago y las haré por ellas, porque las quise, las quiero y las querré.

El amor no puede “ser dicho”. El amor tiene que “ser visto”. ¿No lo ves?
Eso que haces por mí, y que yo sé que no te gusta hacerlo, eso es amor.

Igualmente el amor no pide, no exige reciprocidad.
No te amo para que me ames ni te amo porque me amas.
No hago esto, ahora, por ti para que mañana tu hagas lo otro por mí.

El amor es/tiene que ser transitivo, como los verbos, que la acción pasa al ser amado, sin importar si es correspondido (que, seguro que, lo será).

Entre los amantes sobran las palabras. Son los “tortolitos sentados en el parque mirándose sin abrir la boca”.

Cuando alguien le dice al otro: “dime que me quieres”.
Malo.
Hay una ceguera de amor.

Por eso más que “mirada amorosa” por nuestra parte, son ellos los que tienen que “ver” que los amamos por las obras que hacemos.

Es el amado el que tiene que ver, el amante sólo tiene que obrar, sin esperar nada a cambio.
El amante se realiza amando.
Luego, todo lo demás, “se le dará por añadidura”.

(Espero que algún día continuaré reflexionando).

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