miércoles, 23 de agosto de 2017

EL AMOR CORTÉS (1)

EL AMOR CORTÉS.

El siglo XII, en que vive Pedro Abelardo, entraba con cambios de todo tipo: culturales, espirituales, ideológicos…que influirían en la vida y en las costumbres de la época.

La Iglesia se resentía al ver surgir nuevos movimientos que la criticaban, por su forma de vivir (contraria a su predicación). Me refiero a los Albigenses o Cátaros (los “puros”), también llamados “los buenos hombres” y que, automáticamente, sería considerada una herejía, con su Cruzada correspondiente, y las consecuencias derivadas de ello,

Era una crítica manifiesta a la Iglesia “impura” (quien haya leído la vida de la Iglesia en aquellos y anteriores tiempos, lo comprenderá al momento).

El otro fenómeno, social y religioso, que surge en el siglo XII es el “amor cortés”.

San Agustín y los Padres de la Iglesia de los siglos IV y V habían echado raíces con su teología y su concepto de la sexualidad.

San Agustín (del que hemos escrito bastante en entradas anteriores) no concibe que la sexualidad, ni siquiera de la pareja, pueda ser portadora de ternura, de amistad, de diálogo, de espiritualidad,..

Proclamaba y defendía una valoración negativa de la sexualidad (reducida a sexo y a genitalidad) y que sólo debería servir para engendrar niños.

La sociedad patriarcal, disfrazada de teología, había asignado espacios para las mujeres y de los cuales no podían ni debían salirse.

1.- La “virginidad”, como vida perfecta y superior a la maternidad, que obligaba a estar encerradas, de por vida, en el silencio del claustro = ser monja.

2.- La “maternidad”, que conllevaba ser entregadas por los padres, que eran los que concertaban el matrimonio, casi siempre por su conveniencia y que, muchas veces, la entrega era a hombres mayores, viejos, y que nada tenían que ver con las ilusiones y deseos bien legítimos que ellas soñaban con realizar en su vida: ser madres.
Así, se veían utilizadas, primero por los padres, que decidían por ellas (pero “por tu bien” como eterna coletilla), y después por los maridos, maridos ni siquiera buscados y, muchas veces, no deseados, pero la desobediencia a la autoridad…

Si las primeras vivían encerradas en el convento, las segundas vivían encerradas en el hogar, desde bien jóvenes, criando hijos y obligadas a guardar fidelidad y a estar dispuestas a los deseos del marido cuando llegara a casa, aunque él podía hacer, fuera de casa, lo que le diera la gana.

Muchas mujeres optaron por el claustro, en los monasterios, pero no porque esa fuera su ilusión sino porque la vida matrimonial que se les ofrecía no era, ni mucho menos, para entusiasmar a nadie.

La que no ocupara uno de estos dos espacios (el convento o el hogar) sólo tenía la calle, o sea, las putas, que practicaban sexo (como las madres) pero que no tenían hijos (como las monjas).

María, la madre de Jesús, cuyo culto (como veremos) es del siglo IX, será “Virgen y Madre”, cuya contradicción manifiesta se tapa como un “misterio” (¿cómo una figura geométrica puede ser circunferencia y triángulo a la vez, al mismo tiempo?)

La otra figura era María Magdalena, la prostituta (¿en qué capítulo y versículo y de qué evangelio aparece como “prostituta”?) aunque siempre aparecerá como “arrepentida y haciendo penitencia, semidesnuda y con una larga cabellera tapándole sus pechos, y con las manos tapando sus partes pudendas.

Santa Clara y Santa Inés se fugaron de casa, para que sus padres no las casaran, y se fueron con San Francisco, a fundar la orden religiosa de las “Clarisas”
Su madre había tenido veintidós hijos y había muerto en el parto.
La madre de Santa Teresa de Jesús tuvo 16, siendo ella la última.

Les parecía más libre el claustro que el hogar. Allí, al menos, podían cultivarse intelectualmente, en la música y en las artes y no estarían sujetas a los caprichos de un hombre y a la esclavitud de un hogar lleno de hijos a los que atender.

Aunque, luego, no fuera así.

martes, 22 de agosto de 2017

CINTURÓN DE CASTIDAD (2)



Desde épocas diferentes, y sobre todo alejadas en el tiempo, es difícil, muy difícil, comprender la sensibilidad, la violencia, el fanatismo, la forma de vivir y de pensar, el afán de aventuras, el espíritu de violencia, la exaltación religiosa, el odio, la persecución y el linchamiento hacia otras religiones y los creyentes en ella.

Leemos las Cruzadas medievales y su afán por recuperar “los santos lugares” y no acabamos de comprenderlas, a no ser que haya otros intereses, sobre todo económicos, latentes, que serían las auténticas fuerzas jugando con la credulidad y la exposición a la muerte de tanto cruzado voluntario.

Si fue cierta la Cruzada de los Niños, ya es que se nos presenta como inimaginable.

Sólo se nos hace algo comprensible ese afán de aventuras si se nos promete “el oro y el moro” y viviendo encerrados en pequeñas ciudades o en castillos, contemplándose unos a otros, día tras día, de manera rutinaria, sin otro tema de conversación que el que hacía referencia a las pequeñas acciones e incidencias cotidianas, ni otra fuente de emoción que la que emanaba de ellos mismos.

Crédulos religiosos y ante cualquier autoridad social, política o religiosa que les asegurase que….y, sin posibilidad de contrastar la información, la aceptaban como verdadera.
Así que recibían todas estas manifestaciones externas, con pasión, con entusiasmo, casi con delirio, escapando de su aburrimiento, de su bostezo permanente.

Los señores, y sobre todo la burguesía, no sólo defendían sus propiedades y su fortuna, sino también a sus mujeres, que les pertenecían pero que cualquier desliz amoroso engendraría un “hijo natural” (no legítimo), en lo que no estaba de acuerdo su dueño al tener que repartir su herencia con un hijo de “su” mujer, pero no “suyo”.

Pero, así como los nobles encerraban a sus damas en los inaccesibles castillos (lo que no impedían totalmente los deslices amorosos de las mismas) y defendían su honra familiar con la espada, los burgueses habrían ideado otro método para preservar a sus esposas contra el adulterio.

Así que, cuando un burgués se veía obligado a salir de viaje, pondría, entonces, en su mujer “un cinturón de castidad, una pieza de metal ingeniosamente realizada, que cubriría las partes sexuales de la mujer y que impedía, así, que ningún hombre pudiese tener relaciones de tal índole con ella. Aquel cinturón, aquel complicado artefacto, se cerraba con un candado, del que sólo el esposo poseía la llave”.

Y uno se imagina cómo esa mujer podría hacer pipí, sin que el orín, en contacto con el metal, produjera una oxidación del metal que, al estar en contacto con sus órganos genitales, no causara infecciones de todo tipo que, en aquellos tiempos, acarrearía la muerte de la mujer.
Pero si el aparato de marras permitiera orinar normalmente, igualmente permitiría que cualquier varón pudiera introducir su pene por donde saldría el orín.
Además de que, todo candado que cierra también puede abrirse.

Y no digamos nada sobre las defecaciones.

Ya en la Odisea nos cuenta Homero que la bella Afrodita (Venus), al instante de nacer, con su virginal, noble y perfecta desnudez, se presentó sonriente  a los dioses inmortales del Olimpo que, al verla, quedaron estupefactos y maravillados ante el espectáculo incomparable de su divina hermosura.

Y como la diosa iba sembrando amor a su paso, todos los dioses se enamoraron de ella.
Incluso su padre Zeus o Júpiter, quedó hechizado por la joven, pero viendo que su hijo no correspondía a sus deseos incestuosos ordenó, como castigo, que Afrodita se casara con su horroroso y deforme hijo Hafaistos o Vulcano.

Así fue cómo el dios más feo tuvo por mujer a la diosa más bella del Olimpo.
Sin embargo Afrodita no quería por marido sino a Ares o Marte, pero como ya estaba casada no tuvo más remedio que tener al dios de la guerra por amante.

Como el feo Hefaistos era muy celoso le tenía prohibido a su mujer que hablase con el hermoso y apuesto Marte.
Pero, al ser advertido por el Sol de que era engañado por su mujer preparó una habilísima celada a los amantes.
Ésta consistió en que, mientras estaban juntos, los encerró en una sutil red de hierro que había elaborado en su fragua y, tras inmovilizarlos, los expuso a la burla y regocijo de los demás dioses.

Se ha dicho que Hefaistos-Vulcano colocó sobre el cuerpo de la hermosa e infiel Afrodita un complicado artefacto para evitar que ésta pudiera volver a engañarle (lo que, naturalmente, no parece cierto que la diosa de la belleza y del amor lo hubiera permitido).
Hefaistos-Vulcano convencería a Zeus de la infidelidad su mujer, regresaría cojeando a su fragua, se divorciaría de la caprichosa Afrodita-Venus y, acto seguido, ésta se casaría con Ares-Marte, con el que tuvo dos hijos: Cupido-Eros, que es el dios del amor y Anteros, que es el dios del amor correspondido.

Hasta aquí el mito, y sólo mito, que nos narra Homero.

Pero ni los griegos ni los romanos pensaron siquiera en colocar a sus mujeres el dicho cinturón de castidad.
Y eso que algunos tenían motivos para ello, pues en aquellas fechas había muchas Mesalinas.

Ese horrendo cinturón, que recibió varios nombres, como Cinturón de Venus, o Cinturón Florentino (también se habría usado en Florencia), tomaría carta de naturaleza en toda Europa, pero en los siglos XV y XVI (no en la Edad Media)

Hoy, dichos cinturones, son piezas de museo, se harían de mil clases y modelos, todo los perfectos que uno pueda imaginarse pero, como dice el adagio: “quien hizo la ley, hizo la trampa” y las mujeres se las habrían ingeniado para saltar aquella metálica barrera, aquel “telón de acero” con el que sus celosos maridos, pensando en ellos, en sus hijos y en su heredable fortuna, querían evitarles las malas (aunque buscadas y placenteras) tentaciones.


¿Sería verdad que fueron los trovadores (¿quiénes si no?) inventaron la ganzúa logrando abrir los candados que cerraban las partes carnales más apetecibles de las más bellas mujeres?

lunes, 21 de agosto de 2017

CINTURÓN DE CASTIDAD


EL CINTURÓN  DE CASTIDAD.

La imagen del caballero medieval que parte a las cruzadas y deja atrás a su damisela protegida por un cinturón de castidad es, casi seguro, sólo una mentira histórica y un mito surgido en el siglo XVIII para ejemplificar el oscurantismo de esa época.

No hay mejor táctica para arremeter y denigrar a una época pasada como que una época posterior magnifique sus prejuicios.

En la exposición celebrada en Budapest, sólo para mayores de 16 años, se expusieron veinte ejemplos de estos cinturones y otros materiales para explicar cómo nació este mito durante la Ilustración y cómo evolucionaron luego estos objetos.

Los visitantes se encontraron con unos brutales objetos de metal con candados y orificios protegidos por dientes de metal ante los que la primera pregunta que surge es como podían sobrevivir a ellos sus supuestas usuarias.

"El mito del cinturón de castidad surgió durante la Ilustración (como el “derecho de pernada”) para señalarse como una manifestación más de la oscura Edad Media".

Una leyenda falsa que no tenía techo y no hacía más que crecer.     

De hecho, hasta una época tan reciente como la década de 1990 se consideraba aún, como un hecho, que en la Edad Media y durante las distintas cruzadas se obligaba a la mujeres a usar esos aparatos para asegurar su fidelidad durante la ausencia de los esposos.
Estaba en juego la legitimidad de los hijos y la herencia del señor.

No sólo en la cultura popular, sino que también artículos científicos y los propios museos alimentaron un mito que choca contra el sentido común.

Sólo con observarlos queda claro que el uso de estos objetos causaría heridas, incluso mortales, por el contacto con el metal y que son incompatibles con la higiene personal, por lo que causarían infecciones.

Aparte de que los candados que los cierran pueden abrirse fácilmente, anulando su supuesta misión protectora.

A partir del 1.990 el interés de la ciencia se centró en determinar la época de fabricación de estos objetos, "algo que con un simple análisis de material se puede averiguar" y resultó que todos estos objetos eran falsificaciones del siglo XIX".

El mito del cinturón de castidad tiene también su origen en los textos de la Roma clásica que hablan de cintas, cinturones y cuerdas de castidad, o de Venus, que, según los investigadores actuales, no son más que símbolos y no descripciones de objetos reales.

"Son símbolos de la virginidad o castidad" y "si alguien se ponía el cinturón de castidad significaba que esa persona era inocente".

Un cinturón simbólico, pues, algo muy distinto a ver a tantos ateos con una cruz colgada al cuello, símbolo “desimbolizado” (palabro mío) y convertido en adorno, joya, poder,….o como el vestido blanco de la novia, símbolo de “pureza y virginidad” cuando se ha estado conviviendo, incluso tenido hijos…

La conclusión es que en la literatura medieval, incluso en autores de textos eróticos como Boccaccio o Rabelais, el cinturón de castidad aparece muy pocas veces y siempre con un claro sentido simbólico.

Pero lo que era un mito se convirtió en realidad siglos más tarde, cuando a finales del XIX la masturbación era vista como un pecado ante el que el cinturón era un remedio.

Hay constancia de que hasta los primeros años del siglo XX se presentaron varias patentes de diferentes cinturones de castidad, cuya misión era evitar que los jóvenes se masturbaran.

Estos cinturones "modernos", en los que el cuero sustituye al metal, también servían o pretendían servir para proteger a las mujeres de violaciones, en un momento en el que iban incorporándose a espacios que habían sido hasta entonces exclusivos de los varones, como las fábricas.


Un mito más que, a base repetirlo, lo convertimos en verdad de una época que no nos gusta.

domingo, 20 de agosto de 2017

DERECHO DE PERNADA.

EL DERECHO DE PERNADA

La “atrocidad sexual del derecho de pernada”, ¿algo más que un mito medieval?
El derecho de pernada o «ius primae noctis» era el privilegio feudal por el que los nobles tenían potestad de pasar la primera noche, la noche de bodas, con la casada mujer de sus vasallos, esto es, de desvirgarla

Bajo el prisma de la Ilustración surgieron una serie de mitos sobre la Edad Media que redujeron este periodo a la mayor pestilencia moral de la historia.

Los cinturones de castidad, que nunca existieron; la quema de brujas, más bien del siglo XVI; y otra serie de abusos como el derecho de pernada se exageraron y deformaron para desprestigiar a la nobleza y a la Iglesia, las dos grandes fuerzas medievales.

Pero, ¿existió realmente el «ius primae noctis»?

Sí, lo que no está documentado es que fuera algo frecuente más allá del plano teórico.

El que “pudieran hacerlo” no implica que “lo hicieran” ni que “tuvieran que hacerlo”.

El derecho de pernada o «ius primae noctis» era el privilegio feudal por el que los nobles tenían potestad de pasar la noche de bodas con la mujer de sus vasallos, esto es, de desvirgarla. Se estimaba uno de los muchos abusos que sufrían los vasallos, que en la práctica pertenecían al señor de la región tanto como la tierra o las cosechas.

El origen de este “derecho” debió tener un origen germánico.

Aunque esta práctica ya estuvo presente en la primitiva sociedad griega y ya  Herodoto hizo referencia a la costumbre de una tribu líbica por la que se «presentaba al rey todas las doncellas que estaban para casarse, y si alguna le agradaba, él era el “primero en conocerla”.
Lo que no es, exactamente, igual.

En la Edad Media,  el Derecho de Pernada podría tener su antecedente directo en una costumbre germánica por la que el señor de cada pueblo se reservaba la primera cópula con la novia.
Una práctica que derivaba de las propiedades mágicas que se le achacaban a la sangre del desfloramiento.
En sentido estricto, esa costumbre germánica consistiría en el derecho del señor de compartir la cama con la recién casada, derecho que éste perdería a cambio de un pago en metálico.

El concepto del privilegio sobre la primera noche se perpetuó en la época feudal, aunque siempre asociado a impuestos o tributos.

La mayoría de historiadores reducen la incidencia del “derecho de pernada” a casos y lugares muy concretos, aunque recuerdan que este privilegio feudal se ejercía de forma indirecta mediante el pago de un impuesto al señor por haber autorizado el enlace de sus vasallos.

Es más, era tradicional en muchos lugares que el señor simulara  el acto sexual o saltara encima de la novia en las celebraciones que seguían a la boda, a modo de recordatorio del poder del noble sobre sus vasallos y como remanente de lo que algún día fue el “derecho de pernada”.

Quienes defienden que nunca existió se aferran a la escasa documentación y los pocos textos legales en los que hay referencia a este abuso, pero obvian que, en el caso medieval, la tradición escrita es endeble y poco resistente al tiempo.

Fernando el Católico puso fin a muchos de los abusos de la nobleza contra los vasallos catalanes y se menciona que «ni tampoco puedan (los señores) la primera noche quel payés prende mujer dormir con ella o en señal de senyoria».

Una frase que demuestra que el derecho de pernada había sido algo al menos teórico en otro tiempo.

Pero una cosa era la teoría y otra la práctica.

El «ius primae noctis» despertaba un fuerte rechazo entre los vasallos, a los que dejaba humillados, y podía derivar en levantamientos campesinos.
Resultaba una forma demasiado aparatosa y poco práctica de reivindicar el poder feudal.

No obstante, los abusos sexuales sobre esposas de los vasallos eran algo frecuente sin que hiciera falta que los señores invocaran derechos, pues bastaban las amenazas para acallar el suceso.

Los siervos estaban desprotegidos.

La Iglesia protegía los matrimonios

Incluso los reyes habían tratado de combatir este tipo de abusos durante siglos y eran la consecuencia de un poder central demasiado débil.

Los reyes apenas contaban con territorios y soldados propiamente suyos y su poder dependía de la lealtad de los nobles. 
Tanto Alfonso X El Sabio  como Fernando El Católico y otros monarcas con auténtico poder estipularon leyes contra los abusos de la aristocracia y prohibiendo explícitamente el “derecho de pernada”.

Además, la creciente autoridad de la Iglesia también fue ganando fortaleza con el paso de los siglos y permitió que el matrimonio fuera amparado por la institución eclesial.
Al consolidarse el matrimonio religioso, quedaba claro que el derecho canónico estaba por encima de cualquier uso o fuero ancestral y que, si Dios y la Iglesia bendecían la unión, sobraba la intervención de la nobleza.
A partir de que la Iglesia monopolizara los matrimonios, los abusos sexuales pasaron de ser un pseudoderecho a ser los caprichos de un señor descontrolado incapaz de respetar la dignidad de las personas a su cargo.


El matrimonio era, ya, algo sagrado que ni siquiera los señores feudales podían mancillar

sábado, 19 de agosto de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: LA SEXUALIDAD Y LA MUJER (Y 5)


Todos sabemos, por Historia de la Ciencia que hubo que esperar hasta 1672 para que el anatomista holandés, Regnier de Graaf, descubriera la existencia de los óvulos y su participación en el proceso reproductivo de los mamíferos, gracias a la invención, a inicios del S. XVII, del microscopio.

Hasta esa época (400 años después de que vivió Santo Tomás) los únicos hechos claros acerca de la reproducción humana eran la necesidad del acto sexual, el aporte masculino, y la interrupción de los ciclos menstruales cuando se producía un embarazo y, en cambio, el proceso generativo de las plantas era ampliamente conocido.

En este contexto, no es de extrañar que la forma más natural de explicar la generación se sirviera de la agricultura, y así entendieran que, para producir un nuevo ser humano, la semilla (“semen-seminis” y de ahí semen) del hombre debía encontrar un “suelo fértil” en el cuerpo de la mujer.

Esta especulación seguramente se veía confirmada porque algunos flujos menstruales presentaban color similar a ciertos limos, que a su vez resultan ser muy fértiles para las plantas.

De ahí también que se hable del hombre como “potencia activa” en el proceso.

Con esta idea en mente volvamos a repasar el párrafo, cuando dice:

“Porque la potencia activa que reside en el semen del varón tiende a producir algo semejante a sí mismo en el género masculino”.

La lógica es bien sencilla: si planto una pepita de manzana, me sale un manzano; si un hueso de naranja, un naranjo; si un hueso de aceituna, un olivo; y si una semilla de hombre, un hombre. 

Pero a veces nace una mujer (de hecho la mayoría de las veces, pero los antiguos no tenían forma de saberlo, porque las mataban- afirma el defensor del Tomas de Aquino)

¿Qué ocurrió, para ello si, teniendo que nacer “varón”, nació “mujer”? 

La respuesta que ellos daban es que hubo un fallo, un defecto en el proceso y por eso no resultó un varón, sino una mujer.

O dicho de otro modo:

Que nazca mujer se debe a la debilidad de la potencia activa, o bien a la mala disposición de la materia, o también a algún cambio producido por un agente extrínseco, por ejemplo los vientos australes, que son húmedos.

Esta sería una conclusión científica, de la ciencia del S. XIII, pero ciencia al fin y al cabo.
Entonces, lo que hace el santo al reproducirla, no es emitir una opinión religiosa, sino enunciar un hecho científico errado.

No está demás recordar que seguidamente, Santo Tomás repudia que esta conclusión científica tenga aplicación ante los ojos de Dios, cuando agrega:

“Pero si consideramos a la mujer en relación con toda la naturaleza, no es algo ocasional, sino algo establecido por la naturaleza para la generación”.

¿Esa no era la otra versión del Génesis, la de que no la “creó” (como afirma la primera versión: “Dios creó al hombre: Varón y hembra los creó”) sino que la extrajo de la costilla para consuelo del varón, como ayuda, como instrumento “para la generación”, “hecha para parir”?
Pero no en pie de igualdad.

Y el autor, tomista convencido, recomienda a los creyentes que no se “casen”, nunca, con la ciencia, ni siquiera la de nuestra época, ni con la “Eva mitocondrial”, ni con el big bang como el momento de la creación “porque los científicos pueden cambiar de opinión mañana”

Y mi pregunta es: ¿“cuando se recurre a una autoridad (la de Aristóteles, del siglo IV a. C) que avala la postura de un autor (siglo XIII d. C) no es porque, se supone, que está de acuerdo con dicha autoridad”?

Santo Tomás tiene un concepto negativo de la mujer, inferior en comparación con el varón, es un “complemento”, nada que ver con el “substantivo”, del varón, de categoría superior.

Se da por supuesto que el “semen (la semilla) masculino” es bueno y si falla lo nacido es por la mala disposición de la tierra en que ese semen se siembra.

Tiene que ser la mujer la responsable y la culpable del desaguisado (nacer mujer era un “error” de la naturaleza, nada que ver con ser nacer varón y, en este caso el varón padre se refleja y se prolonga en el varón hijo, pero si nace mujer, al ser inferior al varón, la responsable y culpable será la mujer, y la hija, inferior, será el reflejo y la prolongación de la madre, mujer.

¿Recuerdan la parábola del sembrador?

“Salió el sembrador a sembrar y una parte cayó en terreno pedregoso….otra parte en terreno…pero la que cayó en terreno apropiado produjo el 100 x 1…”

viernes, 18 de agosto de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: LA SEXUALIDAD Y LA MUJER (4)


Si yo me apoyo en el pensamiento de un autor es porque estoy, en lo esencial, de acuerdo con él.

Sin embargo los tomistas acérrimos escamotean contenidos de la obra de Santo Tomás cuando puede perjudicarle, a él y a la Iglesia Católica.

“La mujer es defectuosa y mal nacida” dice Tomás de Aquino.

 “En lo que se refiere a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida, porque el poder activo de la semilla masculina tiende a la producción de un perfecto parecido en el sexo masculino, mientras que la producción de una mujer proviene de una falta del poder activo.” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica)

Y es cierto que, así, literalmente, lo dice.

Pero los tomistas, para disculpar ese pensamiento, recurren y afirman que hay que ir a la fuente de lo dicho.

Así nos encontramos con que en la primera parte de la Summa Theolgica, tratando acerca de Dios, se habla de la creación y de las criaturas, específicamente de la creación del hombre y en la cuestión 92 de esta primera parte, titulado “el origen de la mujer", aparecen 4 artículos, el primero de los cuales se pregunta;

 “Al producir Dios la primeras cosas ¿debió o no debió hacer a la mujer?”

En otro lugar me he extendido sobre la estructura de dicha obra (La Summa Theologica): Pregunta – objeciones (los que responden que no a la pregunta) – respuesta a estas objeciones – posición ortodoxa – argumentos de autoridad sobre la posición ortodoxa – respuesta y posición/postura del autor – corolarios.

En este caso, la primera objeción a que la mujer haya sido hecha junto con las primeras cosas, se toma de Aristóteles (siglos anterior al Cristianismo aunque posterior a la aparición del Génesis), que, como es sabido, Aristóteles es, no sólo una, sino la principal de las grandes influencias del Santo.

Objeciones por las que parece que la mujer no debió ser hecha en la primera producción de las cosas:

1.    Dice Aristóteles en el libro “De Generatione Animalium”:

“La mujer es un varón frustrado. Pero en la primera creación de las cosas no era conveniente que hubiera nada frustrado ni imperfecto. Por lo tanto, en la primera institución de las cosas no debió ser hecha la mujer”.

O sea, que la idea de la inferioridad de la mujer no proviene del cristianismo (cosa que ya todos sabíamos), sino que se remonta a los griegos, y no a cualquiera, sino al máximo representante de la filosofía clásica. 

Santo Tomás dice:

1.    Considerada en relación con la naturaleza particular, la mujer es algo imperfecto y ocasional. Porque la potencia activa que reside en el semen del varón tiende a producir algo semejante a sí mismo en el género masculino. Que nazca mujer(en vez de varón) se debe a la debilidad de la potencia activa, o bien a la mala disposición de la materia, o también a algún cambio producido por un agente extrínseco, por ejemplo los vientos australes, que son húmedos, como se dice en el libro “De Generatione Animalium”. 
2.    Pero si consideramos a la mujer en relación con toda la naturaleza, no es algo ocasional, sino algo establecido por la naturaleza para la generación. La intención de toda la naturaleza depende de Dios, Autor de la misma, quien al producirla no sólo produjo al hombre, sino también a la mujer.

Los defensores de Santo Tomás interpretan el texto anterior de manera torticera y para entender este párrafo se afirma que, al escribir esto, Santo Tomás no está expresando un juicio religioso o de valor acerca de las mujeres, sino solamente constatando un “hecho científico” (¿)… o al menos lo que pasaba por “hecho científico” en su época.

Y esto se confirma con la frase con que concluye esta explicación: “como se dice en el libro De Generatione Animalium“.

jueves, 17 de agosto de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: LA SEXUALIDAD Y LA MUJER (3)



La Iglesia Católica, en lo esencial, no ha cambiado nada, o muy poco, respecto a la minusvaloración y menosprecio a las mujeres desde que fue conformándose desde los siglos IV y V por los Padres de la Iglesia y, sobre todo, por San Agustín y en el siglo XIII por Santo Tomás, que recoge todo lo anterior y, con la estructura de la teoría platónica (los dos mundos, contrapuestos) y con la inestimable ayuda de la Física y Metafísica aristotélica, de la mano de Averroes, para explicar este mundo.

El tomismo sigue vigente en la Iglesia, aunque con pequeños retoques, pero manteniendo la misma esencia, y se denomina “neotomismo”.

Saque usted sus conclusiones de su incardinación en el mundo actual.

Santo Tomás había nacido en el Castillo de Rocaseca, cerca de Nápoles, Italia, en 1225.
Es el último hijo varón de una numerosa familia de doce hijos.
Su padre se llamaba Landulfo de Aquino.

Santo Tomás era alto y grueso, pero no exageradamente.

Cerca del Castillo donde nació estaba el famoso convento de los monjes Benedictinos llamado Monte Casino. Allí lo llevaron a hacer sus primeros años de estudios.
Los monjes le enseñaron a meditar en silencio.
Lo que lee o estudia lo aprende de memoria con una facilidad portentosa.

Continúa sus estudios por cinco años en la Universidad de Nápoles, superando a todos sus compañeros en memoria e inteligencia.

Conoce a los Padres Dominicos y se entusiasma por esa Comunidad.
Quiere entrar de religioso pero su familia se opone.
Santo Tomás huye hacia Alemania, pero por el camino lo sorprenden sus hermanos que viajan acompañados de un escuadrón de militares y se lo llevan preso.
No logran quitarle el hábito de dominico, pero lo encierran en una prisión del castillo de Rocaseca...

Tomás aprovecha su encierro de dos años en la prisión para aprenderse de memoria muchísimas frases de la Sagrada Biblia y para estudiar muy a fondo el mejor tratado de Teología que había en ese tiempo, y que después él explicará muy bien en la Universidad.

Sus hermanos al ver que por más que le ruegan y lo amenazan no logran quitarle la idea de seguir de religioso, le envían a una mujer de “mala vida” (pero de “buen ver”) para que lo tiente y lo haga pecar.

Tomás toma en sus manos un tizón encendido y se lanza contra la “mala mujer”, amenazándola con quemarle el rostro si se atreve a acercársele.
Ella sale huyendo y así vence las pasiones de la carne.

Esa noche contempló en sueños una visión celestial que venía a felicitarlo y le traía una estola o banda blanca, en señal de la virtud, de la pureza que le concedía Nuestro Señor.


Es, como puede suponerse, más “agiografía” que “biografía”, pero así se ha querido que fuera visto el santo a lo largo de la historia.

martes, 15 de agosto de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: LA SEXUALIDAD Y LA MUJER (2)


A continuación transcribiré algunas citas (que creo que son auténticas) de Santo Tomás de Aquino sobre el tema que nos ocupa.

1.-  “Los vírgenes obtienen el cien por ciento del salario celestial; los viudos, el sesenta por ciento y los casados el treinta por ciento”.

2.- “En las mujeres hay más cantidad de agua, por eso pueden ser seducidas más fácilmente por el placer sexual”.

3.- “A las mujeres, resistir al placer sexual les resulta más difícil por el hecho de que ellas poseen menos fuerza de espíritu que los varones”.

4.- “La mujer no responde a la primera intención de la naturaleza, que apunta a la perfección, sino a la intención secundaria de la naturaleza, como putrefacción, malformación y debilidad de la edad”.

5.- “Nada arrastra tanto hacia abajo el espíritu del varón como las caricias de la mujer y los contactos corporales”.

6.- “La mujer posee menor fuerza física y también una menor fuerza espiritual. El varón tiene una razón más perfecta y una virtud más robusta que la mujer”.

7.- “A causa de su mente defectuosa, que, además de en las mujeres, es patente también en los niños y en los enfermos mentales, la mujer no es admitida como testigo en asuntos testamentarios”.

8.- “Hay que amar más al padre que a la madre, porque él es el principio activo de la procreación, mientras que la madre es el pasivo”.

9.- “El marido tiene la parte más noble en el acto marital, y por eso es natural que él tenga que sonrojarse menos que su esposa cuando exige el débito conyugal, porque el acto marital posee siempre algo vergonzante y causa sonrojo”.

10.- “Por su inteligencia más perfecta, el varón puede adoctrinar mejor la inteligencia de los niños”.

11.- “La mujer necesita al marido no sólo para la procreación y la educación de los hijos, sino también como su propio amo y señor, pues el varón es de inteligencia más perfecta y de fuerza más robusta, es decir, más virtuosa”.

12.- “Al hacer el voto de castidad y desposar así a Cristo, las mujeres son elevadas a la dignidad del varón, con lo que quedan libres de su subordinación a él y están unidas de forma inmediata a Cristo”.

13.- “Las relaciones sexuales frecuentes llevan a la debilidad de la mente”.

14.- “A diferencia de lo que ocurre con la comida y la bebida, la fuerza sexual -mediante la que se transmite el pecado original- está infectada y corrompida”.

15.- “Si por la virtud de Dios se concediera a alguien la gracia de no sentir placer desordenado en el acto de la procreación, incluso en este caso ese acto transmitiría el pecado original al hijo, ya que en el placer sexual, que es el transmisor del pecado original, no se trata del placer sexual actual sentido en el instante de la procreación, sino del placer sexual habitual basado en la condición humana, y ésta es igual en todas las personas”.

16.- “El acto marital impide los actos espirituales y constituye un obstáculo para una mayor honestidad”.

17.- “Una de las malas consecuencias de la lujuria es la feminización del corazón humano”.

18.- “Un matrimonio sin relaciones carnales es más santo”.

lunes, 14 de agosto de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO: LA SEXUALIDAD Y LA MUJER (1)

Santo Tomás, las mujeres y el sexo

Santo Tomás de Aquino (1.224 – 1.274) fue el teólogo más influyente de la Edad Media y cuya influencia teológica y moral aún sigue.

En su tiempo se excluía a la mujer de los ministerios ordenados, para lo que Tomás tuvo que encontrar una justificación como teólogo, además de la tradición de que Jesús de Nazaret no había hecho a ninguna mujer apóstola.

La principal razón, decidió, era que la mujer era portadora de una naturaleza inferior, en relación al varón.

Aunque SantoTomás se limita a sistematizar lo que fue la opinión general de su tiempo, es importante adentrarse en su ética sexual y su concepción de la mujer, porque sus explicaciones han sido determinantes hasta nuestros días.
La influencia de este importante Doctor de la Iglesia católica sigue viva hoy en día, con el neotomismo que, yo mismo, tuve que estudiar. Difícilmente habrá un sacerdote o seminarista católico que no conozca al menos parte de su obra.

Ésta es (de manera harto resumida)  su doctrina:

1. Dios creó primero al varón, haciéndolo el origen del resto de la humanidad.

2. Dios creó a la mujer de la costilla del varón y para el varón.

3. Dios creó al varón a su imagen en todo el sentido del término, dado que Dios es la fuente de todo.

4. Dios creó a la mujer a su imagen sólo desde el punto de vista de que ella también tiene una mente.

5. La fuente activa en la semilla del varón, (el semen), deriva su poder parcialmente de las estrellas.

6. La semilla del varón contiene a un futuro niño.

7. En la procreación, la mujer sólo contribuye con su útero, que es como un campo arado en el que se ha sembrado una semilla.

8. Cuando nace un varón, el nacimiento es perfecto.

9. Cuando nace una mujer es porque el semen es débil, porque el material del útero es inadecuado o por la influencia de factores externos como los vientos del sur que hacen que la atmósfera sea húmeda.
Se trataría de un accidente.

10. Sin embargo, las mujeres cumplen un propósito en el plan de Dios porque Él, en su providencia, puede hacer uso inclusive de accidentes.
Ellas son útiles para la generación.

11. Hablando en forma estricta, cada mujer es un monstruo de la naturaleza.

12. Sin embargo, los órganos sexuales femeninos también se levantarán al momento de la resurrección porque tal evento corregirá los defectos de la naturaleza.

13. El varón tiene mayor poder de razón que la mujer porque Dios lo preparó para la actividad intelectual.

14. Aunque la mujer se une carnalmente al varón para la generación, no se une a él en sus facultades superiores.

15. Por todo lo anterior, San Pablo prohibió a las mujeres que enseñaran o tuvieran autoridad sobre otras mujeres.

16. Un varón ejerce la autoridad en forma natural.

17. La mujer está sujeta al varón porque él es su comienzo y su final.

18. El cabello de una mujer es un símbolo de su sujeción al varón.

19. Dios creó a la mujer como ayudante del varón pero sólo en lo relativo a la generación, no a las otras tareas del varón.

20. El varón está en estado de perfección y significa la eminencia de la naturaleza humana; por consiguiente, el varón puede representar a Cristo en la Eucaristía.

21. La mujer está en estado de sujeción, por lo que no puede significar eminencia de grado y no puede ser la expresión de la perfecta naturaleza humana.
Por consiguiente, la mujer no puede representar a Cristo en la Eucaristía.

sábado, 12 de agosto de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (Y 9)

 El Epitafio del cenotafio (“sepulcro o monumento funerario vacío”) de Abelardo y Eloísa, rezaba así:

Aquí,

Bajo la misma losa, descansan
El fundador de este Monasterio:
Pedro Abelardo
Y la primera Abadesa, Eloísa,

Unidos otro tiempo por el estudio, el talento,
El amor, un himeneo desgraciado,
Y la penitencia.

En la actualidad, esperamos, que una felicidad
Eterna los tenga juntos.

Pedro Abelardo murió el 21 de abril de 1142
Eloísa, el 17 de mayo de 1163.


lunes, 31 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (8). SU CONCEPTO DE AMOR (3)



Pero, por la castración, no podía darle una relación normal de pareja, lo que hundía más su autoestima, porque es sabido que, históricamente, la hombría yace en la potencia sexual,

“Si tu tío, al castrarme, me hubiera quitado también el deseo de amarte, pero tanto más violentos son mis deseos cuando menos satisfechos pueden ser”.

“¿Qué no hice para olvidarte?, pero la ausencia, la distancia, los ayunos, los estudios, el silencio y la plegaria de nada sirvieron más que para proporcionarme el placer de ser amoroso mártir tuyo…”

“Siempre te encuentro entre Dios y yo”.

Le confiesa Abelardo que por celos, no siendo que ella, al no poder él darle lo que todo hombre da a su mujer, se enamore de otros hombres, “preferí perderte más que dividieses con otro tu afecto. Así dejé de profesar hasta que lo hicieras tú, no siendo que, si no lo hacías, podía seguirte dondequiera que fueres…o ser tu verdugo si me hubieses sido infiel”

Un anti-Agustín.

Un librepensador que apela siempre a la conciencia personal, adelantándose a Lutero.

Amar por amar, sin otra meta, sin ningún interés, y para eso no hacen falta ni juras ni jueces con  sus matrimonios.
Es la mística del “amor cortés”, un amor altamente sexualizado y, a la vez, altamente espiritual.

Eloísa prefiere el amor al matrimonio, la libertad a la alianza, y para ello no hacen falta papeles.

“Cortesana a tu lado, antes que emperatriz al lado de Augusto”

Eloísa entiende que el matrimonio esclaviza al filósofo y le impide entregarse a las tareas intelectuales, por eso lo rechaza, pero sigue amándolo igual, incluso se pregunta si puede existir un amor verdadero entre personas casadas, es la “erótica cortés”

“Bien lo sabe Dios, nunca he buscado en ti más que a ti mismo. Sólo a ti te deseaba, no lo que te pertenecía o representas”

“Temo más ofenderte que irritar a Dios” porque no cree en un Dios que…como Floria Emilia, un Dios que no pide sacrificios porque no los necesita.
¿No dice Dios: “misericordia quiero y no sacrificios”?
¿Es que Dios no es Amor y se define como Dios del amor?

“Dios no puede suplir el amor que te tengo, amado mío”, “Nunca abjuraré del amor que te profeso. Soy tu mujer y lo que Dios ha unido…”

Abelardo muere a los 60 años.

Cementerio.

“A su lado otra tumba se excavará –dice Eloísa- para albergar mi cuerpo, una lápida en la que diga: “Aquí yacen sepultados dos amantes, a los cuales el infortunio y la gloria aparejaron igualmente”


La lápida que cubre la tumba de los dos amantes tiene esculpidas dos imágenes yacentes, la de Eloísa y la de Abelardo, la mano derecha de él se extiende hacia la mano izquierda de ella, tienen los rostros vueltos el uno hacia el otro, mirándose.

domingo, 30 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (7), SU CONCEPCIÓN DEL AMOR (2)







Nadie puede amar a todo el mundo, el corazón humano es limitado y puede amar, y ama de verdad, cuando lo hace concretamente.

En carta a una íntima amiga le comunica que está embarazada y que pronto se notará su vientre crecer y que, por ella, iría cantando por las montañas, como María, la madre de Jesús exultante de alegría.
Y, ante la típica pregunta de la amiga, le responde que Abelardo sí quiere casarse pero que ella lo ha convencido para no casarse porque “hacerlo sería deshacer su vida, tendría que renunciar a la gloria que le espera y yo no podría soportar que por mi culpa…él está dispuesto, pero yo no quiero ser la causa de su desdicha. Él es un tesoro que pertenece al mundo entero…lo califica como el pensador más eminente de hoy día, el Aristóteles del siglo, el ídolo de los estudiantes, y si se casara…”espero que, al final, me saldré con la mía” 

Inmensa generosidad la suya, y también la de Abelardo.
Ambos están dispuestos a renunciar a aquello que más aman por amor, un amor que no tiene en cuenta el sacrificio personal, sino que cada uno cree que es lo mejor para el otro.

Una noche, ausente su tío, se la llevó de su casa y la condujo a casa de su hermana, hasta que llegó el niño, al que le puso el nombre de Astrolabi (“vigía de astros”)

Cuando regresó su tío (es fácil imaginarse el cabreo).

Para calmarlo, le promete casarse con ella (teme represalias del tío contra ella), sólo le pidió hacerlo en secreto, para no perjudicar su reputación. Y esa promesa la hace sin contar con Eloísa y ella, como sabemos, no quería casarse porque…además de que su amor iba mucho más allá de su conveniencia social. Y, todo ello, estando ya cada uno en un convento.

Y, es verdad que el Derecho Canónico no prohibía que un clérigo sin órdenes –como Abelardo- pudiera contraer matrimonio pero sí impedía que un clérigo casado pudiera percibir ningún “beneficio” ligado a un “oficio”, y Abelardo no está dispuesto a renunciar a una carrera eclesiástica basada en su oficio de “magíster scholarum”, ni siquiera dar catequesis, nada que tenga que ver con Dios (que venía de los Santos Padres del siglo IV.

Eloísa insiste y persiste de las nefastas consecuencias para él (lo que le ocurra a ella no le importa) y él insiste y persiste en que es lo mejor para ella, aunque él…

Todo lo que él hace es por ella y pensando en ella.
Todo lo que ella hace es por él y pensando en él.
Ninguno mira para sí, sólo por y para el otro.

“Ahora sólo falta una cosa en la perdición que a los dos nos espera: que el dolor que seguirá no sea superior al amor que lo ha precedido” – dice Eloísa.

Pero no lo convenció y aceptó el casamiento a disgusto, por el peligro del futuro de su amado.

De mantenerlo en secreto, nada de nada, porque el tío le daba toda la posible publicidad aunque Eloísa juraba y perjuraba que no se había casado.
La situación se hizo insostenible entre tío y sobrina y obligó a Abelardo a llevar a Eloísa al convento de Argenteuil, donde se había educado de niña.

El tío lo interpreta como que Abelardo quiere que se haga monja para liberarse de ella y trama la “castración”.

Él, una vez castrado, quedaba incapacitado para ejercer de clérigo.

El ensañamiento contra la sexualidad proviene de los Padres de la Iglesia, ochocientos años antes.

Los eunucos tienen hasta prohibido entrar en la iglesia, como si fuesen inmundos, como los animales: “No ofrezcáis al Señor ningún animal con los testículos machacados, mutilados o amputados, no serán admitidos en la Iglesia del Señor”
¡Cuánto menos los hombres¡

Pero los discípulos no quieren perder la sabiduría de Abelardo por lo que volvieron los triunfos y la fama, pero también la envidia y el deseo de venganza porque los alumnos abandonaban a los otros maestros para irse a escuchar al novedoso, original, dinámico, de mente clara que, partiendo de la observación de la vida, les enseñaba a pensar con libertad.

“Algún día Dios me pedirá cuentas de cómo he usado mi talento”

El odio y la envidia de los otros maestros lo persiguen tenazmente, hasta denunciarlo como hereje, poniéndole trampas, pero les contesta que: “lo que yo pretendo es que mis alumnos se atrevan a pensar y evitar que se instalen en esta letargia invernal donde vegetáis vosotros”

Siglos después Kant, en su “¿Qué es la Ilustración?” lanzará ese grito desafiante: SAPERE AUDE (atrévete a pensar por ti mismo, sin tutores,…)

“Moriré solo, en medio del bosque, eso sí, como el búho, con los ojos abiertos de par en par escrutando los secretos de la noche”.

Eloísa, siguiendo sus instrucciones, tomó el hábito y entró en el monasterio de Argenteuil y él en la abadía de Saint-Denis, pero ella, en realidad no quería hacerlo y si lo hizo fue porque…”no hice los votos a Dios sino a mi amado Abelardo”, “juré morir antes que dejar de amarte”.

“Por orden tuya tomé los hábitos, no por vocación divina. Ya ves, pues, qué infortunada vida es la mía, miserable donde las haya, arrastrando un sacrificio sin valor alguno y sin ninguna recompensa futura”.

“Olvídate de tus adversarios, pues todos están de acuerdo en decir que nada ignoras de todo lo que el entendimiento humano puede saber”

“No digas que quieres evitarme las lágrimas, porque no son menos copiosas las que me hace derramar tu silencio”

“No puedo ya vivir si no me dices que me amas”


“Y ya que fue sin límites el excesivo amor que te tuve…para mostrarte más amor vine hasta aquí para perderme y dejarte vivir sin preocupaciones”

sábado, 29 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (6) SU CONCEPCIÓN DEL AMOR (1)




Abelardo concebía una doctrina del amor puro de Dios.
Hay que amar a Dios porque es Dios y no para obtener nada de Él, llegando hasta la renuncia a las bienaventuranzas que Él nos ha prometido.

Pero esta descripción del amor desinteresado que propone el Abelardo teólogo es la misma que Eloísa le había reprochado amargamente no haber entendido en los tiempos que él pretendía amarla.

Es decir, no se ha de amar a Dios como Abelardo había amado a Eloísa en los tiempos que él pretendía amarla, sino como Eloísa amaba a Abelardo, hasta aceptar perderse a sí misma por amor, en el sentido de la obediencia de Eloísa a Abelardo.

Abelardo siempre fue un adelantado y novedoso, como cuando se atrevió a afirmar, nada menos que en el siglo XII, que la moral no dependía tanto de la importancia de los pecados como de la intención del pecador, negando la existencia de un orden moral objetivo.

El mérito y el demérito de las acciones dependen únicamente de la intención con que se hacen, adelantándose a Lutero.

Como varón completo, sentía la necesidad de una presencia femenina en su vida, de amar y de ser amado, pero con una vida  tan repleta de actividad intelectual, teniendo que dedicar tantas horas al estudio y a la reflexión, no habría lugar ni tiempo para formar una familia al estilo tradicional, la pareja, los hijos (que, entonces, eran numerosos, tener que mantenerlos y dedicarle tiempo a su educación…)
La vida familiar requería un tiempo y unas energías que él necesitaba para dedicar a su trabajo y que, también, comportaba tener que viajar a menudo con largas estancias fuera del hogar.

Pero no se resignó a no disfrutar del amor por el amor mismo, sin otra finalidad.
Y se puso a buscar en su entorno a ver qué mujer podría entender y aceptar un amor de este calibre, lo que es la esencia del “amor cortés”

Tenía, entonces, 36 ó 37 años cuando hizo esta decisión y fue cuando conoció a Eloísa, de sólo 17 años.

Y este amor que surgió entre profesor y alumna, entre alumna y profesor, que empezó casi por pura conveniencia, muy pronto se convirtió en una hoguera, a pesar o con atracciones intelectuales, con amor a la verdad, con espiritualidad,…

A Abelardo, descubrir el amor de verdad, le trastocó profundamente, se entregó con tanta pasión a Eloísa y a esta relación que, prácticamente, no hacía más que vivirla, y sus alumnos se daban cuenta de que no era como antes.

Vivir el amor de noche y dar clases durante le día no le dejaba tiempo para el estudio y la reflexión.

“Con el pretexto del estudio nos entregábamos completamente al amor; y la dedicación a la lección nos ofrecía el retiro más secreto que el amor deseaba.
Una vez abiertos los libros, proferíamos más palabras de amor que de estudio, había más besos que tesis, las manos se dirigían a los pechos más que a los libros….y como éramos inexpertos, estos goces nos eran tan nuevos y los disfrutábamos tan ardientemente que nunca sentíamos hastío… En la lección era negligente y desganado, todo lo emprendía empujado por la rutina, y no por mi talento, no hacía más que repetir cosas antiguas, y si componía algo nuevo eran poemas amorosos, no alguna aportación importante a la filosofía…..Todos se daban cuenta de lo que pasaba, menos el que más amenazado estaba de perder el honor, el tío de la joven…..así que cuando se enteró….Ninguno de nosotros dos se quejaba de los propios infortunios, sino de los del otro”

Eloísa percibe al verdadero Dios como el Dios de la Vida y el Dios del Amor, y cree que es ese mismo Dios quien le está diciendo que disfrute con la máxima plenitud del amor y de la vida, que implican el cuerpo, el alma, el corazón, el ser entero y no hacerlo así lo vería como un pecado.
Nada que ver con el Dios de los Padres de la Iglesia y su concepción estoica y gnóstica de la sexualidad y del amor.

Eloísa es como Flora Emilia cuando, en carta dirigida a Agustín le dice: “En el Dios que tú me presentas no creo”

Cuando la gente considera a Eloísa una desvergonzada y que ha echado por tierra su honor, le contesta a Abelardo, en carta, que “eso no me preocupa mientras no perjudique tu fama científica”.
A lo que Abelardo, también en carta, le contesta: “Déjales. No les hagas caso. Les consume la envidia que me tienen, ahora aumentada por un motivo nuevo. Son como lechos de un río sin agua, y les corroe ver cómo yo me baño en tu correntío”.

Ahora sabe lo que es amar y entregarse a una persona concreta una mujer y ser amado por ella.
Conocer el amor en primera persona, que es cuando entra el amor en la vida en vivo y en directo, un amor personal, no abstracto ni vago.

Nadie puede amar a todo el mundo, el corazón humano es limitado y puede amar, y ama de verdad, cuando lo hace concretamente.

En carta a una íntima amiga le comunica que está embarazada y que pronto se notará su vientre crecer y que, por ella, iría cantando por las montañas, como María, la madre de Jesús exultante de alegría.

Y, ante la típica pregunta de la amiga, le responde que Abelardo sí quiere casarse pero que ella lo ha convencido para no casarse porque “hacerlo sería deshacer su vida, tendría que renunciar a la gloria que le espera y yo no podría soportar que por mi culpa…él está dispuesto, pero yo no quiero ser la causa de su desdicha. Él es un tesoro que pertenece al mundo entero…lo califica como el pensador más eminente de hoy día, el Aristóteles del siglo, el ídolo de los estudiantes, y si se casara…”espero que, al final, me saldré con la mía”

viernes, 28 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (5)

Las dudas de Abelardo sobre su fidelidad aún la mortifican ya que su amor es incondicional y se lo dice claramente: “Me he aborrecido a mí misma por mostrarte mi amor y he venido aquí a perderme por que vivas tranquilo”.

Y así Eloísa vive para Abelardo fingiendo que vive para Dios.

Abelardo reconoce que su amor por ella también sigue vivo y llega incluso a decir que agradecería la crueldad de Fulberto si al menos cuando le puso en la imposibilidad de satisfacer su pasión, al menos le hubiera permitido dejar de amarla pero los deseos que no pueden contentarse son más violentos: “soy más culpable abrasándome por ti debajo del saco y de la ceniza consagrada a los altares, que lo era por los crímenes que me han acarreado mis desdichas”, reconociendo así que su pasión por ella es ahora incluso más ardiente que antes.

El deseo de Eloísa no se cumplirá.

Abelardo moriría en 1142 y su cuerpo sería enterrado en la Iglesia de San Marcelo (debió pedir ayuda al Abad de Cluny, Pedro el Venerable, para que los restos de Abelardo fueran trasladados al Paracleto, tal cómo el filósofo deseaba y una vez allí Eloísa, veneró sus restos y rogó por su alma hasta su muerte veinte años después (1163).

Y cuenta la leyenda que cuando abrieron la tumba de Abelardo para depositar junto a él el cuerpo de su amada Eloísa, éste abrió los brazos para recibirla quedando abrazados en la muerte como no pudieron estarlo en la vida.

Así permanecieron los esposos durante quinientos años sepultados en las naves del Paracleto, hasta que en 1792, tras la Revolución Francesa, el Monasterio fue vendido como bien eclesiástico siendo trasladada la tumba de Abelardo y Eloísa a Nogent.

En 1800 Luciano Bonaparte, inspector de las cartas y monumentos antiguos, encargó al artista Lenoir que transportase el féretro al Museo de Monumentos franceses de París, quien, tras la apertura de la tumba, realizó un Álbum con dibujos de los amantes recreados por el artista partiendo de los restos conservados, con el objeto de realizar dos estatuas para la nueva tumba parisina, que quedó instalada en los jardines del museo.

En 1815, bajo el gobierno borbónico, se intentó trasladar la tumba a la Abadía de San Dionisio; pero la opinión pública protestó ya que el monumento era muy frecuentado por los parisinos y estaba considerado como algo integrado en la ciudad.


Finalmente fue trasladado al cementerio parisino de Père Lachaise, donde actualmente todavía puede visitarse.

jueves, 27 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (4)


Cuando a pesar de todos sus razonamientos y amén de haber podido pecar de vanidosa, Eloísa comprende que no ha convencido a Abelardo quien está decidido a casarse y sólo sabe decir, refiriéndose a su inevitable matrimonio y casi a modo de premonición: “Una sola cosa resta, para que el dolor que siga a nuestra ruina sea mayor que el amor que la precedió”.

Tras el nacimiento de su hijo éste quedó bajo la tutela de su hermana y ellos regresaron a París donde, en presencia del canónigo, contrajeron matrimonio.
Abelardo consideraba que, con esto, quedaba saldada la afrenta e insistió en mantener el matrimonio en secreto y, conforme a ello, tras la ceremonia cada uno, oculta y separadamente, se fue por su lado.

Sin embargo para Fulberto, la situación no cambiaba nada, porque los amores del filósofo con su sobrina, al no conocerse su matrimonio, seguían siendo motivo de murmuración y el honor familiar continuaba en entredicho.
Por ello hacía correr la voz de que eran marido y mujer pero, ante esto, Eloísa, fiel a los deseos del filósofo, lo negaba rotundamente, por lo que Fulberto comenzó a atormentarla con innumerables ultrajes.
  
Por todo ello Abelardo la llevó a la Abadía de Argenteuil, en la que había sido alumna, haciendo parecer que había tomado los hábitos.
Esto empeoró la situación pues creyeron que quería dejarla en el convento y desentenderse de ella.

Entonces fue cuando Fulberto comenzó a tramar la desgracia de Abelardo y con la ayuda de algunos amigos, que sobornaron a uno de los sirvientes del filósofo, llevaron a cabo su venganza, que tal como la expresa el propio Abelardo consistió en: “me castigaron con cruelísima y vergonzosísima venganza que recibió el mundo con estupor, amputándome aquellas partes de mi cuerpo con las que yo había cometido lo que ellos lloraban.”

LO CASTRARON.

Abelardo se sume en una profunda confusión pareciéndole, a veces, su dolor inferior a la vergüenza que siente ante el castigo recibido.
¿Cómo podrá continuar con su vida y presentarse ante el mundo y ante Eloísa, siendo además consciente de que la Ley de Dios prohíbe la entrada en la Iglesia de aquellos que hayan sufrido este tipo de amputaciones que son considerados inmundos y pestilentes?

Poco después ambos tomaron los hábitos, Eloísa en Argenteuil y Abelardo en Saint Denis.

Esto supuso largos años de separación y silencio.

Hasta que en 1135, por casualidad, cayó en manos de Eloísa el manuscrito donde Abelardo relataba sus desventuras.
Su lectura provocó en ella una gran conmoción y, desde luego, fue el detonante para que se decidiera a romper su silencio y a expresarle en sus cartas todo el amor y la pasión que seguía latiendo en ella.
El comienzo de su primera carta así lo atestigua: “[…] que sólo hallé en ella una circunstanciada relación de nuestros trágicos sucesos. Conmoviose excesivamente mi espíritu y parecíame superfluo hablar allí (para consolar a tu amigo de alguna pequeña desgracia) de nuestros graves infortunios.”

El relato de Abelardo no se limitaba a contar sus desventuras en aspectos de su vida personal, como pueden calificarse sus amores con ella y a las crueles consecuencias que estos tuvieron para ambos, sino que incluía un detallado informe sobre los enfrentamientos que había tenido y, todavía tenía, con algunos filósofos y teólogos de la Iglesia que habían tenido consecuencias muy negativas en su vida profesional y que, por ello agrandaban, si cabe, sus calamidades.

¿Qué puede hacer la realidad frente al deseo?

Las cartas que intercambian los amantes, tras la lectura de Eloísa del manuscrito de Abelardo, demuestra lo dolorosa que la realidad resulta para ambos y cómo la sobrellevan habitando y conviviendo sólo en la memoria.

En este sentido la frase de Eloísa: “Me acuerdo (¿acaso se olvida algo a los amantes?) del instante y del sitio en que por primera vez me declaraste tu ternura, jurando amarme hasta morir. Tus palabras, tus promesas y juramentos, todo está grabado en mi corazón”.

 Eloísa obedeció a Abelardo, tomó los hábitos, se apartó del mundo tal cómo él deseaba, porque si no era de él sólo sería de Dios.

En este sentido Abelardo reconoce que, tras su mutilación, no podía soportar la idea de que ella le olvidara y se consolara con cualquier otro.
Los celos le obligaron a pedir a su amante, no sólo que se retirara de la vida mundana, sino a que tomara los hábitos y esperó a que ella lo hiciera para después hacer él lo mismo.


miércoles, 26 de julio de 2017

ABELARDO Y ELOÍSA (3)



Las noticias sobre el niño son confusas, algunos indican que murió a edad temprana, aunque otros afirman que se hizo mayor profesando como religioso y llegando a ser abad del convento suizo de Hauterive.

El rapto de Eloísa colmó el vaso y Fulberto enloqueció, no teniendo pábulo su dolor ni sus ansías de venganza.

El filósofo comprendió que debía hacer algo para paliarlo y como reparación se ofreció a contraer matrimonio con Eloísa, aunque manifestó su deseo de que se mantuviera en secreto ya que pensaba que podía perjudicarle profesionalmente.

Contrariamente con lo que se supone debería pensar cualquier mujer en su sano juicio, Eloísa no era partidaria de este matrimonio y al parecer así se lo expresó a su tío y a su amante y futuro esposo dando, con ello, pruebas de una heterodoxia impropia de una mujer (el texto de Abelardo reproduce el discurso en el que Eloísa exponía las razones que le llevaban a mantener esa postura).

Eloísa en su planteamiento deja claras varias cuestiones y su gran juicio, junto a su esmerada educación, le permiten elaborar un discurso organizado y lógico en el que introduce citas, teorías y referencias de personajes destacados en todas la ramas del saber desde la Antigüedad clásica que permiten apreciar el dominio que Eloísa tenía de sus obras y teorías.

Plantea desde el principio, y el tiempo demostrará que tiene razón en este juicio, que Fulberto, su tío, no va a ver calmada su sed de venganza con el mero hecho de que Abelardo se case con ella, por lo que su matrimonio no va a solucionar su situación.
Por otro lado conoce también que su matrimonio perjudicaría profesionalmente a Abelardo y tampoco quiere que esto suceda, no quiere de ninguna manera ser un estorbo en la vida de Abelardo, no quiere privarle de la gloria, ya que ve a su amado como una mente privilegiada capaz de convertirse en el gran pensador de su tiempo.
No quería deshonrarle y ser una carga para él.
Cita los consejos que sobre el matrimonio da San Pablo en su primera Epístola a los Corintios: “Estás libre de mujer... no quieras casarte... […] Quiero que todos vosotros estéis sin preocupaciones”. Así pues San Pablo también consideraba que las mujeres perturbaban la tranquilidad de los maridos y eran una carga para ellos.
La opinión contraria al matrimonio no era exclusiva de San Pablo, pues desde la Antigüedad sabios y filósofos habían dado su opinión en este sentido, como Teofrasto, peripatético y sucesor de Aristóteles al frente del Liceo opinaba que ningún sabio debía contraer matrimonio ya que éste creaba intolerantes molestias y continuas inquietudes.
El propio Cicerón repudió a Terencia y no quiso volver a casarse ya que no podía ocuparse al mismo tiempo de la esposa y de la filosofía.

El argumento de Eloísa es que la vida de casado es una vida prosaica y los deberes que exige le impedirían dedicarse a lo que realmente le interesaba, la filosofía.
Se pregunta si podría soportarlo y soportarla y recuerda a Séneca cuando escribe a Lucilo diciéndole: “No sólo cuando sobra el tiempo hay que dedicarse a la filosofía, sino que hay que desperdiciarlo todo para poder acostumbrarse a esto para lo cual ningún tiempo es demasiado grande.”

El mismo San Agustín (nada menos que San Agustín, al que hemos visto en entradas anteriores), en su obra La ciudad de Dios, recordaba cómo Pitágoras, fundador de la escuela itálica contestaba al ser preguntado por su profesión: “Filósofo, es decir amante de la sabiduría”.
Y apela a su condición de clérigo, indicando cómo los monjes habían asumido, en su época, la función de los filósofos; viviendo una vida retirada y admirable dedicada al estudio.

Eloísa añade, a todas estas razones, algunas que la conciernen directamente: piensa que para ella es peligroso regresar a París, y creía más decoroso para ella ser llamada amiga que esposa, ya que el lazo matrimonial la impediría discernir si Abelardo estaba junto ella más por un deber de esposo que por un amor de amante.


Una vida en común, como matrimonio, podría acabar con su amor que, sin embargo, se mantendría vivo si los encuentros eran, se hacían, a intervalos. haciendo sus gozos más henchidos y agradables.