jueves, 21 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (39)



Dice la Wikipedia que un lazareto es un hospital o edificio similar, más o menos aislado, donde se tratan enfermedades infecciosas. Históricamente se han utilizado para enfermedades contagiosas, como la lepra o la tuberculosis y algunas de estas instalaciones eran más bien de reclusión, sin ningún tipo de cuidados médicos ni salubridad.

Lo que se hacía con los herejes ni siquiera era un lazareto.

Desde la Playa de La concha se divisa una pequeña isla, la isla de Santa Clara en la que –según cuenta un donostiarra de pro, F. Savater –hace siglos se enterraban allí a los blasfemos, los sacrílegos, los herejes, los suicidas y gente por el estilo.
Se trasladaba el cadáver del susodicho en una barca, sin ceremonias, y la gente desde la orilla, en plan jauría, solían terminar sus insultos con: “este sí que va derechito al infierno”.

Lo mismo que se hacía cuando alguien iba a ser condenado a la hoguera o a otro martirio mortal y la gente madrugaba para coger un buen sitio desde el que ver bien la escena.

Hasta en mi pueblo, en una gran cruz, junto a la puerta de entrada a la Iglesia estaba (¿está?) la Cruz de los Caídos, con 10 o 12 nombres escritos de los muertos del bando nacional (¿es que no eran "nacionales", al menos igual que los de azul, los franquistas, los republicanos?, mientras en un rincón del Cementerio o Camposanto, estaba el “cementerio civil” donde se enterraban a los ateos declarados.

Mi pueblo cayó en "zona nacional", no creo que hubiera republicanos en un pueblo tan pequeño, aunque algunos fueron "paseados", en la noche, hasta el Monte de La Orbada (un cementerio).

Durante gran parte de nuestra historia lo normal era el maltrato al disidente religioso, al que no creía o negaba creer dogmas y misterios religiosos.
Desde leer libros prohibidos a diseccionar cadáveres, desde mirar demasiado a las estrellas a no asistir a ceremonias religiosas, o no guardar los días de descanso, trabajando, decir palabrotas o blasfemias, acostarse con otra persona sin matrimonio mediante,…cosas que la mayoría no hacía y el disidente sí, por lo que sería castigado.

Esa falta de fe, prácticamente demostrada o denunciada, te ponía ante un Tribunal de la Santa Inquisición y si no confesabas, incluso con el tormento variado y repetido hasta casi, ya, dejarte muerto, se te condenaba a muerte.

La fe se define como “creer lo que no vimos/no vemos”, que quiere decir que la razón y sus argumentos nada valen porque está por encima de ellos.

Cuenta Mark Twain que un niño, a la pregunta del maestro de qué era la fe, respondió: “la fe es creer en lo que sabemos que no hay”.
Hoy este niño habría estado en las mazmorras de la Inquisición y después…

Creer es afirmar que lo que sólo es posible (incluso imposible) es real, es aceptar una verdad artificial en contra de una verdad objetiva y por encima de ella.
La misma duda ya ofendía, entonces.

Bien pensado la creencia es una pereza intelectual al afirmar como verdad lo que no sabe que lo es, incluso lo que va en contra del saber.

El que duda de los dogmas o el que es indiferente a los dogmas y misterios es más coherente y más sincero que el creyente en sí: afirma que no lo sabe y duda de ello, siendo indiferente a ello y sin luchar contra ello.

Tanto el agnóstico como el ateo no son/no tienen que ser anti-teos.

No se sabe, se afirma que no se sabe, se afirma que no lo sabe y no quiere aceptarlo como verdad, que es lo que hace el creyente.

Y si la fe es así, la “credulidad” es peor.

Como nuestra verificación, muchas veces, no es tan firme ni tajante como nos gustaría, uno puede “creer, tener fe” en esa verdad no totalmente verificada ni probada.
Pero es que el “crédulo” está dispuesto a tragarse lo inverosímil, lo raro, lo chocante, hasta lo disparatado y absurdo, lo que sea, y muchas veces para seguir conservando su privilegio.
Es reacio al más mínimo esfuerzo, abre la boca y se lo traga si con ello consigue…

Hoy mismo leo en la prensa que quieren canonizar a Franco porque se le ha aparecido a alguno, porque ya ha hecho algún milagro, porque…
(No me lo explico a no ser que el manicomio o frenopático o psiquiátrico esté saturado)

Lo característico de la “credulidad” es su carácter “acrítico”, por eso cree en extraterrestres, en apariciones diabólicas, en fuerzas extraterrestres, en las armas de destrucción masivo del trío de las Azores y que tanto insistía mi entonces Presidente del Gobierno, el ínclito Sr. Aznar, por haberle permitido Bush poner los zapatos encima de la mesa.

La educación no debería combatir implacablemente la fe (la creencia) sino la “credulidad”

Y entre la fe y la credulidad hay toda una escala de matices que usan las religiones.

Naturalmente que, frente a la “credulidad extrema o por exceso” está el “cientifismo reductor” que despacha como supersticiones sin sentido no sólo las soluciones religiosas sino incluso las inquietudes humanas de que provienen.

Que si hay un diseño debe haber un diseñador es tan evidente como que si hay recaudación tiene que haber un recaudador y si se está jugando tiene que haber jugadores, pero ¿quién ha dicho que el universo es un “diseño”? y si lo fuera ¿por qué tiene que ser Dios ese diseñador?

La teoría del Diseño Inteligente es el disfraz que los creacionistas han usado para poder colarse en la enseñanza de la escuela ya que el concepto de “creación” es demasiado religioso.
La verdad es que dicha teoría es un creacionismo de personas con estudios elementales.

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (38)



Aunque sabemos que no todas las personas se lo toman de la misma manera: una persona neurótica no actúa como una persona estoica.

Habrá que quitarle la razón a Freud cuando afirma que la “religión es una neurosis infantil “colectivizada” (una neurosis colectiva) porque la religión también es una “sublimación” de la vida y que le aporta una especie de prótesis de inmortalidad.

Pero hay religiones y religiones, muy distintas, por lo que la cuestión no es “religión vs no religión” sino “qué clase de religión” (dice Fromm), porque no es igual la que paraliza que la que estimula.

Nadie puede ahorrarse el miedo ante la muerte pero se puede tener, o no, una convicción consoladora de que “moriremos, sí, pero para bien” (“muerte, ¿Dónde está tu victoria”?) si voy a ser yo el ganador.

Esas tres formas mortales de ser inmortales (de las que ya he escrito): “plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro” para seguir viviendo, tras la muerte, en la naturaleza, en los hijos a través de los genes, en las personas que te lean, aunque luego salgan los aguafiestas y digan que al árbol no basta con sembrarlo/plantarlo, que hay que cuidarlo, regarlo, abonarlo… y al hijo no sólo hay que alimentarlo, hay que informarlo y formarlo, educarlo y el libro hay que venderlo y que sean muchos los que lo compren.

Es verdad que como individualidades somos prescindibles, desechables, porque el grupo sigue cuando nosotros ya no estemos pero si que somos necesarios no sólo para que el grupo siga sino que haya sido mejor por nuestra participación cuando estábamos en él.

Una vez creados, por los dioses, los grupos, éstos deben seguir puros y no ser contaminados.
Los individuos que los forman, los particulares, son eso, partículas, que van y vienen, y deben permanecer fieles a las esencias rituales que conjuran el peligro de corrupción y decadencia.

Cambiar es perecer: no moriremos como grupo, como colectivo, mientras sigamos siendo como fuimos antes y como debemos ser siempre.
Lo idéntico permanece mientras siga siendo idéntico.
La primera y primordial forma de perpetuación (del grupo) es la reproducción de sus miembros, pero “de lo mismo con lo mismo” para que nunca llegue lo diferente: el Incesto: la seducción primera y más poderosa, para que nada extraño al grupo entre en el grupo para que se mantenga puro, no contaminado.

Incesto: “Relación sexual entre familiares consanguíneos muy cercanos o que proceden por su nacimiento de un tronco común”, la mejor forma de mantener puro al grupo, la mejor forma de alejar la mortalidad del grupo, al haber menos resquicio para que se cuele la muerte (pero nadie sabía las consecuencias de la recombinación de genes entre familias) pero el incesto sería considerado el “tabú originario”: “Prohibición de matrimonio, o de la relación sexual ajena al matrimonio, entre la persona y determinados parientes cercanos que, salvo excepciones, incluye siempre a los hermanos o hermanas, a los padres y a los hijos”.

El incesto sigue asentado de manera mucho más difícilmente erradicable y habrá que sustituir el apego a padres y hermanos (hipertrofia de lo familiar) por la adhesión a grupos como los amigos, la nación, el Estado o el grupo religioso de pertenencia.

¿Qué madre no ha oído de su niño, pequeñito, que él sólo se casará con su madre? (y aquí entra Freud y sus complejos de Edipo y de Electra, y la necesidad de matar al padre, como el gran competidor que le roba la madre al niño…)

“La persona orientada incestuosamente es capaz de sentir apego hacia personas familiares a ella….En esta orientación todos sus sentimientos e ideas están juzgados en términos, no de bueno o malo, verdadero o falso, sino familiar o no familiar. Cuando Jesús dijo aquello de “he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre y a la nuera de su suegra” no quería señalar el odio hacia los padres sino señalar de la forma más drástica e inequívoca el principio de que el hombre tiene que romper los lazos incestuosos y hacerse libre  con el objeto de ser humano” (E. Fromm).

La familiaridad pretende perpetuar la vida incubándola, pero el espíritu nace de la búsqueda incesante de formas diferentes de ser semejantes.

Ser y verse, considerarse semejantes les permite a los hombres entrar en contacto entre sí, la amistad, el amor,…

Cuando uno se identifica totalmente con el grupo le es más difícil salir de él porque, quizá, tema sentirse desarropado ante los de otros grupos, como si allí fuera siempre hiciera frío...

Parafraseando a Unamuno, al que se le atribuye la sentencia de “El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando” podríamos afirmarlo de los que se sienten tan nacionalistas, tan identificados con el grupo, leyendo lo que todo el grupo lee, oyéndose entre sí, gritando lo mismo contra el otro…que esa “identidad” les cierra el acceso a la “cultura”, a los de otros grupos.

El pegamento del grupo, esta repetición clónica de lo idéntico, coarta la libertad de una complicidad civilizada con los demás de otros grupos.

Nada hay más empobrecedor y perverso que absolutizar y arroparte con la bandera de cualquier identidad cultural, cuando lo enriquecedor es buscar la combinación con lo distinto, descubriendo otra perspectiva.

La razón humana (junto a la imaginación) rompe con lo familiar en busca de criterios más anchos de moral y veracidad.

“El desarrollo de la humanidad es el desarrollo del incesto a la libertad” (E. Fromm)

Considerar el cuerpo como la cueva, como el sepulcro del alma, como el caparazón que encierra dentro de sí al alma, a la vida como biografía es un avance a ir más allá de la vida biológica.
Cuando Sócrates es capaz de tomar la cicuta y acabar con su vida biológica lo hace por no traicionar y ser consecuente con su vida biográfica, con su vida.

Llegado el caso, una persona con carácter tiene la fuerza de renunciar a su envoltorio físico como quien prescinde de un ya incómodo gabán.

La fama y el buen nombre, logrados por el servicio a la comunidad, es un valor (ya para griegos y romanos) superior a unos años más de vidas biológica.
Y no quiero olvidar a aquellos que dieron su vida por una creencia, por un ideal, por la libertad, por la patria,…mártires, religiosos o laicos, a los que no les importa poner fin a su vida por un valor superior.

Esta vida acabará, porque es mortal, pero la otra seguirá viva en la mente de los otros.
Era una manera de no morir del todo, de sortear a la muerte como aniquilación y perdición, seguir siendo inmortal en la memoria de la comunidad y de la historia.
Ni Sócrates, ni Jesús de Nazaret, ni Marx, ni… tantos otros, que han dejado ya esta vida, pero no han muerto del todo porque siguen estando presente en nosotros en forma de recuerdos.

Son los que creyendo o no en la inmortalidad sobrenatural han cogido atajos que los han llevado a otro tipo de inmortalidad.

El creyente ve esta efímera y limitada vida como el comienzo de otra vida permanente, eterna.

Hannah Arendt, respondiendo a la doctrina del “ser-para-la-muerte” de su maestro y amante, M. Heidegger, ofreció otra alternativa.
“El ciclo vital del hombre corriente hacia la muerte llevaría inevitablemente todo lo humano a la ruina y a la destrucción si no fuera por la facultad de interrumpirlo y comenzar algo nuevo, una facultad que es inherente a la acción como un permanente recordatorio de que los hombres, aunque deban morir, no han nacido para morir, sino para comenzar”.

Los humanos no venimos al mundo “para” morir (aunque moriremos) sino para engendrar nuevas acciones y nuevos seres: somos hijos de nuestras propias obras y también padres de quienes emprenderán a partir de ellas o contra ellas trayectos inéditos.

Mientras estamos vivos, con nuestros actos, seguimos poniendo o quitando números al número acumulado anterior.
Sólo cuando morimos es cuando se le echa la raya y se ve el resultado final.
Somos el resultado de las obras que hemos puesto en circulación y según ellas, hemos sumado o restado, “somos lo que hemos hecho”  y la posteridad nos dará las gracias si hemos aportado a la humanidad o nos lo recriminará si hemos contribuido a empobrecerla.

miércoles, 20 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (37)



Y al naturalizarlo todo lo no natural deja de ser interesante, porque tampoco es ya útil.

Conocemos desde lo que necesitamos o pretendemos, reconocemos desde lo que somos y si sólo somos naturaleza y nada hay en nosotros como una chispa del alma, nos instalaremos en el mundo de lo calculable, de lo manipulable, de lo utilitario.

Nadie conoce a un humano en cuanto humano si sólo lo conoce como humano, si no se reconoce en él.
Ese reconocimiento mutuo en el otro, eso es lo sagrado, no el conocimiento de lo otro.
“Lo sagrado son los otros”
NO a la esclavitud, NO a la pena de muerte, NO al maltrato.
Las personas, por el mero y simple hecho de existir, tienen “dignidad” y no precio, son dignos y merecedores de respeto, porque no son cosas. Y ninguna cosa es respetable, aunque sea muy cara.

Lo sagrado ha sido lo que la Iglesia ha considerado “sagrado”: objetos sagrados, lugares sagrados, personas sagradas,… y en otras culturas han sido sagrados algún tipo de árbol, algún río, algún animal,…
Lo sagrado era lo “tabú”, lo prohibido, lo que sólo podía ser tocado o comido por el intermediario ante Dios.

Todavía recuerdo lo embarazoso del cura de mi pueblo cuando, dándole la comunión a una joven, la hostia se le cayó por el canalillo de la muchacha.
¿Cómo recuperarla sin tocarle los pechos?
O cuando la hostia se le caía al suelo y tenía que ponerse de rodillas y con una paño consagrado limpiaba y limpiaba para no dejar rastro alguno de la hostia en el suelo porque la hostia estaba consagrada y Dios estaba presente en la hostia, en su substancia, igual en un trocito que en la hostia entera, como igual de pan es un trocito que el pan entero. La cantidad es sólo un accidente.

Nadie que no fuese el sacerdote (“persona sagrada o consagrada”) podía tener acceso a tocar con las manos la hostia, el “cuerpo de Cristo”, lo que sería un sacrilegio (“Profanación de algo que se considera sagrado, especialmente cuando el profanador conoce el valor sagrado de lo que profana”).

El sacrilegio es, pues, una profanación (“Tratamiento ultrajante o irrespetuoso que se hace de algo que se considera sagrado o digno de respeto”), una transgresión ligada a esa creencia religiosa. En este caso por la creencia de que, tras la pronunciación de las palabras: “Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre”. Se producía el misterio de la transubstanciación y el pan dejaba de ser pan y el vino dejaba de ser vino y se convertían en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, siguiendo el modelo de la metafísica de Aristóteles de las categorías substancia-accidentes.

Y todo por la creencia de la autoridad eclesiástica, sin la posibilidad de la más mínima verificación.

Y como el sacerdote, lo es “in aeternum”, aunque colgase los hábitos seguía siéndolo y nadie podía despojarlo del sacerdocio por lo que, una vez secularizado, si pronunciaba las palabras sagradas creaba un problema hasta social.

¿Es que, para que algo sea sagrado, hay que apelar a instancias divinas o sobrenaturales, directa o indirectamente?

Lo cierto es que, si miras a la forma de pensar y de actuar de las personas parecen dividirse en dos bandos enfrentados: “fanáticos sin fronteras” frente a “pragmáticos sin fronteras” por lo que el encontronazo, manifiesto o latente, siempre está ahí.

“Pensar la vida, ésa es la tarea” o como afirma Ortega: “La realidad primordial, el hecho de todos los hechos….lo que me es dado es “mi vida” y mi vida es…hallarme yo en este mundo….en este instante….haciendo lo que estoy haciendo… “se acabaron las abstracciones” (ironía orteguiana).

La verdad es que, precisamente ahora, tras el hecho de los hechos, tras la vida, comienzan las abstracciones.

Pero, como he escrito en otro lugar, la vida, mi vida, tiene dos registros: el biológico (que tiene que ver con el cuerpo) y el biográfico (que hace referencia a la estructura entera cuerpo-alma-espíritu)

Podemos afirmar que nacemos por azar y que si seguimos vivos es por chiripa, porque las amenazas internas y externas nos reclaman constantemente para no dejarnos “guadañar”.

“Nos “nacen hombres” (biología), nos “hacen humanos” (un tipo de hombres según familia, sociedad, cultura,..), nos “hacemos personas” (Ése soy yo, mi yo, el responsable por haberme dejado llevar o por haber cortado con lo anterior y haber optado por este camino. Es mi “biografía” de la que soy el principal (si no el único) autor y responsable.

Primero somos “cuerpos” sólo después “humanos” y, finalmente “personas” de ahí que nadie se extrañe que primero sea la “higiene” y, sólo después, la “Ética”

La vida es del cuerpo (“biología”), sólo después, llegará la “biografía”, en un permanente y constante “feed back”

Lo valioso para la “vida” es lo que nos defiende de la enfermedad y del deterioro, lo “saludable” y nos resguarda de la muerte, alejándola, al menos un poco, retrasándola aunque sabemos que es inevitable y que al final…caeremos, todos, en el abismo, en la perdición, en la desaparición.
Vivir es luchar por sobrevivir, aplazar lo irremediable, aplazar la fecha de caducidad.

Son muchos lo que afirman que están dispuestos a dar su vida (lo más sagrado) por sus hijos, o por su Dios, o por un ideal, y no les importaría morir por ello.
Aunque parezca o sea una paradoja.

Si en lo biológico (en el cuerpo) lo opuesto a la vida es la muerte, y por eso se pelea, en lo biográfico, en la vida del espíritu, la vida incluye contar con la muerte.

¿Es más realista quien se atiene a lo corporal que quien se guía por el espíritu (que sería el idealista, el de la ensoñación?

Si el animal se apega al presente, si para él la vida es la supervivencia, es porque ignora la certeza de la mortalidad y la pelea por la vida es la estrategia de su “inmortalidad”, no morir, no dejarse matar, mientras vive es inmortal porque desconoce que, después, en un después más corto o mas largo, la muerte le llegará.
El animal vive el presente como una inmortalidad que no sabe que es provisional.
Él es sólo un “ejemplar” de la especie y no le afecta totalmente la vida o la muerte de sus congéneres, él es una realidad individual.

El hombre no funciona así, porque no sólo tiene cuerpo y sabe y anticipa la mortalidad que sabe que llegará, por eso podrá vivir más intensamente mientras está vivo, que es más que una mera supervivencia.

¿Y por qué conformarse con sólo vivir, en esta vida, sabiendo que morirá, cuando puede soñar, desear, anhelar otra vida, más dilatada (incluso eterna) y mucho mejor, tras esa muerte futura cuando se haga presente?

El hombre, que puede dar la muerte por descontada, cree en la otra vida tras la muerte.
Y cree en ella porque la desea.

martes, 19 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (36)



Lo normal es recurrir a los mitos que, de momento, calman y colman la inquietud por no saber y el ansia de saber.

La necesidad legítima del mito como legítima autodefensa es la base de la civilización, una idea (ideal) junto a una experiencia (real) como el ropaje que arropa el cuerpo para presentarse en público y poder moverse, porque desnudo, como se te arruga y se te encoge el alma….
El dual mundo: el físico y real y el simbólico e imaginado.
¿Qué sería del cuerpo sin vestido?
Y peor: ¿qué sería de un vestido sin un cuerpo dentro?

Vernos desnudos, pero en la intimidad, pero vernos vestidos, en sociedad.

Lo visible se complementa y se apoya en lo invisible.

Ni todos los vestidos valen para todos los cuerpos y, viceversa, no todos los cuerpos pueden pasear todos los vestidos.
¿Quién soy “yo” más “yo”, el de debajo de la ducha o el que pasea por el parque?

Tenemos necesidad de conocimientos verificables y demostrables para habérnoslas con la exterioridad diurna de lo real pero estamos convencidos de que ese entramado de razones no abraza, sino que esquiva o minimiza lo más íntimo y propio que nos constituye.

Mitos y leyendas de lo religioso que atienden a los sueños y anhelos pero que fracasan al no poder pasar el filtro de la verificabilidad pero de lo que no podemos prescindir.
No se vive de los sueños, pero sin sueños no se puede vivir.

“La imposible verificabilidad de la fe religiosa nos permite percibir las verdades que cuenta, mientras que las verdades de la ciencia, respaldadas por autoridades, ocultan las verdades que cuentan y hacen inaprensible la realidad humana” (Sentencia de T.S Eliot)

Desconfiamos de los mitos porque nos engañan pero, a la vez, necesitamos mitos aceptables, alguno, al menos, que se ocupe de lo que nos importa y cuyo engaño resulte tolerable aunque, después de todo, se prefiera vivir racionalmente desengañado.

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema!  ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida!” (Hamlet)

“Quien carece de Arte y de Ciencia, tenga Religión; quien tiene Arte y Ciencia ya tiene Religión” (Goethe)

Las artes, la literatura, la música,…son expediciones hacia esas dimensiones humanas que nada tienen que ver con estrategias evolutivas.
Son esos espacios en que el alma descansa y se regodea lúdicamente al ver y captar la realidad de otra manera distinta y superior.
De ahí la pobreza del analfabeto.

Esas experiencias estéticas no intentan competir con los instrumentos racionales para entender y manejar la realidad.
Coexisten con ellos y los complementan aportando un plus más allá de la utilidad.

Pero hoy, y cada vez más, el arte se desliza hacia el entretenimiento, a ser meramente decoración más que discernimiento y comprensión.

Nuestra capacidad productiva ha hecho que ya no tengamos que ir a buscar nada, porque todo está ya ahí, a mano, disponible, en la estantería, basta con alargar la mano.
Hoy se consume arte como se consumen tomates, y se vende y se compra como si fuera un producto vital.
Se puede vivir sin arte, pero se vive mal, sin dejar volar la imaginación y disfrutar del vuelo y mientras se vuela.

No es que nuestra civilización sea tecnológica, es que la tecnología es nuestra civilización, no hay, pues, ni “alianza de civilizaciones” ni “lucha o conflicto de civilizaciones”, como si hubiera dos o más, enfrentadas o conciliables.

La única civilización existente es la “civilización tecnológica” y en ella están instalados los ateos y los creyentes, los cristianos y los musulmanes, los orientales y los occidentales,…aunque luego unos estén en clase “Business” y otros en clase turista, incluso de pie, incluso agarrados al tren de aterrizaje, pero nadie está ajeno al avión.
Unos comerán en restaurantes de lujo y otros rebuscando en los contenedores, unos irán en coches de lujo y otros en bicicletas destartaladas o simplemente andando, pero todos están ahí, agarrados a la vida.

Nuestro mundo es un mundo desacralizado, todo tiene un precio, todo es vendible y comprable, el único valor universal es el dinero, lo calculable.
No es que hayamos perdido el sentido de lo sagrado, es que lo hemos extirpado, como si fuera un forúnculo.

¿Qué valor puede tener lo que no tiene utilidad, utilidad presente o futura?

Lo sagrado debería ser lo otro, lo aparte de lo natural, pero lo hemos naturalizado todo.
Lo sagrado, que debería ser lo opuesto a lo trivial, lo realmente valioso, cuando lo pasas por el cedazo de la utilidad pasa a ser algo trivial, lo que ya apenas vale.

domingo, 17 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (35)



Hoy, nuestro tabú es la “democracia representativa” que no tiene que ser eterno y será sustituido por otro y, aunque lo más fácil es derribarlo, lo difícil es sustituirlo por otro que haga mejores (o al menos las mismas) funciones.

Quizá el “humanitarismo” (humanista y laico), como lo ponen en práctica muchas ONGs, podía ser un buen sustituto de la religión (revelada) y mejor que el término “progreso” con connotaciones económicas y tecnológicas y como excusa, muchas veces, para esquilmar a los países del tercer mundo más que para ayudarlos a progresar.
Aunque es verdad que el progreso científico y técnico tiene muchas ventajas económicas, alimenticias, sanitarias, educativas, comunicacionales, deportivas…pero suelen estar en manos de élites interesadas y no de la población que lo usa. .

Habitualmente se afirma que “todo lo tecnológicamente posible acabará llevándose a cabo lo apruebe o no lo aprueba la moral tradicional”
Es decir, lo tecnológicamente posible será, antes o después, socialmente lícito.

Recuerdo el primer transplante de corazón realizado por el sudafricano Dr. Barnard, allá por el 1.967 y el lío de opiniones en contra que surgieron, sobre todo por los moralistas tradicionales.
Hoy un transplante de corazón es tan normal como sacarse una muela.
Veremos a ver cuando sean los transplantes de cerebro o parte de cerebro o el implante de chips en el cerebro,…

Hoy es el dinero el elemento común más sólido y universalmente acatado en las sociedades occidentalizadas (que son casi todas, por no decir todas) el que manda; conseguirlo, conservarlo, aumentarlo, multiplicarlo, invertirlo,…es la tarea más reputada, la que requiere menos explicación y justificación, pero que se basa en la “fe”, en el “crédito” y sirve como referencia para casi todos, si no todos, los valores, tanto para el valor del egoísmo (el que más acumula) como del altruismo (el que más da).

El lenguaje del provecho económico es el más internacional de todos, comprar al menor precio y vender al mayor precio y, en medio, la ganancia, el incremento de capital.
Y aquí no hay diferencia entre creyentes, ateos o agnósticos, blancos o negros, varones o mujeres,…como decía la canción: “todos queremos más, y más y más, y mucho más” y, en esto no hay herejes a quienes perseguir o quemar.

No sé hasta qué punto puede decirse que, hoy, los Derechos Humanos y el Dinero son como unas religiones pero nada que ver con lo que en otro tiempo significó Dios, los dogmas, la veneración por lo sobrenatural.

Las religiones no fueron solamente ideologías de vertebración social porque, a nivel personal, brindaron a sus fieles una protección y una esperanza trascendentes que ningún principio ético, legal o político es incapaz de ofrecer.
Es la que, al comienzo, hemos denominado “función salvífica o de salvación” o, como otros lo denominan, “rescate de la perdición”.

Nos salva (nos rescata) de la perdición del tiempo, del acoso irremediable de la muerte, nos eleva a la eternidad.
Esto, y más, es lo que han ofrecido a los hombres las religiones a través de sus administradores, intermediarios ante Dios y depositarios de la verdad.
Y por medio del culto se han sentido amparados al considerarse partícipes, con su fe y con sus obras, de una trama con final feliz.

Hoy, esas grandes “tecnologías de la salvación” están en crisis (y el integrismo islámico teocrático o terrorista es parte de esa crisis de fe, una confirmación y no un desmentido).

Por supuesto, y como siempre que hay un original, aparecen los sucedáneos baratos, o extravagantes, y de peor calidad que sería algo así como la calderilla del gran capital religioso tradicional.

Cada uno puede hacerse su propio cóctel con los ingredientes que la “new age” ha puesto en el mercado, desde la astrología a las gemas curativas, desde el tarot a la bola mágica, desde los posos del café a los tantras, desde la lectura de las manos al lavado de las energías negativas, los horóscopos,…puede verse el porvenir, el futuro, el peligro…
Imposible levantar acta completa de todos estos fuegos artificiales, estos sucedáneos baratos y/o extravagantes de la fe de las religiones.

Se dice que siempre hay que creer en algo y quien abandona la fe tradicional en Dios tendrá que creer en otras cosas, creencias alternativas y sucedáneas de ese Dios, tan arbitrarias como la antigua creencia.

¿En qué puede creer hoy, cuál sería la creencia razonable y verosímil, de una persona adulta, ilustrada, crítica, puntilloso racional hasta el extremo,…?
¿Qué puede responderse?

Cada uno es cada uno, pero todos tenemos nuestras preocupaciones e inquietudes, nuestros temores y nuestros ideales, todos, siempre sometidos a las urgencias de lo cotidiano.
Pero todos, al mismo tiempo, somos criaturas filosóficas a las que nos asaltan preguntas metafísicas y nos preguntamos qué va a ser de nosotros y qué va a ser de este mundo con metástasis de injusticia, de hambre y de muerte.

Pero, cuando de lo circundante y familiar, para lo que tenemos soluciones más o menos a mano y más o menos eficaces, das un salto a lo metafísico y general, a lo ultraterreno, a la muerte, a lo que se escapa a tu dominio, ¿qué hacer?.

sábado, 16 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (34)


Me he preguntado muchas veces si habrá alguna religión que entusiasme a quien esto escribe, este agnóstico, racionalista y critico.
Y si me pregunto por las religiones es porque me niego a admitir a las autoridades eclesiásticas, desde el Papa hasta el último cura de pueblo, y me basta con repasar la historia de los papas o la historia de la Iglesia.

No puedo fiarme de ellos.

A las religiones (como he escrito en otros lugares y que habrá que preguntárselo a Google) se les han atribuido, al menos, SEIS funciones:

1.- Función EXPLICATIVA (descartada desde hace varios siglos cuando la Razón buscó y encontró causas que explicaban el origen del universo, de la vida, del hombre, de la conciencia,… es decir, cuando aparecieron las ciencias.

2.- Función SOCIALIZADORA o de COHESIÓN SOCIAL (codificando, reafirmando y reforzando valores fundamentales de la sociedad, tales como la solidaridad, el compañerismo, el altruismo,...) y justificando decisiones políticas, laicas o religiosas,

3.- Función ORDENADORA (con su moral religiosa imponiendo preceptos y obligaciones en esta vida en vistas a la otra), apoyando dictaduras, predicando cruzadas (que no son sino guerras con intereses terrestres, reales o espurios), presentes en parlamentos

4.- Función PSICOLÓGICA (satisfaciendo el ansia de saber (y no saberlo) con respuestas tranquilizadoras o calmantes ¿Por qué morimos? ¿Hay algo después de la muerte?...

5.- Función ECOLÓGICA (prohibiendo la pesca y la caza de ciertas especies, en determinados lugares, en determinados períodos, dándole de comer (a las vacas en la India)… para que los espíritus no se enfaden con nosotros.

6.- Función SALVÍFICA O SALVADORA (Salvarnos ¿de qué? Es un asunto de fe, de creencia, no de razón) a no ser los lugares sagrados, escondites de tenorios donde la justicia terrestre no puede entrar.

Y es verdad que durante gran parte de la historia las religiones han cumplido, para bien o para mal) funciones de cohesión social (SOCIALIZADORA) y así los hombres pasaron de ser un “amontonamiento” caótico a ser una “comunidad”.

¿Cómo cumplieron las religiones esta función sociopolítica? Nos lo tendrán que decir los sociólogos, los antropólogos, los historiadores,….los científicos y no la propia religión y sus ministros, que darán una versión optimista e interesada.

Pero el término “religión” es muy problemático porque lo que se “re-liga” es porque anteriormente ha estado “ligado” y posteriormente “desligado” (Dios crea y nos “liga”, con el pecado quedamos “desligados” y tiene que bajar Dios en persona para “religarnos” de nuevo). De ahí que en muchas culturas, ajenas a este esquema de creación no se use esta palabra.

Pero, conceptualmente (no etimológicamente) “religión” sirve para denominar cualquier gran principio abstracto, ideal y unificador al que se le puede reconocer la función de dar sentido a la interacción humana, funciones de vertebración y cohesión social.

Todos sabemos que basta un polvo, bien o mal echado, consentido o violado, entre una mujer y un varón (obvio la inseminación artificial y la fecundación in vitro) aportando un espermatozoide y un óvulo para que salga un feto, pero eso no es, todavía, realmente, una cría humana y para que el proceso llegue a su fin son necesarios mitos, prohibiciones, leyes,… (humanos).
Las religiones han sido las que han propiciado estos elementos del proceso (obligación, prohibición, pecado, condena,…) y, todo ello, basado en la revelación de Dios en el Libro, la Biblia, aunque desde la Ilustración la gran revelación humana por la que nos regimos se llaman Derechos Humanos,


viernes, 15 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (33)




Las dos condiciones indispensables de cualquier sistema democrático, bases de la laicidad, son:

1.- El Estado debe estar vigilante y velar porque a ningún ciudadano se le “imponga”  una afiliación religiosa o se le “impida” ejercer la que ha elegido.
2.- El respeto a las leyes del país debe estar por encima de los preceptos particulares de cada religión.

Las Iglesias pueden hacer recomendaciones morales a sus fieles pero no exigirlas al resto de la comunidad, como muy a menudo ocurre.

El abuso, fundamentalmente, viene del clero pero, a veces, los políticos, para arañar votos, suelen convertir en programa público lo que sólo debería pertenecer al ámbito de la conciencia de cada cual.

¿Y la educación?

Por una parte, los padres tienen derecho a formar a sus hijos en la religión que ellos profesan pero, por otra, la sociedad debe garantizar a cada neófito los instrumentos intelectuales necesarios y la información suficiente sobre otras alternativas, de modo que cada cual pueda elegir libre y responsablemente sus creencias cuando alcance la debida madurez para ello.
Nadie, pues, debe estar determinado desde la cuna a profesar tales o cuales creencias, por respetables que ellas sean.

Los padres tienen derecho a transmitir a los hijos sus valores y su visión espiritual de la vida, bien de manera directa, en la familia, bien a través de intermediarios que crean adecuados, pero esa no puede ser la única perspectiva que reciban los niños, blindándolos contra cualquier otra forma de pensar.

Ni en lo moral, ni en lo intelectual, pueden ser los padres los únicos intervinientes.
La escuela no sólo es un derecho del niño, es un deber para los padres y su incumplimiento podrá ser denunciado y debidamente castigado.

No se educa a los niños para la “armonía familiar” sino para la “armonía social”, por lo tanto la responsabilidad de la enseñanza le corresponde a la sociedad entera.

Si el niño, al llegar a la adolescencia, se comporta de acuerdo con lo que sus padres quieren pero de modo que la comunidad democrática resulte lesionada, la educación habrá causado más daño que beneficio.

Entre los emigrantes suele no ser rara la respuesta de que no es la sociedad en la que están la que les dificulta la integración, sino los propios padres.

Estamos asistiendo, en España, a que la mayor amenaza para los maestros/profesores no proviene de los alumnos, sino de sus padres que, ingenuamente, creen a pies juntillas lo que sus hijos les cuentan y tal como se lo cuentan, lo que a veces es la autojustificación para sus bajas calificaciones (“mi maestro/profesor me tiene tirria”)

En la primitiva cristiandad se esperaba a que los niños se hicieran mayores y pidieran voluntariamente ser bautizados, o no, lo que hoy no se admite porque se ve normal que el niño recién nacido pertenece, obligatoriamente, a la religión de los padres.

¿Afiliación religiosa por cuestión hereditaria?

¿Sería mucho pedir que se esperara a la edad adulta para que una persona, con conocimiento de causa, opte por esto o por lo otro?
¿No sería más lógico?

Pero en el cristianismo salta la sentencia: “si el niño muere sin bautizar muere en pecado (el original) por lo que no podrá entrar en el cielo”
Porque sabemos que el rito para entrar y pertenecer a la Iglesia es el bautismo, que borra el pecado original.

Son los padres que intentan encerrar ideológicamente a sus hijos en la ortodoxia familiar, sin permitirles “contagios exteriores”, los que más se oponen a que sea el Estado laico el que los eduque en valores, para formarlos como personas y que puedan libremente elegir la religión por la que opten.

Como todos quienes me sigan en mi recorrido intelectual y moral saben que soy un defensor acérrimo de la Cultura Religiosa (instrumento fundamental para entender la historia, el arte, la literatura, …) y un acérrimo opositor a que la Religión se imparta en los centros públicos con el agravante añadido de que los profesores no pasan el filtro de la idoneidad y son nombrados a dedo por el Obispo de turno (y despedidos por causas morales: estar divorciado, o separado, o “arrejuntado”…) pero cobrando, en nómina mensual, del erario público, del Estado.

Y cuando se afirma que en los centros públicos se impartan, además, otras religiones, peor todavía.
Ninguna religión, no todas las religiones, que en la mente en formación del niño lo desprotege más que lo auxilia al no tener aún criterio formado propio.

No se necesitan escuelas para formar creyentes, sí las necesitamos para formar seres pensantes, autónomos y críticos.

El niño no puede, todavía, discernir entre la libre discusión racional y las predicaciones religiosas y proféticas, la primera busca la verdad, la segunda la obediencia y la mente del niño saldría confusa.

La teocracia es incompatible con la democracia, basada en razones, y no en revelaciones.

El ideal político es “mejorar este mundo”, el ideal religioso es “alcanzar el otro mundo”
Son actitudes muy distintas y, muchas veces, opuestas.

Proclamar que “otro mundo es posible” es bifronte, pero a los humanos lo primario es “este mundo el que es posible mejorar” y a ello deben dedicarse los políticos representativos del pueblo que los ha elegido, para eso y no para otra cosa.

En las sociedades democráticas debe estar garantizada la “libertad de conciencia”, pero ésta no es absoluta, tiene el límite del “bien social” que no puede salir perjudicado de una decisión libre y que, por ello, también debe ser responsable y responder de las consecuencias de esa decisión voluntaria.

Tienes derecho a nadar, pero dentro del río.
Tienes derecho a caminar, pero no a entrar en la propiedad privada.

“Ser” y “estar”.

Tú puedes optar por “ser” de una forma o de otra, según tus preferencias pero “estás” en una sociedad que busca la convivencia armónica de todos y, en caso de colisión entre tu “ser” personal y tu “estar social”, éste debe primar.

El “ser” es una búsqueda personal pero el “estar” es una exigencia conjunta, fundamentadota de las libertades que permiten la pluralidad de identidades o formas de ser.

El laicismo democrático no tiene otro objetivo que éste.