miércoles, 21 de junio de 2017

SAN AGUSTÍN (2) "VITA BREVIS" MÓNICA: MADRE Y SUEGRA



¿Quién no ha manejado o, al menos ha oído que Jostein Gaarder, escritor Noruego nacido en 1951, tuvo una gran resonancia a raíz de la publicación de su libro “El mundo de Sofía”, en el que aborda de manera original un recorrido didáctico por todas las corrientes filosóficas existentes?

Gaarder hace, con “Vita Brevis”, otro inteligente aporte a la literatura.

Se trata de una polémica obra publicada por primera vez en 1996, en la que recoge una supuesta colección de cartas encontrada por accidente en algún mercado artesanal de Buenos Aires, escritas por Floria Emilia, quien fuera la compañera y amante de Agustín de Hipona y madre de su hijo Adeodato.

Es tan impecable el estilo epistolar y la manera como aborda las reflexiones de esta mujer excepcional, que hubo quienes asumieron las cartas como ciertas.

El conocimiento sobre la vida del santo, su recorrido existencial y la impresionante influencia de Mónica, la madre del obispo, se convierten en el eje de esta historia en la que, con enorme suficiencia intelectual, Floria rebate, revisa y critica muchas de las afirmaciones hechas por Agustín de Hipona en sus célebres “Confesiones”.

El texto propone una deliberación seria en torno a la significación y alcance de la “continencia” que Agustín convierte en la esencia de su amor y dedicación a Dios.

Floria ve una especie de perversión en la actitud obsesiva del santo por rechazar todo aquello que tenga que ver con el cuerpo, las sensaciones del cuerpo, el sexo, los alimentos, y el asumirlos como una especie de amenaza para la relación con el Creador.

El texto puede ser tratado desde el aspecto espiritual y filosófico, o desde el aspecto de la composición literaria, o desde el punto de vista histórico”.

Floria rechaza que se la reduzca sólo a la condición de “concubina”: 

-“bien sabes que nuestra unión fue algo más que un común y fugaz concubinato, tan propio del hombre antes del matrimonio.  Convivimos en fidelidad durante más de doce años y también nació nuestro hijo…”

Floria rebate la visión agustiniana del Creador:

-“Que Dios prefiere que el hombre viva en celibato” - escribes. Yo no tengo ninguna fe en un Dios así…”

Critica la persistencia de Agustín al afirmar que Adeodato es “un hijo concebido desde el pecado”:

 “…o en el amor, honorable Obispo, un niño es concebido en el amor…”

Y critica, constantemente, la  obsesión de Agustín con el significado de los deseos:

-“Escribes constantemente en todos tus libros sobre “el deseo de los sentidos” y los “deseos pecaminosos”…”, 
-“… ¡pobre Aurelio! Te avergüenzas de ser un hombre…”.

Argumenta a través de sus preguntas:

-“No debemos intentar vivir como algo que no somos. ¿No sería eso burlarse de Dios? Somos seres humanos.

La vida es tan breve, que no podemos emitir juicio de culpabilidad alguno sobre el amor…

-“Primero debemos vivir y luego…luego podemos filosofar…”

El perfil de la madre de Agustín de Hipona se vislumbra siniestro:

-“Me he preguntado si, en el fondo, no fue tu propia madre la que te robó la voluntad de amar a una mujer…”

Se aprecian sus comentarios funestos, su obsesión por perfilar la “carrera” de su hijo.

El trabajo hecho para buscar que Agustín se casara incluso con otra mujer de mejor “clase”, la manera como el santo vivía en función de agradar y satisfacer en todo a su madre.

Para Floria, es evidente la existencia de la conspiración materna en su contra.

Se considera una mujer traicionada:

“…me vendiste a cambio de la salvación de tu alma. ¡Qué traición Aurelio, qué traición! No, yo no creo en un Dios que exige sacrificios humanos. No creo en un Dios que destroza la vida de una mujer con el fin de salvar el alma de un hombre…”

La solvencia intelectual y el conocimiento de los debates éticos y filosóficos que se vivieron en su tiempo le permiten concluir de manera categórica:


-“…habría sido mejor que fueses esclavo sobre la tierra, que sumo sacerdote en el siniestro laberinto de los teólogos…”

martes, 20 de junio de 2017

SAN AGUSTÍN (1) SANTA MÓNICA.

SANTA MÓNICA BENDITA…

Desde muy pequeño, a la hora de irme a la cama, de rodillas, además de rezar “cuatro esquinitas tiene mi cama…” también rezaba: “Santa Mónica bendita // madre de San Agustín // recoge mi alma // que me voy a dormir”.

Quién fuera Santa Mónica no tenía la más mínima idea.

De estudiante de Filosofía, en la Facultad, me decidí por San Agustín para hacer mi “tesina” de Licenciatura.

El título fue: “Noli foras ire, redde te ipsum, in interiore homine habitat veritas, et post, transcende te ipsum”
“Foras” (el mundo), “Te ipsum” (el yo, el sujeto), “Transcende te ipsum” (Dios trascendente)

Es un camino: se empieza por el “exterior”, el mundo; se pasa por el “interior”, el alma, y se da el salto a lo “superior” Dios.

Así pude conocer algo de la vida de la madre de San Agustín, de Santa Mónica.

Lo que sigue es una “Agio-biografía” de Mónica, pero sobre todo como “esposa” y “madre” y nada se dice de ella como “suegra” (aunque su hijo Agustín no estuviera casado, sino solo emparejado, con Floria Emilia).

Uno de sus logros fue la separación de la pareja, enamoradísima, teniendo Floria Emilia que volver a África, teniendo que renunciar a su hijo Adeodato (Diosdado, “dado por Dios”), fruto del amor de la pareja y convivencia durante muchos años.

Para mí, Mónica fue una madre posesiva y celosa y que no paró hasta conseguir sus dos objetivos vitales: 1.- que su hijo se convirtiese al Cristianismo y 2.- que abandonara a la mujer-compañera-amante con la que congeniaba al cien por cien, eran muy felices y siendo padres de un niño, muy inteligente, de nombre Adeodato (“a-Deo-dato”)

El complejo de culpabilidad que Agustín fue fraguando en su mente, por su madre y por su nueva religión, viendo pecado en todo lo que oliera a placer, desde el perfume a la comida y no digamos al placer del sexo y obsesionado por su nueva “amante”: la Santa Continencia.

AGIOGRAFÍA.

Santa Mónica es famosa por haber sido la madre de San Agustín y por haber logrado la conversión de su hijo.

Mónica nació en Tagaste (África del Norte) a unos 100 kms. de la ciudad de Cartago, en el Imperio romano, en el año 332.

Sus padres encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa pero de muy fuerte disciplina.
Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad (como su nombre lo indica) pero sus padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado Patricio.
Este era un buen trabajador, pero con muy mal genio, además de mujeriego, jugador y sin religión ni gusto por lo espiritual.

La hizo sufrir lo que no está escrito y durante treinta años ella tuvo que aguantar los tremendos estallidos de ira de su marido que gritaba por el menor contratiempo, pero éste (todo hay que decirlo) jamás se atrevió a levantar la mano contra ella (no era un “maltratados físico”, ¿pero psíquico…?

Tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer.

Los dos menores fueron su alegría y consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir durante muchos años.

En aquella región romana del norte de África, donde las personas eran sumamente agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica por qué su esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero no la golpeaba nunca, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión.

Mónica les respondía: "Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando el grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos y yo no acepto la pelea, pues....no peleamos". 

Esta fórmula, desde tiempo inmemorial, se ha hecho célebre en el mundo y ha servido a millones de mujeres para mantener la paz (¿) en la casa.

Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su esposa y su generosidad tan grande con los pobres, nunca se oponía a que ella se dedicara a estas buenas obras, y quizás por eso mismo logró su conversión.

Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de Dios la gracia de que en el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo lo hiciera la suegra de Mónica, mujer terriblemente colérica que, por meterse demasiado en el hogar de su nuera, le había amargado la vida a la pobre Mónica (como luego haría ella son su hijo, Aurelio Agustín y su nuera, Floria Emilia, consiguiendo su separación)

 Un año después de su bautismo, murió santamente Patricio, dejando a la pobre viuda con el problema de su hijo mayor.

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que su hijo mayor, Aurelio Agustín, era extraordinariamente inteligente, y por eso lo enviaron a la capital del estado, la ciudad de Cartago, a estudiar filosofía, literatura y oratoria.
Pero Agustín tuvo la desgracia de que su padre no se interesaba por sus progresos espirituales. Solo le importaba que sacara buenas notas, que brillara en las fiestas sociales y que sobresaliera en los ejercicios físicos, pero acerca de la salvación de su alma, no se interesaba ni le ayudaba en nada.
Y esto fue fatal para él, pues fue cayendo de mal en peor en pecados y errores.

Cuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a Mónica noticias cada vez peores, de que el joven llevaba una vida poco santa, por no decir “disoluta”.

En una enfermedad, ante el temor a la muerte, se hizo instruir acerca de la religión y propuso hacerse católico, pero al curarse de la enfermedad, como casi todos, abandonó el propósito de hacerlo.

Finalmente, se hizo socio, seguidor, de una secta llamada de los Maniqueos, que afirmaban que el mundo no lo había hecho Dios, sino el Diablo.

Mónica que era bondadosa pero no cobarde, ni floja, al volver su hijo de vacaciones y empezar a oírle mil barbaridades contra la verdadera religión, lo echó sin más de la casa y le cerró las puertas, porque bajo su techo no quería albergar a enemigos de Dios.

Pero sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que vio que ella estaba en un bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo y que en ese momento se le acercaba un personaje muy resplandeciente y le decía:"tu hijo volverá contigo " y enseguida vio a Agustín junto a ella.

Le contó al muchacho el sueño que había tenido y él dijo, lleno de orgullo, que eso significaba que ella se iba a volver maniquea como él.
Pero ella le respondió: "En el sueño no me dijeron, mamá irá a donde su hijo, sino tu hijo volverá contigo".

Esta hábil respuesta impresionó mucho a su hijo, quien más  tarde la consideraba como una inspiración del cielo.

Esto sucedió en el año 437.

Faltaban 9 años para que Agustín se convirtiera.

Por muchos siglos ha sido muy comentada la bella respuesta que un obispo le dio a Mónica cuando ella le contó que llevaba años y años rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín.
El obispo le respondió: "Esté tranquila, señora, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
Esta admirable respuesta y lo que había oído en el sueño, la llenaban de consuelo y esperanza, a pesar de que Agustín no daba la menor señal de arrepentimiento.

Cuando tenía 29 años, el joven decidió ir a Roma a dar clases. Ya era todo un doctor.
Y Mónica propuso irse con él para librarlo de todos los peligros morales.
Pero Agustín le hizo una jugada tramposa (de la cual se arrepintió mucho más tarde)
Al llegar junto al mar le dijo a su madre que fuera a rezar a un templo, mientras iba a visitar a un amigo, y lo que hizo fue subirse al barco y salir rumbo a Roma, dejándola sola, pero Mónica no era mujer débil para dejarse derrotar tan fácilmente.
Así que tomó otro barco y se dirigió a Roma.

En Milán Mónica se encontró con el Santo más famoso de la época, San Ambrosio, arzobispo de esa ciudad.
En él se encontró con un verdadero padre lleno de bondad y de sabiduría que la fue guiando con prudentes consejos.
Además, Agustín se quedó impresionado por su enorme sabiduría y la poderosa personalidad de San Ambrosio y empezó a escucharle con profundo cariño y a cambiar sus ideas y entusiasmarse por la fe católica.

Y sucedió que en el año 387, Agustín, al leer unas frases de San Pablo sintió una impresión extraordinaria y se propuso cambiar de vida.
Envió lejos a la mujer con la cual vivía en unión libre, dejó sus vicios y malas costumbres, se hizo instruir en la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo bautizar.
Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a su tierra, en el África, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco.
Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que era ver la conversión de su hijo.
Ya podía morir tranquila.
Y sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, por la noche, al ver el cielo estrellado y dialogando con Agustín acerca de como serán las alegrías que tendrían en el cielo, ambos se emocionaban comentando y meditando los goces celestiales que les podían esperar.

En un determinado momento Mónica exclamó entusiasmada: "¿Y a mí que más me puede amarrar a la tierra? Ya he obtenido mi gran deseo, el verte cristiano católico. Todo lo que deseaba lo he conseguido de Dios". 
Poco después le invadió una fiebre, y en pocos días se agravó y murió.
Lo único que les pidió a sus dos hijos es que no dejaran de rezar por el descanso de su alma.

Murió en el año 387 a los 55 años de edad.


Miles de madres y de esposas se han encomendado en todos estos siglos a Santa Mónica, para que les ayude a convertir a sus esposos e hijos, y han conseguido conversiones admirables.

viernes, 2 de junio de 2017

ARISTÓTELES Y EL AMOR (Y 5)

Amar es decir: «no morirás» o quizá mejor: “no debes morir. Mi mundo, sin ti, no merece la pena”.

Cuando fallece un ser verdaderamente querido (marido, esposa, hijo, novio o novia, amigo o amiga de verdad) no sólo es que sintamos como un vacío auténtico la pérdida de ese sujeto, un pellizco, un hueco en nuestro ser, sino que el universo todo, que el amor había hecho resplandecer, se torna de repente, y al menos por algunos momentos, un auténtico sin-sentido, tedioso, anodino y falto de color.

Nada de lo que nos rodea, nada de lo que hacemos y con lo que otras veces hemos gozado, tiene ahora razón de ser… Nada.

Parece como si todo se desvaneciera con la persona a la que, según recuerda Agustín de Hipona, «habíamos amado… como si nunca hubiera de morir».

La falta del ser querido provoca la carencia de significado de uno mismo y sus actividades y de todo y todos los que le circundan.

En Soria, Machado se convierte en enfermero de su mujer, cuya salud es lo único que le preocupa.
Tras una aparente mejoría, Leonor vuelve a agravarse, pero antes de morir, aún tiene un momento de alegría al recibir de manos de Antonio el primer ejemplar de Campos de Castilla. 
Pocos días después, el 1 de agosto, muere Leonor en brazos del poeta.
La muerte de su esposa hunde a Machado en un dolor tan hondo que el éxito de Campos de Castilla —cuya publicación es recibida con entusiasmo por la crítica madrileña, Ortega y Azorín al frente— no logra atenuar.

En algún momento pensó suicidarse (según le confiesa en una carta a Juan Ramón): “Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla”».


Y en otra carta, ésta a su admirado Unamuno: “La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado.
Mi mujer era una criatura angelical, segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero por sobre el amor está la piedad.

“Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada de extraordinario en este sentimiento mío.
Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere”.

Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda.
Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto.
Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa.
En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar”.

Quienes aman de veras ponen en comunicación el núcleo más íntimo de sus respectivas realidades: al acto personal de ser.
Lo que se ama es el ser de la persona querida… desde y con el propio ser del amante.

“Morir es un atentado contra el ser”.

«Que seas bueno y que estudies mucho» -así me despedía mi padre todos los años, cuando abandonaba el pueblo para seguir estudiando en Salamanca.

Primero “ser”, luego “trabajar”.

Sabiduría de una persona que las circunstancias lo alejaron de la escuela desde muy pequeño.
De la “escuela”, no de la “vida”,

Aristóteles estaría plenamente de acuerdo con mi padre, o mi padre era aristotélico sin saber quién era Aristóteles.

Y es que el verdadero amor ha de ir acompañado del deseo eficaz de que aquellos a quienes amamos mejoren.

Y es que “ser”, para el hombre, es no sólo vivir, también perfeccionarse, desarrollarse, desenrollarse, crecer, madurar, …el telos.

El amor no sólo descubre la futura perfección de aquel a quien amamos, sino que, en sentido estricto, la exige, la reclama.
El amor obliga, amablemente, a perfeccionarse tanto al amante como al amado.

Cuando queremos de veras no amamos tanto lo que la persona del otro es en sí, (que también) cuanto su plenitud final que deseamos de ella, el proyecto  perfectivo futuro.

Al anhelarlos mejores de lo que son actualmente, les alentamos a avanzar en el camino de su propia superación.

Nuestra tarea, en esta vida, es desenvolver esa riqueza que tengo y tiene el amado hasta alcanzar aquello que, hasta cierto punto, ya éramos desde el comienzo.

Llegar a actualizar la potencialidad que éramos y somos.

El ideal humano, masculino o femenino, como todos los demás ideales, no se nos da nunca hecho (ya no sería ideal); es preciso construirlo; con barro propicio, con el amor y el sacrificio de todos los días.

El amor, ese querer que alguien sea y obtenga la riqueza definitiva encerrada en su ser, se configura como el motor de toda educación, de cualquier intento de ayudar a otras personas y eso lo sabemos muy bien los que hemos sido docentes, lo que puede “dar de sí” el el alumno que ahora es así.

Lo que busca, desea, intenta el amor es que el ser a quien queremos alcance su propio apogeo: el suyo, realmente distinto del de cualquier otro individuo humano entre los que existen, han existido o existirán… y también del nuestro propio.

Así es/era como Aristóteles definía el amor, como «querer el bien del otro en cuanto otro».

Lo único que puede/que debe hacer el amante sobre la persona amada es estimular el nacimiento de lo más propio y lo me­jor de ella, ayudarla a descubrirse, a verse como en un espejo que le ofrece el que la ve, el amante.

El que quiere transformar a la persona amada -error tan frecuente- no la ama de verdad, lo que está intentando es que sea como el amante quiere que sea, no como ella quiere ser.

“Si me quieres, quiéreme como soy, en acto y en potencia, y ayúdame a desarrollar mi potencialidad y no me añadas nada tuyo. Ayúdame a ser yo, córtame la cuerda que me enrolla para que yo me desarrolle”.

Hablar de amor entre animales es sólo una pobre metáfora.

El animal no puede amar porque no puede entregarse.

Su instinto sólo le lleva a copular y a vivir o sobrevivir, siguiendo siendo él, nada sabe del otro, sobre todo el macho, y la hembra sólo mientras amamanta a la cría, y poco más, nada que ver con el amor humano.

El animal no puede darse porque no se posee, como ser, sólo lo es.

El hombre sólo es radicalmente hombre, persona, si y en la medida en que, persigue el bien del otro en cuanto otro y al enriquecerlo, se enriquece él mismo.

El niño, nacido prematuro e indefenso, al menos en las primeras etapas de su desarrollo, parece ser sólo un conjunto de necesidades, pero es eso y mucho más que eso.

¿La satisfacción de sus necesidades va acompañada de amor?.

De hecho, es más importante que el niño sea amado a que un determinado número de sus necesidades objetivas no se satisfaga.

El niño, además de comer necesita ser amado.



jueves, 1 de junio de 2017

ARISTÓTELES Y EL AMOR (4)

3.- PARA OTRO

QUERER – EL BIEN – PARA EL OTRO (EN CUANTO OTRO).

En ese paréntesis, «en cuanto otro», reposa la clave del verdadero amor.
Amar, en su concepción más certera, es perseguir el bien del otro “no por mí, sino por él”.
No por el beneficio más o menos material o sentimental que pudiera proporcionarme a mí, sino por el bien del otro, en cuanto otro.

Acabo de terminar varios spots sobre “el amor en Abelardo y Eloísa”, una pareja de amantes medievales y he disfrutado comprobando el verdadero amor: “todo por el otro, en cuanto otro”.
Lo que hacen pensando en “lo mejor para el otro”, aunque se salga perdiendo en los resultados de la obra.

“El placer de dar”

Al hacerlo así, yo me volveré mejor persona, pero esto debe ser la consecuencia del obrar así y no el objetivo principal del obrar así.

Únicamente por él, por aquel a quien se quiere, y por una razón muy clara: porque es persona y, sólo por tal motivo, merecedora de amor.

Todos y cada uno nos amamos a nosotros mismos, mucho y bien. Y el mandamiento dice que “amarás al otro como te amas a ti mismo”.

El núcleo de esta reflexión es responder a la pregunta: ¿cuál debe ser el bien querido y perseguido para el amado?, ¿cómo se concreta, en definitiva, el amor al otro, a los demás?

Y nos sentimos anegados, porque los beneficios que hemos de proporcionar a los seres queridos se vuelven infinitos pues, debo procurar todos los bienes que les aprovechen y, entonces, nuestra tarea deviene inabarcable e inacabable: el número de esos bienes no tiene límite.
Pero ¿por qué razón habría yo de abstenerme de facilitar una ventaja a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos más íntimos, a mis vecinos, incluso a mis simples conocidos… siempre que ese apoyo esté en mi mano y contribuya de alguna manera a su mejora o perfeccionamiento?

Aunque con una condición: que se trate de ayudas reales, objetivas, capaces de perfeccionar de veras a aquellos a quienes se las entrego.

Pero si recurrimos no a la cantidad sino a la calidad de los mismos, quizá se reduzcan a dos:
1.- Que la otra persona exista o siga existiendo, que siga viva.
2.- Que sea buena, que madure y se perfeccione como persona (que sea feliz).

Ser y Ser Bueno.

1. Que exista

Decir sí no tanto con palabras o con algunas obras, sino con la vida entera.

Amar es apuntalar con todo nuestro ser (entendimiento, voluntad, afectividad, actitudes, habilidades, posesiones, capacidad de entrega y servicio…) el ser de la persona a la que queremos: derramar, volcar cuanto somos, sentimos, podemos, anhelamos y tenemos en apoyo de quien amamos, con el fin de que éste se despliegue y desarrolle hasta su culmen perfectivo.

Esto ya lo exponía Aristóteles, en su Teoría del Acto y la Potencia, lo que realmente somos y lo que podemos llegar a ser, lo que podemos dar de sí.

“Desarrollarse”  es actualizar la potencia que ya somos.
“Desarrollarse” es “desenrollarse”.

Cuando nos enamoramos lo primero que surge en uno son sentimientos de este estilo: ¡es maravilloso que existas!, ¡yo quiero, con todas las fuerzas de mi alma, que tú existas!, ¡qué maravilla, qué gozada, qué acierto, el que hayas sido creado!

“Amar es hacer hasta lo imposible para que el otro siga existiendo”

El amor entre seres humanos tiene como principal efecto hacer realmente real (para el que ama) a la persona querida; conseguir que, para él, exista de veras.

En medio de una multitud todas ellas nos pasan desapercibidas, de las que nada podemos decir, a las que ni siquiera seríamos capaces de reconocer más tarde y que en nada han influido ni seguramente influirán en nuestro comportamiento: ninguna de ellas, realmente, existe para nosotros. Co-existimos pero no con-vivimos.

Por el contrario, cuando entro en casa o en mi lugar de trabajo, cuando me reúno con el grupo de amigos, a los que sí aprecio, todos existen para mí, despiertan sentimientos y reflexiones, me instan a ocuparme de ellos, modifican mi conducta… que es la manifestación más clara de la presencia real y consecuente del otro ante mí.
En otras palabras, me llevan a estar en los detalles materiales y espirituales que hagan más gozosa y fecunda sus vidas… porque sí que los advierto como reales.

«Siempre que volvíamos por la calle de San José —se lee en Platero y yo— estaba el niño tonto a la puerta de su casa, sentado en su sillita, mirando el pasar de los otros. Era uno de esos pobres niños a quienes no llega nunca el don de la palabra ni el regalo de la gracia; niño alegre él y triste de ver; “todo” para su madre, “nada” para los demás».

Estas últimas palabras subrayan la colosal realidad de que para una madre, como para cualquiera que ama de veras, el hijo, hermano o amigo constituye en efecto su “todo”, sus “todos”.
Y ese “todo” no es exclusivo de uno sólo de los hijos, son todos los hijos, su pareja, sus familiares, sus amigos,…

La madre se da “toda”, en “todo”, para “todos”.

Creo que es el amor materno el más completo.

En contraposición, lo contrario al amor, al que se encuentra aparejada la vida, son la indiferencia y el odio con los que va unida la muerte.

Cuando alguien no sólo no ama, sino que odia, y odia en serio, lo que pretende en última instancia, es eliminar el ser de lo no-querido, suprimirlo en cuanto otro, valorándolo sólo en la medida en que sirve a mis propios gustos, pasiones o intereses, configurándolo, como “un apéndice de nuestro egoísmo, una prótesis del propio yo”, o anularlo de forma radical, arrojándolo fuera del conjunto de los existentes o impidiendo que llegue a entrar en el festín de la vida (terrorismos, genocidios, fobias racistas o de otro tipo, violencia en general…).

Y cuando es toda una civilización la que, por una excesiva y a veces neurótica atención de cada uno de sus miembros a sí mismo y a lo suyo, se encuentra de algún modo dominada por el desamor, no debe extrañarnos que dé a luz a una auténtica cultura del desinterés, del egoísmo, y, si se me apura, como se nos recuerda con frecuencia, incluso de la muerte.

El  auténtico amor, el amor intachable, no sólo confirma o corrobora en el ser a quien ama, sino que lo hace con tal franqueza y radicalidad, que aquel que nos enamora nos resulta imprescindible para todo.

¡Qué bien lo expresa nuestro Ortega en sus “Estudios sobre el amor”: «Amar a una persona es estar empeñado en que exista; no admitir, en lo que depende de uno, la posibilidad de un universo donde aquella persona esté ausente» 

¿Eres capaz de concebir, ahora mismo, cómo sería tu vida sin tu pareja o sin tus niños?
¿Te ves a ti mismo funcionando con normalidad si él o ellos te faltaran?


Aunque todos sabemos que, tras los inmediatos nudos en el corazón y toda la cabeza revuelta dándole vueltas y más vueltas al mismo tema, el tiempo va desanudando unos y ensombreciendo los otros hasta que, de nuevo, se rehaga la vida, pero en ese instante… el suelo se nos hunde al echar el pie a tierra y la cama no sirve para el uso del descanso ordinario.ARIST´P

miércoles, 31 de mayo de 2017

ARISTÉTELES Y EL AMOR (3)



2.- “EL BIEN”

QUERER “EL BIEN”

 ¿Quién va a dudar, en principio, de que una madre o un padre de familia normales quieren lo mejor para sus hijos?.
Pero cuando hay que concretar qué es “lo mejor” para esos hijos, en unas circunstancia particulares, la solución se torna ya más complicada y pueden (y muchas veces lo es) estar en desacuerdo.

En primer lugar ese bien, o ese “lo mejor”, debe tener como referencia a esos hijos a los que se les brinda y no sólo y, principalmente, a los padres, que, más que favorecer al muchacho, persiguen en realidad que los deje en paz, evitar un enfrentamiento, ahorrarse un disgusto, proyectar su propia vida sobre el chico o beneficios por el estilo. 

Nosotros, padres, estamos convencidos (quizá en un autoengaño) que lo que nosotros creemos que es lo mejor para ello realmente lo es y no sólo el cumplimiento, en el hijo, de una frustración de los padres (“que ellos sean lo que nosotros no hemos sido, porque no hemos podido, porque las circunstancias eran otras, porque no tuvimos oportunidades,…”)

El bien que se le ofrece a los hijos debe ser un bien real, objetivo, algo que lo mejore, que haga del ser amado una persona más cabal, más plena, más entera, más rica.

Por tanto, en última y definitiva instancia, lo que debe procurarse para aquel a quien se ama es que, a través y por medio de nuestras intervenciones, consejos, esfuerzos y sacrificios, sea  lo que más le conviene “a él”.

Se establece, así, una suerte de «círculo virtuoso», merced al cual, cuando alguien quiere de verdad a otra persona, lo que tiene que procurar, por todos los medios, es que ésta, a su vez, vaya queriendo más y mejor.

A fin de cuentas, amar equivale a enseñar a amar y, además, a facilitar el amor.

En este sentido, el mejor modo de querer al otro no es sólo amarlo sino, también, facilitar el amor mutuo.

Quererlo y hacer sencillo y agradable el que pueda quererme.
Recibir sin trabas su cariño, no poner barreras que impidan que su entrega, sus definitivos deseos de unirse, alcancen su meta.

Amar, facilitar el amor, dejarse amar, amarse.

Facilitamos el amor cuando nos mostramos francos, disponibles y cercanos: lo cual suele equivaler, en positivo, a estar pendiente del otro; o, lo que es casi lo mismo, a no resultar hoscos, esquivos, distantes… por encontrarnos encerrados en los propios problemas y ocupaciones o enrocados en los presuntos y orgullosos derechos del yo: en «lo mío… en cuanto mío».
Y eso, por desgracia, solemos practicarlo: no dar el brazo a torcer, que el primer paso lo dé el otro.

«Lo que el amor tiene de admirable es que el servicio que nos hacemos nosotros mismos al amar, se lo hacemos también al otro amándolo; más aún, se lo hacemos por segunda vez dejándonos amar» 

“Facilitar el amor como modo sublime y supremo de amar”

Si los profesores “amáramos” a nuestros alumnos deberíamos preocuparnos, más que para que “sepan” más, para que “sean” más y mejores personas (es lo que muchas veces he declarado y en lo que todos los docentes estamos de acuerdo), que “educar”, a la persona, es mas que “calificar” sus conocimientos).

¿Y los padres?

Lo tienen más crudo.
Unos padres que consideran la conveniencia de enviar o no a la hija adolescente a Inglaterra o a Estados Unidos para que perfeccione sus conocimientos de inglés, por la imperiosa necesidad, hoy día, de conocer este idioma, pero que, al mismo tiempo, temen los peligros de soledad, de la desadaptación y desorientación que una estancia fuera de casa podría provocar, y más a esas edades.

¿Los hemos educado para que maduraran y pudieran defenderse por ellos mismos, en circunstancias tales, o hemos preferido tenerlos bajo las alas y a buen recaudo, lejos de las situaciones embarazosas?

¿Madurarán, como personas, en el extranjero, cuando se enfrenten a culturas y modos de vida distintos o se arrugarán y sentirán los mordiscos de la frustración, no sólo la pérdida de tiempo?


Queda más claro que, en situaciones por el estilo, lo decisivo no es tanto lo que se hace, sino el motivo de fondo que impulsa a obrar así y las repercusiones que semejante conducta lleva consigo.

martes, 30 de mayo de 2017

ARISTÓTELES Y EL AMOR (2)

1.- QUERER

Igual que “entender” hace referencia al “entendimiento, “querer” hace referencia a la “voluntad”

Aristóteles, al describir el amor como «querer» está intentando dejar claro que el nervio o columna vertebral de la actividad amorosa se asienta en la voluntad.
Pero todos sabemos, por experiencia, que aunque el amor sea eso, no se agota en eso, que “amar” es más que “querer” (voluntad), porque se ama con toda nuestra persona.
Soy yo, entero, completo, el que ama, y no sólo mi voluntad; y en ese yo entran desde los actos más trascendentales, como el sacrificio por el ser querido o el proyecto de vida de la pareja, del matrimonio, de la familia, pasando por los sentimientos y actos que exteriorizan nuestro cariño a la persona amada, hasta las cuestiones  en apariencia intrascendentes, como el empeño por mostrarse elegantes y atractivos (¡él! y ella, ella y él!), el esfuerzo de la sonrisa, la caricia, el beso o la mirada de cariño aun en los momentos de cansancio o nerviosismo o desaliento, o los pequeños detalles que hacen más entrañables el retorno y descanso en el hogar.
No sólo en momentos especiales, sino en la vida cotidiana.

He escrito muchas veces que no es necesario regalar una rosa o un detalle, pero que tampoco está demás.

Amamos con todo lo que somos, sabemos, sentimos, podemos, hacemos, tenemos y anhelamos. Absolutamente con todo.
Se ama con “el todo de uno” al “todo del otro”

Amar, pues, consiste en volcarse todo entero en apoyo y promoción del ser querido entero.

La amplitud del amor es, pues, inabarcable, porque lo abarca todo, un repertorio cuasi infinito de actividades, desde la palabra hasta el silencio, desde el trabajo a la generosa disponibilidad hacia los hijos o amigos cuando andamos muy escasos de tiempo, desde la puesta a punto de la propia imagen a la de la casa, con minucias a menudo casi desapercibidas pero siempre indispensables.

Sólo se transforman en amor cabal y sincero en la medida en que todas ellas se encuentran pilotadas y como envueltas o sumergidas en una operación de la voluntad (el querer), que busca y pretende el bien de la persona amada.

Se ama a esa persona y se hace, voluntariamente, por ella lo que ella quiere y desea que se haga.

Amar y querer.

Se trata de palabras y realidades clave.
Pues el amor no se identifica con esos «me gusta», «me atrae», «me apetece», «me interesa», «me apasiona»… con los que  jóvenes y no tan jóvenes, pretenden justificar su comportamiento, y que, a fin de cuentas, si se los considera aislados y se los absolutiza, resultan más propios de los animales que del hombre.

Los animales se mueven, efectivamente, por atracción-repulsión, por instintos; buscan su bien, de una manera cuasi automática, lo que refleja su gusto o su rechazo impresos en su naturaleza en cuanto es beneficioso o dañino para ellos o para su especie.

Santo Tomás, muy aristotélico él, lo expresaba así: “Magis aguntur quam agunt”, “más que moverse, son movidos”, “más que hacer, son hechos hacer”.

Pero el hombre, aunque sea animal (“viviente sensible”), es más que animal.

El hombre trasciende las simples necesidades biológicas, y es capaz de realizar acciones que no resultan en absoluto explicables desde el punto de vista de su propia conservación física.
Muchas veces he escrito que el hombre es capaz de ir a ponerse inyecciones o meterse en un quirófano para que hasta le corten una pierna o le seccionen una parte de un órgano enfermo que tiende a invadir el cuerpo entero.

El hombre va al médico, al animal hay que llevarlo al veterinario.

El hombre, por expresarlo de algún modo, puede poner entre paréntesis sus instintos (rehuir el dolor) y querer y realizar una acción en sí misma buena, por más que a él no le atraiga, le apetezca o le interese… e incluso le desagrade y repugne; o, al contrario, no quererla ni llevarla a cabo aunque  esté muriéndose de ganas por realizarla, si advierte que ese acto no contribuye al bien de los otros.

Uno de los hechos que mejor pone de manifiesto la superioridad de la persona humana sobre los animales (“distancia infinitamente infinita” decía Pascal) es que, dejando aparte sus gustos, deseos y apetencias, cuando las circunstancias lo exijan, puede conjugar en primera persona el yo quiero o, en su caso, el no quiero, dotado a veces de mucha mayor enjundia antropológica y ética.


Podríamos hablar de un escalonamiento en dos pasos hasta alcanzar la esencia del amor.

1.- Negar que se trate de un simple sentimiento, de un afecto sensible, aunque en ningún caso tenga por qué excluirlo. 

2.- Resaltar su carácter eminentemente activo, calificándolo como determinación firme de la voluntad. Amar se demuestra amando.

El hombre, animal, rebasa al sólo animal por el querer y, según convenga, supera y excede los meros deseos, pasiones y afectos.

Querer es, pues, un acto humano, tal vez el acto más humano que quepa llevar a cabo.
Es un acto libre y, por tanto, inteligente, decidido, fuente de iniciativas creadoras y muchas veces esforzado, y siempre desprendido, generoso, altruista.


lunes, 29 de mayo de 2017

ARISTÓTELES Y EL AMOR (1)

EL AMOR EN ARISTÓTELES

Aunque conozco la variada filosofía de Aristóteles, confieso que no he leído “toda” la obra del mismo, y menos en griego.

Pero del tema del amor y del sexo suponía que sólo podía estar tratado en alguna de sus obras (“Del alma”, las Éticas, la Retórica, quizá en la Política).

Por ejemplo, puesto que el amor es un “sentimiento” debería ser en el “Del alma”, donde escribe sobre las emociones y las pasiones.

Pero en ella no aparece, expresamente, una teoría de las emociones, aunque se encuentren algunos esbozos de ellas dispersos en varios de sus tratados.
Al tratar las pasiones o emociones, en el “Del alma” hace un análisis que está centrado en la relación entre las afecciones del alma y el cuerpo, debido a que el problema del que se ocupa allí el filósofo es si hay algún acto o afección del alma que sea exclusivo de ella, sin relación al cuerpo, y el caso de las pasiones es relevante y le dedica una atención especial, a partir de las teorías más aceptadas en su tiempo.
Sin embargo, en los tratados éticos, Aristóteles se ocupa de las pasiones en el contexto de su teoría de la virtud.

El tema del posible influjo de la razón en las emociones y las pasiones lo trata de manera distinta a como lo hacía Sócrates.

Aristóteles, a diferencia de Sócrates, admite que el influjo de la razón sobre algunas emociones, en particular el deseo (epithymía), no siempre es eficaz o duradero, y reconoce que podemos ser arrastrados por nuestras pasiones.
En tanto que Sócrates supone que lo superior necesariamente gobierna a lo inferior y considera que la superioridad del principio racional entraña su supremacía y hegemonía sobre los apetitos irracionales y la parte concupiscible del alma.

El análisis aristotélico de la akrasia cuestiona dicho supuesto y muestra que en ocasiones el deseo de lo placentero puede prevalecer sobre nuestro deseo del bien (incontinencia por debilidad de la voluntad).

Qué es la “akrasia”

Akrasia proviene del griego ἀκρασία, “a – krasia”, en que el prefijo “a-“ significa negación, privación, carencia de; y el sufijo “-krasia” proviene de “kratos”, gobierno y significa poder, control; por tanto, akrasia significa “carencia de poder, carencia de control”.

Fueron los clásicos griegos los que reflexionaron sobre el tema de si era posible obrar mal, hacer algo malo, cuando racionalmente sabemos que es malo. 

Sócrates sostenía que si alguien obraba mal, si hacía algo malo, era sólo “por ignorancia”, porque no lo sabia, porque si lo hubiera sabido no habría obrado así, de ahí su obsesión por el conocimiento, lo que se denomina “Intelectualismo socrático” (si “sabes” qué es el bien, “obrarás” bien y “serás” un hombre bueno; si “sabes” qué es la justicia, “obrarás” justamente y “serás” un hombre justo; si “sabes” que es la honradez, la sinceridad, la paciencia, la solidaridad,…(cualquier “virtud”), “obrarás”…. y “serás”  un hombre honrado, sincero, paciente,….en una palabra “virtuoso”.

“Saber” conduce necesariamente a “obrar” y de aquí se deriva el “ser” (“Intelectualismo socrático).

Platón, sin embargo, creía que el placer podía dominar la voluntad, y el debate continúa hasta hoy.

Freud, por ejemplo, afirmaría que existe una capa por debajo de la racionalidad (de la conciencia) y de la que no somos conscientes.  Es la teoría del Inconsciente freudiano.
Incluso Freud afirmará que la relación “consciente-inconsciente” es como la del iceberg, sólo el 10% sobresale de la superficie del agua y el 90% permanece por debajo, lo que lleva a afirmar que el 90% de nuestras acciones las hacemos inconscientemente, y sólo un 10% de manera consciente.

De su Metafísica exprimida, mezclada con su Ética podríamos sacar una interesante teoría del amor.

Para esclarecer el asombroso misterio del amor, debe acudirse la escueta descripción que estampó en su Retórica.

Amar es «querer el bien para otro en cuanto otro».

Tres elementos compondrían, pues, la realidad que andamos buscando: 1.- “querer”; 2.- “el bien”, y 3.- “para otro (en cuanto otro)”.


Analicemos cada uno de estos componentes y estaremos en la vía adecuada para penetrar en la naturaleza del amor.