viernes, 22 de septiembre de 2017

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES (y 4)


El semen tiene muchas sementeras, la tierra que lo acoge, no, y debe esperar que se cumpla el ciclo de los nueve meses para poder ser inseminada de nuevo.

Pero el mismo semen, en distinta tierra, produce seres diferenciados.
Si en otro tiempo se creía que “todo” el hijo era producto y efecto “sólo” del semen del varón, fue muy tarde cuando se descubriera el otro componente del nuevo ser, el óvulo femenino.

Cuando se representa a Cupido, con una venda en los ojos, y con el arco y la flecha dispuesta a ser disparada, da igual que la diana sea una u otra mujer, a fin de cuentas, lo que cuenta es el semen del varón.

La infidelidad, pues, teóricamente, sería más común entre los varones que entre las mujeres, pero cuando sólo se procura el placer no tiene por qué ser así, aunque no sea el estado de preñez avanzada un aliciente para la atracción de un varón.

En realidad, a la naturaleza, a la especie, a la vida, sólo les interesa la cantidad de nuevas creaturas más que la calidad o cualidades de ellas, pero los sentidos, el corazón y la cabeza realizan una opción por la mejores cualidades de la otra persona, seleccionan para que el nuevo ser salga favorecido,

“Todo enamoramiento, por etéreo que parezca ser, sumerge todas sus raíces en el instinto sexual”.

Éste es la fuerza que empuja a la naturaleza viva, también a la especie humana, aunque a personas sensibles les parezca demasiado rudo y se disfrace de ilusión para satisfacer la vanidad de creer que podemos controlar nuestras vidas como nos dé la real gana.

El amor se mueve hacia la salud, la fuerza y la belleza (Platón) y es en la juventud donde encuentra su máxima expresión.

Los viejos, ya, tenemos mermadas todas ellas.

Los matrimonios por amor se conciertan en interés de la especie, aunque los individuos crean que lo hacen por su propio interés (lo que es cierto a corto, pero no a medio ni a largo plazo).

“Si tú pones y le das ésta, y ésta y ésta,…..perfección y yo le doy ésta, y ésta y ésta… perfección, nuestro hijo recibirá de nosotros éstas y no otras cualidades. Todo esto podemos dárselo juntos, es por eso por lo que yo te ama más que ninguna otra mujer y tú me amas más que a ningún otro varón, por lo que nos amamos….”

Si el predominio del cerebro, en el varón, es el que explica que su instinto sea inferior al de los animales, es el desarrollo del sistema ganglionar, en las mujeres, el que determina que el apetito sexual les afecte más que a los varones, y a las hembras más que a los machos del reino animal.

Una vez satisfecho el deseo sexual parece que el amor disminuye en el varón-macho, mientras aumenta en las mujeres-hembras.

El adulterio, pues, sería menos perdonable en la mujer, que desea la fidelidad, que en el varón, para el que el matrimonio es más artificial, menos natural.

Sólo considerando que la sexualidad tiene como objetivo la perpetuación de la especie, la homosexualidad es el truco de la especie para que se entretengan, practicándola, los demasiado viejos, los demasiado jóvenes, los demasiado anómalos.
Es, la homosexualidad, un derivativo sexual que no interviene en los fines de la especie.

Es su excesiva cerebralización del varón la que puede desviar la sexualidad de su uso específico, sólo gozando, no engendrando.

Es la edad, en primer lugar, la que hace a la mujer atractiva.
Incluso sin belleza, la juventud siempre tiene atractivo, mientras la belleza sin juventud no lo tiene.
Y es la salud, en segundo lugar, la ausencia de defectos, lo que hace que el varón se acerque a la mujer, porque una mujer deforme (jorobada, coja, demasiado gorda o demasiado delgada, desproporcionada,…) aleja al varón.

Los pechos bien redondos siempre fascinan porque, en el fondo, son el seguro del alimento de los posibles futuros hijos.
La nariz, la boca,…

Sin embargo, en el varón, tienen más importancia que la belleza, la valentía, la fuerza, la firmeza, la decisión, el arrojo….
Y no tanto las cualidades intelectuales, porque éstas no se transmiten a los hijos.

¿Nos atraen más las personas similares a nosotros o las que nada tienen que ver con nuestra forma de ser? ¿La semejanza o la complementariedad?

Schopenhauer apuesta por la segunda opción por aquello de que “cada cual ama precisamente lo que le falta… se busca, pues, neutralizarse”.
Es por eso que el varón más viril buscará a una mujer más femenina, y viceversa.
Esa parte proporcional que les falta es lo que se calcula y se encuentra en toda pasión amorosa.

Pero la especie, en cuestiones amorosas, siempre está por encima y juega con los individuos a todos los juegos con tal que …

¿Casarse, pues, por amor o por conveniencia?

“Una joven soltera que, a pesar de los consejos paternos, rehúsa la mano de un hombre rico y joven aún, y rechaza todas las consideraciones de conveniencia, para elegir a su gusto, hace, en aras de la especie, el sacrificio de su felicidad individual”

La especie por encima de los individuos; y la pasión amorosa no es sino una expresión más de la “voluntad de vivir”, que es la “voluntad de poder”, el núcleo de su filosofía.

El amor es la gran rebelión contra la muerte en forma de arrumacos y zalamerías.

Bien pensado si el objetivo de la especie es seguir siendo, a costa de los individuos, ese mismo es el objetivo de la Iglesia.

Follar sin estar casados por la Iglesia siempre es pecado pero si la mujer queda preñada también es pecado, además de delito, matar a esa creatura hija del pecado.

Si están casados, el objetivo de hacer el amor (ya sin ser pecado) es “traer al mundo tantos hijos como Dios les dé” y todos sabemos que de cada acto sexual puede ser engendrado un niño.

El objetivo de la Iglesia es la especie, es incrementar el mayor número de adoradores de Dios y de creyentes, fieles y feligreses de la Iglesia.

Lo importante es la cantidad y, para ello, será pecado todo método anticonceptivo que imposibilite o entorpezca la fecundación.

Que uno se pregunta por qué el clero hace (y se supone que practica) el voto de castidad cuando también ellos podían cooperar a que se incrementase el número de adoradores de su Dios.


Es como un acto de hipocresía: nosotros nos abstenemos de tener coitos pero vosotros os jodéis y cargáis con las consecuencias de hacer el amor.

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES ( 3)


Nunca estaría seguro de quien era el padre del niño que nació, porque el carácter alocado de ella hacia que tuviera relación con varios amantes a la vez.
Incluso en su testamento Schopenhauer excluye expresamente a ese hijo de Caroline, la madre.

“La primerísima aparición de un nuevo ser (refiriéndose, sobre todo a su hijo) se produce realmente en el momento en que sus padres empiezan a amarse, a desearse…en el encuentro de las miradas amorosas se forma ya, en realidad, el nuevo individuo…que cobrará realidad exterior con la mayor violencia…es la exteriorización de la pasión que sienten los futuros padres, el uno por el otro”.

Ese desprecio por el sexo femenino se vio incrementado por el fallo judicial y tener que pagar una multa a su vecina, que se había caído por ver el encuentro, en la visita de la corista con el filósofo.
Y como la vecina volvió a ganar otro juicio (y el filósofo a pagar otra nueva multa mientras su vecina estuviera viva) por aducir que, debido a la caída, se le había paralizado la mitad superior de su cuerpo, así que el desprecio, el ensañamiento, el odio al sexo femenino seguía en aumento.

“El hombre es instinto sexual hecho cuerpo; su nacimiento es un acto de copulación, el deseo de sus deseos es un acto de copulación y sólo ese instinto liga y perpetúa el conjunto de los fenómenos”.
Es lo que, en otros lugares, he definido como la trampa de la naturaleza para copular, “el orgasmo como cebo, como estrategia de la especie”.
El individuo busca el intenso placer del orgasmo y así, aun sin saberlo, sólo sirve para perpetuar la especie”.

El individuo es el medio del que se vale y se aprovecha la especie.

Y me viene a la mente “El Profeta”, de Khalil Gibran, el poeta libanés educado en Inglaterra pero con una honda vivencia cultual del pasado árabe y del pensamiento oriental, en esta obra, la más leída y mejor considerada.
En su capítulo III, sobre “Los Niños”, así lo cuenta:

“Y una mujer, que apretaba un niño contra su seno dijo: “háblanos de los niños”.
Y él respondió:
“Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las jijas de la vida, deseosa de perpetuarse.
Vienen a través vuestro, pero no desde vosotros. Y, aunque estén con vosotros, no os pertenecen,…
…Porque la vida no retrocede ni se distrae con el ayer.
Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son lanzados hacia delante”…

Y en el capítulo I, sobre El Amor, dice: “Cuando améis… pensado que no podéis dirigir el curso del amor porque, si os halla dignos, él dirigirá vuestro rumbo. El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.”

El amor –afirma Schopenhauer- es el más fecundo de los asuntos para la poesía lírica y para la épica, así como para la novela amorosa.
Es el amor una pasión tan fuerte que, hasta sin vacilar, arriesga la vida para satisfacer su deseo, hasta morir, hasta matar, hasta enloquecer.

No puede dudarse de la realidad del amor ni de su importancia pero, para él, ni el tratamiento que del amor hace Platón (El Banquete y el Fedro) como mito, fábula, ingenio,…ni el falso e insuficiente tratamiento que hace Rousseau en el “Discurso sobre la Desigualdad”, o el falso y superficial tratamiento que de él hace Kant en su “Antropología”.

Todo procede del instinto natural de los sexos. Así es como lo vio Aristóteles: “…por haber mantenencia….y por haber juntamiento con hembra placentera”: el amor a la vida, a la supervivencia, a la existencia, a no querer morir,….y a “follar” (¡perdón!) a copular, a hacer el amor, a practicar sexo buscando el orgasmo, el culmen del placer.
He ahí los dos grandes deseos del hombre.

Toda pasión amorosa tiene un objetivo inmediato y manifiesto, el placer sexual, pero, sabiéndolo o sin saberlo, un objetivo mediato y latente, la perpetuación de la especie.
Es ésta, la especie, que quiere perpetuarse, la que maneja a los individuos, tratándolos como medios subordinados a ella y poniéndoles como cebo atractivo el orgasmo placentero.

¿Alguien se imagina que en la relación amorosa, en la cópula sexual, en vez del premio del placer orgásmico el resultado fuera un intenso y continuo dolor?

La naturaleza necesita esa estratagema para lograr su objetivo, procrear, metiéndoles el caramelo en la boca a los individuos.
Éstos creen actuar libre y voluntariamente pero es la especie, la naturaleza, la que mueve y maneja los hilos de su comportamiento.

Ha sido su cerebro el que ha sabido desunir ambos objetivos a través del amor, orgasmo y procreación, buscando y consiguiendo sólo el primero con dinero de por medio, sin amor pero con placer, los “amores venales”.

Es la estratagema de la especie la que, además del caramelo orgásmico, le ofrece el pastel de seguir viviendo, en los hijos, tras su muerte, a través de los genes.
Los genes propios sobreviven, en una constante continuidad en el tiempo, por lo que el individuo nunca se muere y desaparece del todo.
No sólo, pues, vivir y “follar”, también sobrevivir en los hijos tras practicar el amor.
“Mi hijo soy yo, aunque transformado”.
Así sigue funcionando la estratagema de la especie.

Los motivos egoístas, aunque muchas veces aparezcan disfrazados, son los que rigen la vida del individuo.

Este individuo, que se cree libre en su actuar, es, sin saberlo, un esclavo de la naturaleza, un pelele al servicio de los intereses de la especie.

Igualmente el cebo para la elección de la persona con la que procrear.
La salud de la otra persona, la belleza, la juventud, la proporcionalidad de sus miembros, el tipo, el donaire, el contoneo, la insinuación, el vestir, el andar, el habla, los labios, los dientes, el pelo, … y la valentía, la corpulencia, el cuerpo atlético, el atractivo, …de lo contrario no se da el feeling y no se producirá el acercamiento (la persona enferma o deforme, fea, vieja, gangosa, patizamba, …espanta a cualquier candidato)

Ese ardor con el que se busca el placer y ese desencanto tras haberse bajado de la meseta orgásmica.
La especie, la naturaleza, la vida,…ya ha cumplido con su objetivo.

El amor, pues, ese sentimiento apasionado, tiene por fundamento un instinto que va dirigido a la reproducción de la especie.

Ese instinto sexual, reproductivo, sigue vigente en el varón, tras haber quedado preñada la mujer, y puede seguir copulando con otras mujeres no preñadas, mientas éstas, tras la preñez, no podrán seguir reproduciendo hijos hasta que su vientre quede liberado del ser que lleva dentro, pero a lo que no renuncia es al placer del orgasmo y sabiendo que éste ya sólo tiene como fin el placer y no la creación de un nuevo ser.


Los sentidos, el corazón, la cabeza,… todos cooperan a ese acercamiento o alejamiento.

jueves, 21 de septiembre de 2017

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES (2)



Era el año 1.814, Schopenhauer tenía 26 años y tuvo una turbulenta discusión con su madre, Johanna.

Johanna Schopenhauer no era una inculta y malhumorada mujer.
Fue, al parecer, la primera autora alemana que adoptó la escritura como profesión.
Se cuenta también entre las primeras mujeres que firmaron sus obras con su propio nombre, rechazando los pseudónimos a los que recurrían otras autoras para hacerse pasar por varones, puesto que en su época, como es sabido, existían serios prejuicios contra las «escritoras e intelectuales femeninas».

Recibió una esmerada educación a cargo de un clérigo escocés amigo de su familia, que le enseñó inglés, geografía, astronomía y otras disciplinas afines, poco habituales en la educación de una niña de entonces; con otros preceptores aprendió lenguas clásicas e historia.

Amó la literatura desde edad temprana: Shakespeare, Voltaire, los clásicos...

Siendo todavía muy joven se había casado con el maduro Heinrich Floris Schopenhauer, padre de sus hijos Arthur y Adele, su más firme apoyo tras la muerte de su esposo.
Junto a éste conoció la riqueza y buena parte de Europa; posteriormente, y ya viuda, sufrió la escasez, la miseria casi.

Inició su carrera como escritora en 1810, con relatos, misceláneas, libros de viaje y novelas como Gabriele y, sobre todo “La nieve”, publicada por primera vez en 1825.

Pues esta mujer, harta de la conducta de su díscolo y protestón hijo, un día, toda irritada, le espetó:

“La puerta que, con tanta violencia estrellaste ayer, después de comportarte tan indignamente con tu madre,  se ha cerrado para siempre entre tú y yo.
Estoy harta de soportar tus excesos, me voy al campo y no volveré a casa hasta que tú te hayas ido; es algo que debo a mi salud, pues una segunda escena como la de ayer me produciría un ataque de apoplejía que podría ser mortal.
No tienes ni idea de lo que es un corazón materno: tanto más dolorosamente siente cada golpe de la mano antes amada cuanto más profundo fue el amor.
No es Müller, eso lo juro ante Dios en el que creo, lo que me ha separado de ti, sino que has sido tú mismo, tu desconfianza, tu censura de mi vida y de la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento hacia mi, tu desprecio contra mi sexo, tu resistencia claramente expresada a contribuir a mi felicidad, tu codicia, tu mal humor al que das libre curso en mi presencia sin ningún recato, todo eso, y mucho más, es lo que hace que parezcas completamente odioso, y eso es lo que me separa de ti”

Y eso lo dice una madre que, por naturaleza, tendería a minimizar los defectos de su hijo.

Pocos días después abandona el domicilio familiar y nunca volvería a ver a su madre, aunque sí se cruzarían nuevos y afilados reproches por correspondencia.

También muestra un desprecio hacia su hermana, Adele, nueve años más joven que él, con la que apenas se ve, sólo esporádicamente, y durante breve espacio de tiempo.
Era no sólo la diferencia de edad, también la distancia entre los sexos la que imposibilitaba la comunicación.
Y eso que Adele fue una figura apreciada por Goethe, que acudía a la asociación femenina, fundada por su madre, Johanna, y en la que se reunían las hijas de algunas familias nobles para tocar música, leer en voz alta o pintar.


A los 33 años nuestro filósofo tuvo una relación amorosa (la más larga que tuvo, más de diez años) con una corista, actriz y bailarina, de 19 años y cuando quiere poner un ejemplo de su “voluntad de poder” (tema fundamental de su filosofía) afirma que es en el acto de la copulación, “ésa es la verdadera esencia y el núcleo de todas las cosas, la finalidad y la meta de toda existencia”

miércoles, 20 de septiembre de 2017

SCHOPENHAUER: EL AMOR Y LAS MUJERES (1)

Hace muchos, muchos años (ex libris – 2 de Abril- 1.980) adquirí un libro, que me llamó la atención y no me decepcionó, “El amor, las mujeres y la muerte”, de Arthur Schopenhauer, el “filósofo pesimista” por excelencia, un hombre solitario, que ama la tranquilidad y la calma, que siente miedo a los ladrones, a las enfermedades y a la muerte, escéptico y cínico, irónico y sarcástico, que llega fácilmente a la avaricia, a la desconfianza total y a la misantropía.

Capítulos sobre el Amor, las Mujeres, la Muerte, la Moral. La Religión, la Política,… (Jamás, en mi vida, he leído textos más misóginos que éstos del autor)

En el primer capítulo se expone su teoría sobre el amor.

“El amor, no sólo está en contradicción con las relaciones sociales, sino que, a menudo, también lo está con la naturaleza íntima del individuo, cuando se fija en personas que, fuera de las relaciones sexuales, serían odiadas por su amante, menospreciadas y hasta aborrecidas”.

¿Quién, al menos, no ha oído hablar del Kamasutra (y, si le ha tenido en sus manos, ha ido observando y viendo las “posturas sexuales”), el antiguo tratado hindú sobre la sexualidad, y que sostiene que el “Kama” (el deseo sexual) es uno de los medios para alcanzar el Moksha (la salvación)?

Tanto las figuras de dioses como de hombres ofrecen tal diversidad de acoplamientos sexuales que casi parecen un catálogo de un sex-shop.

El cuerpo y la sexualidad son aceptados, por toda la cultura hindú, como dos aspectos naturales de los hombres desde que nacen hasta que mueren.

Ocurre, sin embargo que eso, tan natural en Oriente (las cortesanas transexuales, la bisexualidad, la sexualidad en grupo, y prácticas sexuales varias) era y casi sigue siendo algo inconcebible en la cultura occidental, consideradas como aberrantes.

En la cultura hindú, en algunas sectas, los oficios sexuales gozaban de respetabilidad religiosa. Las mujeres estaban casadas con Dios y se dedicaban ritualmente a satisfacer las necesidades sexuales de la sociedad.
Vivían dentro de los templos o en sus proximidades y eran sumamente respetadas.

Toda esta cultura hindú influiría sobre Schopenhauer y su concepto de sexualidad como un instinto universal que está más allá de los individuos, al representar la perpetuación de la especie.

La naturaleza, que en los animales actúa de manera clara y manifiesta: hembra en celo-macho que la cubre y su finalidad: la perpetuación de la especie, en el hombre no ocurre así: el individuo (mujer-varón) busca la propia satisfacción y, si es época de ovulación y no se ponen obstáculos, la preñez de ella se producirá y la especie continuará.

Así como cualquier macho cubre a la primera hembra en celo con que se tropieza, entre los hombres, en general, la estrategia de la naturaleza es interponer el amor.

En el mundo animal sólo existe atracción sexual, entre los humanos, además, existe el amor.

No cualquier varón con cualquier mujer (a no ser sementalismo puro y mujer viciosa sexual).

Tanto la especie como el individuo tienen su propio objetivo directo e inmediato, pero el objetivo último es el mismo: perpetuar la especie.

Releyendo el libro arriba indicado el autor no se dejó influenciar respecto a la mujer.

El hinduismo parte de una igualdad básica entre los sexos, compartiendo las mismas posibilidades para gozar del amor.

Schopenhauer, sin embargo, destila misoginia.

Las mujeres son consideradas como la trampa que la especie lanza a los varones para reproducirse y perpetuarse.

No en vano su definición de mujer: “animal que tiene cabellos largos e inteligencia corta”

Señala que la mujer tiene una  inteligencia menor en comparación a la del varón, una especie de “miopía intelectual”.

Son las mujeres las que no se pueden analizar de manera amplia un tema o situación, sino de manera muy corta y en un tiempo presente.
Dice que son menos capaces en el arte, que son mentirosas y traidoras.

Las mujeres por lo tanto no están destinadas a los grandes trabajos o labores del mundo.
Su único propósito es la reproducción de la especie.

¿Y el orgasmo femenino?
Generalmente no estaba bien visto, sobe todo en el mundo occidental, con la influencia del Cristianismo y su obsesión por la procreación para incrementar la grey de adoradores de Dios, a la vez que conseguir feligresía obediente y fiel.

“No debería haber en el mundo más que mujeres de interior, aplicadas a los quehaceres domésticos, y jóvenes solteras […] que se formasen […] no en la arrogancia, sino en el trabajo y en la sumisión”

"Necesitas sólo mirarla de la manera en que está constituida, para ver que la mujer no se supone que haga grandes labores, ni de la mente ni del cuerpo".
Luego de señalar que su realización pasa por aceptar el sufrimiento del parto y la sumisión al marido, añade:

"Las mujeres encajan directamente como niñeras y profesoras de nuestra temprana infancia por el hecho de que ellas mismas son infantiles, frívolas y cortas de miras; en una palabra, ellas son niños grandes durante toda su vida - un tipo de estadio intermedio entre la niñez y el hombre plenamente crecido, que es el hombre en el sentido estricto de la palabra".

Argumenta en la misma línea, que el hombre alcanza su madurez psicológica a los 28 años y la mujer a los 18, razón por la cual el hombre llega más lejos en su desarrollo psicológico que la mujer.

“La mujer carece de sentido de la justicia, en primer lugar porque no razona, y en segundo lugar porque al ser más débil que el hombre, la naturaleza la ha provisto con la estrategia del disimulo para defenderse.
Es también un sexo no estético (diminutas, hombros delgados, caderas anchas, piernas cortas...). Carecen de sentido para apreciar la música, la poesía o las bellas artes, y cuando lo hacen, es mera afectación (pone como ejemplo el parloteo de las mujeres en los pasajes más sublimes de las óperas...)


"Que la mujer es por naturaleza obediente al hombre puede verse en el hecho de que cada mujer que es colocada en la no natural posición de completa independencia, inmediatamente se une a un hombre, por quien se permite ella misma ser guiada y gobernada. Esto es porque necesita un señor y amo. Si ella es joven, será un amante; si ella es vieja, será un cura".

martes, 19 de septiembre de 2017

ROUSSEAU:: LA SUBORDINACIÓN DE LA MUJER (y 8)

Dentro de la obra roussoniana los dos libros más amenos de leer (no los más importantes) son El Emilio (o sobre la Educación) y la Nueva Eloísa (el ideal de mujer)

En éste último, la Nueva Eloísa, la apariencia recibe un tratamiento sospechosamente amable, curioso y sexualmente discriminatorio.

La apariencia es un deber moral que Rousseau le impone a la mujer.

“La mujer virtuosa no sólo debe ser digna de la estimación de su marido, sino que ha de procurar también obtenerla; si él la censura, será censurable; y aunque fuese inocente, tiene culpa por haber dado lugar a que sospechasen de ella, pues las apariencias constituyen también uno de sus deberes”.

Ya podemos entrever por dónde camina Rousseau en el terreno femenino.


Cuando se publicó el séptimo tomo de la Enciclopedia se vio moralmente obligado a tomar la pluma cuando apenas podía sostenerla.
El artículo “Ginebra”, escrito por d’Alembert, a instancias de Voltaire, exigía una réplica inmediata, y Rousseau la redactó en menos de un mes maldito que a punto estuvo de costarle la vida.
Tal vez aquí aparezca insinuada mejor que en ningún otro lugar la razón por la que nuestro autor excluía a las mujeres de la política.
La Carta a d’Alembert” no es sólo un despropósito para el círculo de ilustrados; lo es también para las mujeres.

De ellas asegura que ni son expertas, ni pueden ni desean serlo en ningún arte, que les falta el ingenio, que los libros salidos de su pluma son todos fríos y bonitos como ellas, que les falta razón para sentir el amor e inteligencia para saber describirlo.

“Su sitio es el hogar; permitirles lo contrario –continúa– constituye para ellas una invitación a su propia deshonra”.

Y más lindezas como éstas.

“A la mujer le corresponde el hogar, por naturaleza.
La mujer es el último asilo de lo natural, pero es también el primer fundamento de la sociedad civil.
Sin el hogar que ella mantiene por toda ocupación, el hombre, dividiendo sus quehaceres entre la familia y la república, no sería digno de ninguna de ellas y faltaría a los dos grandes deberes que el pueblo tiene el derecho de exigirle”.

“La mujer es la condición de posibilidad de la vida política del varón, y sólo el amor confirmado por el santo sacramento del matrimonio mantendrá a los pueblos en la esperanza de ser bien gobernados”.

La mujer como complemento. No como mesa, sino como pata de la mesa. No como substancia, sino como accidente. No como verbo, sino como complemento del verbo. No como cuerpo, sino como prótesis del cuerpo del varón.

Rousseau afirma allí que las mujeres deben “aprender muchas cosas, pero sólo las que conviene que sepan” (que, naturalmente, es el varón, el que decide cuáles son las que convienen), lo que es tanto como afirmar que tienen derecho a la instrucción, pero sólo en aquello que sirva para el interés de su pareja.

“Aprenderán a coser, a cocinar, a ocuparse devotamente de la casa, de los críos y del marido. Más allá de la vida doméstica, donde la piedad y la ternura apenas valen nada, la mujer tampoco valdrá nada”.

Cierto que Rousseau les reconoce estos sentimientos (piedad y ternura) como virtudes, pero también se complace en identificar las carencias de la piedad y en asignar a ésta, en consecuencia, un valor sólo privado.

“La piedad –afirma Rousseau– es una virtud cuya fuerza depende de la proximidad del objeto que la inspira; quien sólo puede sentir piedad jamás podrá ser justo, y en cualquier acto en que se reclame la justicia, jamás deberá ser invocada la voz de una mujer”.

¿Y la religión?

“Toda muchacha debe tener la religión de su madre y toda casada la de su marido”

Es el patriarcalismo, que puede advertirse también en el público al que se dirige.
Porque Rousseau piensa sólo en el varón, y si alguna vez se dirige a la mujer, lo hace sólo excepcionalmente y cambiando de registro.

Para Rousseau, la mujer se halla naturalmente subordinada.

“En ti –dice-  reconozco una propiedad, y si te protejo es sólo porque eres mía y no porque tú renuncies a ser tuya”.

Sin la mujer ocupándose de la casa, el varón no podría ocuparse de sus funciones de ciudadano, y si éste se viese obligado a abandonar tales funciones, nadie sería capaz de sustituirle en su ejercicio.

“Cualquiera que esté convocado a las urnas deberá acudir por su propio bien y por el bien que, con el suyo, ganará para los demás”.

 Pero de este derecho quedan excluidas las mujeres,



lunes, 18 de septiembre de 2017

ROUSSEAU: UNA VIDA CONTRADICTORIA (7)



Rousseau vivió en discrepancia con sus ideas, actuó en contra de lo que pensaba y quiso ser maestro de aquello que no supo, o no deseó, poner en práctica en su vida.

Su lema podía haber sido: “haced lo que yo os digo, pero no hagáis lo que yo hago” o quizás, “la intención es lo que cuenta, no la acción”.

De cualquier forma, mediante tales contradicciones internas vivió engañándose a sí mismo.

En el mes de junio de 1762, tanto el gobierno de Ginebra como el de París dictaron la orden de quemar sus principales obras, el Emilio y El contrato social, y de arrestarlo porque, según se creía, sus libros eran “escandalosos, impíos, tendentes a destruir la religión cristiana y todos los gobiernos”.

Mientras tales obras ardían en la hoguera, Rousseau huía procurando ponerse a salvo.
En realidad, no estuvo del todo seguro hasta que cinco años después, a principios de 1767, consiguió instalarse en Inglaterra.

Hacia el final de su vida fue obsesionándose con la idea de que, hasta sus mejores amigos, conspiraban contra él y hacían todo lo posible por traicionarle.

Su enemistad con Voltaire era manifiesta.

En cierta ocasión le envió una carta en la que le manifestaba abiertamente el odio que sentía hacia su persona.
Voltaire no le respondió pero escribió a otro amigo diciéndole: “He recibido una carta muy larga de Jean-Jacques Rousseau. Está medio loco. Es una pena.”

En el análisis acerca del pensador francés que hace su biógrafo, dice: “Dando por hecho que no era un actor, cabría preguntarse si Rousseau era esquizofrénico; pero probablemente tampoco lo era. Su poder de imaginación era tan grande, su timidez tan acusada, su indignación moral tan fácil de explotar, su vanidad tan aplastante y su egotismo tan irrebatible, que un momento estaba violentamente a la defensiva y hostil y al siguiente era todo tranquilidad, un hombre aparentemente normal y casi eufórico. Todavía hay otra explicación, más seria, de su comportamiento: daba incipientes muestras de demencia.”  

El remordimiento que sentía por los delitos que creía haber cometido en su juventud, se fue transformando poco a poco en un sentimiento de autocomplacencia.

Pensaba que el sufrimiento de las enfermedades que padecía y las persecuciones de que había sido objeto por parte de sus enemigos, eran el pago de aquellos pecados pasados.
Sin embargo, se sentía como el mejor de los hombres, el más bueno de todos. Incluso llegó a decir que su existencia había sido una especie de vida paralela a la de Jesús.
Y si el Maestro fracasó en su intento de convertir al pueblo de Israel; Rousseau fracasó en convertir a los suizos y a los franceses.
Si Jesús padeció; Rousseau padeció también.
Y de la misma manera que la humanidad necesitaba un redentor cuando vino Jesucristo; Rousseau era el redentor que requería la sociedad caída del siglo XVIII para reconducirla a la condición natural del principio.

En fin, toda una megalomanía que rayaba en la blasfemia.

El 2 de julio de 1778, Rousseau murió de apoplejía, se le paralizó el cerebro y fue enterrado en una pequeña isla situada en el lago de Ermenonville, en casa del marqués Girardin que fue su último protector.

domingo, 17 de septiembre de 2017

ROUSSEAU: UNA VIDA CONTRADICTORIA (6)


El hombre que escribió la prestigiosa obra Emilio o De la educación, en la que pretendía enseñar al mundo cómo hay que educar y amar a los niños, resulta que se desentendió por completo de los suyos y no fue capaz de aceptarlos ni educarlos.

¿Por qué?

Rousseau justifica su actitud con varios argumentos: primero, tenía una enfermedad incurable de vejiga y se temía que no viviría mucho; además no tenía dinero y ni siquiera un trabajo estable que le permitiese educar a sus hijos debidamente o dejarles algún legado. Tampoco quería que fuesen educados por la familia Levasseur porque se convertirían en pequeños monstruos.
Así que la mejor solución era la Inclusa, donde no recibirían ningún mimo y lo pasarían mejor, y, además, esta era la forma de educación que Platón recomienda en su República: “los niños deben ser educados por el Estado.”

De cualquier manera, ninguna de estas excusas puede justificar moralmente el abandono de los hijos por parte de los padres, incluso aunque ésta fuera una práctica habitual en el París de la época (las cifras así lo manifiestan)

Precisamente por eso, Rousseau no tuvo más remedio que confesar el remordimiento que sentía por haber depositado en el hospicio a sus cinco hijos recién nacidos.
Hacia el final de su vida, en Las confesiones escribió: “Al meditar mi Tratado de la educación, me di cuenta de que había descuidado deberes de los que nada podía dispensarme. Finalmente, el remordimiento fue tan vivo que casi me arrancó la confesión pública de mi falta al comienzo del Emilio.”

Una de las críticas que se ha hecho al Emilio es que carece de afectividad.

El niño que inventó Rousseau no parece tener emociones, no ríe ni llora ni se encariña o se pelea con los demás niños. Es como un autómata sin alma, frío, insensible y encerrado en el propio yo.

Su creador intentó fabricar un muchacho completamente libre ante el mundo pero, en el fondo, lo que forjó fue un monstruoso esclavo de su maestro que observaba la realidad sólo a través de los ojos y de las ideas del mismo Rousseau.

Evidentemente el conocimiento que el escritor tuvo acerca de los niños fue siempre mucho más teórico que real.

Por lo que respecta a “las mujeres”, se relacionó sentimentalmente con varias, aunque de hecho fue un antifeminista convencido (subordinación de la mujer al varón y las labores domésticas como ocupación exclusivamente femeninas) ya que estaba persuadido de que las mujeres no formaban parte del pueblo soberano (excluidas del voto).

En su opinión, únicamente los varones libres podían pertenecer al pueblo soberano.

En 1750 envió un ensayo a un concurso público organizado por la Real Academia de Dijon sobre el tema: “El progreso de las ciencias y de las letras, ¿ha contribuido a la corrupción o a la mejora de las costumbres?”.
Se suponía que habían contribuido a la mejora de las costumbres (ese era el tema propuesto en el concurso y se solicitaba las causas o motivos de por qué sí)

En contra de lo que las autoridades académicas esperaban, Rousseau argumentó en este trabajo que el progreso de las ciencias y las artes no había servido para mejorar al ser humano sino para degradarlo.

Se había creado así una sociedad artificial e injusta que premiaba a los más ricos y, a la vez, cargaba las débiles espaldas de los pobres con impuestos y privaciones que éstos no podían soportar.

Los poderosos se habían corrompido mediante vicios refinados, ahogando el espíritu de libertad que anidaba en el alma de los primeros hombres. Éstos gozaban de mejor salud que sus descendientes en el presente, no necesitaban ningún tipo de medicina porque todavía no habían sido domesticados por la civilización. Eran libres, sanos, honestos y felices pues desconocían las desigualdades características de la sociedad civil.

Mediante tales ideas, tan contrarias al pensamiento general de aquella época, Rousseau sorprendió por su originalidad, aunque para muchos su ensayo constituyó un motivo de escándalo.
Sin embargo, se le concedió el premio, su trabajo se publicó y el joven filósofo saltó a la fama.

Algunos biógrafos opinan que a partir de este momento el hombre Rousseau se convirtió en prisionero del escritor Rousseau y siempre tuvo que mantener esta paradoja en su vida.

Su primer éxito fue este trabajo literario en el que, precisamente, procuraba demostrar que la literatura era perjudicial para la humanidad.
Las letras eran dañinas pero él se convirtió en un escritor prolífico.
Afirmó que las ideas pervierten al hombre y que quien medita acaba depravándose, sin embargo, pocos hombres han tenido tantas ideas y han meditado tanto como él (lo que resulta contradictorio).

Exaltó la castidad pero tuvo relaciones, al menos, con tres mujeres.

Adoró al sexo femenino pero fue un antifeminista radical.

Escribió un extenso libro sobre la educación, a la vez que se desentendió por completo de sus cinco hijos dejándolos a todos en el hospicio.
Lo mismo le ocurrió también con sus escritos acerca del teatro, la ópera o la política.

Ensalzaba y fulminaba.


Criticó a los nobles y a los ricos, pero siempre dependió de ellos para subsistir.