domingo, 18 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (10)


Nos preocupa nuestra salud y la salud de los nuestros pero lo consideramos un paréntesis o el final de un capítulo que no llena toda la página pero creemos que, en la página siguiente, está el siguiente capítulo, no el final de la novela de la vida.

¿Cómo la “realidad fundamental de este mundo, la realidad de primer orden, la realidad por antonomasia (“yo”) va a desaparecer el día de mañana como las demás “realidades subalternas”?

¿”Tener que morir”?

Sin embargo nadie quiere decir “Si lo sé no nazco”, porque durante la vida, aunque haya habido momentos difíciles, incluso trágicos, también hemos vivido buenos momentos.

Somos conscientes de que todo mecanismo, al estar siempre en funcionamiento, con el tiempo sufre desgaste hasta que, llegado el momento, deje de funcionar, pero cuando asisto a esos desfiles de coches antiguos y veo ese Seat 1.500, de los años 60, y que sigue funcionando, se me sube la moral.
Si el coche puede, con mantenimiento, ¿por qué no yo?

Y es verdad que según las estadísticas… (Pero todos sabemos lo que son las estadísticas y nos consideramos la excepción, si no, no sería estadística).

Sé que voy perdiendo vista (pero tengo mis gafas), y oído (pero tengo el audífono), y la próstata, y la glucemia, y el colesterol malo, y he dejado de fumar, y bebo menos o poco alcohol, y he prescindido de los dulces, y he limitado mi ración de chorizo,….pero, además, tengo mis medicamentos y… (Y me “creo” poder seguir así indeterminadamente).
Funcionaré peor pero lo importante es seguir funcionando, seguir vivo.

Y si la madurez corporal no afecta negativamente, sino al revés, a las dotes espirituales, el deterioro de las funciones biológicas, antes o después, tendrán que recibir (aunque no lo quiera) a esa enfermedad de nombre alemán (y del que no quiero escribir, y no es superstición).

Si la primera y principal fuente del conocimiento son los sentidos, no ya cuando usamos prótesis supletorias o complementarias, sino cuando ya no funcionen (por la muerte) ¿podremos seguir pensando cuando el fundamento del pensar es el cerebro y éste ya muestre la línea plana…?

Yo me imagino al hombre antiguo que días antes, de caza, un compañero o familiar ha sido presa de la presa que ellos iban a cazar pero, por las noches, mientras dormía la persona muerta se le aparecía, estaba con él, hablaba, corría, comía,…pero desaparecía nada más despertarse.
La pregunta no absurda podía ser: ¿“No será que él ya no está conmigo aquí y ahora, cuando estoy despierto, pero estará en algún lugar desconocido, invisible, desde el cual, cuando estoy dormido, se me hace presente”?

Si ahora, despierto yo, él no está, pero cuando yo no estoy despierto él sí está, ¿No será que vive pero de otra manera y en otro lugar desconocido?
¿No habrá otra vida paralela a la vida de vigilia, en otra dimensión?

Creo que si no soñásemos, al dormir, nos hubiera sido imposible imaginarnos esa otra vida y como no se desgasta el cuerpo y siempre se nos aparece igual ¿por qué no una vida totalmente duradera, eterna?

¿Y, cuando yo muera, no me reencontraré con ellos en esa otra vida?
¿Por qué no?

Lo de “tener un hijo, plantar u árbol y escribir un libro” ¿Qué son sino estrategias de seguir vivos, aunque de otra manera?
Estar presentes, cuando ya no estemos, en nuestros hijos (por los mismos genes transmitidos), presentes en la naturaleza al ser causante de ese nuevo árbol, en la mente de todos los lectores a través de la cultura, presentes en su mente.

Y si la sexualidad, en general, ha estado ligada a la reproducción y ha sido condenada la sexualidad anal y la homosexualidad, no era sino porque era lo mejor para la sociedad.
Por encima del placer del sexo está la utilidad social.

Una pregunta: ¿la sexualidad anal es buscar sólo el placer desmintiendo la semejanza con el animal, que sólo sigue la línea irremediable de la especie, escapando del diseño biológico?

Puesto que “todos mueren”, puesto que “todo lo vivo muere” ¿por qué no aceptar de manera natural, y no traumática, nuestra defunción, como lo hacemos con la muerte de los otros?

Creerse ser la excepción a la regla ¿no será un pecado de vanidad, un narcisismo ontológico desmesurado?

¿Cómo va a ser la muerte un mal si es inevitable y necesaria?

Epicuro y Lucrecio: ¿Por qué temer a la muerte si ella y yo somos incompatibles? Cuando ella haga acto de presencia yo ya no estoy, estaré ausente y mientras yo esté presente ella no lo está.
¿Por qué preocuparse, pues, de ella?

Pero nos escandaliza y nos rebelamos porque los demás aceptarán nuestra muerte como algo normal, igual que nosotros aceptamos como normal la muerte de los otros.

jueves, 15 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (9)



Ya sabemos que el cadáver es un residuo, un ripio humano, pero molesta tenerlo siempre ahí, a la vista. Hay que guardarlo, hay que esconderlo aunque sea volatilizándolo.

Pero ¿qué hacemos con sus sentimientos, con su alma? Porque éstos no podemos enterrarlos, están en nuestro interior, están con nosotros, aunque sólo sea en forma de recuerdo.
Y de noche, más de una vez soñaremos con él, temiéndolo o amándolo, pero nos relacionaremos con él.

Las relaciones que mantenía, en vida, con nosotros, no podemos desterrarlas, ni enterrarlas, ni olvidarlas, ni cremarlas, están ahí presentes y sólo será el tiempo el que vaya desgastándolas.

En esa relación, en vida, ahora, muerto, un extremo de la relación desaparece (su cuerpo) pero el otro sigue en nosotros, como si conservásemos en las manos el cabo de una cuerda de cuya otra punta ya no tira nadie, está suelta, pero la cuerda permanece en nosotros.

Y es que los recién muertos siguen pareciendo, durante un tiempo, personas vivas y los vemos entre nieblas ocupando ese sillón del salón, esa cama de esa habitación a la que le tenemos tanto respeto que nos negamos a dormir donde la persona amada ha dormido pero que ya no está presente.

Estar vivo o estar muerto.

Imaginémonos al hombre prehistórico, hambriento, y que ve a una presa que “parece muerta” pero ¿estará, realmente muerta?, ¿y si es una táctica de camuflaje para que me acerque y, cuando esté a tiro, sea yo su presa?

Este discernir lo realmente muerto de lo aparentemente muerto tuvo que ser la principal preocupación cognoscitiva del hombre prehistórico para no ser presa y sí predador o depredador.
Era vital para su supervivencia.

Y si esto ocurre en cualquier animal, ocurre sobremanera en el hombre, ser social por excelencia, viviendo en pequeños grupos y que la muerte de uno de ellos es una perdida enorme para el grupo, tanto en la información, en el conocimiento del vivir y del  sobrevivir, como en la cooperación.

Y es que la sociedad humana, como toda sociedad animal superior, es “cooperativa” pero, además, la sociedad humana es “coloquial” y los conocimientos adquiridos por unos pueden ser enseñados/son enseñados y aprendidos por los otros.

El hombre, además de la “matriz materna”, para “vivir”, necesita la “matriz social” para “ser” hombre, y esto se consigue con la actividad coloquial, con y a través del lenguaje, de la comunicación, de la enseñanza y el aprendizaje.

No basta la herencia genética, como en cualquier animal, es necesaria la herencia cultural, el conocimiento aprendido, la cultura.

Cientos de veces he escrito que “nos “nacen” hombres, nos “hacen” humanos, nos “hacemos” personas.

Al hombre no le basta, como al animal, desarrollar su programa genético, de ahí la importancia de la presencia de los otros para el desarrollo cultural, para “ser humano”, después de “haber nacido hombre”.

Ya “nacemos hombres” pero, una vez nacidos, dejados a nuestra suerte no sólo no sobreviviríamos sino que no pasaríamos del “estado animal”, ellos, los otros son los que nos “hacen humanos”.

Es difícil romper el hilo que nos ha unido con los otros ya desaparecidos. Unos por amigos, otros por enemigos, unos por ocurrentes, otros por aquel favor que una vez nos hizo,… de ahí que los muertos con los que hemos estado relacionados no nos sean, del todo, indiferentes.

Aunque nosotros ya nada seamos para ellos, ellos siguen estando ahí, como solicitando que les prestemos atención.
Seguimos hablando con ellos,  mandándoles mensajes, pidiéndoles consejos (“ayúdame”, “perdóname”, ¿tú, qué harías ahora sí…? aunque estos mensajes o súplicas o consejos no sean, ya, ni percibidos, ni respondidos, ni correspondidos.

Parece absurdo (pero no lo es) que ellos callen y no respondan, pero que nosotros sigamos hablando con ellos sabiendo que ya no hay remitente al otro lado de la cuerda comunicativa…

¿Es un monólogo o es un diálogo ilógico lo que hacemos al comportarnos así?

Incluso a los enemigos desaparecidos les agradecemos que hayan pasado al otro lado de la vida (Unamuno lo denominaba: “filiación por antagonismo”)

Aquellos con los que compartimos el amor están ahí, cómodamente, en el recuerdo, pero también están aquellos a los que temimos y obedecimos por impotencia de no poder enfrentarnos a ellos y los ridiculizamos públicamente en cuanto podemos y alguien quiera escucharnos porque sabemos que su poder sobre nosotros se fue con ellos.

¿Cómo reaccionaríamos ante esa persona con la que convivimos pero que, una vez muerta, resucita y está ahí, rediviva?

Necesitamos rituales y ceremonias para poder, más tranquilamente, despedirnos de ellos.

Los demás se mueren y, somos conscientes de que, también los nuestros morirán pero éstos nos aman y son irrepetibles pero, también ellos, son vulnerables.
El amor es la inquietud por lo que podemos perder, porque puede dejar de existir.

Generalmente los dioses han sido obedecidos porque han sido terribles para sus creyentes. Los dioses han sido temidos, pero nunca amados, porque no puede amarse a lo que se teme.

El acierto del Cristianismo fue promover la idea de un Dios OMNI-todo pero que, además, no sólo nos perdona, es que nos AMA, porque es Padre (“Padre nuestro”) y lo normal es que un padre nos quiera y lo queramos.

Somos “hijos de Dios y herederos del cielo” ¿alguien da más?

Hemos dicho y repetido el silogismo: “Si Sócrates es hombre, y el hombre es mortal, entonces Sócrates es mortal” pero podríamos decir (aunque no lo decimos): “Todos los hombres mueren y, como yo soy hombre, yo también debo morir y moriré”, y es que ese “yo” nos afecta directamente y relacionarme con la muerte…. existencialmente molesta.

No debería escandalizarnos la certeza de nuestra desaparición, pero….

“Sabemos” que vamos a morir, pero no nos lo “creemos”, porque “creerlo”…

En el inconsciente nadie cree en su propia muerte, todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad (según la escuela psicoanalítica)

Si pienso en mi propia muerte estoy haciéndome una trampa, porque en vez de ser yo el “muerto” soy un “espectador” de mi muerte, lo que es absurdo.

Nietzsche lo afirma de otra manera: “llamamos “verdades” a nuestros errores “irrefutables”, aquellos cuya falsedad es fácil de demostrar e imposible de asumir”.

De esta vida todos saldremos, pero nadie saldrá vivo.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (8)


Solemos emplear el término “problema” demasiadas veces y demasiado a la primera.
Un auténtico “problema” lleva implícita su solución, sólo hace falta encontrar y dar con el método adecuado.
Un “problema” es una meta provisional que nos proponemos, o proponemos a otros, para que lleguen a ella sabiendo que sólo se llega a ella por el método (meta-odos), por el “camino” adecuado.

Si un problema no tiene solución, no es un problema, sino un “pseudo-problema” o un “misterio”
Si el primero no llega a la categoría de problema el segundo lo supera porque pertenece a otro orden superior.

Cuando decimos “el problema de la inmortalidad” o tiene solución y sólo nos falta encontrar y usar el método adecuado o es un “pseudo- problema” o es un “misterio”.

Cuando decimos “los problemas de la Filosofía” (así se titula el libro que tengo en la tercera balda de la segunda estantería de mi despacho, y cuyo autor es Bertrand Russell) comprobamos que siguen planteándose una y otra vez a lo largo de la historia por todos los filósofos y cada uno le da “una” respuesta, que es “su” respuesta pero que el anterior filósofo, como el siguiente no estaba/no estará de acuerdo con ella y cada uno dará, de nuevo, “su” respuesta.
Y, así, sucesivamente, siguen y siguen y siguen apareciendo y planteándose una y otra vez.

¿Qué les pasa a los “problemas filosóficos” que se rebelan a tener solución y que siempre son, y siguen siendo unos “problemas problemáticos”?
Vemos las diversas respuestas que se les dan, nos gustan, son interesantes, pero no nos satisfacen del todo jamás, porque en cuanto llegue el siguiente filósofo y dé su respuesta…

Por ejemplo: la inmortalidad o la muerte (entre otros)

¿A ver si no son “problemas” y son sólo “preocupaciones que nos preocupan”?
El problema, entonces, sería preguntarse; “¿de dónde nos vienen esas inquietudes que tanto nos preocupan y con tanta insistencia”?

Ante la muerte, ante ese cadáver, todos se preguntan (nos preguntamos) ¿por qué tenemos que morir?
Aunque uno ve, como algo natural que la gente se muera.
Lo que ya no se ve con tanta naturalidad es la propia muerte, la de cada uno.

Vemos, como algo natural, y lo celebramos, la venida al mundo de un niño, el nacimiento, sin embargo la muerte la vemos como una agresión a la vida que se nos arrebata sin un porqué convincente.
¿Por qué tengo yo que morir y no seguir viviendo como ahora estoy haciéndolo?

Y todos sabemos que moriremos, como siempre ha sido, pero somos incapaces de reconciliarnos con la segura muerte que nos llegará, aún sin quererla y sin ayudarla a que venga.

Yo me he preguntado y dejado por escrito la pregunta ante una catástrofe natural (un tsunami, un terremoto, una guerra, un avión que se estrella o cae al mar,…: “¿Dónde estabas, Dios, cuando eso ocurría, siendo Tú, Omnipotente y Bueno, habiendo podido evitarlo y, seguro, no podías quererlo”?

Como si esas catástrofes hubieran ocurrido por una negligencia divina y no por un fenómeno natural, o una negligencia humana, o por un fallo mecánico.

¿Por qué metemos a Dios en todos estos líos? Por eso, a menudo, desconfiamos de Él y nos alejamos, como si Él fuera el culpable de estos desaguisados.

Pero, cuando la vida ha abandonado a una persona, algo hay que hacer con el cadáver, cuya presencia se nos muestra embarazosa, acusadora, desagradable.
Sabemos que ya es un residuo, humano, pero residuo y con los residuos siempre hacemos algo, no los dejamos ahí, a la vista.
Mostramos con él respeto y afecto, pero tiene que desaparecer de nuestra vista, queremos y tenemos que asegurarnos que desaparece de escena y que ya es imposible su indeseable retorno.

Nadie quiere volver a tener ante él el cadáver que va a ir descomponiéndose.

Definimos, con Aristóteles, al hombre como “animal racional” pero Unamuno daba de él otra definición que nos viene al caso: “el hombre es el animal guardamuertos” (podemos comprobarlo hasta en la Prehistoria)

El antropólogo Pascal Boyer, en su libro: “Y el hombre creó a los dioses” explica que  las creencias religiosas y los comportamientos religiosos no son un misterio insondable y tienen una explicación: todo se debe a la manera como funciona nuestro cerebro.
Como resultado de la evolución, nuestro cerebro tiene la capacidad para adquirir cierto tipo de ideas religiosas, en especial con la muerte, la moral y los ritos.
La fuerza de estas ideas es tal que lleva a los hombres a entregarse a ellas y, en casos extremos, a la intolerancia y el fanatismo.

En dicha obra, y con cierto humor, dice: “los muertos, como las legumbres, pueden ser conservados en salmuera o en vinagre. También se les puede abandonar a las bestias feroces, quemarlos como a basura o enterrarlos como un tesoro.
Del embalsamamiento (para que permanezca) hasta la cremación (para que desaparezca) toda suerte de técnicas son utilizadas, pero lo esencial es “que algo hay que hacer con los cadáveres”

martes, 13 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (7)



Una cosa son las funciones que las religiones pueden desempeñar en la cohesión de un grupo o de una sociedad (quizá el origen de las religiones) legitimando el orden social establecido, los deberes a cumplir, los tabúes, la interpretación del mundo y de la vida,…y otra cosa es las razones por las que muchas personas, individualmente, creen esas doctrinas religiosas y reconocen la autoridad del clérigo que las administra y se convierte en necesaria su labor de pastoreo.

En general, la gente acata la religión mayoritaria por puro mímetismo social (o la religión que se vive y se practica en el ámbito familiar).
En general, y en circunstancias normales, la gente canta, reza, hace, piensa, practica, venera…lo que la mayoría canta, reza, hace, piensa, practica, venera,…

Actualmente, sin embargo, las sociedades ya no son tan uniformes como antes, sino más heterogéneas y hay otras ofertas de creencias y prácticas, pudiendo el sujeto optar voluntariamente por una distinta a la mayoritaria.

¿No serán los deseos humanos el fundamento personal de las creencias?
¿No será que “creo en eso porque deseo que eso exista?.
Y es, otra vez, la “falacia conativa” de G. Puente Ojea.

¿A quién no le apetece ser beneficiario de uno o varios milagros?
Pero el milagro no es mágico. La magia requiere ciertos gestos o conjuros a partir de los cuales, de forma automática e impersonal, ocurre el efecto, porque la magia no es sino una variante insólita de la acostumbrada necesidad causal….pero el milagro no, el milagro proviene de una voluntad que nos distingue con su favor, a nosotros, porque el milagro viene personalizado, con nombre y apellidos, como los milagros que un muerto necesita para ser elevado a los altares y que se ha producido en esta persona X porque, personalmente, lo ha pedido con una fe profunda y, personalmente, le ha sido concedido.

Y uno de los deseos que todos albergamos es el de la derrota, el castigo, la humillación,… de esa persona que…o de ese pueblo que…
Aunque el deseo fundamental que todos tenemos es el de no morir, porque somos conscientes de que somos mortales.
Me pregunto si podríamos querer otra cosa si fuésemos inmortales.

Sabernos mortales es sabernos abocados a la perdición.
Que sí, que sabemos y somos conscientes de que llegará nuestro final, pero al no saber el cómo y el cuándo deseamos que se retrase todo lo más posible porque, al final, al morir, nadie va a volver a recogernos.
Excepto Dios, que siempre aparece, aunque sea en el horizonte, como la solución a lo que ya no tendría solución y para Él seguiremos siendo alguien, y para toda la eternidad.

¿Alguien puede superar la apuesta? –es Pascal el que habla y nos informa de lo poco que podemos perder si, al final, Dios no existiera y lo mucho que podemos ganar (la eternidad) si existe.
¿Por qué no apostar, si es poco lo que puedes perder (unos años de vida, y no del todo, totalmente, felices ) y es tanto lo que puedes ganar (la felicidad eterna)?

Si la vida es rara es porque un día nos morimos, siendo conscientes, mientras vivimos, de que dejaremos de vivir.
El animal, como no es consciente de su segura muerte vive “como agua en el agua” –en palabras de Bataille, pero nosotros no. Nosotros notamos la distancia entre esta vida que vivimos y esa muerte que está ahí, sin saber donde, y siempre esperando a hacerse presente sin haber sido invitada.

Morirse es perderse, y para siempre, y eso es lo que nos extraña y no queremos, porque no creemos merecerlo.

El gran éxito del Cristianismo es su oferta: “vita mutatur, non tollitur” (“la vida cambia, no acaba, no termina”) de que seguiremos siendo un “alguien” ante Dios, en este caso, y por toda la eternidad y no un algo, un poco de ripio o polvo que desaparece comido por el tiempo.
¿Cómo puede desecharse esta oferta, si ella es nuestra salvación, nuestro triunfo sobre la muerte arrebatadora de la vida?

Todos sabemos lo que es el “efecto placebo”
¿Puede ser la religión, también, un “efecto placebo”?
Porque la promesa religiosa es un lenitivo para el padecimiento anticipado de nuestra perdición mortal como lo es para el que va buscando ausentar el dolor corporal.

En vista de ese beneficio anestésico el enfermo recurre a su médico, administrador del remedio curativo, y el creyente a su clérigo, administrador del remedio teológico, para que le diga qué tiene que hacer, cómo tiene que comportarse para no morir del todo cuando aquí se muera.

Y si creíamos que la creencia religiosa desaparecería cuando supiéramos y conociéramos más y mejor, al considerarla sólo como efecto de la ignorancia, los atentados tan recientes de los nuevos fanáticos de la tercera religión del libro, estábamos muy equivocados, no dependen tanto de lo que sabemos y pensamos, o de la ignorancia, como de los deseos, de la apetencia de salvación eterna y feliz de los otros.

Estoy acostumbrado a oír los sermones desde los púlpitos llamándonos “ciegos” a los que queremos ver con la razón lo que ellos dicen ver, clarísimamente, con la fe.

Si la “voluntad de creer” surge de flaquezas y angustias humana sobradamente comprensibles que nadie puede ni debe condenar con arrogancia, la incredulidad proviene del esfuerzo por conseguir una veracidad sin engaños y una fraternidad humana son remedios transcendentes, lo que me parece más respetable pues se hace por amor a los hombres y no por amor a Dios y para hacerse merecedores de superiores favores.








domingo, 11 de noviembre de 2018

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (6)



Y sabemos que para muchos ateos y anticlericales (si no para todos) las doctrinas religiosas no son más que inventos de los clérigos para embaucar a los incautos y crear y mantener un poder sobre ellos, convirtiéndolos en feligreses, manteniéndolos infantilizados y siempre necesitados de tutores, que son, precisamente, ellos.

Quizá no sea totalmente así (aunque mucho sí lo sea) porque ¿qué decir de la falsa Donación de Constantino o la Sábana Santa de Turín, del Santo Grial y de la Santa Cruz, del paño de la Verónica, de….de…?

¿Hasta qué punto puede ser creído como real y verdadero lo incomprensible, lo indemostrable?
Pero es verdad que son muchas las personas que creen en eso y uno se pregunta por qué y a lo que, muchas veces, se contesta con que es una “falacia conativa” de G. Puente Ojea.

Creer es asumir que algo es verdadero o que alguien existe sin tener constancia alguna de que exista.

Siempre me ha gustado la definición de creencia que daba el sevillano-malagueño José María González Ruiz: “creer en algo es exponerse a que aquello en lo que se cree no exista”

No me creo que un creyente entienda mejor la vida humana, ésta de aquí abajo, mejor que un ateo o un agnóstico, ni que la vivan mejor, creo que es exactamente al revés.
El creyente en la otra vida hipoteca, si no toda, sí parte de su vida terrenal pues cree que la recompensa será infinitamente mayor, el 100x1.
Es la apuesta de Pascal: “Si, luego, no existe, es poco lo que pierdes, pero si sí existe es TODO lo que ganas”

Camus, en su obra La Peste enfrenta las dos visiones de la misma: la del cura –el Padre Panelous – con su visión del mundo desde la religión, que la ve como el castigo divino porque Dios aparta la mirada y deja de ser misericordioso por lo que sólo el arrepentimiento puede conseguir que Dios vuelva a mirar al pueblo de Orán (donde se desarrolla la novela) y desaparezca la peste.
En el otro extremo de la novela está el doctor Rius, ateo, representante del conocimiento científico que lucha denodadamente, junto a otros no creyentes, contra la peste para erradicarla, convencidos desde esta perspectiva que ni la peste, ni la vida, ni la muerte tengan que ver nada con Dios y sólo son cuestiones humanas.

Hay creencias humanas, las que pueden ser verificadas o falsadas (mi paternidad respecto a mis hijas, o la existencia de Alaska, o esa otra creencia de la que antes he escrito, la solidez de la calle y mi creencia de que no va a hundirse cuando baje de la acera y eche el pie fuera).
Y hay creencias (voy a llamarlas “divinas”) religiosas en las que nada puede ni verificarse ni falsarse, lo que supone un salto en el vacío sin saber si al otro lado de ese salto hay algo o nada hay.

En la vida real, de cada uno, ¡cuántas creencias en algo sólo por la remota posibilidad (no probabilidad) de que me toque el euromillón (al que juego semanalmente) porque lo deseo y por lo que quiero creer y me veo millonario¡
¡Cuántas falsas esperanzas¡. Cuántas decepciones no habremos tenido cada uno pero seguimos creyendo que cualquier día..,

Las creencias justificadas son aquellas que vienen envueltas en parámetros científicos (la creencia en que si suelto esta piedra caerá verticalmente a la velocidad X y tardará en llegar al suelo en el tiempo Y.

Y si es verdad que la extensión y la mejora de la educación está haciendo cotizar a la baja las creencias religiosas, también es verdad que se están colando creencias paranormales (desde la para-psicología a los ovnis, desde la homeopatía al espiritismo pasando por todas las terapias alternativas varias (piedras de no sé que, aromaterapia,… o los milagros por las aguas de los santuarios de Lourdes, Fátima,…descuidando y desconfiando de la medicina de corte científica).
(Yo, confieso que, si la medicina y la cirugía, científicas, me fallaran de manera absoluta, pediría cita hasta con el diablo)

Yo creo que existe la “experiencia religiosa” y que no puede ser contrastada con metodología o procedimiento científico, porque ni es intersubjetiva ni es reproducible a voluntad.
No es, por lo tanto, científica, pero no puedo ir más allá y afirmar que es, por lo tanto, falsa, porque darse, se da, ocurre.

A veces la fe te impulsa a la acción. Si crees que puedes saltar, en longitud, dos metros puedes intentarlo y conseguirlo, pero si crees que puedes volar porque ese minúsculo pájaro lo hace y te lanzas al vacío para poder batir las alas, esa creencia te lleva a la muerte segura.
La fe sirve en el ámbito de lo posible, pero no más allá.
La fe de conseguir resultados posibles siempre ayuda, pero lo que no hace esa fe es convertir lo imposible en posible.

El gran problema de la fe religiosa es que la tierra firme está, siempre, del lado de allá de la muerte y nunca podrás comprobarlo en vivo y en directo.

“Si Dios no existe, todo está permitido” –dice un personaje de Los Hermanos Karamazov, de Dostoievski  o “sin Dios y lo sobrenatural la vida no tiene sentido”. Dos sentencias tan repetidas y tan manidas y, sin embargo, falsas.
¿Cómo va a estar TODO permitido si….o cómo que no tiene sentido la vida para un ateo o un agnóstico?

Quizá ambas sentencias sean, tan sólo, la manifestación de unos deseos.

viernes, 9 de noviembre de 2018

PALABRA DE UN AGNÓSTICO (5)


Todavía recuerdo al fallecido Gustavo Bueno y su airado cabreo, en una tertulia, en la que una vidente, sin estudios, recurría a la Física Cuántica para sustentar su actividad engañosa.

El embustero, en cambio, conoce la verdad, la valora, pero la oculta y la desfigura para conseguir alguna ventaja, pero reconoce la autoridad de la verdad, lo que no hace el mero charlatán.

El mentiroso conoce, o cree conocer, la verdad y, a partir de tal conocimiento, falsea lo que tiene por verdadero, el charlatán, en cambio, se despreocupa de la verdad, por lo que la charlatanería es peor enemigo de la verdad que la mentira, aunque el charlatán intenta aparecer ante los demás buscando sólo el afecto que pueda causar a sus oyentes (de ser una persona sabia, honrada, piadosa, conocedor de los secretos del universo,…)

Alejado y sin preocuparse de la verdad quiere aparentar ser tenido por “amigo de la verdad” y de acuerdo con la cuarteta de Campoamor: “en este mundo traidor // nada es verdad ni mentira. // Todo es según el color // del cristal con que se mira”.

Pero el charlatán no es un monstruo sino que actúa como un comodín y, en su relativismo de la verdad, en su escepticismo, si es verdad lo dicho por Nietzsche en La Voluntad de Poder de que “no hay hechos sino interpretaciones” y como las interpretaciones les corresponden a cada intérprete, está justificada la renuncia a “una interpretación” que sea una descripción válida, objetiva e interpersonal de la realidad.

Y si no hay verdad, ni puede haber veracidad, “vivan la sinceridad y la autenticidad”

El charlatán desnuda su alma ante el público y hasta se ríe, mirándolos por encima del hombro, de quienes trabajan para dar cuenta de aquello de lo que se dan cuenta.

Varias veces he escrito que, contra la creencia y la defensa de la sinceridad, “un hijoputa sincero es doblemente hijoputa”.

¿Le ocurre a la “verdad”  lo que a la “democracia”, que se mide su valor por el mayor número de votantes o es la verdad algo objetivo que no depende de nuestro gusto, que se nos escapa y se nos escapará al ser tan escurridiza por la dificultad del asunto, por lo limitado de nuestras capacidades cognoscitivas y por las muchas pasiones que nublan nuestro entendimiento?

La “dificultad” no es “imposibilidad” sino una “nada cómoda y trabajosa posibilidad” pero a la que no hay que renunciar sino perseguir, perseguirla constantemente, como un buen perro de caza.

Renuncia al concepto de verdad y respóndeme si puedes hablar, porque lo que digas, sea lo que sea, nada vale.
¿Qué sentido tendría hablar y hablarnos, preguntando y respondiendo si la verdad no está ahí, en medio del emisor y del receptor?

Incluso el que engaña tiene presente el concepto de verdad, de lo contrario ¿cómo podría hacerlo?
Lo que no quiere decir que sea unívoco el concepto de verdad (en otro lugar he escrito sobre los 5 tipos de verdad y sus opuestos)

A la verdad le ocurre lo que a los mapas, que pueden ser distintos (económico, físico, político, social,…) sobre una misma realidad, España misma.
Todo depende de la perspectiva desde la que se haga.

Muchos de los postmodernos, que rechazan el concepto de verdad, es porque quieren que ésta sea como el mapa inventado que proponían los sabios de la anécdota de Borges, que querían construir un mapa de las mismas dimensiones que la realidad.
¿Os imagináis un mapa de España de las mismas dimensiones que España?
Además de imposible ¿no sería inútil?

El mapa representa la realidad, pero en su calidad de mapa, como un mapa de España, con sus escalas,…
Igualmente la verdad representa la realidad pero en su cualidad de representación.

¿Cuánto de charlatanes tienen los sermones de los curas desde sus púlpitos? ¿De qué realidad hablan, a qué realidad se refieren? ¿Su lenguaje es informativo, representativo? (y pido perdón a los creyentes de buena fe que pudieran sentirse heridos, aunque nunca menospreciados).

Muchas veces he afirmado que ninguna religión es verdadera, como que ninguna religión es falsa, porque las religiones son ajenas al esquema de verdad-falsedad.
El lenguaje religioso no es un lenguaje fáctico, que se refiera a hechos, sino un lenguaje simbólico, alegórico, con implicaciones morales, algo totalmente ajeno y distinto al lenguaje científico.
Ya lo dijo Wittgenstein, que no puede el discurso científico dar cuenta del discurso religioso, porque pertenecen a juegos del lenguaje diferentes.
Lo fáctico y experimental vs lo simbólico y alegórico.
No deben ser rechazadas las creencias religiosas porque sean diferentes a los hechos científicos.

Pero no todos los mapas son representativos de la realidad o de parte de ella, también hay “mapas imaginarios”, como los que aparecen en una novela de aventuras en busca de un tesoro, que no existe, como no existe esa “isla del tesoro” y que sólo tiene sentido en cuanto se refieren a la novela, que es fruto de la imaginación del novelista y no representa, ni intenta representar, a algo real, sino a algo imaginario.

Y mi pregunta, y mi duda, va por ese camino: ¿serán las creencias religiosas en la otra vida posterior, y demás contenidos religiosos, como esos mapas imaginarios de una realidad que no existe y que sólo tienen sentido, y valen, en tanto que hay una novela que describe esa imaginaria e inexistente realidad?

¿Para qué sirve el mapa de la Isla del tesoro fuera de la novela?

Es decir, sabemos que Don Quijote de la Mancha realizó sus aventuras en distintos parajes de la tierra manchega, pero cuando pisamos y recorremos las localidades manchegas sabemos que Don Quijote nunca estuvo en Puerto Lápice.
Don Quijote no existe fuera de la novela y prescindir de ésta lleva a prescindir de nuestro héroe.

¿Quién puede dudar de las influencias de todo tipo, de la relevancia cultural, artística, antropológica, política,… de las religiones?
Yo mismo he defendido (y sigo haciéndolo) la importancia de conocer y de impartir la materia de Cultura Religiosa si queremos entender muchos aspectos de nuestra historia.
Y, todo ello, porque han sido millones de personas que han creído la verdad de tantos dogmas, aunque hayan sido y sean, ni verificables ni falsables.

Y cuando se afirma que lo religioso es simbólico ¿de qué realidad es símbolo? Porque las banderas de España o de Andalucía son símbolos de dos realidades, de España y de Andalucía.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

PALABRA DE UN AGNÓSTICO (4)



Dudar de todo es imposible. Sería como hacer el vacío absoluto.
Hasta Descartes, al intentarlo, concluyó que no podía dudar de que dudaba, por lo que llegaba a algo indubitable, a algo cierto.

No creer en nada es imposible.
Cuando caminando por la acera cruzo la calle “creo” que la calle no va a hundirse y voy a caer al precipicio, como cuando, sediento, me acerco a una fuente a beber, “creo” que va a quitárseme la sed y “creo” que esto que estoy escribiendo podré sacarlo a la luz en la impresora.

Sea en la materia que sea, siempre se cree en algo.

Pero hay creencia que pueden ser verificadas o falsadas (yo, que nunca he estado en Alaska, “creo” que está allí donde me aparece en el mapa y “creo” que si tomo un avión puedo verificar mi creencia).
Igualmente con la “falsación”. “creo” que es falso que si reparto este trozo de pan entre tres personas le toque la mitad a cada una de ellas.

Pero hay otro tipo de “creencias” que ni pueden ser “verificadas” ni “falsadas”.
Estoy refiriéndome a las “creencias religiosas” que nos hablan de la vida tras la muerte, del cielo y del infierno, del juicio final, de los premios y castigos eternos tras la muerte, de la resurrección de los muertos,…

No hace mucho, en el metro de Madrid, un predicador comenzó a soltarnos su sermón sobre el arrepentimiento porque, de lo contrario, nos condenaríamos, eternamente, en el infierno, etc…etc…etc…
Educadamente le pedí que dejara de molestarme (molestarnos) con su creencia, porque esa era “su” creencia, contra la que yo nada tenía, pero que se la guardara para su vida privada o que la expusiera en los espacios religiosos a quienes, voluntariamente, quisieran escucharla, a sus fieles creyentes.

Sólo la llegada a la siguiente estación dejó de herir mis oídos, saliendo del vagón, para meterse en el siguiente y continuar su “misión”.

En el metro ocurren cosas.

Otro día, una persona mayor, bien vestida y calzando zapatos relucientes, criticaba a una joven que estaba sentada, diciéndole la poca educación que tenía por no levantarse para que él se sentara (poco antes, a una mujer embarazada, le había ofrecido su asiento pero hubo varias ofertas y se sentó en otro) y lo increpé diciéndole si él “sabía” si esta joven no venía del trabajo, tras varias horas, de pie, en una tienda o tras la barra de un bar, con las piernas cansadas e hinchadas, mientras él, jubilado, venía de ver obras del centro de Madrid, totalmente relajado, descansado,…
Cuando el hombre se bajó, la joven me dio las gracias preguntándome si la había visto sirviendo de camarera en un bar de la Gran Vía.

Soy un impenitente visitador de iglesias que se cruzan en mi caminar y cuando coincido con el sermón del cura, y ya por hábito, me siento a escuchar su discurso hueco, de significantes sin significado, monótono y reiterativo, sea la iglesia que sea, en la ciudad que sea.

No hay discurso tan sin significado real como los monólogos de los sacerdotes.

“Dios te ama”, “ofrécele tus sacrificios, tu enfermedad, para salvación de los hombres”, “en el corazón de Dios cabemos todos”, “que se hizo hombre para redimirnos”…

Como cuenta Savater de aquel orador del avión: “sabía del todo lo que sabía, pero también sabía lo que nadie sabía del todo. ¡Menudo pájaro¡”

¡Qué seguridad en el decir y en lo que dice¡ - como si el lenguaje de lo etéreo pudiera compararse con el lenguaje natural.
El predicador lo ve todo tan claro (siendo todo tan oscuro) que hasta se extraña de que los demás mortales estemos ciegos para ver lo que él ve.

¿Quién le ha dicho a ese predicador, del metro o del avión, todo lo que está soltando por la boca (“que el cuerpo es sólo el caparazón de nuestra alma”, “que el cerebro lo graba todo a lo largo de la vida y, cuando llega al final, en el último momento, rebobina, y nos pasa la película al revés, pero que, para entonces ya no habrá forma de cambiar lo grabado así que…”

Pero ¿qué pruebas tiene de todo lo que dice?. ¿Es que tiene línea directa con Dios?....

Los seres humanos mentimos con la misma facilidad con la que respiramos, por nuestro bien, por el bien de nuestros hijos, para evitar un castigo, para conseguir un premio o un favor,…

La mentira es un auténtico universal humano.

Aunque debemos distinguir entre “mentir” y “no decir la verdad”.
Mentimos, realmente, cuando no decimos la verdad a quien tiene derecho a saberla y a esperarla de nosotros.

¿Qué les importa a los demás mi vida privada?. Naturalmente que estoy en mi derecho a no decirles la verdad porque no tienen derecho a saberla para exigírmela.

Un funcionario público sí que tiene la obligación de ser sincero, y no mentir, en lo que afecte a su actividad en los asuntos públicos, pero no de su vida privada.

¿Y qué decir de quienes se aprovechan del deseo de saber de algunos para inculcarles falsedades, desde los sacamuelas charlatanes con sus recetas curativas del cáncer por la imposición de sus manos y tomando agua de una fuente milagrosa, hasta los que falsifican la historia para atraerlos a su redil, o los que, sin tener pajolera idea, dogmatizan sobre la física cuántica y su influencia en la adivinación del futuro.
Son mentirosos empedernidos al aparentar saber lo que no saben para beneficio propio y cuya supina ignorancia intentan camuflarla con una verborrea fluida.
Es el charlatán mentiroso que habla, sin parar, sin saber de qué está hablando.

lunes, 5 de noviembre de 2018

PALABRA DE UN AGNÓSTICO (3)



A lo largo de toda la evolución humana, y del desarrollo propio, los sentidos han servido y sirven para captar, con la mayor exactitud posible lo que hay ahí, fuera e independientemente de mí.

¿Qué garantías de veracidad ofrecen las religiones y cómo pueden justificarse?
Es verdad que tienen una utilidad social como calmante de sus iras y frenos a los deseos de malas acciones o de matar a alguien.

Recordar a Marx y su sentencia de “la religión es el opio del pueblo” es afirmar, incluso hoy, que la religión ha sido (¿sigue siéndolo?) el estupefaciente insustituible, de momento.
Pero lo que en otro tiempo sirvió de aglutinante social, hoy, en las sociedades democráticas, ha dejado de serlo, siendo, al revés, causa de enfrentamientos.

Otra cosa es que sean las Iglesias de las distintas religiones el mejor fundamento de los valores morales.

Suele afirmarse, superficialmente, que la “crisis de valores” es el efecto del abandono de las prácticas religiosas.
Y es verdad que han entrado en crisis muchos de los valores que se creyeron que eran universales y permanentes y han sido sustituidos por otros.
Los valores se han puesto al día.
Unos fenecen, ya gastados por el tiempo, y otros nacen, más acordes con los tiempos que vivimos.

El “ateo” ha gozado de mala fama durante toda la historia porque era considerado como “inmoral”, ya que los preceptos morales, tanto los obligatorios como los prohibitivos, provenían de Dios y si la única moral es la moral religiosa, al no creer el ateo en Dios…

Así como la teología es dogmática, la filosofía ni debe, ni puede serlo, porque su respuesta nunca es la respuesta definitiva.
El filósofo convive con su pregunta, siempre, nunca desaparece ni puede abandonarla, aunque vaya dándole respuestas temporales, nunca “canceladotas”.

Suele afirmarse que, mientras las ciencias “progresan” lo que la filosofía hace es, sólo, “ahondar” en su pregunta.

Recuerdo lo que, cada comienzo de curso, les leía y comentaba un texto de B. Russell de la filosofía como “tierra de nadie”, como “no man´s  land”, entre la ciencia por un lado y la teología por el otro recibiendo presiones.
Los filósofos están instalados, como pueden, en la incómoda zona mental que separa el firme suelo de la Ciencia del etéreo y enigmático, pero “dogmático” cielo de de la Teología Religiosa.

Mientras las creencias dispensan de seguir pensando, la filosofía es el acicate para no dejar de pensar.

Le preguntaron a Russell que haría si, tras morir, resucitase y despertase ante la presencia de Dios, a lo que respondió: “le diría: Señor, no nos diste suficientes pruebas”.

Me gusta más la respuesta que dio nuestro Francisco Ayala a esa misma pregunta: “le estrecharía cortésmente la mano, porque soy una persona educada pero, francamente, quedaría muy sorprendido”

domingo, 4 de noviembre de 2018

PALABRA DE UN AGNÓSTICO (2)



Pues también son muchos, intelectualmente bien amueblados, los que creen en “la vida perdurable” tras el intermedio de la muerte, porque “vita mutatur, non tollitur”, y en todo lo demás de ese circo (¡perdón! si a alguien le molesta) sobrenatural, ni falsable ni verificable, sólo creído o no creído, pero (repito) creerlo no es prueba de su existencia.

En 1.996 (finales del siglo XX y tras tantos y tan espectaculares avances científicos y tecnológicos), según la encuesta realizada entre los científicos, el 40% de ellos respondieron ser creyentes, el 45 % ateos y un 15% de agnósticos (los equivalentes a “no saben-no contestan”

Ahora mismo, en el mapa terráqueo, está en auge un radicalismo religioso, con terrorismo incluido y discriminación femenina, sexual,…
¿Cuántos países, todavía, no admiten el matrimonio homosexual, la igualdad entre varones y mujeres, una escuela laica, las críticas a sus dioses respectivos, a sus iglesias, incluso a sus líderes?

¿Cómo puede atacarse/ser atacado el “sentimiento religioso” cuando hasta se cree en “el espagueti volador” (la religión pastafari o “pastafarismo”)?

Y sigo preguntándome cómo puede creerse en lo invisible, lo improbable, incluso en lo “imposible”
¿Cómo puede ser posible que una “virgen” (que no ha conocido varón, que no ha ni siquiera copulado (por no escribir “foll…”), se quede embarazada y sea “madre” y nada menos que del “hijo de Dios”.

“Virgen”, “madre” y “Dios”.

Parece que los dioses están ganando, están vengándose de los hombres y al mismo ritmo que los echamos por la puerta se nos cuelaN por las ventanas (no hay más que ver la cantidad de sectas religiosas, tan variopintas que aparecen constantemente).

Las tres religiones del Libro, las monoteístas, han sido agresivas hasta límites insospechados.
Lees el Antiguo Testamento y el dios Yahvé, con su pueblo elegido, lleva a cabo tantas matanzas y tan brutales (varones, mujeres, niños)…
Y si pasamos al Cristianismo y las “guerras de religión” y su Iglesia con la Santa Inquisición, el Índice de libros prohibidos, los autos de fe, las hogueras,..
Y si llegamos al Islamismo, actualmente, con su yihad, su Estado islámico, sus teocracias,…

Hoy, la “postmodernidad” está en pleno auge y consiste en afirmar que la verdad se ha hecho relativa, ha perdido su fuerza decisoria y absoluta, porque la verdad depende de la interpretación o la tradición cultural a partir de la cual se juzgan los acontecimientos, lo antes llamado “realidad”.

Y si “cada uno cree lo que crea” ¿cómo puede ello ser verificado o falsado?

¿Pero acaso puede ser igual “creer” en los electrones, que sólo pueden detectarse sus efectos, pero no ellos en sí, o “creer” en la Teoría Cuántica que “creer” en María, “virgen y madre de Dios”?, porque pertenecen a registros distintos en el campo de la fe, y exigen apoyos diferentes para sustentarse, unos tomados del campo de la experiencia y del análisis racional y los otros de las emociones o querencias sentimentales.

Yo (lo reconozco) soy/estoy anticuado.
Para mí la verdad sigue siendo la “adaequiatio intellectus et rei”, la adecuación de lo que percibimos y concebimos con lo que existe independientemente de nosotros, lo que está vinculado con la supervivencia propia y la de la propia especie.

viernes, 2 de noviembre de 2018

PALABRA DE UN AGNÓSTICO (1)




Cuando, alguna vez, se enfrentan a mi mente ideas tales como la creación del mundo, el origen y destino del alma, la Omnipotencia y absoluta Bondad de Dios, las catástrofes con sus múltiples muertes de personas pobres e inocentes (se me viene a la mente el terremoto de Lisboa, de 1.755, y el tsunami asociado (“la catástrofe perfecta” por el añadido incendio en Lisboa y sus más de 100.000 muertos (de los que casi 10.000 fueron españoles)…

¿Qué quieren que les diga?

Era el día 1 de Noviembre, el día de Todos los Santos, en un país devotamente católico, con las iglesias repletas de fieles creyentes…

¿Por qué? Era la pregunta que “todo dios” se hacía. ¿Por qué?

¿Por qué en una nación católica, repleta de creyentes?
¿Es que se lo merecían o habían hecho deméritos para ello?

¿Cómo explicar esa “cólera de Dios”?

Si Dios PUDO evitarlo y no QUISO, no es Dios, no es Bueno.
Si QUISO evitarlo y no PUDO, no es Dios, no es Omnipotente.
Si ni QUISO ni PUDO evitarlo ¿por qué seguir llamándolo Dios?

Luego ¿hay que concluir que PUDO evitarlo y no QUISO?

Se lo preguntaron algunos Ilustrados (sobre todo Voltaire)  y puede preguntárselo cualquiera, hoy, creyente, ateo o agnóstico.

¿Qué pensar ante ese triple desastre: terremoto, tsunami e incendio) y la creencia en ese Dios Omnipotente, Bueno, Justo,…?
¿O es impensable y el creyente tiene que cerrar los ojos del pensamiento, correr la cortina de su mente (algo que nunca la mente debe tener, “cortinas”), y volcarse, columpiarse plácidamente en su fe y taparse en esa bandera, como cualquier fanático autonómico, creyente en que esa bandera es el “curalotodo” presente pero, sobre todo, futuro?

Pero no hay que remontarse a tanto tiempo atrás, basta con asomarse a la múltiple y variada información diaria y contemplar los acontecimientos en cualquier lugar del globo terráqueo y seguir lanzando la pregunta del “porqué” y ver si hay alguien que la recoja y la conteste, o intente, al menos, contestarla, adecuadamente.

Yo conozco la filosofía de San Agustín (no en balde hice mi tesina sobre él) y conozco la Teodicea de Leibniz, que no es una “explicación” (de las “causas”), sino una “justificación” (de los “motivos”)

Muchas veces he dicho, y repetido, que quien cree en Dios, en el Juicio Final, en el Cielo y en el Infierno (Purgatorio intermedio, incluido), en la resurrección de los muertos (o de la carne)…y en todo ese ultramundo sobrenatural, es “verdad que cree”, es “una verdadera creencia”, pero nada puede concluirse de que “sea verdad lo creído”.

¿No creen los niños en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez? ¿No viven entusiásticamente esa creencia? ¿Es que existe, realmente, lo creído?

La “estación propicia para la fe” –en palabras de Borges, es aquella en que el conocimiento científico está en germen y que, además, está prohibido y/o perseguido.

“Creer” vs “saber”.

Y todos, desde San Agustín a Kant, pasando por Descartes y Newton, creyeron en todo ese mundo sobrenatural, totalmente inverificable.
Es difícil (muy difícil) soltarse del ambiente, del clima cultural, en el que se vive y si, además, el vigilante (la Iglesia) está pendiente de lo que escribes y de lo que dices… teniendo en su mano preparado el castigo, que pasando por la excomunión (y lo que ella significa) y la cárcel inquisitorial podía llegar a la hoguera del fuego purificador…

¿Y después de Marx, Nietzsche, Freud (los filósofos de la “sospecha”….?

jueves, 1 de noviembre de 2018

RELIGIÓN, ECONOMÍA Y SOCIEDAD ( y 4)



Esta práctica del Carnaval y su desahogo de las pasiones, es una práctica eminentemente católica, que decayó a partir de la Reforma y que prácticamente fue suprimida en la mayoría de las sectas protestantes,

La fiesta, el estallido de luz, de color, de sonido, de alegría, que en muchos casos llega a la orgía, al descontrol, al salvajismo o a la violencia es algo desconocido en la vida de los puritanos protestantes y no tan raro en los fines de semana de nuestra católica España, sobre todo por los jóvenes y adolescentes.

Y si éstas, y más, son las diferencias comparando protestantismo y catolicismo es fácil comprender cómo ha sido la Filosofía Española en esta España católica, apostólica y romana y cuál ha sido la deuda con este tipo de sociedad.

Y si el protestantismo ha apostado por la riqueza (por el “tener”) el catolicismo, al apostar por la pobreza ha apostado por (el “ser”), somos cuerpo y alma, el hombre como un ser integral, por lo que ha apostado por un tipo de filosofías humanistas, existencialistas, vitalistas, subjetivistas,…

En los países nórdicos, al apostar por el “tener” triunfa una mayor atención a las cosas, a los objetos, a la conciencia individual, originando filosofías objetivistas, pragmatistas, utilitaristas o idealistas.
Y todo porque ambas tendencias filosóficas son productos de una u otra consideración del hombre, bien porque éste venga medido por el éxito económico, social o histórico (por lo que “tiene” más que por lo que “es”) o bien por lo contrario, al partir de un presupuesto distinto, de una consideración distinta del hombre, cuya filosofía será una “negación de la religión del éxito”, “quedar bien” en vez de “tener éxito”.
“Quedar bien ante sí mismo, ante los demás y ante Dios”, siempre “quedar bien”, por lo que en la Filosofía española, la Filosofía del “ser”, la tentación no es “tener” sino “parecer”, lo que supondría una hipocresía “parecer y no serlo”, ir con la máscara que tapa la persona que hay tras o debajo de ella.

Ya en nuestro Siglo de Oro, la Teoría del Estado de la Contrarreforma se manifestaba en un hondo antimaquiavelismo que se niega a admitir a “la Razón de Estado” como la razón suprema de la acción política y eso que, en esos momentos, la Razón de Estado era la más apropiada para el éxito en el dominio político pero al jurista español de la época eso le parecía una enorme inmoralidad porque suponía supeditar “todos los demás valores”, los morales, los valores humanos, al triunfo del poder político y al dominio de lo descubierto en América.
Por eso, en España, contra el “príncipe de Maquiavelo” (y quien haya leído u ojeado la obra sabrá las cualidades del Príncipe de Maquiavelo, ese de “el fin justifica los medios” con tal de engrandecer el Estado) lanza y propone la Teoría del “Príncipe Cristiano”, en las obras de Quevedo (“Política de Dios y gobierno de Cristo”), de Saavedra Fajardo (“Empresas Políticas. Idea de un Príncipe político cristiano”), de Baltasar Gracián (“El Político Fernando”), de Pedro de Ribadeneira (“Tratado de la Religión y virtudes que debe tener un príncipe cristiano”)

Y no es que en España no hubiese defensores y seguidores de Maquiavelo y su Príncipe, pero ni siquiera se atrevían a decirlo o a expresarlo dada la fuerza de las ideas imperantes.
Recordar, también, que desde 1.559 las obras de Maquiavelo y las de sus seguidores figurarán en el Índice de libros prohibidos.

Tras el descubrimiento y conquista de América, los grandes teólogos y juristas españoles (un Francisco de Vitoria o un Fray Bartolomé de las Casas) van a marcar, una vez descubiertos las nuevas tierras, cómo debe hacerse la conquista de las mismas, muy alejada del colonialismo típico de otros países donde el fin primordial es el éxito de la empresa colonizadora, imponiendo la voluntad del conquistador buscando el dominio político y económico sobre otro valor cualquiera.

Nuestro Francisco de Vitoria llega a impugnar la autoridad del mismo Emperador español y aún la del mismo Papa por que ni son ni pueden ser “domini Orbis” (los dueños y señores del mundo) por lo que no pueden ofrecer ninguna justificación legítima a la conquista o al dominio de España sobre el Nuevo Mundo.
Habrá que buscar, pues, otros títulos legítimos, del lado de los Derechos Humanos y Naturales, ajenos a todo fin religioso, lo que lo llevará a fundar y ser el padre del Derecho Internacional y de la Filosofía del Derecho, porque el derecho no podía estar basado sino sobre la naturaleza.

La superioridad del Padre Vitoria sobre el Padre las Casas –según Menéndez Pidal –está precisamente en que para el primero no vale otro motivo para la colonización que los títulos humanos y naturales, mientras para el segundo, con mentalidad más medieval y menos moderna, el motivo principal para la conquista es la evangelización, con la imposición de la religión católica, al ser la única religión verdadera.

Sin embargo, el Fray Bartolomé de las Casas es moderno en otro aspecto como lo es su negativa a justificar cualquier clase de guerra, lo que lo coloca a la cabeza del movimiento pacifista y contestatario de nuestra época.
Y también su defensa del hombre y de la humanidad lo colocan a la cabeza de un pensamiento universalista y humano de la tradición española, que no duda en ir contra los intereses nacionalistas si fuera necesario en defensa del hombre, de la humanidad y de los valores que lo sustentan.

En este sentido quizá el Fray Bartolomé de las Casas sea el más español de nuestros intelectuales pues es el que más impugna toda voluntad de poder, impulsado por el sentimiento de amor y de justicia, hasta llevarlo a oponerse a los intereses de su propio país.

Y si es verdad que se le acusa de ser Fray Bartolomé de las Casas el impulsor de la Leyenda Negra no debemos olvidar que fue por la generosidad de su causa y el éxito de que dicha generosidad cayera siempre del lado del débil, como en Don Quijote.

Las Casas un Quijote español.

Todas estas expresiones anticolonialistas y antinacionalistas sitúan nuestro pensamiento, tanto de Las Casas como de Vitoria, como del contrarreformismo español en general del Siglo de Oro, en la avanzadilla del siglo XX, que es también un siglo anticolonialista y antinacionalista (a pesar de las explosiones de nacionalismo en la primera mitad de siglo y de los rebotes nacionalistas posteriores).

Negación de “la religión del éxito” es una característica de nuestra cultura tradicional.

Un liberalismo anticolonialista de los siglos XVII y XVIII, como el de nuestro Padre Feijoo, que difundieron en América un espíritu de libertad que habría de conducir a la independencia política de aquellos países (incluso muchos de aquellos liberales (no sólo criollos, hijos de españoles y españolizados) intervinieron directamente en la emancipación de las colonias americanas, y no sólo con escritos).

Defensa y predominio de lo humano (como el principio de exaltación de la libertad) llega hasta nuestros días a través de filosofías de corte vitalista, moralista y humanista, como el krausismo, el existencialismo o el historicismo (Julián Sanz del Río, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, respectivamente)

Y, actualmente, en los filósofos críticos de la sociedad de consumo.

Fray Luis de León, Unamuno, Machado, Valle Inclán,…heterodoxos desde el punto de vista católico y todos ellos exaltan la figura del Crucificado, resaltando lo espiritual, lo moral, lo ideal, sencillamente, lo humano frente a los que buscan lo utilitario, lo práctico, lo eficaz, lo exitoso.

El pensamiento español ha sido, un poco al menos, la manifestación de una “conciencia disidente” frente a la general “religión del éxito”, y no sólo respecto a otros países, sino que aquí mismo, dentro de nuestra propia España, una heterodoxia católica ha sido/está siendo una “conciencia disidente” respecto a la jerarquía eclesiástica y al pensamiento oficial.
De ahí nuestros frecuentes exilios y emigraciones por presiones de todo tipo, hasta por temor a morir.

Aunque apuntarse a esta filosofía como negación de la religión del éxito” es como apuntarse a causas perdidas pero con la contrapartida de poner como ideal por el que luchar y conseguir, el valor moral y humano, el valor de “ser persona” por encima del valor de “tener cosas”.