lunes, 30 de noviembre de 2020

ASÍ ES LA VIDA ( 1 )

 Afirma Fernando Savater que le pidió al filósofo Sciascia que le definiera qué era la “inteligencia” a lo que el filósofo italiano respondió: “algo de lo que suelen presumir los estúpidos”.

Por lo que F. Savater, en su Diccionario Filosófico, (que ha sido considerado por la crítica como la obra más madura del filósofo español está siendo muy leída aunque las más leídas hayan sido/sean las dos obras dedicadas a su hijo Amador, Ética para Amador y Política para Amador que, tantas veces utilicé en mis clases de Ética) en la entrada “intelectuales” escribe: “véase “estupidez”).

 

Porque Savater considera la estupidez como “la silicosis del intelectual, su enfermedad profesional”.

 

Por lo que algunos lo han definido como “azote de estúpidos”, “filósofo provocador”, “eterno disidente”, “filósofo de lo posible contra lo probable”, “filósofo inconformista”, de “anarquista moderado” consta en la ficha policial franquista.

 

Es decir, un filósofo atípico, un personaje entre dos aguas: el escepticismo y el sentido común.

 

Él se considera, más que como un filósofo clásico, académico y tradicional, un “filósofo de compañía”.

Y es verdad que es un placer leer cualquiera de sus obras porque escribe para que también los no filósofos lo entiendan perfectamente.

Sus obras son “autorizadas para todos los públicos” por lo que también se le ha llamado “filósofo de la obviedad” porque es un maestro en manejar el arte de tratar los temas más complejos con envidiable claridad, tanto literaria como conceptual.

 

Aún sigo disfrutando de El Jardín de las dudas, novela ambientada en la España del siglo XVIII y los pensamientos ilustrados de Voltaire.

Obra que, además, quedó finalista del Premio Planeta en 1.993.

 

En su sólida formación filosófica siempre está Voltaire: “lo más volteriano en mí, lo más noblemente volteriano, es la pasión por la “tolerancia” y el aborrecimiento del autoritarismo y de los fanáticos” de ahí su condena del terrorismo vasco (él es vasco, nacido en San Sebastián, en 1.947) y habiendo estado, pública y privadamente, amenazado por ETA.

 

No le gusta mirar al pasado, siempre edulcorado por los buscadores del origen, y que no es otra cosa que la placenta protectora en la que se refugian, por miedo a enfrentarse con el presente para poder preparar el futuro al que ven negro, muy negro.

 

A él le gusta “reflexionar sobre el presente para buscar lo posible”, “yo no me resigno a lo probable, busco también lo posible” y, si no existe la “felicidad perfecta” tampoco existe la “infelicidad perfecta” por lo que a él le interesa la “felicidad posible”.

 

No muy amigo de compañías y si, es el caso, “un máximo de tres horas y media y un mínimo de diecinueva minutos” y, además, charlas sin programa o guión previo (lo que G. García Márquez llama un “conversatorio”) reflexionando en voz alta.

Dice, entonces, lo que piensa sabiendo que puede equivocarse y que rectificará al día siguiente si ello fuera necesario.

 

Le gusta desmontar los lugares comunes y desmitificar utopías de uso corriente.

Es un inconformista, pero muy coherente y amigo del sentido común.

Conocedor de todos (o casi todos –supongo) los filósofos de la historia y de la actualidad.

 

Cuando una persona es culta menos dinero necesita para hacer unas vacaciones o pasar un día feliz.

Y, al revés, cuanta menos cultura posee, más derroche, más gasto, más pirotecnias, más ritos necesitan, porque no es fácil amueblar un vacío.

Una persona culta tiene abiertas tantas puertas y tan variadas que sabe que puede optar por abrirlas todas, pero que sabe que no puede entrar por todas, porque dominar lo que hay tras ellas es imposible.

Una persona inculta o no tiene puertas para abrir o tiene sólo una en la que entrar o él mismo la construye y se divierte con fuegos artificiales.

Un edificio con muchas puertas que abrir supone unos buenos y sólidos cimientos, una sólida base cultural, de la que carece el inculto.

 

El inculto envidia el coche, el reloj, el piso, el ordenador,… de la persona culta, pero no envidia el bagaje intelectual y el elenco de palabras y conceptos que usa en una conversación porque su pequeño diccionario intelectual es incapaz de recogerlos, al sentirse desbordado.

 

Si el ordenador te corrige tu minúsculo dominio de la ortografía está como invitándote a que no te esfuerces en dominarla, te incita al mínimo esfuerzo (ley muy de moda en la enseñanza actual).

domingo, 29 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( y 12 ) EL IMPERATIVO DE VERACIDAD

 

 ¿Podemos prescindir del imperativo de veracidad, sin el cual la historia está condenada a caer necesariamente en la distorsión, la ocultación y la mentira?

Parece que no.

 

La sospecha de que alguien, apelando a ese imperativo, pueda ponerse al servicio de los poderosos no implica que debamos renunciar a él, sólo obliga a ser muy precavidos.

 

El marxismo fue incapaz de comprender esto y sus herederos, conmocionados con el fracaso del comunismo, han buscado una escapatoria en el «No hay hechos, sólo interpretaciones».

 

Puesto que la realidad complica las cosas demasiado, mejor prescindir de ella.

Es el denominado «giro lingüístico», un remake del nominalismo medieval, teoría que sirvió a sus creadores franciscanos para deducir de las limitaciones de la razón la necesidad de renunciar a ella y entregarse de nuevo a la fe.

 

Entonces, como ahora, la negación de la posibilidad de obtener un conocimiento verdadero de la realidad se utilizó como argumento para que el mito y la mentira se volvieran tan buenos, e incluso mejores, que la razón y la verdad.

 

Las masas son capaces de creer en todo.

La única condición es que halaguen sus pasiones.

 

No hay que ser veraz, ni siquiera verosímil, basta con repetir insistentemente un mensaje, por absurdo que sea.

Es la gran aportación teórica de Goebbels, el san Juan Bautista de la posverdad.

 

(Sobre plantilla del artículo de José María Herrera, en Cuadernos hispano-americanos)

El objetivo elemental ya no está tanto en el aprovechamiento de simular o disimular la verdad para robarle algo al otro, sino en poseer una verdad para uno mismo, poseer algo.

 

La aventura contemporánea es la infructuosa de Alicia en el País de las Maravillas (y su complementaria Alicia frente al espejo) o la delirante de Neo en Matrix, ambos diluidos en un mundo cavernario de oscuras percepciones.

 

Alicia, al introducirse en la madriguera y perseguir al conejo blanco descubre un mundo absurdo que pretende interpretar con lógica (Lewis Carroll era matemático).

Alicia discute infatigable con los disparatados personajes que se va encontrando intentando comprenderlos racionalmente.

 

Por el contrario Neo descubre estar en un mundo irreal y su empeño más bien consiste en una incesante lucha por salirse al otro lado, más allá de las apariencias.

 

Ambos, Alicia y Neo, reflejan la tensión neurótica y psicótica a la que invita el caos mundano.

 

Alicia es una neurótica atrapada en el intento estéril de racionalización de las ficciones que va encontrándose, mientras que Neo es un psicótico que pretende desdoblar el mundo, que pretende superar la realidad-ficticia o la ficción-realidad en la que necesariamente tiene que moverse.

 

Alicia opera como Miró, a brochazos, intentando descubrir una “buena forma”. Neo es un Kandinsky, un personaje iluminado por un plan geométricamente determinado, que habría de terminar loco de remate al descubrir que sin las ficciones generadas por Matrix no podría caminar hacia la verdad y que destruir Matrix es destruir el camino.

 

El autoengaño es la argucia delirante característica del sobrevivir en nuestros días.

 

Es la búsqueda de una identidad consistente, que trascienda la articulación de cada cual en el mundo.

 

El autoengaño opera, por tanto, un distanciamiento de la realidad y de la identidad personal para así escapar o evadirse de un funcionamiento irregular del entorno, para así evadirse irresponsablemente de la implicación que cada cual tiene al participar en la obra.

 

Un papel adaptado al que no quiere interpretar y que, sin embargo, paradójicamente, le obliga a interpretar como figurante, y que también consume y es consumido por su papel mundano de enfermo o de espectador, de Don Nadie.

 

Los figurantes también padecen las modas, las modas diagnósticas, las modas del espectáculo al que asisten.

Y también pagan sus cheques.

 

Por tanto, y a modo de conclusión, la estrategia vital realmente inteligente puede que no sea otra que entender, asumir y sufrir/gozar (vivir) la verdad de la ficción.

No cabe otra.

Si acaso con la mesura o prudencia que sea posible para no vivir en la ficción, para no encasillarnos en un personaje absurdo, pero sin renunciar a cómo son las cosas y sin renunciar a nuestra identidad de pícaros que es la que en realidad nos caracteriza y a la que estamos un poco obligados.

 

Resumen

 

Este ensayo recorre la historia de la mentira. Un curioso e interesante itinerario por distintas épocas en las que el engaño, el disimulo y la verdad manipulada describen el devenir y la cotidianeidad de las sociedades humanas.

 

Desde el principio, la mentira se convierte en un acto social, por tanto en una práctica que se transforma con las modas y circunstancias históricas.

 

El ser humano necesita de la verdad y de la ficción para vivir.

Lo difícil es saber distinguir una de otra sin perderse por el camino.

 

P.D.

 

(Las reflexiones anteriores habrían sido imposibles si no hubiera actuado así: utilizando la plantilla del artículo “LA MENTIRA. UN ARTE CON HISTORIA”, de  Rubén González Fernández. Mentiras prehistóricas: el pecado original. De los animales al hombre”.

 

Por lo que le estoy gratamente agradecido al haberme guiado y permitido reflexionar sobre ese mismo tema)

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 11) TOTALITARISMO Y GLOBALIZACIÓN

 TOTALITARISMO Y GLOBALIZACIÓN


Aunque la idea de nación como sujeto de la historia ha prevalecido hasta hace poco —los historiadores actuales tienden a interesarse más por los fenómenos globales o por aquellos que pasaron desapercibidos a sus antecesores (vida cotidiana, minorías) —, tuvo grandes enemigos.

 

Marx y Engels son, sin duda, los más conocidos.

Desde su perspectiva, (la de la lucha de clases), el protagonista de la historia no son las naciones, sino los hombres.

El problema es que éstos viven sumidos en un horizonte determinado por creencias que enmascaran y subliman los intereses de los poderosos.

 

Para convertirlos en verdaderos agentes de la historia, es preciso sacarlos antes de la alienación, lo que exige derribar el Estado (y la nación), encarnación de la hegemonía burguesa.

Mientras tal cosa tiene lugar, los únicos que entienden los acontecimientos, o sea, los únicos para quienes la realidad no es un conjunto aleatorio de sucesos contingentes, sino algo racional, son aquellos que han logrado acceder a los misterios teóricos de la revolución.

 

La infalibilidad que se atribuye en los regímenes comunistas inspirados en Marx al líder y órganos supremos del partido es consecuencia directa de la teoría y no una circunstancia casual.

No en vano el materialismo histórico, a diferencia de la historiografía ilustrada, supone que los hechos están sujetos a ciertas categorías a priori, cuyo conocimiento es la expresión de un saber absoluto.

No hay nada azaroso e indeterminado en los acontecimientos sociales, nada irracional, o al menos eso pensaban hasta que la realidad tuvo la descortesía de desmentirlos.

 

Si bien es difícil conectar tal convicción con las ideas de Nietzsche y Freud, los otros dos «filósofos de la sospecha» (expresión pleonástica que, sorprendentemente, todo el mundo aprueba), no se puede discutir que la reflexión sobre la alienación, la voluntad de poder y la libido ha ejercido una considerable influencia en nuestra época.

 

Ahora bien, esa influencia ha sido, sin duda, mucho mayor en la conciencia individual que en la conciencia nacional.

 

Hasta los juicios de Nuremberg, las naciones vivieron en un estado de autosugestión, convencidas de que, como los reyes a los que reemplazaron, no tenían que dar cuenta de sus actos porque nadie podía juzgarlas.

 

Recuérdense los problemas que tuvieron los países implicados en la Segunda Guerra Mundial para construir una versión asumible de su responsabilidad.

Salvo los ingleses, cuyos sacrificios disculpaban los excesos de última hora, todos tenían mucho de qué avergonzarse.

 

Suiza y Suecia disimularon sus productivos coqueteos con el nazismo a fuerza de aportar grandes sumas de dinero para la reconstrucción del continente.

Holanda castigó con dureza a los colaboradores, pero, a diferencia de Noruega, los amnistió a las primeras de cambio.

En Francia, donde la noción de colaboración resultaba problemática debido a la existencia del régimen de Vichy, las culpas se diluyeron entre sutilezas jurídicas y aspavientos retóricos, y, en los países sometidos a la jubilosa dictadura del proletariado, las depuraciones sirvieron para quitar de en medio a cualquiera que cuestionara el comunismo.

 

En cuanto a los responsables directos del conflicto, el remedio fueron soluciones de fantasía.

Austria adoptó el disfraz de víctima del expansionismo alemán;

Alemania del Este, tras permitir a los cuadros nazis sustituir la esvástica por la hoz y el martillo, cultivó la leyenda de una resistencia soterrada a Hitler, y en la otra Alemania se convino que habían sobrevivido sólo los inocentes.

 

Estas operaciones de maquillaje demostraron que las naciones seguían viéndose a sí mismas como algo sagrado.

 

Ha tenido que pasar el tiempo, surgir un derecho internacional y producirse un cambio de horizonte para que la buena conciencia nacional (excluida la de los nacionalistas sin Estado y la de quienes creen que los problemas actuales desaparecerían cerrando fronteras) empiece a ser verdaderamente cuestionada.

 

Tampoco la revolución comunista produjo cambios radicales y significativos.

Las naciones no desaparecieron y, si en algún caso lo hicieron, fue sencillamente porque las engulló el imperio soviético.

Lo que sí ocurrió con el comunismo, en realidad, con el totalitarismo, fue un incremento desorbitado del poder de la mentira.

 

Los regímenes totalitarios demostraron pronto que, cuando se trata de transformar la realidad en beneficio de la nueva humanidad, no hay límite que valga.

Es lo que sucede cuando se está en posesión de la verdad absoluta.

 

Recordemos de nuevo a san Agustín. «No se miente al enunciar una aserción falsa que uno cree verdadera […], pues es por la intención que hay que juzgar la moralidad de los actos».

En un contexto dominado por este tipo de intenciones grandilocuentes, en el que lo que se proscribe no es la mentira, sino la verdad, expresarla significaba simplemente arriesgar la vida.

 

Tanto en la versión nihilista, la del nazismo, como en la populista, la del comunismo de Lenin, el totalitarismo rechazó la distinción entre hechos y opiniones que presuponía el imperativo de veracidad kantiano.

 

Parapetándose unos en Nietzsche y otros en Marx, arguyeron que la realidad es indiscernible de los intereses ideológicos y que la superioridad moral de sus propias posiciones era consecuencia de la superioridad moral de sus intenciones.

Naturalmente, éste era el pretexto para legitimar el proyecto de amoldar el mundo a sus teorías.

 

El único problema es la reluctancia de la realidad a plegarse a la voluntad humana.

La realidad lo complica todo.

Sin su resistencia, las grandes ideas podrían materializarse sin dificultad.

 

Las aterradoras purgas de Stalin se desencadenaron, precisamente, cuando se hizo necesario encontrar chivos expiatorios a quienes responsabilizar de que las cosas no ocurrieran como debían, de acuerdo con los principios de la teoría.

 

Una vez hallados y condenados a muerte, lo que se hacía era eliminarlos también de la historia, como si nunca hubieran existido.

Es muy famosa como ejemplo de esto una foto junto al canal del mar Blanco, el colosal y fallido proyecto de Stalin, en la que éste aparece al lado del jefe de la policía política encargada de las purgas habidas entre 1936 y 1938, y que, tras ser purgado él mismo en 1940, desapareció de la imagen como si jamás hubiera estado allí.

 

Este estilo despreciativo de la verdad saltó muy pronto al campo de la propaganda y la investigación histórica, una historia que, al ser concebida como un arma para la construcción del futuro, ya no se esforzó por comprender el pasado y, menos aún, por protegerlo de la mentira.

 

Los historiadores soviéticos, modelo después para otros historiadores comprometidos, podían escribir ensayos sobre la revolución sin mencionar a Trotski, Bujarin y otras figuras caídas en desgracia.

 

Lo novedoso de su proceder, aparte de la creencia de que todo sería más fácil si no hubiera realidad, es que, a fin de no mentir, manipulaban sin escrúpulo las pruebas: documentos de archivo, textos y testimonios personales, periódicos, fotografías, cualquier cosa que recordara sucesos o personas que no deberían haber existido.

 

El procedimiento, ensayado con gran éxito antes por las autoridades (para hacer desaparecer completamente a los enemigos de la revolución, se eliminaba, llegado el caso, a los círculos de familiares y amigos, un borrado colectivo que Orwell llamó «vaporizaciones»), constituye la variante moderna de la “damnatio memoriae” de los romanos.

viernes, 27 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 10 ) LA NACIÓN ES UNA CONSTRUCCIÓN CULTURAL, NO NATURAL

 

El sentimiento nacional no es natural.

Fue, sin embargo, decisivo para la consolidación de los Estados modernos.

Antiguas y poderosas construcciones políticas, la milenaria República de Venecia o el Imperio austrohúngaro desaparecieron de escena debido a su incapacidad para generar una identidad nacional.

 

En el horizonte actual, el de la globalización, tales identidades parecen haberse vuelto un lastre.

La simple supervivencia política o económica exige una integración creciente.

La nación, como organismo natural o alma colectiva, constituye un obstáculo.

Claro que esta forma de concebirla, la concepción romántica, no es la única que existe.

Los ilustrados, padres de la idea de nación, confiaban en el poder del Estado y de la ley para homogeneizar a las poblaciones, pero lo esencial para ellos son los individuos.

Desde su perspectiva, la nación no es algo orgánico, biológico, sino una construcción cultural ampliable en cualquier dirección.

Fueron los románticos, con su apego a la naturaleza (raza, clima, paisaje) y su oposición al progreso, quienes imaginaron la nación como una especie de entidad invariable.

 

Que el sentimiento nacionalista prosperara allí donde, a pesar de existir una comunidad lingüística o cultural, no había surgido un Estado, o donde el Estado funcionó de modo insatisfactorio, no es casual.

De lo primero son ejemplo Alemania e Italia; de lo segundo, España, uno de los Estados más antiguos del mundo, con una población uniforme (lingüística, cultural, racial y religiosamente) con graves problemas de identidad.

 

El nacionalismo surgió en España como reacción al proceso homogeneizador impulsado por un Estado débil y una burguesía que vivió de manera traumática el lento tránsito a la modernidad.

 

Sus seguidores, contrarios a la industrialización, la centralización administrativa, la secularización y todo cuanto amenazara la personalidad orgánica de los reinos que los Reyes Católicos unieron bajo su Corona, rechazaron la ilustración y el sistema liberal burgués en nombre de una idealizada época medieval, hontanar de las naciones culturales.

 

Su romántica apología del mundo medieval, periodo mítico en el que, según sostenían, imperaban la libertad y la justicia y señores y siervos cooperaban bajo el espíritu de la verdadera religión, descansó en grandiosas mentiras.

La primera y fundamental fue la invocación a una «nación soberana» que habría existido ya en un momento histórico dominado, paradójicamente, por el principio de la desigualdad jurídica.

 

Como su horizonte mental seguía siendo el de la fe (los lazos del nacionalismo con la Iglesia son bien conocidos) y la fe suministra a quien la tiene la extraordinaria ventaja de poder poner cualquier incongruencia fuera del alcance de los críticos, el proceso de falsificación del pasado se desarrolló sin freno.

 

Las refutaciones de los sabios —en ocasiones, sus ataques de risa— no les hacían mella.

 

Al igual que aquel cardenal barroco que creía posible pintar cuerpos del natural sin desnudarlos, ellos estaban convencidos de poder participar en el debate científico sin asumir el imperativo de veracidad.

 

Oscar Wilde dio una explicación indirecta de esta actitud en su ensayo “La decadencia de la mentira” al distinguir entre: la desfiguración de los hechos, o sea, la mentira de quien respeta la verdad, y la verdadera mentira, con su desprecio hacia toda prueba.

 

«La verdadera mentira posee su evidencia en sí misma, no necesita más».

Se comprende, aunque constituya una vergüenza para sus partidarios, que los hechos inventados por el nacionalismo sean, además de falsos, irrisorios.

 

Sin entrar en el bochornoso capítulo del racismo, clásico vicio nacionalista, basta con evocar las necedades que los vascos invocaron para construir su identidad nacional (que el autor de los fueros fue Noé, que los López de Haro, señores de Vizcaya, eran vástagos directos del hada Melusina, que la lengua vasca fue una de las lenguas surgidas en la torre de Babel…).

 

Una lista parecida de insensateces se podría hacer con los argumentos esgrimidos por quienes reducen la historia de Cataluña a una sucesión de gestos heroicos de resistencia frente al centralismo castellano o español.

 

Los hechos se manipulan a voluntad y, como lo que se persigue no es el aplauso de los sabios, previamente desacreditados como esbirros del poder, sino la adhesión de los ignorantes, la cosa funciona del mismo modo que lo hacían las mentiras sobre el apóstol Santiago.

 

«Al ignorante todo le parece posible», dice Kafka.

 

Dirigirse a un círculo de personas convencidas de que no existe otra verdad que la que concuerda con los dogmas de la corrección patriótica tiene, ciertamente, muchas ventajas para el historiador desaprensivo.

 

Una, y no pequeña, es despreocuparse de las fuentes.

 

Cualquier texto vale como prueba, incluidos aquellos que los expertos rechazan, los falsos cronicones, por ejemplo, que llegan incluso a manipular, interpolando en ellos lo que interesa, por ejemplo, sustituir las referencias originales a España por… «La Península».

 

Según parece, no se equivocan quienes piensan que el único requisito para ser nacionalista es no ser nada más.

jueves, 26 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 9 )

 

Rechazar la mentira tampoco vuelve a nadie inmune al prejuicio. Esto todo el mundo debería tenerlo muy claro. A fin de cuentas, el esfuerzo por descubrir la verdad es inseparable de la conciencia de que nuestra visión de las cosas depende de factores que se nos escapan y sobre los que apenas ejercemos control.

 

Dicha falta de control resulta indispensable para que haya acción.

 

«Comprender la historia de manera errónea es crucial para una nación», dice Renan con lucidez.

 

El esfuerzo por aclararlo todo conduciría a la paralización.

Pensemos en la España del XIX, donde, a pesar de llevarse a cabo una profunda limpieza del fabuloso pasado heredado, pervivieron planteamientos no demostrados y se introdujeron otros infundados o falsos sencillamente porque congeniaban con las creencias, intereses o proyectos del presente.

 

La interpretación de la Reconquista como reconstrucción de algo que ya existió, idea que justificó la creencia posterior en un carácter español invariable; o la atribución a los Austrias de la destrucción de las libertades y derechos de los reinos integrantes de la Corona española y la mitificación consiguiente de los movimientos de resistencia al poder real (comuneros, germanías, justicia de Aragón, segadores…), expresión de una supuesta soberanía popular, son un buen ejemplo de lo que trato de expresar.

 

¿De dónde sacaron los historiadores decimonónicos que dichos movimientos encarnaban la soberanía popular?, ¿acaso en los primitivos reinos hispánicos hubo semejante cosa?

La respuesta, para quien estuviera familiarizado con el mundo medieval, tenía que ser por fuerza negativa, pero, en un momento en que se buscaba con ansiedad la unificación jurídica del país, a nadie le interesó demasiado la verdad.

 

La nación, que, durante la guerra de la Independencia, en ausencia del rey, había tomado conciencia de sí misma y asumido como un derecho la soberanía, trató de justificar aquel paso inventando un pasado ideal en el que el rey y el pueblo se hallaban en el mismo plano.

 

Era una mentira en toda regla, pues, primero, habían sido los Borbones, empeñados en fortalecer y modernizar el poder del Estado, y no los Austrias, quienes trataron de suprimir las leyes particulares de los diferentes reinos, a fin de imponer una legislación común; y, segundo, esas leyes nada tenían que ver con libertades y derechos, sino con privilegios de origen feudal que favorecían a la nobleza.

 

Curiosamente, la extraña evolución del país a lo largo del siglo XIX, con su traumática incapacidad para superar el pasado y, a la vez, adaptarse a los nuevos tiempos, dio pábulo a que esta falsa verdad se volviera en contra de la propia nación.

 

La pérdida de las últimas colonias fue acompañada por un sentimiento de fracaso que alimentó la convicción de que España era un país anómalo, mal constituido, y que la solución de sus males, (al menos eso empezaron a defender los nacionalistas), era liquidarlo, admitir que la integración de sus partes nunca acabó de producirse y que lo mejor era romper el Estado y volver al punto de partida.

martes, 24 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 8 ) FALSEDADES Y MENTIRAS EN LOS NACIONALISMOS

 

ESTADOS Y NACIONES

Puede que la patria no sea «un conjunto de prejuicios e ideas sin alcance», como escribió Renan, pero no hay duda de que el sentimiento patrio, en cualquiera de sus múltiples variantes, desde el localismo al nacionalismo, ha sido, siempre, una fuente inagotable de falsedades.

 

Antes de que surgiera esa fábula paranoica de la leyenda negra, había ya en España una leyenda rosa dedicada a mostrar sus grandezas.

 

La tentación narcisista de ensalzar lo propio y despreciar lo ajeno es muy poderosa.

 

En su “Historia verdadera” —el primer tratado conocido sobre la mentira—, Luciano de Samosata sostenía que las patrañas patrióticas son las más disculpables por ser también las más comunes.

 

Claro que si encima uno se mueve en un horizonte espiritual que da por supuesto que la verdad habita en el interior del hombre —tesis agustiniana que parecen haber asumido los partidarios actuales de la posverdad— la tendencia a confundir realidad y fantasía se impone sin remedio.

 

Es curioso, en este sentido, que un francés del siglo XVIII, el abate Raynal, describiera a los españoles como «idólatras de sus prejuicios».

No gentes con prejuicios, algo común a todos los pueblos, sino como idólatras de los mismos.

Y los historiadores no fueron una excepción.

 

Al fin y al cabo, se consideraban combatientes que luchaban en una guerra ideológica y estaban dispuestos a lo que fuese con tal de favorecer a una Iglesia que aspiraba a seguir controlando el pensamiento y una monarquía resuelta a sacrificar hasta el último pedazo de su imperio en defensa de los intereses de la dinastía y de la religión a la que había ligado su destino.

 

Su parcialidad resulta escandalosa, aunque nadie que conozca la siniestra labor de los «intelectuales comprometidos» en defensa del comunismo puede asombrarse de que esto haya podido ocurrir.

Pocos consideraban necesario para la buena práctica del oficio anteponer los acontecimientos reales a las propias creencias, si bien algunos hubo antes del siglo XIX, autores como Ambrosio de Morales o el padre Mariana que, a pesar de sus innumerables defectos, prefirieron asumir el riesgo de ser acusados de antipatriotas a admitir como sucesos verídicos las patrañas de los falsarios.

 

Hasta bien entrado el siglo XVIII, los protagonistas de la historia eran los monarcas.

Fueron ellos quienes, luchando contra la disgregación feudal, aglutinaron gentes y territorios y crearon los Estados.

Cualquier enlace matrimonial, cualquier herencia, podían destruir un reino o lo contrario.

Pensemos en el reino de Portugal, nacido a partir de un pequeño condado entregado como dote por Alfonso VI de Castilla y León a su hija Teresa.

 

En esta labor de integración les asistía un derecho divino.

Los reyes lo eran por la gracia de Dios y sus obras simplemente encarnaban los designios de la providencia.

Esto es lo que se creía.

De lo que no cabe duda, desde luego, es de que los Estados no surgieron por generación espontánea y, mucho menos, por consenso.

Su instauración y consolidación proceden siempre de una acción prolongada, por lo general, violenta.

 

Fronteras, impuestos, leyes,… se acatan a la fuerza.

El Estado, lejos de lo que sostiene el nacionalismo, es anterior a la nación.

Si se habla, por ejemplo, de nación española es porque antes existió España como realidad política.

Ésta fue obra de los Reyes Católicos, quienes, tras añadir nuevos reinos a sus herencias particulares, legaron a sus descendientes una corona común.

Pretender que bajo esta construcción histórica ha habido un pueblo con unas características invariables es un mito; igual que mito es suponer que los elementos integrantes de dicha unidad han perdurado a través del tiempo como átomos culturales.

 

La idea de nación, entendida como unidad orgánica y agente de la historia, nació con la decadencia del Antiguo Régimen y fue, en gran medida, producto del pensamiento ilustrado.

 

La historia nunca es una descripción de los hechos, sino una construcción o reconstrucción de los mismos por el historiador de turno.

 

Hechos más o menos contrastados se organizan según un principio rector.

Éste no depende tanto de la decisión personal del historiador como del horizonte en que se encuentra.

En el horizonte cristiano del Antiguo Régimen, los protagonistas de la historia eran los reyes, instrumentos de la providencia divina.

A partir de la Ilustración, las naciones.

 

La religión dejó de ser el nexo espiritual básico entre ciudadanos; el rey, la clave de su unidad política; los estamentos, la base de su organización social.

Todo eso fue sustituido tras la revolución burguesa por constituciones que proclamaban la igualdad de los ciudadanos ante la ley.

El tránsito a un nuevo régimen político coincidió con un cambio de horizonte.

 

La ilustración encarnaba valores distintos a los que habían imperado desde la Alta Edad Media.

Los ilustrados opusieron la historia, como progreso, a la transcendencia y la razón; y la capacidad humana para conocer el mundo, a la fe.

 

El progreso al que se referían era el de la humanidad en su conjunto, pero encarnado en el desarrollo de las naciones y su capacidad para instaurar derechos ciudadanos.

Esto animó a los gobernantes a extender entre la población la conciencia patriótica.

 

Los historiadores dejaron de trabajar al servicio de la monarquía o de los mecenas de la Iglesia y la aristocracia para ponerse al servicio de la nación, un concepto que se legitimó elaborando una nueva visión del pasado, recuperando e inventando un patrimonio y tratando de establecer una identidad cultural y artística encarnada en los museos, los panteones de hombres ilustres, etcétera.

 

El modelo clásico de esta labor de reconstrucción de un supuesto pasado nacional comenzó en Francia y, luego, sería imitada en todos los países de Europa hasta casi nuestros días (el mejor ejemplo español de invención histórica es el barrio Gótico de Barcelona, cuya construcción se emprendió en tiempos de Primo de Rivera (siglo XX), y no el de Santa Cruz de Sevilla, original del siglo XIII, que no levantó, como dicen ahora algunos acomplejados historiadores catalanes, el marqués de Vega-Inclán, responsable sólo de que no fuera demolido para modernizar la ciudad).

 

La invención de la tradición parece responder a lo mismo que llevó a la Iglesia a recurrir a la «Donación de Constantino»: hallar un vínculo con el pretérito que legitimara el cambio de poder.

 

No obstante, los historiadores ilustrados, a diferencia de sus predecesores, se sometieron a las restricciones impuestas por la disciplina científica y, por lo tanto, al imperativo de veracidad que Kant asoció a la dignidad racional del ser humano.

Para Kant la mentira es mala, sean cuales sean sus motivaciones o consecuencias.

Decir la verdad, querer decir la verdad, constituye, a su juicio, la condición básica de la sociabilidad humana.

 

La conciencia del carácter sagrado de la verdad no evita, sin embargo, la idealización, la mitificación, la deformación del pasado.

Si algo hay difícil, tratándose de historia, es eliminar por completo los elementos ficticios o imaginarios. Incluso un hecho reciente y bien documentado puede caer sin que nadie consiga evitarlo en una frustrante confusión. Los aficionados a la filosofía recordarán, por ejemplo, la imposibilidad de saber a ciencia cierta qué sucedió en el célebre encuentro de octubre de 1946 en el Club de Ciencia Moral de la Universidad de Cambridge entre Wittgenstein y Popper (Wittgenstein, supuestamente, blandió un atizador), debido a las diferentes versiones ofrecidas por la treintena de testigos presentes en el lugar.

lunes, 23 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 7 ), MÁS MENTIRAS HISTÓRICAS.

En 1714 Bernard Mandeville contaba esta fábula sobre las abejas:

 

"Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada.

No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros.

Por descontado tenía una mala reina.

Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible y corrupta...

En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios.

Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte.

En efecto, los vicios de los particulares contribuían a la felicidad pública; y, de rechazo, la felicidad pública causaba el bienestar de los particulares.

Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud.

El amor exclusivo al bien se apoderó de los corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena.

Como se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos.

Como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces.

Las abejas, que se volvieron económicas y moderadas, no gastaron ya nada: no más lujos, no más arte, no más comercio.

La desolación, en definitiva, fue general.

 

La conclusión parece inequívoca: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.

 

Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulces beneficios".

 

Aunque la Iglesia censuró a autores como Maquiavelo o Hobbes, partidarios de separar la política y la moral, el uso que ha hecho de la mentira a lo largo de su historia demuestra que sabe a la perfección cómo funcionan las cosas.

 

Milagros, reliquias, apariciones, indulgencias, nada de esto es anecdótico.

 

Cuando se mira el mundo con los ojos de la fe, la realidad cuenta poco.

 

Es de admirar a las personas beatas y crédulas asistir a las apariciones de la Virgen, sobre una encina, a tal o cual niña y que sólo ella dice verla mientras los asistentes aceptan el milagro mirando y nada viendo.

 

Esto vale también para la historia.

 

¿Qué interés tiene el pasado si lo que importa es la salvación?

“¿Para qué quieres saber Todas las lenguas del mundo si pierdes tu alma?” había dicho San Pablo.

 

Es natural que bajo la hegemonía del pensamiento católico prosperaran las falsificaciones históricas.

 

En España hubo incluso un género específico, el falso cronicón, códices fraudulentos presuntamente antiguos en los que, además de justificarse los lentos avances hacia la unidad política y religiosa del país, se deslizaban con sutileza noticias favorables a las pretensiones de una ciudad, una diócesis, una familia nobiliaria, en suma, un “pagador”.

 

Nuestro antropólogo Julio Caro Baroja, en su libro: “Las falsificaciones de la Historia (en relación con la de España), narra la leyenda de Beroso, el Caldeo.

 

Beroso fue un sacerdote de Babilonia, de inicios del siglo III a.C, en la época de control del Imperio Seleúcida y que se cree que vivió entre los años 350 a.C y 270 a.C.

.

Inventó una lista de reyes de España que descendía de Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noé quien supuestamente había constituido una monarquía en toda España poco después del Diluvio.

 

Pero aparecerá el “falso Beroso” o  “Pseudo-Beroso”, un libro supuestamente elaborado por Beroso pero que, en realidad, se trataba de una elaborada falsificación.

 

En 1.498, un oficial del papa Alejandro VI llamado Annio de Viterbo, dominico a sueldo del papa Alejandro Borgia y de los Reyes Católicos. pretendió haber descubierto libros perdidos de Beroso.

Tuvieron cierta influencia en la manera de pensar renacentista sobre la población y la migración, debido a que Annio proporcionó una lista de reyes de Jafet (tercer hijo de Noé) en adelante, cubriendo así una laguna histórica después del relato bíblico sobre el diluvio.

  ,

Sus ficciones sobre España, a la que presenta con tintes gloriosos, tal vez hayan ejercido en la formación de la conciencia nacional un influjo más duradero que muchas verdades.

 

Lo mismo puede decirse de las falsificaciones de Jerónimo Román de la Higuera, clérigo pseudo-erudito, mitómano y al borde de la perturbación mental (el genuino precursor del falsario patriota, Sabino Arana o, quizá también del andaluz Blas Infante), que, a principios del XVII, llenó la historia española de mentiras que ha costado siglos desmontar.

 

El negocio funcionaba tan bien que se trabajaba incluso a cara descubierta, con desprecio absoluto de toda prueba, como hizo Antonio de Nobis, autor de una Historia de Cataluña llena de dislates de la que se han nutrido abundantemente los catalanistas.

 

Pero quizá lo más ilustrativo para comprender el peso extraordinario de la mentira durante el tiempo en que fue hegemónico el catolicismo es que la falsificación sirviera también de alternativa reivindicatoria.

 

La palma en esto la tuvieron los “Plomos del Sacromonte”, doscientas veintitrés planchas circulares de plomo, de diez centímetros, grabadas con dibujos y textos en latín y caracteres árabes, que aparecieron en Granada a finales del XVI, poco después de que se hubiera descubierto allí, en el curso de unas obras en la torre Turpiana, una caja con los restos del mártir San Cecilio, un pergamino políglota y una imagen de la Virgen.

 

El fin de todos estos documentos era demostrar que Cristianismo e Islam podían entenderse.

 

Sus creadores, probablemente moriscos, sugerían que, en los albores de la cristiandad, los granadinos fueron convertidos por misioneros de lengua árabe (San Cecilio, acompañante de Santiago, venía de allí) y que, por eso, los moriscos eran… ¡cristianos viejos!, lo que debía tenerse en cuenta antes de su previsible expulsión, en aras de la integridad racial del país.

 

Tragarse semejante patraña parece imposible, pero como, entreveradas, se deslizaban afirmaciones relativas a la evangelización de la península ibérica por Santiago y al dogma de la Inmaculada Concepción, asuntos sobre los que discutía la jerarquía española con una Roma poco dispuesta a respaldarla, varios distinguidos prelados no dudaron en concederle crédito y defender su autenticidad hasta que, en 1682, ya en el XVII, el papa Inocencio XI zanjó definitivamente el debate con una breve condena.

domingo, 22 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 6 ) "LA DONACIÓN (?) DE CONSTANTINO.

 

El mito de la reserva espiritual de Occidente

 Yo me crié en ese mito.

 Alguien definió a España, todavía en 1.949, como la “reserva espiritual de Occidente”.

El título se lo habían ganado a sangre y fuego quienes se levantaron en armas contra el gobierno de la Segunda República y, después de una larga y cruenta guerra civil (1936-1939), accedieron al poder.

 

Comandados por aquel bajito general, Franco, aquellos rebeldes tuvieron el respaldo internacional de Hitler y Mussolini, entre otros, además del aliento que le dispensó el Vaticano al bautizar aquella contienda "contra la tiranía de los sin Dios" como una “Santa Cruzada” necesaria para "salvar la civilización cristiana".

 

Cuarenta largos años de dictadura franquista en España no hicieron más que prolongar la posición privilegiada de la Iglesia Católica en nuestro país, en una obscena mezcla de intereses políticos y religiosos a la que algunos pretenden hacernos volver.

 

¿Y qué decir de la «Donación de Constantino», modelo clásico de patraña política?

 

Tras la caída de Roma, y del derecho ligado a ella, reinaron en Europa la arbitrariedad y la fuerza.

 

Los bárbaros tardaron en asentarse.

Sus monarcas mantenían a duras penas la unidad de sus pueblos y su poder era frágil, tanto que, para lograr la docilidad de las poblaciones sometidas, tuvieron que apoyarse en la Iglesia, única institución que sobrevivió al desplome del imperio.

 

En el año 752, Pipino el Breve dio con la forma de fortalecer el poder real.

A cambio de que el papa Esteban II lo ungiera rey de los francos, él reconoció sin ambages la autoridad papal para otorgar o retirar la dignidad real en Occidente.

Y si el Papa no lo otorgaba parecía nula la proclamación de Rey.

 

¿Qué autoridad podían detentar los pontífices para justificar la competencia que se les atribuía?

Ninguna.

 

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», enseñó Jesús de Nazaret.

 

Aunque la Iglesia se las arregló a la larga para considerarlo todo de Dios, la distinción entre poder espiritual y poder terrenal era bien clara.

 

¿Cómo solucionar el asunto?

 

El recurso fue una mentira: el hallazgo (¿) de un viejo legajo que respaldó el derecho que se pretendía poseer.

 

Ahora bien: ¿quién podía emitir un documento concediendo al papa la potestad de poner y quitar?

Los emperadores.

 

Éste es el origen de la «Donación de Constantino», escrito recibido, pretendidamente, por Silvestre I a principios del siglo IV y firmado por el emperador que lo reconocía (a él y a sus sucesores) soberanos de Roma y autoridad suprema de Occidente.

 

Con ello quedaba restaurado el viejo derecho y consagrada la legitimidad y hegemonía espiritual de la Iglesia.

 

Era el arranque del Antiguo Régimen.

Nadie, claro está, discutió la autenticidad de la “Donatio Constantini”. 

 

Tuvieron que pasar mil años (desde el siglo IV hasta mediados del siglo XV”, en una disputa territorial entre el papado y la Corona de Aragón produce la obra intelectual que dará paso al Humanismo: la “Refutación de la Donación de Constantino”.

 

El autor, Lorenzo Valla, cumpliendo un encargo del rey Alfonso el Magnánimo, demuestra en un discurso sublime la falsedad de la Donación de Constantino, documento esgrimido por la Iglesia para declararse beneficiaria de la donación territorial del viejo emperador romano.

 

Hubo que esperar hasta 1440 para saber que se trataba de un fraude.

 

Un fraude milenario que le daría a la Iglesia beneficios sin fin.

 

Lorenzo Valla, humanista precursor de Erasmo y Lutero, se encargó de probarlo.

 

El análisis lingüístico reveló que el documento firmado por Constantino contenía giros idiomáticos inexistentes en su época.

 

Ni que decir tiene que el hecho de que un análisis lingüístico fuera relevante a estos efectos indicaba que algo estaba cambiando en Europa y que la hegemonía eclesiástica se resquebrajaba.

 

Lo que la Iglesia hizo para fortalecer su posición se hizo en todas partes durante la Edad Media con diversos propósitos.

 

A fin de cuentas, y como había enseñado Agustín en su tratado “Sobre la mentira”, uno no miente cuando cree en lo que dice.

 

Patrañas increíbles que, después, se atribuirían a la ignorancia del pueblo, pero que, en realidad, fueron elaboradas a conciencia por los poderosos, ayudaron a encauzar la energía social y a integrar a las gentes en estructuras políticas cada vez más consistentes.

 

Así, en España, para impulsar la lucha contra los musulmanes, que se presentó desde el principio como restauración de la unidad perdida, el apóstol Santiago se convirtió en un superhéroe sanguinario (“Santiago matamoros”), los hijos de Witiza fueron denostados como traidores que habían entregado la patria al infiel y don Pelayo fue conectado familiarmente con los reyes godos, vínculo asombroso, tratándose de una monarquía electiva.

 

El recuerdo de los Concilios de Toledo, en donde visigodos e hispano-romanos superaron sus diferencias y encontraron, supuestamente, una primera forma de conciencia nacional, sirvió de estímulo a quienes luchaban por reconstruir la unidad política de la Península bajo un monarca católico e hizo olvidar la facilidad pasmosa con que los musulmanes la conquistaron, algo que no habría ocurrido de haber existido una nación unida dispuesta a resistir con uñas y dientes al invasor, tal y como se hizo con Bonaparte.

 

Por supuesto, nadie se preguntaba por estas cosas.

 

¿Cuestionar aquello que refuerza los lazos de la comunidad?

Cualquier crítica sería interpretada como una reacción en contra.

 

Piénsese, hoy día, en la actitud de los nacionalistas actuales si alguien se atreve a cuestionar los mitos sobre sus orígenes.

 

Además, y esto es importante, la mentira funciona, tiene un poder de seducción del que carece la verdad.

 

La Única condición que requiere la mentira es que no parezca que es mentira.

 

Creer que la verdad en política es útil y operativa, mientras que la mentira está condenada al fracaso, resulta tan ingenuo como creer que la virtud es más beneficiosa para la prosperidad de las sociedades que el vicio.

 

Ésta era “La fábula de las abejas” o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública”, el relato que escribió Mandeville a principios del siglo XVIII.

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 5 ) LA HISTORIA LA ESCRIBEN LOS VENCEDORES

 CUANDO LA HISTORIA ERA SIEMPRE MENTIRA


Si la tarea de la filosofía es impedir que la verdad nos aplaste, la tarea de la historia, como quehacer científico, es impedir que la mentira se apodere del pasado.

 

Esto es lo que sucede siempre.

 

No sólo el presente se comporta como un narrador omnisciente que impone a la fuerza su relato, sino que el simple transcurrir del tiempo favorece la ocultación, la mitificación, la distorsión, el encubrimiento.

 

La historia la escriben los vencedores, decimos.

 

Su triunfo es el de una mentalidad, si bien no tiene por qué ser consecuencia de una previa victoria bélica.

La exaltación de las víctimas, característica del discurso hegemónico actual, constituye un ejemplo.

 

Al hombre de hoy le gusta verse como la culminación de algo, un pasado opresivo e injusto que está siendo corregido y superado.

 

Lo contrario sucedía durante el Antiguo Régimen estamental, con su creencia en la superioridad de los antepasados, una grandeza inigualable, comparada con la cual las generaciones vivas asemejan monedas desgastadas por el uso.

 

La herencia contaba entonces más que el mérito.

 

Lo decisivo era el origen, las raíces.

 

En ambos casos (en rigor, en todos los casos), el pasado es falsificado y, por eso, la primera labor del historiador serio es fijar los hechos tal y como sucedieron y no de acuerdo al modo en que son recordados.

 

Sin embargo, la búsqueda de la verdad mediante una investigación histórica objetiva, tras el hundimiento del Imperio romano, no se intentará de manera sistemática hasta el siglo XVIII.

 

Otras eran las cualidades del historiador que se estimaban por encima de la honestidad científica: la lealtad al monarca, la ortodoxia religiosa, el amor al terruño…

 

«Adán, que era vizcaíno», comienza diciendo el autor de una historia universal.

 

La utilización caprichosa de las fuentes, el uso de la fantasía para rellenar lagunas documentales, la invención de documentos y acontecimientos para respaldar tesis previas, en definitiva, los distintos recursos de la charlatanería y la propaganda, se ponían al servicio de los intereses particulares de quienes sufragaban esta clase de investigaciones.

 

“Te pagamos para que escribas lo que queremos que escribas” y esa será la verdad.

 

Fuera para alimentar la vanidad de los mecenas —las recreaciones de los orígenes son una variante del árbol genealógico, género muy apreciado por los aristócratas—, fuera para justificar privilegios o derechos de los que casi nunca existía constancia documental, el historiador echaba mano de la mentira más fácilmente que de la verdad.

 

Claro que nadie le exigía entonces una actitud científica.

Eso habría sido contraproducente y hasta opuesto a la enseñanza eclesiástica.

 

«Quien enuncia un hecho que le parece digno de creencia o al que su opinión tiene por verdadero, no miente, aunque el hecho sea falso»,

- dice Agustín de Hipona en “De mendacio” (“De la mentira” o “Sobre la mentira”. 

 

La segunda parte así es.

 

Si uno cree que un hecho es verdadero y así lo anuncia/enuncia, no miente, aunque el hecho sea falso.

 

Pero es importante fijarse en la primera parte de la frase: “un hecho que le parece digno de creencia”.

 

Y eso da a entender que el historiador cristiano es un combatiente, no un científico, es un soldado al servicio de la Iglesia o del rey.

 

Ello constituía un deber patriótico.

 

Esto se percibe aún más claramente cuando cambian las cosas y la verdad empieza a convertirse en un valor importante.

Aparece, por tanto, la vigilancia política de la historiografía.

 

La Inquisición prohibió en España desde finales del siglo XVIII los libros que ponían en entredicho las bondades del imperio.

Había que defender la versión oficial y combatir a sus detractores como herejes, no con los medios de la razón, sino con los de la fe verdadera.

 

Quizá desde el punto de vista moderno los españoles no tuvieran derecho sobre las tierras que habían descubierto y conquistado, pero ¿no tenían acaso el deber cristiano de divulgar el evangelio entre sus pobladores?

 

El argumento se esgrimía con total seriedad y prueba de ello es que la aplicación práctica de lo que podríamos llamar «finanzas escatológicas», el derroche ruinoso de la riqueza extraída de América para defender la fe católica, se alegó con orgullo en demostración de la probidad de la monarquía española.

 

La influencia de la mentalidad cristiana en la historia y la historiografía no puede echarse en saco roto.

 

Desde luego, no en España, un país gobernado todavía en el XIX por un monarca, Fernando VII, que prefirió la legitimidad que le ofrecía la religión a la que le hubiera conferido el pueblo de haber aceptado la soberanía nacional proclamada por las Cortes de Cádiz (1.812).

 

Uno de los motivos de la anomalía española en el contexto europeo es, precisamente, su tardanza en asumir la mentalidad moderna.

Ahora no vamos a tratar de esto. Lo único que importa recordar es que el cristiano es un credo sustentado en multitud de suposiciones cuestionables y que el clero, quizá debido a su familiaridad con lo sobrenatural y numinoso, no ha dudado nunca en usar la mentira para mayor gloria de Dios.

HISTORIA DE LA MENTIRA ( 4 ) ¿NO HAY HECHOS, SINO INTERPRETACIONES?

 

 POSVERDAD Y REVOLUCIÓN.

 

La actualidad del problema de la mentira se debe, en gran medida, a la pretensión de los sectores intelectuales conectados con la citada tradición totalitaria por situarse más allá de la verdad, en eso que llaman, con pedantería escolástica, «La Posverdad».

 

 Herederos del marxismo, cuyo fracaso identifican con el de la razón, han llegado a la conclusión de que una vez que se renuncia a la verdad absoluta no tiene sentido seguir pensando en la realidad como algo independiente de nosotros.

 

Si antes creían que la verdadera realidad terminaba haciéndose visible a los ojos de quien logra escapar de la parcialidad impuesta por las condiciones de explotación social en que viven los individuos, ahora ni siquiera la ciencia, con su pretensión de validez universal basada en el imperativo metódico de neutralidad, les parece que pueda eludir los condicionamientos de la conciencia histórica.

 

Una nueva conciencia surgida de los cambios generados por las nuevas tecnologías, la globalización y, sobre todo, la caída del comunismo les ha impulsado a sustituir la dialéctica, aquella llave maestra con la que abrían todas las puertas, por el nietzscheano «No hay hechos, sólo interpretaciones», tesis supuestamente novedosa que Platón refutó al demostrar la lejanía ideal de la realidad y la posibilidad consiguiente de trascender siempre las interpretaciones existentes.

 

La metamorfosis ideológica de los vástagos del totalitarismo, ahora convencidos de que la verdad objetiva, una para todos, no tiene sentido, explica su creencia en que nos encontramos en una época de transición y que lo que hoy está en juego es, precisamente, la definición de las reglas del juego.

 

Su objetivo prioritario, más o menos confeso, es, por ello, hacer saltar el horizonte, paso previo a la revolución con la que, a pesar de todo, siguen soñando.

 

Afirmar que nuestros discursos no remiten a nada, negar la realidad (muy útil cuando se tiene a la espalda un pasado de purgas, checas y campos de exterminio), es lo que hace quien se figura instalado en un nuevo horizonte donde ya no es pertinente hablar de verdad (y mentira) en el sentido tradicional de correspondencia del discurso con algo externo a él.

 

Los encendidos debates en el ámbito del positivismo lógico y la filosofía analítica sobre los criterios de verdad suenan ahora remotísimos.

 

La nueva versión de las cosas es que todo depende de cuál sea el paradigma que legitima el discurso.

 

Los hechos no acreditan por sí mismos nada.

Son mucho más significativas las emociones y sentimientos de quienes cuentan o no con ellos.

 

Al fin y al cabo, todo es susceptible de manipulación y distorsión.

La política, para los herederos de los intelectuales comprometidos, consiste en eso.

 

Sólo hay interpretaciones pugnando por la hegemonía.

Ésta es la única realidad.

 

«Si un perro ladra a una sombra, diez mil perros hacen de ella una realidad», reza un refrán chino anterior a la Revolución Cultural.

 

Mentir ha dejado, en consecuencia, de ser reprobable.

 

¿Acaso podemos apelar a algo más allá de nuestras opiniones?

 

La idea según la cual cada uno tiene su parecer, pero los hechos no son de nadie, ha caducado.

 

Que toda teoría, toda acción, deba ser remitida para ser comprendida al horizonte donde se ha gestado significa que todo depende del consenso, de la voluntad popular, de la aprobación de las masas o los usuarios de las redes sociales.

 

Se trata de una idea irrisoria - el horizonte nunca es fruto de un consenso previo, sino, al revés, porque hay horizonte es por lo que cabe el consenso-  que no merecería más consideración de la que concederíamos a un argumento refutado en el pretérito del que se ha olvidado la refutación.

 

Sin embargo, todavía tenemos fresca en la memoria la manera en que los regímenes totalitarios de Hitler y Stalin usaron la mentira no sólo para esconder o desfigurar la realidad, sino para destruirla, de forma que las masas vivieran sujetas a una ficción manipulable reforzada mediante el terror y, digámoslo sin rodeos, conviene no descuidarse.