domingo, 30 de junio de 2019

SÓCRATES: EL JUICIO Y LA CONDENA A MUERTE ( y 2 )



Al ponerse el sol, el carcelero le llevó la cicuta.
Sócrates la bebió con calma, no sin antes preguntarle al carcelero cuál era la mejor manera para que la cicuta hiciera el efecto lo antes posible.
Todos los asistentes, sus discípulos, lloraban (hasta el carcelero lloró).

Pronto sintió Sócrates que las piernas se le ponían tiesas.

Dijo entonces, sonriendo, a uno de sus discípulos; "Debemos sacrificar un gallo a Asclepios (Esculapio, el dios de la medicina), no olvides satisfacer esta deuda".

Murió un momento después (399 a.C.)

P.D.

¿Podríamos afirmar que fue a la cárcel por cabezón?

O, dicho de una manera más respetuosa, fue a la cárcel por defender con su vida la dignidad filosófica.

Se dejó matar, pues, para defender sus convicciones de siempre, una actitud que le honra.

La heroicidad socrática consiste en aceptar la pena a cambio de no aceptar la culpabilidad y autoexiliarse, rechazando, incluso la oferta de Critón de ayudarle a evadirse de la cárcel e irse al exilio.

Una de las razones por las que Sócrates rechaza la oferta de Critón es que no se debe temer a la opinión pública ni temer por la propia reputación, sino actuar de acuerdo con la justicia.

Si huir hubiera sido justo, Sócrates lo habría hecho, pero no lo hizo porque el verdadero mal, peor que la muerte, sería cometer una injusticia.

Entonces razona que transgredir una sola de las leyes de la ciudad equivaldría a transgredirlas todas. Y como, como ciudadano, está obligado a respetarlas, concluye que, si huyera de la prisión, ningún país civilizado querría acogerlo, además de que sería admitir su culpabilidad.

¿A dónde iría Sócrates a sus setenta años para retomar la vida filosófica que hasta entonces ha llevado en Atenas?

Dicho de otro modo, Sócrates considera que, a pesar de condenarlo a muerte, la democracia ateniense no deja de ser el mejor sistema de gobierno, y que en el exilio no podría seguir haciendo de tábano molesto de los personajes insignes de Atenas...

Sócrates no rechazó la libertad por responsabilidad para con sus conciudadanos. Lo hizo porque para él, con una espectacular radicalidad desconocida por los pragmáticos, la libertad consistía en obedecer íntegramente las leyes de Atenas. Por eso su decisión se podría considerar un suicidio por fidelidad a unos valores inseparables de su misma condena.

Quien sí se fue al exilio después de la ejecución de Sócrates fue Platón, el cual, como miembro de la oligarquía, como lo eran también otros amigos de Sócrates, se exilió a Megara para evitar represalias del populismo triunfante.

Platón, quien por origen de clase iba destinado a la política, eligió la filosofía, y fue el primer -o, al menos, el más importante- expositor de la diferencia, entre el filósofo y el político.

El orador que hace política en el ágora, el sofista, es para Platón lo contrario del filósofo.

Y en los ‘Diálogos’ el sofista y el político son objeto de escarnio de Sócrates, quien es, no lo olvidemos, en buena medida una construcción intelectual de Platón, el exiliado. Sin el exilio del filósofo que ‘pensó’ políticamente y exportó su pensamiento a Megara y Sicilia, hoy no tendríamos noticia de aquel bello gesto de Sócrates, que, si bien quedó estéril para la democracia de Atenas, en cambio dio fruto en una de las grandes corrientes filosóficas occidentales.

Precisamente en aquella que obliga a juzgar las acciones reales, imperfectas, en relación con unos ideales que no son de este mundo, pero que lo generan.

(En otro post incidiremos en La Condena)

No hay comentarios:

Publicar un comentario