viernes, 14 de junio de 2019

SÓCRATES Y "MATRIA", "PATRIA" Y "FRATRÍA". ( 1 )


Sócrates se sentía orgulloso de ser hijo de un escultor (Sofronisco) y de una partera o comadrona (Fenaretes).
Solía decir que él había heredado, seguido, continuado con el oficio de sus padres, con una pequeña (o grande diferencia).
Mientras su padre esculpía en piedra el cuerpo, en sus estatuas, de varones, él (Sócrates) esculpía el alma de los jóvenes, unos adolescentes con la mente aún moldeable, con la mollera todavía no muy dura, y que estaban en situación de ser así o de otra manera.

Moldear, darle forma al alma, hacer que fueran justos, honrados, inteligentes, solidarios,… ya que, sólo así, si querían ser gobernantes de la ciudad, podrían conducir a ésta a la prosperidad, haciendo de ella una sociedad justa.

Igualmente decía haber seguido el oficio de su madre, partera o comadrona, pero, igualmente, con una pequeña (o grande diferencia).
Mientras su madre asistía sólo a mujeres, parturientas, él, Sócrates, asistía a varones; y en vez de ayudarle a que saliera el niño del vientre materno, como hacía su madre, él ayudaba a que saliera la verdad de la mente de los varones.

Su madre no metía al niño en el vientre de la madre, ya estaba allí, sólo ayudaba a que saliera.

Igualmente yo, Sócrates, no enseño la verdad a los jóvenes, no se la meto en sus mentes (“yo no soy un sofista”).

La verdad ya está allí, “la verdad es innata”, pero está cubierta, tapada, enterrada, y yo, Sócrates sólo les ayudo a que la descubran, la destapen, la desentierren.

Si la vía de salida del niño es el canal uterino, la vía de que se muestre la verdad, es el método socrático, llamado, precisamente, “mayéutica” (el arte de dar a luz, de alumbrar).

Si su madre es “partera”, porque es la que “parte”, la que “corta” el cordón umbilical con el que estaba el niño unido a ella o “comadrona”, la que coopera para que la parturienta para bien y sea madre.
La comadrona es como una madre en segundo plano porque, aunque ella no pare, sin ella, quizá, la parturienta no pariera y no podría ser madre.

Igualmente yo, Sócrates, ayudo a que los jóvenes “paran”, alumbren, la verdad.

Si la comadrona es “el paso obligado” para que el niño salga, felizmente, “de”… e ingrese “en”… Igualmente el “filósofo” es el ayudante que pone al joven en el camino de su autonomía.

Todos nosotros deberíamos saber quién fue la partera de nuestra madre, porque ella es nuestra “matrona”.

¿Por qué todos sabemos quién fue nuestra “madrina” (versión cristiana) y no sabemos quién fue nuestra “matrona” (versión laica, biológica, vital? ¿No es más importante “vivir” que “asegurarse de que vas a vivir cristianamente”?.

Si mi madre -dice Sócrates- ayuda a que la criatura salga del “claustro materno”, le corte el lazo de unión, se independice, biológicamente, de la madre e ingrese en el “claustro social”, yo, Sócrates, ayudo a que los jóvenes salgan de la tutela paterna, se independicen de la autoridad, dejen de considerar verdad lo que los superiores han dicho que es verdad y que ellos comiencen, siendo libres, quedando liberados de la tutela de la autoridad, comiencen a pensar por sí mismos, porque la verdad está dentro de ellos, pero a las autoridades les interesa la sumisión, la obediencia, la dependencia.

Sócrates es un Kant, 2.200 años antes que Kant, que también les está gritando a los jóvenes “Sapere Aude”, “atrévete a pensar por ti mismo”, “libérate de los tutores, tanto religiosos como intelectuales”.
Muestra, saca, esa verdad que llevas dentro.

LA MATRIA, 

¡Qué nueve meses tan felices y placenteros en la matriz de la madre, en la MATRIA¡

Es más y mucho mejor que el Edén.

La madre le proporciona a su niño más que Dios a nuestros primeros padres.

Si, en el Paraíso, Adán y Eva lo tenían todo y no tenían más que cogerlo, en la “matria” no tiene ni que cogerlo, la madre se lo da incluso antes de que surja la necesidad.

La madre se lo da todo y por anticipado.

Ni hambre, ni sed, ni cansancio, ni frío, ni calor, ni esfuerzo.
Nadando en ese líquido amniótico que lo envuelve, en posición fetal, la posición a la que, ya de mayores, solemos acudir cuando nos acurrucamos en la cama y sentimos frío, como si inconsciente y freudianamente, añorásemos la “matria”.

¿Quién no ha visto la imagen del feto, nadando y con el dedo metido en la boca, “chupándose el dedo”?

Ese gesto debe ser la prueba del algodón de la felicidad.

Es lo que solemos echar en cara a quien nada hace y vive sin preocupación (“Tú no puedes seguir así, mano sobre mano, chupándote el dedo”).

Eso es lo que todos hicimos en la “matria” y eso es lo que no te dejan hacer en la patria.

Y tras la “Matria interna”, como “feto” desarrollándose, esa otra primera “Matria externa”, como “niño”.

¿Tendremos que darle la razón a Rilke cuando dice que “la verdadera patria del ser humano es la infancia”?

La “matria” será, ya el paraíso perdido por el desprendimiento, pero fue la muestra absoluta y palpable de la donación total, sin tener que ser correspondida.

La madre nada pide, sólo da, nada necesita para ser feliz, sólo su presencia.

Durante los nueve meses que van desde el depósito de la simiente hasta el nacimiento, pasando por todo el desarrollo tanto embrionario como fetal, la madre es donación absoluta sin dejar de ser ella.

Cuando, sin verlo, lo siente y cuando, ya fuera, lo ve tan indefenso, tan expuesto.

No hay mayor placer para una madre que ver a su niño en brazos, con la teta en su boca y con sus ojos abiertos mirándola, la mejor manera de darle las gracias sin decir nada y mientras mama.


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