domingo, 23 de junio de 2019

OCIÓFÓBICOS Y OCIOFÍLICOS.




Yo estoy entre los segundos.

En otros lugares he razonado el “derecho a la pereza” y he afirmado que “el que trabaja es porque no puede dejar de trabajar” ya que su trabajo no es placentero (excluyo a la mayoría de los maestros de infantil y primaria así como a los de Instituto, en los que el trabajo, además de estar remunerado es vocacional, y entre los que me he incluido)

Sé que hay personas que tienen no “horror vacui” (“vacío”) sino “horror domus” (“casa”) y son capaces de alargar su jornada de trabajo, aún sin cobrar, para no tener que llegar ton pronto a casa.
O que renuncian a las vacaciones, no tanto por amor al dinero como por no tener que sufrir el estrés de no saber qué hacer si no están trabajando.
Son los “ociofóbicos”, los que están deseando que se acaben las vacaciones para engancharse a la cadena del trabajo.

El “ocio” no es la “vagancia”, es el poder disponer del tiempo para dedicarlo a hacer eso que más te gusta, desde leer a pasear, desde visitar iglesias o museos a acudir a escuchar una conferencia, desde acudir a un teatro (sea a la hora que sea) como sentarte a la orilla del mar a contemplar la salida de la luna que estaba zambullida en el agua (sea la hora que sea), es el poder levantarte sin despertador y cuando te apetezca a poder acostarte cuando te venza el sueño y tus ojos te digan “hasta luego, Lucas” que nosotros echamos la persiana.

Yo soy un “ociofílico empedernido”.

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