jueves, 27 de junio de 2019

¿ERA SÓCRATES HOMOSEXUAL? ( 1 )


Cuenta Diógenes Laercio en sus “Vidas de los filósofos” que uno de sus maestros fue Arquelao, del que también fue amante o, para ser más exactos, su “erómenos”.
En el mundo griego, cuando había una relación amorosa entre dos varones, se llamaba “erastés” al amante de más edad (en este caso Arquelao, el maestro) y “erómenos” al más joven (en este caso, Sócrates, el discípulo).

Pero sobre este asunto de los amores homosexuales de los griegos, en general, y de los filósofos, en particular, antes de ir más allá y considerar a Sócrates un “gay”, abramos un paréntesis  y aclaremos nuestras ideas de una vez por todas.

La homosexualidad, en aquellos tiempos, entre los griegos, era una cosa normalísima y, no por casualidad, ha pasado a la historia como “amor griego”.
Incluso Plutarco la ha definido como “pederastia pedagógica”.

Quizá no debería entenderse el concepto “homosexualidad” como hoy lo entendemos.
La admiración, la sintonía, el caerse bien, el estar a gusto juntos,…profesor-alumno (maestro-discípulo) o maestra-discípula, no conlleva connotación carnal-sexual, sino psíquica-anímica,

Sólo entendida así la homosexualidad entre varones (o mujeres) no era motivo de escándalo, “es natural que me guste lo que es bello”, resultara un muchachito o una jovencita era un detalle de poca importancia.

Los verdaderos problemas para la homosexualidad y los homosexuales comenzaron con el Cristianismo, porque su moral, la moral cristiana, consideraba el sexo sólo como medio de reproducción o procreación y consideró “pecado” todo otro tipo de relación sexual.

Se sabe, después, su relación con Alcibiades, su discípulo, pero, en este caso, no fue el maestro quien se enamoró del discípulo, sino al revés, la obsesión, no sé si enfermiza, del discípulo con el maestro tal como aparece en El Banquete, cuando el joven Alcibiades, ya algo achispado por el vino, confiesa su desesperado amor por Sócrates: “cuando lo escucho, el corazón me late mucho más que a los coribantes”.

Y, en otro lugar: “Me encontraba, amigos, a solas con él y pensaba que pronto me haría uno de esos discursos que, por lo general, hace un amante al objeto de su amor cuando se encuentran solos, y por este motivo me sentía lleno de júbilo. Pero, sin embargo, el tiempo pasaba y no ocurría nunca nada: conversaba conmigo como siempre y, habiendo pasado el día juntos, me dejaba plantado y se iba. Entonces, lo invité a hacer gimnasia esperando que, al menos allí, podría conseguir que ocurriera algo. Y bien, hacía todos los ejercicios conmigo y, a menudo, también la lucha, sin que hubiese nadie presente, pero, ¿qué debo decir? No sucedía nada.

Viendo que de este modo no lo conseguía, me pareció necesario insistir e insistir y no desistir hasta no aclarar el asunto.
Y, así, una noche lo invité a cenar, exactamente como hacen los amantes que tienden una trampa al amado.
Pero tampoco, de esta forma, obtuve nada.
Sin embargo, con el tiempo, paulatinamente, se dejó persuadir.
Cuando, por fin, vino a casa, quiso irse inmediatamente después de haber cenado y yo, sintiéndome un poco avergonzado, lo dejé partir.
Pero la noche siguiente preparé otra trampa y, después de haber cenado, me quedé hablando con él hasta entrada la noche.
Cuando hizo ademán de marcharse, lo convencí para que se quedara, con el pretexto de que era demasiado tarde.
Descansaba en un lecho junto al mío. En la habitación no dormía nadie, estábamos solos…” (Platón, El Banquete).

Y no pasó nada.

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