domingo, 1 de septiembre de 2013

LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA (3)


 
¿Hubo, en España, una élite ilustrada o no se conocía, realmente, lo que se pensaba en los países punteros de Europa?

¿Es verdad que los ilustrados españoles, por no saber más que un poquito de francés, sólo tuvieron acceso a la cultura francesa pero desconocieron lo que se cocía en el resto de Europa?

¿Hubo, en España, una controversia seria con el Cristianismo y la Iglesia Católica y/o unos críticos serios contra el antiguo régimen?

Pero también entran, entre los detractores de la Ilustración, la Escuela de Frankfurt (Max Horkeimer y T. Adorno) en su “Dialéctica de la Ilustración”, que sólo verán la Razón Ilustrada desde la desviación utilitarista y mecanicista, con el único objetivo de dominar y explotar, sin límites, los recursos del planeta Tierra o para conseguir poder político sobre otros hombres.

El conocimiento de la desintegración del átomo siempre será loable, aunque una de sus consecuencias fuera la bomba atómica. Tuvo y tiene, también, muchas utilidades positivas.

Y eso me recuerda a los improperios que pueden lanzarse contra un padre que, educando correctamente a todos sus hijos, inculcándoles normas correctas de conducta, uno de ellos, sin embargo, le ha salido “rana, oveja negra, garbanzo negro, balarrasa” y ese hijo sea el que marque a la familia.

¡Como si el culpable fuera el padre y no la autonomía y libertad del hijo!

En España la tradición seguía vigente en las Universidades, reacias a las nuevas corrientes que pululaban por Europa.

Los distintos sistemas filosóficos se peleaban entre sí (tomista, suareciano, scotista, luliano,..) citando y citando a sus jefes de fila y apoyando la verdad en sus citas.

Vociferaban entre si, en diatribas y discusiones constantes, para ver quién estaba en la verdad y quién no.

Como si el que ganase en la discusión fuera garantía de verdad.

La verdad se decidía, pues, en las aulas, ajena a la historia.

A lo más que se llega es a un eclecticismo, en el que se recoja lo común a todos ellos, obviando las diferencias y peculiaridades. Ese era el cambio.

Y entre los escolásticos, que no quieren cambiar, y los eclécticos, que no pueden hacerlo, entre ambos cierran la entrada a las nuevas corrientes ilustradas de Europa.

En vez de enfrentarse a las cosas, se enfrentan con las opiniones del pasado, con lo que otros, mucho antes, dijeron de las cosas.

El eclecticismo, pues, no es más que un movimiento restaurador de lo antiguo, y como “salvarse” es prioritario a “conocer”, también “obedecer” a la autoridad es prioritario a la “autonomía personal”.

Incluso al enfrentarse con textos del pasado, en la crítica histórica, sigue vigente el “argumento de autoridad”, y, más aún, si es escolástico y santo, será más creíble su versión de las cosas, su testimonio.

Muchos derechos y privilegios de obispos, abades, lugares de culto,…se apoyan en la “autoridad histórica” de un milagro, de un santo, de un documento de donación,… (como si no hubiera servido de escarmiento la Falsa Donación de Constantino).

Como si las leyendas y tradiciones no tuviesen un oscuro origen y fueran evidentes.

(En otra entrada veremos cómo el Padre Feijoo luchará contra esta tendencia, generalmente admitida, desenmascarando leyendas y tradiciones).

Entre la “actitud racional y crítica” y “la fe del carbonero”….

¿Cómo es posible abrir un proceso inquisitorial a Pablo de Olavide por no persignarse o arrodillarse al toque de campanilla?

(No es por nada, pero en mi niñez, de monaguillo, cuando iba con el caldero del agua bendita y del hisopo, acompañando al cura a darle la comunión (el viático) a un enfermo, hasta del burro tenían que bajarse y arrodillarse, quitándose el sombrero, los campesinos que, en traje de faena, volvían del campo, si no querían exponerse a un mal “certificado de conducta”)

La enseñanza, con todos sus planes de renovación, no era emancipadora.

Incluso Jovellanos, en Gijón, parece más preocupado por hacer buenos y obedientes cristianos o vasallos del Rey, que críticos y autónomos. Nada de intentar formar ciudadanos independientes y libres.

Si la Medicina pudo, poco a poco, emanciparse de la Universidad, a través de las tertulias y aplicando el método hipotético-deductivo, con observaciones y experimentos en el punto de partida, olvidándose de los libros antiguos, no ocurrió así con la Filosofía.

La Escolástica que tanto y tan buen servicio había prestado y seguía prestando a las creencias (la “transubstanciación”), asfixiaba todo intento de asomo de las nuevas ideas filosóficas.

El hilemorfismo aristotélico congeniaba mejor que el mecanicismo cartesiano o el atomismo de Gassendi, en las Facultades de Filosofía y Teología, monopolios de la Iglesia.

Pero monopolio no sólo en la Universidad, era en la vida misma y en la vida toda.

Para la Iglesia no todos pueden opinar, pues las opiniones pueden ser heréticas y peligrosas, aunque son, sobre todo, los moralistas los más reacios a la libertad de opinión.

¿Cómo emanciparse de la autoridad eclesiástica si ésta lo invade todo?

El primero que tiene interés en emanciparse de la tutoría eclesiástica es el mismo Rey y el gobierno de la nación (que antes tanto la han necesitado, justificando que “toda autoridad (también la del Rey) viene de Dios, siendo ella la intermediaria”).

Pero desde la llegada de los Borbones Iglesia y Monarquía echan un pulso en muchos terrenos, entre ellos el político y el económico.

Así, pues, por instigación real aparecerán documentos en los que se demuestra que los Reyes Españoles tenían derechos tradicionales para decidir soberanamente en asuntos de impuestos, de nombramientos o de regulación de la propiedad eclesiástica dentro de sus dominios.

Y también lo intentará hacerlo la Monarquía en el campo ideológico, mostrando su derecho de veto para libros y doctrinas, con la censura, llegando a prohibir hasta documentos pontificios.

La Iglesia, como la Nobleza, lucharán para mantener privilegios especiales y exenciones particulares escudándose en la autoridad suprema del Papa, que se beneficiaba de ingresos (que sacaba del país), con ingresos por dispensa de leyes en cuestiones de matrimonio, por ejemplo (anulaciones matrimoniales bien cobradas) o de disciplinas clericales.

Es la llamada “polémica regalista”.

La Monarquía consigue controlar los nombramientos y hacerse con las rentas de las sedes vacantes, controlando el poder económico de la Iglesia que, entre donaciones, testamentos, rentas,…. atesoraba un enorme capital “muerto”, del que el Rey no podía disponer para inversiones públicas, por ejemplo.

¿Es que Roma sabía algo sobre el bien común de los españoles, para disponer de su dinero?

Pero no sólo el “regalismo” es que era la vida política y ciudadana la que iba “laicizándose” cada vez más.

¿Qué pintaba, por ejemplo, un teólogo en un Consejo de Administración? ¿Qué sabe él de política mercantil o financiera, para poder decidir, con su voto?

Era la ocasión para la burguesía que, si de algo entendía, era de inversión, ganancia, utilidad,…

E igualmente ocurre con la moral.

Las guerras de religión declaradas por la jerarquía eclesiástica ha dejado de manifiesto lo poco humanitaria y menos civilizada que era.

Todo dogma va de la mano del fanatismo y de compañera lleva la sangre inocente derramada.

La convivencia pacífica, pues, no tiene por qué estar, y menos estar dirigida, por la Iglesia, basta, para ello, con el sentimiento humano, con el corazón de cada uno, con el sentido moral, individual e innato, como fuente de un comportamiento recto.

La moral no debe descansar en normas heterónomas, dictadas por una institución, la eclesiástica, que tan poco ejemplar ha sido a lo largo de la historia.

“La moral de preceptos”, de la Iglesia, debe estar sustituida por “la ética del sentimiento”.

El hombre, autónomo, guiándose por su propia conciencia, se emancipa de la tutoría moral interesada de la Iglesia.

Para “ser bueno y honrado” no hace falta la Iglesia, basta dejarse llevar por el “sentido moral”, altruista, por su conciencia privada.

Es una nueva moral humana, laica, independiente de cualquier credo religioso.

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