jueves, 5 de septiembre de 2013

HETAIRAS.


 
Llamar “puta” a una hetaira era un insulto a las “hetairas”, como llamar “puta” a una “pornae” era casi un piropo a las “pornaes”.

Las pornaes (de ahí lo de “pornografía”) eran las putas comunes o meretrices que vivían en burdeles esparcidos por toda Atenas pero que donde más abundaban era en El Pireo, barrio portuario de Atenas, porque los marineros, si no eran homosexuales, condicionados por el demasiado tiempo sin compañía femenina en el mar, desembarcaban con ganas de sexo y eran los más asiduos clientes de esos “lugares de mala nota”.

Eran pocas las pornaes de origen ateniense. En general, eran casi todas orientales, jóvenes, aunque no de carnes prietas, senos turgentes y cuerpo esbelto, y que aceptaban  su degradación de expendedoras de sexo, sin rebelarse, dejándose explotar por celestinas de turno, empresarias o administradoras/gerentes de aquellos lupanares.

(Y con la debida distancia, en tiempo y lugar, me viene a la mente el Polígono de Guadalhorce, con sus jóvenes medio vestidas o medio desnudas, vigiladas y controladas por sus correspondientes proxenetas y/o chulos)

Una pornae despierta, espabilada, de carnes no flojas y de tipo atractivo, si lograba aprender modales, y a tocar la flauta, por ejemplo, o a cantar y bailar, podía ascender a un escalón superior, a “aéutrida”, que ya no solo sabía y hacía abrirse de piernas y ofrecer sexo, sino que, también, además, ofrecían “seso” (conversación, declamación, entretenimiento, finura, compañía, traducción…)

Las “hetairas” ocupaban el escalafón superior, no sólo (aunque también) por su cuerpo escultural, sino por su “cultivada alma”, más parecidas a las geishas japonesas que a las señoritas del Fleming madrileño.

Las hetairas (“compañeras”) eran muy cultas, eran las cortesanas griegas, mujeres libres y económicamente pudientes, por los buenos estipendios de escultores y pintores. Eran independientes. De notable inteligencia y charla agradable. Educadas cuidadosamente en disciplinados colegios donde se les enseñaba gimnasia, danza, pintura, música, poesía,… y podían dialogar y/o discutir de política,….

En palabras de Demóstenes: “Tenemos hetairas para la voluptuosidad del alma, prostitutas para la satisfacción de los sentidos y mujeres legítimas (esposas) para darnos hijos de nuestra sangre y llevar nuestras casas”

Ya en otros escritos he comparado (en la distancia) a las hetairas con lo que hoy serían las Secretarias y señoritas de compañía, desplazadas al extranjero con el empresario o director de la empresa, de altos honorarios, que hablan tres o cuatro idiomas, que dominan perfectamente la Informática y que sacan del ordenador todas las prestaciones que dice tener (si las tiene), que son la mano derecha del jefe en las reuniones o Consejos de Administración, que dominan la situación, que tienen, siempre a mano, el informe necesario requerido y que, al finalizar su función laboral vuelven al hotel de lujo en que se hospedan y que puede tener, o no tener, necesariamente sexo con el jefe.

¿Quién no ha oído hablar de Safo de Lesbos, la poetisa griega por antonomasia, como Homero lo es, en varón?

El mismo Platón escribió de ella: “Dicen que hay nueve musas. ¡Desmemoriados!. Han olvidado a la décima”, Safo de Lesbos”.

Viuda y rica. Fundó un colegio para muchachas, en el que desde el primer momento se inscribieron las jóvenes de la alta sociedad.

Ella las llamaba “hetairas” (“compañeras”) y a las que enseñaba música, poesía, danza, gimnasia, locución, declamación, modales,…Y debió ser una buena maestra.

Tan buena que sus enemigas, criticando que tantas jóvenes juntas, durante tanto tiempo, en una especie de internado,….comenzaron a propalar “extraños rumores” sobre las costumbres que ella introducía en la mente de las jóvenes, en aquella escuela.

Su poema “Adiós a Aatti” refleja los sentimientos de la ausencia de la hetaira Aatti, su preferida, cuando un buen o mal día se presentó en la escuela su padre y se la llevó de allí.

Hace 900 años la Iglesia condenó a la hoguera su obra, reunida en nueve volúmenes, por considerarla pornográfica, pecaminosa.

Una de las más famosas hetairas griegas fue ASPASIA, la amante de Pericles. convertida en primera dama y que mantenía, en su casa, un salón intelectual (aunque sus enemigas decían que había hecho, de la casa de Pericles, un burdel, con orgías y drogas incluidas, donde atraía a las damas de la alta sociedad y a sus hijas, menores de edad, para prepararlas y entregarlas como objetos sexuales a varones adinerados).

Aspasia era forastera, extranjera, de Mileto, y había abierto una Escuela, no muy diferente a la que Safo había abierto en Lesbos. Pero ella no escribía poesía, sino que era una intelectual que luchaba por la emancipación de la mujer ateniense, intentando sacarla del gineceo e incorporarla a la vida política, en paridad de Derechos con el varón.

Debió ser una gran conversadora y muy convincente al hablar, pues hasta el mismo Sócrates decía haber aprendido de ella el arte de argumentar.

Dicen los historiadores que Aspasia fue la más grande mecenas de Atenas y que ésta no habría tenido la monumentalidad que tuvo sin su concurso y protección de artistas.

¿Alguien se imagina que hubieran procesado a Eva Braun, en la Alemania nazi de Hitler o a Clara Petacci en la Italia fascista de Mussolini?

Pues eso fue lo que le ocurrió a Aspasia. La procesaron.

Atenas, sin embargo, consciente de su obra, la despidió con funerales de reina (eso es, al menos, lo que se cuenta. ¿Es verdad?).

Hetairas.

¿Qué habría esculpido Praxíteles sin la modelo hetaira Friné, la que siempre se mostraba cubierta de velos pero que dos días al año, durante las fiestas de Eleusis y de Poseidón iba a bañarse al mar, completamente desnuda, y toda Atenas se daba cita en la playa para ver y contemplar su cuerpo escultural (y no como en Torremolinos, con los autobuses repletos de jubilados que todos los años el día del pescaíto frito y el día de la paella, gratis (se entiende) lo invaden).

O la hetaira Clepsidra, llamada así porque se entregaba por horas y no admitía prolongaciones, de lo tan solicitada que estaba.

O la hetaira Laida, que rechazó nada menos que a Mirón, el del “discóbolo”

O la hetaira por excelencia, Friné, la seguramente modelo de la Venus de Cnido que cuando iba a ser condenada su abogado le ordenó que se desnudase ante el tribunal alegando que no podían/no debían prescindir de tanta belleza y que, ante tanta belleza, fue absuelta.

Pericles (reelegido, anualmente, durante casi 40 años como “strategos autokrator” (Presidente del Gobierno).

Su mejor arma política fueron las Obras Públicas. Como todos los grandes estadistas son, también, grandes constructores, no sólo con técnica perfecta, también con gusto artístico.

En Atenas no había problema de dinero. El tesoro estaba rebosante. La flota ateniense comerciaba y comerciaba y el puerto era siempre un hervidero de mercancías y de personas.

Pericles, como gran estadista que era, también era un gran estratega humano.

Quiso levantar, en lo alto de la montaña, el Partenón pero el presupuesto era elevadísimo y los atenienses no estaban dispuestos a pagar tanto por él.

“Bien –dijo- resignado. Entonces concededme que lo construya yo por mi cuenta pero, eso sí, en el frontón del mismo aparecerá el nombre de Pericles y no el de Atenea”.

Y la envidia consiguió lo que la avaricia había impedido.

Pero, ¡humano que es uno¡  perdió la cabeza por una mujer, por Aspasia.

Había sin embargo una grave contrariedad, no sólo que ella no era ateniense, es que él estaba casado y había mostrado, durante toda su vida, ser un marido virtuoso y ejemplar.

Como su mujer tampoco dio muestras de una excesiva virtud de esposa en vez de reprenderla y rehusarla le ofreció el divorcio, que ella aceptó.

Se dirigió, entonces, a casa de Aspasia, convertida ya en “primera dama” de Atenas.

Seguramente lo hizo feliz, pero políticamente lo perjudicó porque el Parlamento, progresista en política era conservador en el tema de la familia y no veía con buenos ojos que una extranjera, concubina, se pusiese a la misma altura que Pericles.

Llegó Aspasia a darle un hijo pero…

El mismo Pericles había aprobado una ley que prohibía la legitimidad y la ciudadanía a los frutos de la unión con extranjeros/as.

Ahora él era la victima de su propia decisión.

Ese hijo, tras la derrota de la flota ateniense por la espartana, mandada por Lisandro, sería uno de los diez almirantes al mando de la nueva flota que Atenas mandó construir tras ordenar fundir todo el oro y la plata de todas las estatuas dedicadas a todas las divinidades, derrotando a la espartana en la batalla de las islas Arginusas, pero que, por extrañas circunstancias, sería ejecutado, junto a otros siete.

El Salón de Aspasia no sólo era visitado por mujeres sino también por varones de renombre, sobre todo artistas de la talla de Fidias o el filósofo Sócrates.

Ese contacto con personajes de este tipo fue lo que la llevaría a convertirse en Mecenas de ellos, de sus proyectos, de su compañero Pericles.

Se dice que si Pericles fue el gran constructor de Atenas Aspasia fue, con su intercesión, la encargada de embellecerla.

También se dice  que fueron, Sócrates y Aspasia, amigos íntimos y que cuando su amigo Pericles también se entusiasmó y se interesó por ella, sencillamente, se retiró y se la cedió.

Sócrates, entonces, comenzó a visitar a Teodata (“dada por dios”), la más célebre prostituta de Atenas.

La Ilustración griega, como la Ilustración europea, incluso la Ilustración española, supuso un cambio de mentalidad. Pero ese cambio cultural necesario, como motor, no comenzó en las Instituciones estatales ni eclesiásticas (las Universidades y sus catedráticos), siempre conservadores/as, instaladas/os y defensoras/es del “statu quo”, del que se beneficiaban.

Si el cambio cultural europeo, sobre todo francés, se cocía y se cocinaba en los Salones de las Madames francesas (muchos salones de muchas Madames), y el de la Ilustración española en las “tertulias” llevadas a cabo en domicilios particulares, como en las casas del Marqués de Mondéjar, del Conde de Salvatierra, del Conde de Montehermoso (en Madrid), en casa del Marqués de Villatorcas y de Baltasar de Íñigo (en Valencia) o en casa de Don Juan Muñoz de Peralta (en Sevilla), en la Ilustración griega influyeron las reuniones de los invitados en los salones culturales de las hetairas, fuera Safo, Aspasia,….

 

 

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