domingo, 8 de enero de 2017

ACOMPAÑANDO A J.L. SAMPEDRO (18) LOS LÍMITES,

LOS LÍMITES.

Dice J.A. Marina que “nuestros hijos están pidiendo/exigiendo (sin decírnoslo) que le pongamos, que le marquemos límites en su actuar”. Es bueno para ellos, para nosotros y para todos.

Si quieres hacer de tu hijo una persona inmadura y problemática, para toda la vida, déjale que haga lo que quiera, como quiera y cuando quiera. No le pongas límites.

Los límites marcan la senda por la que, caminando, puede uno ser libre.

Y los límites son necesarios a nivel de sanidad, ni hipo-glucemia y hiper-glucemia, hay unos límites por debajo de los cuales y por encima de los cuales peligra nuestra salud.
 Y hay unos límites a nivel de economía personal y/o doméstica, ni avaro/agarrado ni dispendioso/bolsillo roto.

Ya los filósofos griegos nos recomendaban la “virtud como un término medio entre dos extremos igualmente viciosos: vicios por exceso y vicios por defecto.

Pero no sólo a nivel educacional o personal o sanitario o doméstico, también, y sobre todo, a nivel social.
No puede existir una sociedad sana sin atenerse a unos límites en el obrar ciudadano.

“Porque el sentido del límite es uno de los valores que ha perdido esta sociedad.
En la antigüedad la diosa Némesis era la suprema guardiana de los límites sagrados, aquello que permiten conservar el secreto orden del mundo.
Porque hay principios que no pueden ser transgredidos; si lo hacemos perdemos nuestra dignidad de personas”

Siempre suelo distinguir entre “tolerancia” y “respeto” cuando alguien me increpa exigiéndome “respeto” para sus ideas, sus costumbres, sus creencias,..

La “tolerancia” es a “ideas, creencias, costumbres,…” como “respeto” es a las “personas”

Yo, tú, todos, debemos “respetar” a toda “persona”, de cualquier edad, de cualquier raza, de cualquier sexo, de cualquier religión, de cualquier nacionalidad, de cualquier culturas, de cualquier…. es “respetable y digna de respeto” por el mero y simple hecho de ser persona, con los mismos Derechos Humanos que yo, que esto escribe, y que tú, que esto lees. Los mismos Derechos Humanos (derecho a la vida, a la educación, a la sanidad, a la igualdad, a una vivienda, al trabajo para ganarse dignamente la vida, derechos a elegir, libremente, pareja, a ser madre/padre o no serlo,…) independientemente de las diferencias que antes hemos mencionado.

Pero, otra cosa es la “tolerancia”. Hay ideas, creencias, costumbres,… “tolerables” y que piden y deben ser respetadas, pero también existen “creencias, ideas, costumbres…“intolerables” y que, ni yo, ni nadie, debería tolerar.

No tolero, y nadie debería tolerar, la discriminación entre las personas, la consideración de la mujer como propiedad del varón e inferior a él, la consideración del padre que amo, señor y propietario de los hijos, la obligación de que su hija tenga que unirse en matrimonio con X porque así los han acordado los padres de ambos a cambio de Y, potestad para poder sacar a la hija del colegio cuando, por primera vez, se le presente el “período o regla”, la consideración de la sangre como algo tabú e impedir una transfusión de la misma en un hijo que la necesita para conservar la salud, disponer de la vida de los hijos y mandarlos “al cielo” con un cinturón de bombas atado a la cintura y hacerlo explotar en medio de una multitud,…

Hay tantas ideas, creencias, costumbres,… intolerables que debe ser sometidas a los límites de la convivencia marcados por la sociedad.
Tolerarlas y permitirlas sería “perder nuestra dignidad de personas”.

Los Derechos Humanos, que no son puestos en práctica, ni en su totalidad ni en su integridad, en parte alguna del mundo, ni aiquiera en nuestras democracias occidentales, son “IDEALES” a conquistar y deberían ser límites absolutos en toas las sociedades.

Pero no todos son Derechos Humanos Universales y Obligatorios, también existen derechos particulares tolerables y no obligatorios (la forma de vestir, la lengua a usar, el tipo de comidas, la manera de ocupar el tiempo de ocio, la opción de un determinado tipo de trabajo o de un tipo de deporte a practicar, el estilo de peinado, la música a consumir o practicar,…

Son muchas las actividades tolerables y que deben ser toleradas, pero siempre teniendo como límite a “los otros”.

Tú tienes derecho a escuchar música y practicar el karaoke (o como se llame) pero no a las tres de la mañana y junto a/debajo de la ventana de mi dormitorio.
Tu derecho a divertirte, a lo que tienes derecho, no es un derecho absoluto y tiene como límite mi derecho al descanso.
Y, entre ambos derechos no hay colisión de derechos iguales, sino que mi derecho al descanso tiene prioridad y preferencia a tu derecho a divertirte.

Tienes derecho a fumar, pero yo no tengo el deber de tragar tu humo, por lo que no podrás hacerlo en un autobús, en un ascensor, en un lugar cerrado…

Pero puede hacerlo en la mitad del campo.

Mis derechos a “no” son los límites a tu derecho a “sí”

No es que, como decía Sartre “el infierno sean los otros”, pero los otros sí son los límites a tu afición.

Aunque este tipo de límites sean relativos (puede ser que todos sean fumadores, que el local del karaoke esté insonorizado, …

“Todos estos límites, en general, son relativos. Es difícil establecer normas categóricas.
No estoy defendiendo la inmoralidad a ultranza, pero tampoco defiendo la inmoralidad de la moralidad vigente” (la de la moral, a veces
rigorista  y fundamentalista del cristianismo).

Lo de la Iglesia Católica ha sido/es algo excepcional.
El Papa no se considera Dios pero se erige en su “vicario”, en su representante, y todos sabemos que el “representante” representa al representado en ausencia de éste, así que él, toda la curia y toda la clase sacerdotal se consideran, no sólo capacitados, sino como los únicos intérpretes de la voluntad de Dios.
De ahí que, muchas veces, a lo largo de la historia se hayan predicado, en nombre de Dios, cruzadas, se hayan declarado guerras de religión, se hayan creado tribunales de la Santa Inquisición, se hayan condenado a científicos, dictado excomuniones, …

Pero no sólo la jerarquía eclesiástica se “endiosa”, también los laicos lo hacen.
Y cuando unos grupos económicos, en nombre de la “libertad económica y de acción”, se “endiosan” nada quieren saber de límites a su capricho o a su objetivo caprichos y desmedido, a nada respetan, ni siquiera a “la madre naturaleza”, como si ésta tuviera una ubre inagotable.

“Cuando el hombre se endiosa creyéndose sobrenatural pierde el sentido de la medida y se desmanda hasta querer forzar a la vida con una explotación ilimitada del planeta”

Somos conscientes de que los recursos, hasta ahora, naturales (carbón, petróleo, gas, agua potable, aire respirable,…) no son “ilimitados” pero las fuerzas económicas, buscando el lucro inmediato y “sin límites” pensando en sus índices de ganancia y no en las generaciones presentes y, sobre todo futuras.

“…Esos pocos piensan sólo en su beneficio a corto plazo, sin importarles los límites ecológicos…
Mientras los avances técnicos progresaron a un ritmo lento, los hombres no tuvieron que preocuparse de la comprensión ecológica de su morada terrestre, pero en este último siglo el potencial destructor que poseen es enorme.
Con semejante peligro la guía básica no puede ser el beneficio económico”

Y si “los otros” son, para todos, “límites humanos”, la “naturaleza” debe ser, absolutamente para todos, y sobre todo para esos grupos de presión, “el límite a la acción humana”.

Sampedro lo expresa mucho mejor que este aficionado escribidor acompañante.

“En cuanto al tema ecológico –afirma en La senda del drago- ya son del dominio público desastres como el agotamiento de productos naturales, el grave superconsumo de energías fósiles, la contaminación del aire y del agua sobre todo y otros problemas permanentes en la prensa pero no en la actualidad política y ciudadana.
Una de las amenazas más graves es la deforestación, porque el hombre ha destruido ya la mitad de los bosques del planeta y sigue destruyendo, con daños para el clima y para la vida.
La especie humana es la única viviente que consume más energía de la que necesita para su subsistencia y reproducción. El sociobiólogo Edward Wilson afirma haberse estimado que para dar a todos los habitantes del mundo el mismo nivel de consumismo de los estadounidenses se necesitarían cuatro planetas más como la Tierra”.



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