martes, 10 de abril de 2012

M.M.M. de Mujer (2).


“Mens-trual”, viene de “mensis-is” (latín, 3ª declinación) = “mes” (pero “mes lunar”, “mes natural”, (nada que ver con los meses artificiales (Mayo, Junio, Julio, Agosto (meses mitológicos o históricos), ni con Septiembre (7º), Octubre (8º), Noviembre (9º), Diciembre 10º) (meses numéricos) ).
De ahí, también que, según otros, “mensis”, “menstrual” proceda del griego “mene” = “Luna”.

¿Por qué todas las mujeres vertían sangre, cada mes lunar, “por ahí”, por donde se orina, por donde se llega al máximo placer y por donde vienen los niños?. Estarían preguntándoselo, durante el 99% del tiempo que el hombre lleva sobre la tierra, y al “no saberlo” creerían cualquier mito. De ahí el “tabú” de la sangre y la superstición de la “menstruación”, por lo tanto, hay que “ocultar la sangre”, “que se está con la regla”, “que se tiene el período” (un buen negocio, hoy, para los industriales de higiene femenina, con tampones, con compresas desechables…., pero una duda perenne y con tintes maléficos en la mente de los antiguos)

(Ya entonces, pues, a su manera, también, “que no se note”, “que pase desapercibida”).

Pero lo más grave (y estoy imaginándomelo) sería lo de la mujer del Evangelio, la “hemorroísa”, (del latín “haemorrois” = “mujer que, durante 12 años, padecía flujo continuo de sangre, mujer con hemorragia continua, “crónica”).

NOTA:
(No soy ni doctor bíblico ni especialista en Escrituras. Soy una persona normal, que lee e interpreta lo que lee. Y lo que leo es “hemorroísa” y esto tiene relación con “hemorroides” y, como más abajo expongo, las hemorroides tienen que ver con el ano. Si no fuera así, y “hemorroísa” fuese sólo “sangre uterina”, “menstruación irregular crónica”, mi comentario no sería el que es).

Se supone, pues, que la hemorroísa, al ser mujer, era doblemente impura, además sangrando por donde la sangre nunca se convertiría en “sangre vital” y por donde el sexo (si lo hubiera practicado) no sería “reproductivo” (otro pecado a añadir).
(Lo de “12” años (número simbólico, que aparece en los tres Evangelios Sinópticos), puede entenderse en un doble sentido: bien para TODOS los judíos (las 12 tribus), bien como “total” o “plenitud” (“impureza absoluta”).

Lo cierto es que toda mujer “sangrante” (bien por la abertura vaginal (durante la “regla”) bien por el ano (continuamente) ) era excluida de la esfera de lo sagrado (prohibición de entrar en el templo, pues la impureza era un obstáculo para la relación con Dios, tanto en ella como en aquel que entrara en contacto con ella) y transmisora de impureza a todo lo que tocase (personas o cosas). Tanto la silla sobre la que sienta, la ropa con la que se cubre, los cubiertos y el plato que usa,…).

Pero, no sólo entre los judíos, pues en el Concilio de Nicea, en el siglo IV d.C. se aprobó prohibir la entrada de la mujer menstruante en la Iglesia.

La hemorroísa, doblemente impura, doblemente excluida y marginada, se acerca, “por detrás” a Jesús, para tocar su manto, no con el propósito de transmitirle “su impureza” (que así sería interpretado), sino con la esperanza de la acción sanadora de Aquel que, dicen, que hace milagros, que le da vista a los ciegos, pone a andar a los tullidos,… hasta resucita a los muertos.
Sólo así, curada de la enfermedad, dejará de ser “una persona sin familia” y volverá a sentirse y ser tratada como persona, pues, en la situación en que se encuentra, ni puede tener relaciones sexuales, ni casarse, ni poder convivir con sus familiares, ni tocar a sus amigos,… Un cordón sanitario, social, familiar y sagrado en torno a ella.
Está condenada a la soledad. Es maldita, social y religiosamente.
No puede acudir ni a los escribas ni a los sacerdotes para su curación.
Sufre una “cárcel de sangre”, un “rechazo humano”.
La hemorroísa era una mujer casi endemoniada.

Dicen los Evangelios que “se secó la fuente de su sangre”, la fuente de marginación y exclusión judía, y que Jesús le dijo “tu fe te ha salvado”. Es decir, “puedes integrarte en la nueva sociedad de los “cristianos”, (algo impensable en la mentalidad y en el mundo judío).

Cuando, hoy día, sabemos que la hemorroides es un pequeño tumor sanguíneo, que se forma por dilatación varicosa de las venas del final del recto y del ano, y a la que, vulgarmente, se la conoce como “almorrana”.
Y sabemos que nada tiene que ver con religiones ni con mitos, sino que es un simple “mal funcionamiento del circuito sanguíneo, en una parte concreta de nuestro cuerpo”, sin influencia alguna en nada ni en nadie, sino en el mismo paciente, que la sufre.

Las consecuencias de la menstruación eran muy variadas, no sólo religiosas, también sociales y familiares.

Plinio el Viejo, en su Historia Natural, nos relata “los peligros de la mujer menstruante”: “puede convertir el vino en vinagre”, “romper o empañar los espejos”, “estropear el hierro (atacándolo con el orín), “estropear el cuero”, “nublar los cielos”, “volver estériles los campos”, “hacer caer las frutas de los árboles”, “matar las abejas”, “hacerlas huir de las colmenas”, “hacer abortar a los animales”, “marchitarse las flores”, “estropearse la masa del pan”, “producir el mal de ojo”, “rabiar los perros si lamían la sangre”…

Pero no hay que ir tan lejos. ¿Nadie se acuerda, ya, de que “se cortaría la mayonesa”, de que “no podía lavarse la cabeza, porque se cortaría el período y la sangre quedaría dentro del cuerpo”,…..?

¿Qué de extrañar que las civilizaciones antiguas construyeran casas o cabañas especiales, denominadas “casas de la sangre” o “casas de maldición”, lejos de las aldeas en las que se recluían a las mujeres desde el mismo momento en que empezaban a menstruar?
7 días allí recluidas, sin contacto con el mundo exterior, como monjas de clausura obligada y temporal, recibiendo el alimento por una especie de tubo, considerándolas y tratándolas como “enfermas contagiosas”.

Pero es que la Biblia tampoco se queda atrás, incluso tras el parto.
“Si la mujer da a luz un niño será 7 días inmunda”. “Si la mujer da a luz una niña será 14 días inmunda” (sexismo brutal en la Biblia).

Pero tampoco hay que ir tan lejos.
El que esto escribe, o sea yo, Tomás, con 5 añitos, monaguillo en mi pueblo (éramos 8 niños y todos éramos monaguillos), tengo grabada la escena de la “salida a la Iglesia”, de mi madre, a los 40 días de dar a luz a mi hermano. Como la Virgen María acudió al templo, día de la Candelaria, para presentar al primogénito a Dios y para purificarse. María, según costumbre, ofreció en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, mi madre un limosna en dinero.

El cura con los hábitos de misa y yo con el calderillo de agua bendita, recibimos a mi madre, a la entrada de la Iglesia, cubierta con el velo de rigor y con una vela (candela) encendida en su mano derecha y el cura rezando no sé qué, en latín, de purificación de sus pecados (supongo que sería por haber parido, fruto de una unión conyugal con mi padre). Asistir a la misa, en un reclinatorio, en primera fila, en la parte central, y el cura purificándola una y otra vez…. Eran los años 50, 1.950, ayer mismo.

Decíamos, antes, de la “sangre de la luna”.
Lo ideal, el ciclo perfecto, era que las cuatro fases de la “regla” (ovulación, presmenstruación, menstruación y preovulación) coincidieran con las cuatro fases de la luna, coincidiendo la “ovulación” con la “luna nueva” y la “menstruación” con la “luna llena”.

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