miércoles, 10 de junio de 2015

JESÚS DE NAZARET (8). ¿QUIÉNES LO MATARON, LOS ROMANOS O LOS JUDÍOS?



¿Fueron los judíos o fueron los romanos?
De la respuesta a esta pregunta han dependido siglos de resentimientos, de rencores, de odios y persecuciones.
El término “judío” connotaba “una mala persona”.  “Eres un judío”, “eso es una judiada”.
Hasta en mi pueblo, en Semana santa, cuando callaban las campanas, de luto por el Dios muerto, recorríamos las calles con las carracas, cual alguaciles, indicando la hora de los oficios en la iglesia. Y usábamos y tocábamos lo más fuerte que podíamos “para aturdir a los judíos, los asesinos de Dios”.

Casi desde el siglo II comenzó a descargarse exclusivamente sobre los hombros de los judíos  del tiempo de Jesús, el peso del proceso, la tortura y la condena a muerte de cruz del gran inocente de la historia.
Y así siguió, siglos y siglos, hasta Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, a mediados del siglo XX, para borra de sus libros litúrgicos de Semana Santa la horrible frase en la que los cristianos rezaban, cada Viernes Santo, “por los pérfidos judíos”, los “asesinos de Dios”
“Pero ¿cómo pudieron Uds. hacer lo que hicieron con Jesús si él era tan bueno”? – le espetaron unas monjitas a un escrito judío, cuando iban en un tren.

A lo largo de la historia estuvo vigente esa visión negativa que de los judíos fue inoculando la Iglesia aunque ésta no fuera la única causa que llevó a la persecución en masa de los hebreos y que acabó en el infierno de los campos de concentración y en los hornos crematorios.
Pero, lo cierto y verdad, fue la pasividad por una parte de la Iglesia y de los cristianos que demostraron ante semejante horror nazi.
Porque el nazismo y la persecución de los judíos tuvo lugar dentro de la sociedad y la cultura fundamentalmente cristianas y no en otros lugares de la tierra por otras creencias y culturas religiosas.

Fueron los ROMANOS que entonces  ocupaban la tierra de Palestina los que condenaron a muerte y ejecutaron a Jesús y no los judíos. Hoy nadie lo pone en duda.
Así fue históricamente, aunque literariamente se haya dicho otra cosa.
Además, los judíos tenían otra manera de ejecutar la pena capital, que no era la crucifixión, sino la lapidación o apedreamiento, con fuego y por decapitación. Sólo más tarde fue introducida una cuarta forma de ejecutar, el estrangulamiento, cuando algunos grupos judíos empezaron a creer en la doctrina de la resurrección de los muertos con los mismos cuerpos que tuvieron en vida.
Si uno se imagina cómo quedaba el cuerpo tras las tres primeras formas de ejecución, nada de extrañar que introdujeran la cuarta. Con ésta el ejecutado iba a llegar a la resurrección menos mutilado que con las otras tres (por apedreamiento, quemados o decapitados)
Si fue crucificado fue obra de los romanos, forma que en aquel tiempo infligían a los rebeldes políticos.
Que los judíos conocieron la crucifixión es algo normal ya que los romanos, ocupantes de Palestina, la usaron, a veces a masas de condenados, pero nunca la practicaron.

No confundir con la crucifixión la práctica de los judíos de colocar el cuerpo del ejecutado, una vez fallecido, sobre un palo o sobre un árbol, para que pudiera ser visto por todos como escarmiento.
Crucifixión de un cuerpo vivo, hasta su muerte, no es igual a exposición de un cuerpo ya muerto. Suspender hombres vivos no es suspender hombres muertos.

La pregunta, entonces, es por qué los evangelios no cuentan la verdad histórica sobre la pasión de Jesús.
Detención, proceso, las torturas sufridas, la condena a muerte de cruz y la ejecución de la sentencia...
De estos episodios los evangelios hablan largo y tendido, lo cuentan todo, con pelos y señales, pero apenas cuentan algo sobre su nacimiento, su niñez y su adolescencia.
Es por lo que alguien dice que lo importante, que la verdadera finalidad de los evangelios era narrar detalladamente la pasión y muerte y todo lo demás era sólo una simple introducción.
Y es que, para sus primeros seguidores, el desenlace inesperado y cruento de la vida del profeta que les había prometido implantar en la tierra un reino de prosperidad y de libertad tuvo que ser un drama enorme.
Todo se les desplomaba como un castillo de naipes viendo a su maestro morir vilmente clavado a un madero como un malhechor cualquiera y sin que Dios moviera un dedo para impedirlo. Y tuvieron miedo, Y huyeron y se escondieron temiendo acabar ellos también sacrificados.
Los apóstoles, que podrían haber sido testigos directos, no estuvieron presentes, por miedo, siendo ellos los que podrían habernos transmitido un recuerdo histórico vivo y que nos los habrían transmitido con absoluta objetividad.

Pero no fue así.
Los cuatro evangelistas tuvieron mayor preocupación en hacer coincidir las antiguas profecías de la Biblia con lo ocurrido en la pasión de Jesús que en contarnos cómo ocurrieron de verdad los hechos.
Igualmente, se preocuparon más de filtrar los hechos para acomodarlos a las necesidades de las primeras comunidades que de su veracidad histórica.

Y es que, cuando fueron redactados los evangelios (no antes de 40 años después de la muerte de Jesús, y algunos 60 y 70 años más tarde) por autores que ya no habían conocido a Jesús y, por tanto, no habían sido testigos oculares de los hechos, existían ya disputas muy fuertes entre las primeras comunidades sobre los nuevos rumbos del cristianismo primitivo, que se había abierto ya a los gentiles y que se veía perseguido por los romanos, al mismo tiempo que iba alejándose, cada vez más,  de sus raíces judías.

Todo eso estuvo muy presente a la hora de escribir los evangelios y, sobre todo, los episodios de la pasión y muerte de Jesús.
Estaba presente la disputa de quienes habían sido los responsables de aquella muerte: si los judíos (que habían vuelto a perseguir a los primeros cristianos que estaban llevando las enseñanzas y la fe de las primeras comunidades formadas exclusivamente de judíos, a otras gentes fuera de Israel) o los romanos (que estaban persiguiendo a la nueva secta de origen judío, al mismo tiempo que empezaban a interesarse por ella)

Los estudiosos de los evangelios ven hasta 7 versiones diferentes. Y es que, los evangelistas escribieron sus narraciones con finalidad religiosa y no histórica.
No pretendieron dejarnos un documento de investigación histórica sino, más bien, comunicarnos un mensaje religioso.
¿Acaso hubo testigos oculares durante el interrogatorio durante el proceso que lo condenó a muerte?
Ni siquiera el de Marcos, el primero, el más antiguo, el más cercano a los acontecimientos y que debería ser el menos contaminado por las disputas entre judíos y nuevos cristianos se puede considerar un documento histórico.
“La tradición que llega al evangelio ya era una tradición interpretada y, por tanto, filtrada por la fe” –dice un estudioso de los evangelios.

Surge, también, otra pregunta: ¿podían las autoridades judías condenar a muerte en tiempos de Jesús o era una prerrogativa sólo de los romanos?
Porque un judío sería de religión judía, más o menos ferviente, de mayor o menor rango en la jerarquía eclesiástica, pero TODOS eran, igualmente, ciudadanos romanos, aunque fueran de segundo orden, por ser Palestina una provincia romana, aunque estuviera en la periferia.
De que el proceso a Jesús y de su condena fue un hecho histórico, que ocurrió (tuvo que ocurrir, a nadie se condenaba sin haberlo interrogado, procesado, antes) lo cierto es que, después, fueron escritos en función de la interpretación religiosa de esos hechos.
Una cosa es que ocurrieran y otra cómo ocurrieron o cómo fueron interpretados.
Porque siempre seguirá presente el dicho: “no existen hechos (puros, neutrales, asépticos, independientes) sino interpretaciones.
No es lo mismo un homicidio que un asesinato aunque el hecho sea el mismo, el fallecimiento violento de una persona.

1.- Los tres evangelios sinópticos afirman que el proceso y la condena de Jesús llegaron sólo tras un año de la predicación pública, durante el cual Jesús estuvo sólo UNA vez en Jerusalén, mientras que Juan dice que Jesús predicó durante tres años y que cada año iba a Jerusalén en las festividades de la Pascua.

¿En qué quedamos, un año o tres, una visita a Jerusalén o tres?

2.- Desde que Jesús fue detenido hasta que fue clavado en la cruz duraron apenas 24 horas, según unos evangelios, mientras según otros habrían sido necesarios varios días.
Y hay autores que defienden que todo el proceso pudo durar varios meses, incluso un año entero, durante el cual Jesús pudo ser interrogado varias veces, y por diferentes autoridades, tanto romanas como judías.

¿En qué quedamos?

3.- Algunas de las narraciones de los evangelistas están en contraste con las leyes y costumbres judiciales de aquel tiempo, aunque, tampoco en fuentes no cristianas de la época sea excesivamente claro cómo funcionaba la justicia en tiempos de Jesús, cuando Palestina estaba bajo la ocupación romana,
Porque una cosa es la norma, la ley, cómo debería funcional y otra, muy distinta, es cómo realmente funcionaba.

4.- ¿Los tribunales judíos mantenían el poder de condenar de condenar a muerte por delitos religiosos, como la blasfemia, porque, recordemos, una cosa es ser blasfemo y otra matar a un ciudadano romano.
Pero tampoco es posible saber si podían condenar los tribunales judíos o no, para poder dirimir quien lo condenó a muerte, porque si fue condenado y los tribunales judíos no podían hacerlo, la conclusión es clara, pero si sí podían se mantiene la pregunta de quien de los dos fue, realmente.
Parece ser que, en tiempos de Jesús, los tribunales judíos mantenían una cierta autonomía en asuntos legales, exceptuados los casos de crímenes políticos, que estaban reservados, exclusivamente, a las autoridades romanas. Lo cual parece lógico. Mantener el orden externo, en la vida social  (misión romana) no es mantener la creencia ortodoxa en la mente y en la palabra.
Es decir, a los romanos nada le podría importar si Jesús era blasfemo o no, si era pecador o no, si ellos lo juzgaban era por ser un delincuente o un presunto delincuente.
Delincuente y pecador son conceptos que ni se incluyen ni se excluyen.

Existía un compromiso, por parte de Roma, de no mezclarse ni intervenir en los asuntos meramente religiosos de los judíos bajo la ocupación romana.

5.- Según Marcos Jesús fue condenado por el Sanedrín, es decir, por el alto tribunal judío, por el delito (más bien pecado) de blasfemia. El Sanedrín habría decretado que Jesús debía morir.
Pero aunque el Sanedrín tuviera esa facultad de poder condenar a muerte, está claro que ese pecado-delito debería haber sido por apedreamiento o lapidación y no por crucifixión, método inflingido por los romanos y sólo en caso de rebeldía política.
Es decir, a los romanos nada le importaba que fuera blasfemo o no.

Pero si el Sanedrín mantenía la facultad de condenarlo a muerte, entonces, ¿por qué lo envió a Pilatos, sabiendo que la autoridad romana sabiendo que la autoridad romana no juzgaba casos de blasfemia o rebelión religiosa?
Ni se entiende por qué fue condenado a muerte por Pilatos si ya había sido condenado por el Sanedrín.

La versión de Marcos tiene todos los visos de no ser histórica.
Entonces ¿por qué Marcos crea esa historia, de la doble condena?
Y es que Marcos escribió su evangelio en Roma, donde los cristianos estaban perseguidos y no querría echar sobre las autoridades romanas el peso de la condena a muerte de Jesús y, por ello, decidiría escribir que ya previamente había sido condenado por el tribunal judío.
Por ello Marcos inventa la sesión de un interrogatorio nocturno en casa del Sumo Sacerdote cuando es sabido, históricamente, que el Sanedrín nunca se reunía en casa del Sumo Sacerdote.

De hecho, ni Lucas ni Juan hablan nunca de un proceso a Jesús ante el Sanedrín, en el que se le condenara a muerte.

¿En qué quedamos?

Surge otra duda, otra pregunta: ¿Es verdad que fue cruelmente torturado antes y después de la condena a muerte –según cuentan algunos evangelistas?
Y es un problema, porque se sabe que no existían tales torturas antes de la condena a muerte.
La costumbre era que, una vez condenado a muerte el reo, los soldados romanos se permitían burlarse de la víctima según viejos rituales antiguos, por ejemplo, vistiéndola de payaso o de rey.
¿Por qué dicen los evangelistas que fue torturado? Seguramente, como en otros episodios de la pasión, por el deseo de hacer coincidir las profecías bíblicas, que decían que el futuro Mesías iba a ser escarnecido y torturado, con la historia de Jesús.

Tampoco sabemos quiénes ejecutaron la orden de detención en el Huerto de los Olivos.
Según los sinópticos fue detenido por una multitud armada “por orden de los jefes de los sacerdotes, de los escribas y de los ancianos”.
Pero Juan dice que fue detenido por una cohorte de soldados romanos. Y es raro que Juan que muestra sentimientos más antijudíos que los otros tres y que escribió, conociendo ya los otros evangelios haya podido inventarse esto, corrigiendo a los sinópticos, afirmando que lo detuvieron soldados romanos.

Lo más probable es que Jesús fuera detenido por los soldados romanos tras una denuncia de los guardias del Templo, que mandaron conducir a Jesús ante el Sanedrín, pues la acusación que le hacían era la de arremeter contra la sacralizad del Templo de Jerusalén (“llegará el día en que no hará falta, para rezar…”), es decir, una cuestión religiosa y no política.
¿Por qué, entonces, acabó acusado y condenado por un delito político y no religioso?

Sería un rebelde político, un delincuente, un revolucionario político peligroso.

De hecho, INRI, la inscripción que Pilatos mandó escribir sobre la cruz, según la costumbre del tiempo, era para que los que lo vieran crucificado supieran por qué lo había sido, cual era su delito.
Es decir, por haber afirmado que quería ser “Rey de los judíos”, amenazando, así, al poder de Roma sobre Judea.
Y es que, para un Gobernador de una nación ocupada militarmente, como lo era Palestina, era impensable dejar de reprimir un movimiento mesiánico (ya había sido aclamado triunfalmente en Jerusalén, el Domingo de Ramos) que podría conducir y desembocar en un levantamiento político contra Roma que, seguramente, ya habría ocurrido antes, por otros Mesías antes de Jesús.
Y es que Jesús había predicado un nuevo Reino para los judíos y eso podría resultar peligroso si muchos lo creían y ponían en marcha la venida del mismo.

La verdad es que Jesús era un profeta radical e inteligente que estaba empezando a hacer mucho ruido.
Demostraba conocer bien las Escrituras y podía discutir con los Doctores de la Ley, con los saduceos y los fariseos. No era, pues, un profetilla más de los que surgían de vez en cuando, y que desaparecían con la misma facilidad con la que aparecían.

Era una persona bien preparada, que nunca dejó de profesarse judío y celoso de la ley y, al mismo tiempo, profundamente crítico con la religión fosilizada de su tiempo.
Él nunca de proclamó ni Mesías ni Dios, pero quienes lo seguían y ante los prodigios que realizaba, sí lo veían y lo sentían como tal, o lo deseaban que así fuera, aunque más de una vez dijera que no era Él el que realizaba los milagros, sino Dios y que su reino no era de este mundo.
Pero quienes lo seguían, y los apóstoles, creyeron al pie de la letra que el nuevo Reino que Él anunciaba era también un reino temporal y concreto (de ahí la petición de la madre de los Zebedeos y el cabreo de Pedro y demás apóstoles) que iba a devolver a Israel la libertad perdida.
Y confiaban en Él.

Era más un profeta religioso que político.
Él predicaba la purificación de la religión judía, la que había mamado desde niño y creía en las profecías bíblicas que anunciaban una nueva etapa de espiritualidad en la que todos los hombres iban a ser más hermanos que lobos, en la que Dios iba a ser más Padre que Juez con los hombres y en la que cada ser humano tomaría conciencia de su propia dignidad como “hijo de Dios”, ya fuera leproso, prostituta o Doctor de la ley.
Había que acabar, pues, con las hipocresías de una religión que se había degradado y que los dirigentes religiosos usaban en beneficio propio.
De ahí su condena de la rigidez del Sábado y hacer del Templo un mercado (de “casa de oración” a “cueva de ladrones”).
Pudiera ser que fueran los mercaderes del Templo quienes denunciaran a Jesús ante las autoridades religiosas (les “jodía” el negocio a ellos y al Templo (a los sacerdotes)).
Jesús estaba haciendo mucho ruido y no aparecía claro si su predicación era puramente religiosa o también de carácter político-social.
Y es que a las jerarquías judías las nombraba, en aquel momento, el poder romano. No querían, por lo tanto, enemistarse con el gobernador Pilatos que no era un hombre débil y titubeante y que quiso salvar a Jesús de los judíos que querían que muriera (la escena de Barrabás, lavarse las manos) como lo muestran los evangelistas (pero ya sabemos por qué) sino un hombre cruel, duro y violento que imponía miedo a todos.

Es probable que, ante tanto ruido, Pilatos le diese un toque a las autoridades del Sanedrín para saber qué estaba pasando con aquel profeta demasiado seguido por la gente y que decía que quería proclamarse rey.
Y es posible que las autoridades judías, ante el carácter de Pilatos, se echaran a temblar.
Y es posible, pues, que ellas mismas hablaran con Jesús para oír de su propia boca qué estaba pasando.
Tras dichos interrogatorios debieron llegar a la conclusión de que difícilmente se podía condenar a Jesús por motivos religiosos (si es que el Sanedrín tenía ya o todavía poder para condenar a nadie) ya que Jesús, en ningún momento despreció ni ofendió a la religión judía, que era la de sus padres, sino que lo que pretendía era perfeccionarla y dar cumplimiento a las profecías de las Escrituras, que anunciaban días mejores para dicha religión y que, incluso, podría abrirse a otros pueblos.

Es en este punto cuando pudo suceder que el Sanedrín, por miedo a Pilatos, le mandara a Jesús para que se encargará él de interrogarlo y de ver si era culpable de otro tipo de rebelión que no fuera la religiosa.
Y, a partir de ahí, sería el poder romano quien quiso deshacerse del profeta incómodo por haberse proclamado, según las acusaciones, Rey de los judíos.
Por eso, el proceso y la condena a muerte de Jesús fue un gran error judicial ya que fue llevado a la muerte como un rebelde político y revolucionario que pretendía sublevar a su gente contra el poder romano  cuando, en realidad, nunca había intentado tal cosa, ni su intención era proclamarse Rey de los judíos, sino anunciar un reinado de paz y respeto a todos, donde los más humildes fueran reconocidos en sus derechos y los más poderosos se pusieran al servicio de los más necesitados y olvidados de la sociedad.

La suya pudo ser una “revolución religiosa y social, pero no política, que es por la que lo asesinaron”.

¿Cuándo fue crucificado?
Pues, tampoco se sabe con certeza.
Para Juan el jueves, 14 de Nisán, el día antes de la fiesta de Pascua, que era el día más importante del año para los judíos.
Para los sinópticos fue el viernes, 15 de Nisán, el día de la gran fiesta que precedía a la Pascua.

Es probable que tenga razón Juan pues, hoy, parece imposible que las autoridades judías hubieran permitido que un pleito ante el gobernador romano, que podía acabar con una condena a muerte, se celebrara el día festivo más importante del año para los judíos.

Tampoco ha sido posible calcular el año de la crucifixión de Jesús, ni qué edad tenía a la hora de su muerte, que podía variar entre 25 y 32 años.

Lo cierto es que Pilatos se curó en salud porque la palabra “rey” en un provincia romana, sonaba a rebelión e independencia.
Y el Sanedrín, encantado de que le quitaran de en medio a esta persona tan crítica, tan molesta y, económicamente, tan perjudicial para las arcas del Templo.
Pero la condena es de Pilatos por algo que no era, un revolucionario político. Si que era un revolucionario social y religioso.
A Pilatos, una muerte más o menos, de los muchos crucificados, no le importaba.

El Sanedrín, con la tranquilidad de conciencia de que él no había sido. Pero alegre y feliz por haberlo hecho Pilatos.

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