martes, 30 de junio de 2015

JESÚS DE NAZARET (16), ¿ERA UN POETA?



Aparece, en Jesús, un talante poético, una visión poética de la vida, de las cosas, de los sentimientos, que se ve reflejada en las parábolas, en las alegorías, en las comparaciones, en sus dichos.
Si poeta es quien sabe expresar con palabras el sentido oculto de las cosas y de los sentimientos más escondidos del ser humano, Jesús fue un gran poeta. Poeta más que místico. Una persona tierna.
La poesía está presente en toda la literatura judaica y rabínica. La Biblia misma, gran parte de ella, está escrita en verso.
Poesía tierna en el Cantar de los Cantares o profunda, desgarradora, de denuncia, como en Isaías y Jeremías o de nostalgia y esperanza como en los Salmos.
Toda la historia de Israel, con sus dramas, sus persecuciones,…son como un gran poema escrito sobre las piedras de sus lamentaciones.
Son los quejidos desesperados de petición de ayuda a Dios, con quien han hecho un pacto, en el que confían y  del que se ven abandonados.

Hay quienes aseguran que los lamentos más profundos del flamenco más puro no son otra cosa que las huellas musicales de la angustia de los judíos, dispersos por todo el mundo y humillados por todos los pueblos, siempre excluidos, siempre mal vistos porque la historia, tendenciosamente, habían hecho de ellos los responsables de la muerte de Jesús.

Pero Jesús era judío, profundamente judío, tenía alma judía. Conocía la historia dolorosa de su pueblo.
Ni sus discípulos lo entendían muchas veces y, con ese humor judío, se divertía con ellos, que no lograban entenderlo a fondo y diciéndoles que les hablaba en parábolas “para que no entendieran”, cuando, en realidad, las parábolas, los ejemplos, las alegorías, son para…
Su forma de hablar estaba más cercana al habla del campesino que al del intelectual.
Lo cierto es que nada dejó escrito y lo poco o mucho que de Él sabemos es por lo que otros nos han contado (como Sócrates) y se nos aparece como un creador de imágenes y de metáforas, dos recursos indispensables de o para un poeta.

La anécdota que nos cuenta Lucas, cuando uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo se le echa a sus pies rogándole que vaya con él a su casa porque su única hija de 12 años se estaba muriendo. “Mientras iba hacia allí la gente lo apretujaba. Una mujer, que padecía hemorragias (la hemorroísa) desde hacía doce años y que se había gastado en médicos toda su fortuna sin que ninguno pudiera curarla, se acercó por detrás, tocó la orla de su manto e, inmediatamente, cesó la hemorragia. Jesús preguntó: “quién me ha tocado”. Pedro respondió: “pero si todos están apretujándote”. Jesús le dijo: “no, alguien me ha tocado porque he sentido que de mí salía una fuerza”. La mujer, al verse descubierta se acercó temblando y se postró a sus pies”

Si ya la sangre, de por sí, era un tema tabú (ligada como estaba a la vida, al alma (el muerto ya no tiene sangre, ya no tiene alma), está muerto; si, además el tema denigrante de la consideración de la sangre del período (de la regla) de la mujer, como la firma de un dios, para recordarle que ella había sido la pecadora y culpable, responsable de la expulsión del paraíso, o la sangre del parto, tras el cual debía acudir al templo (iglesia) para purificarse (mi madre, siendo yo monaguillo), pues imagínense la presencia de la sangre procedente del ano (las hemorroides).
Las hemorroides era una enfermedad maldita. Y la mujer que está convencida de que el milagrero Jesús puede curarla, sin que se entere, con sólo tocar su manto (ni siquiera la posterior imposición de las manos.
La finura, la delicadeza, de tratar esta enfermedad maldita y el tacto exquisito con el que trata a la mujer.
(¿Pudo notar esa sensación o fue, más bien, la exquisitez y finura de narrar la escena?).

En este episodio lo que menos importa, quizá, sea el milagro sino la capacidad de Jesús para hacer entender que alguien se le había acercado con sentimientos diferentes a los demás.
Ella no le había pedido nada, como Jairo.
Ella busca algo de manera discreta y para que nadie se enterase de la maldita enfermedad.
Una mujer creyente, que se acerca no para que le dé algo, sino para que le quite o se le retire algo.
(¿Cómo puede saberse que “cesó la hemorragia”?. Es lo de menos).

Jesús no fue el poeta de la cruz, sino de la vida. No soportaba ver a nadie sufriendo: enfermos, ciegos, paralíticos, leprosos, endemoniados,… “curaba a todos”
Nada que ver con la futura “teología de la cruz” que le elaborarían sus sucesores, aunque sus hechos y sus palabras acabaran con Él en la cruz.
No era de los que pensaban que el sufrimiento humano era algo maravilloso, que salva y redime.
¿Considerar el dolor como mérito?. ¿Mérito de qué, por qué, para qué?.
¡Qué dios, que no sea un sádico, puede proponer el dolor como mérito?.
Hace no mucho colgué una reflexión sobre “el dolor y la madre que lo parió”, sobre todo el dolor del parto y el masoquismo de las mujeres que interpretaban la maldición de Dios a Eva, previa a la expulsión del paraíso, una vez descubiertas, por el hombre, las técnicas de evitarlo y los anestésicos.
Él, que tanto había luchado contra los fariseos de piñón fijo y, sobre todo, contra los saduceos por su interpretación literal de las Escrituras, respecto al descanso absoluto del Sábado.

Su talante no era victimista (algo que la Iglesia futura recalcaría, haciendo una apología del dolor, soportándolo, para que fuéramos conscientes del dolor de Jesús para redimirnos.
¡Como si Jesús hubiera ido, voluntariamente a la pasión y a la cruz y no lo hubieran apresado, llevado, procesado, condenado, crucificado y muerto a su pesar, sin pedirlo ni desearlo¡
El grito último en la cruz, reprochándole al Padre el porqué ha permitido esa situación, sin merecerla, siendo Él un Dios de Justicia.
No se sacrificó, por nosotros. Lo sacrificaron.

Era un poeta de la vida. Le cantaba a la vida. Como cuando lo acusaban de no imponer ayunos y sacrificios corporales a sus discípulos, como lo hacía Juan el Bautista (el que bautizaba).
Al revés.
A Él le gustaba disfrutar de las pequeñas cosas y sin correr detrás del dolor, sino al revés, siempre rehuyéndolo, para Él y para los demás.
Ya tendrían tiempo de sufrir, porque la vida, precisamente, no era una fiesta.
Como diciendo que no hay que buscar el dolor (sino evitarlo) pues ya se encarga el dolor de buscarnos a nosotros y, quizá, no podamos evitarlo. Habrá que soportarlo, si no se puede evitar, pero no buscarlo y, menos aún, disfrutarlo, alegrarse,…como si Dios lo aprobase como mérito a tener en cuenta en la otra vida.

¿Alguien sabe de alguna escena del Evangelio en la que aparezca una loa al dolor, al sufrimiento, al sacrificio buscado,…?

Recoger espigas en el campo para no pasar hambre, aunque fuera el Sábado. ¿El hombre para el Sábado o el Sábado para el hombre?

Tan poco se preocupaba de aparecer como asceta y hombre de sacrificios, que llegaron a acusarle de borrachín y comilón, porque no desdeñaba compartir mesa y mantel con sus amigos, algunos de ellos fariseos ricos.
Lo que en otro lugar hemos indicado “la connotación negativa de los fariseos en los evangelios y su porqué.
Lo que no es normal es que te invite a su casa, a comer y a beber, tu más encarnizado enemigo.

A Jesús, como a cualquier persona sensata, le gustaban y disfrutaba de los sencillos placeres de la vida.

Todas sus comparaciones estaban tomadas de los fenómenos de la naturaleza de la que, como cualquier poeta que se precie, era gran observador y amante.
Y exhortaba, a quienes estaban muy preocupados por el futuro, a contemplar la belleza de los lirios del campo, que no tejen y están siempre vestidos de luz, y a los pájaros del cielo, que no siembran ni recogen y que, sin embargo, nunca les falta de comer.
No les exhorta a que se sacrifiquen ni a que sacrifiquen su presente por su futuro.
Podría haber cantado, cual poeta latino: “carpe diem, aprovecha el momento, disfruta del presente, vive la vida,…”

Seguramente no es verdad, no es histórico, el hecho narrado por Juan, el de las bodas de Caná, en las que se acaba el vino (que alegra la vida) y el bochorno de los novios, que serían los causantes de la no posterior diversión de los invitados.
Jesús no rechaza la asistencia a bodas de parientes y amigos, bodas que, aún hoy, entre los judíos son una auténtica fiesta, una explosión de felicidad, donde todo el mundo debe estar y ser feliz, y donde no pueden faltar los cánticos, los bailes, los brindis,… y a todo ello es el vino el mejor combustible.
A nadie le habría extrañado que Jesús hubiera realizado el milagro de convertir el agua en vino, por la felicidad de los invitados y por el bien del novio.

¿Qué es la Eucaristía (que, seguramente, es un invento de Pablo, y no de Jesús) sino comer pan y beber vino, que tras las palabras benditas se convierten, simbólicamente, en cuerpo y sangre de Cristo, pero que siguen manteniendo los accidentes (color, olor, sabor,…) del pan y del vino.
La transubstanciación cambia la substancia (lo que es) no los accidentes sensibles.
La hostia, el pan, sabe igual “antes de” que “después de”. Y lo mismo ocurre con el vino.
El cuerpo de Cristo te quita el hambre, la sangre de Cristo te alegra el espíritu.

Es pura poesía agraria, rural, no urbana.
Y es que la cultura de Jesús es rural y no urbana, aunque hubiera visitado varias veces, a lo largo de su vida, Jerusalén.
Su niñez y su adolescencia (¿también su juventud “los años oscuros”?) los pasó en una aldea rural, Nazaret, y conocía los ciclos de la naturaleza y de las estaciones. Conocería la vida de los animales y el desarrollo del campo.
Nos habla del trigo y la cizaña, de la viña y de los viñadores o trabajadores del campo, nos habla de pastores, de corderos y de ovejas, de terneros asados al fuego ante la llegada del hijo pródigo (parábola que nunca he entendido).
Conocía las tempestades del Lago de Tiberiades, de la pesca y sus atuendos, de la labranza, de las semillas (la de la mostaza, “la más pequeña de las que existen”, entendía de levaduras que hacían crecer el pan (y que habría visto y ayudado a su madre en esa tarea (en otro lugar he escrito sobe el ummiento o levadura natural y por lo que el pan de la eucaristía, la hostia, debía estar hecha sin levadura (pan corrompido o corrupto).

Su humanidad y ternura con los más necesitados (enfermos, prostitutas, paralíticos, leprosos, ciegos, desvalidos como los niños, las mujeres…) los más rechazados y excluidos de la sociedad.

La viuda pobre y el óvolo para el templo, la prostituta que rompe un frasco de perfume, carísimo, y lo derrama sobre sus pies, cansados de andar, como relajante, la rabia contra los mercaderes del Templo (a fin de cuentas de los Sacerdotes y su ambición por el dinero. Hasta María (que no tendría que haber ido a la ofrenda obligatoria, tras dar a luz, porque si fue virgen antes de, en y después del parto, no derramaría sangre. Y tuvo que ofrecer, cual persona humilde y poco pudiente, un par de tórtolas, lo mínimo que se despachaba, pero que había que hacer la ofrenda y gastarse un dinero para Dios, para el Templo, y que sabemos lo que se hacía y cómo se repartía la cantidad de lo ofrecido)

¿Qué son las bienaventuranzas, sino pura poesía, un gran poema, alentando a los perdedores en esta vida no para que sigan perdiendo y sufriendo, sino que ya que la vida está tratándolos así, y si no pueden dejar de pasar hambre, sed,…que sepan que, cuando todo esto acabe, le será sobremanera recompensado.
Pero no los invita a seguir en esa condición, sino consolarlos con lo que les espera por haber soportado su mala suerte en cómo está tratándolos la vida.
No canta a los ricos, a los saciados, a  los que nada les falta,…Es, un poco, el anticanto de la sociedad, ofreciendo el consuelo.

¿No son las bienaventuranzas la poesía que siempre añoraron escribir y declamar todos los parias de la historia?.

¿Y qué es el Padrenuestro sino la consideración de Dios como Padre y ya no como vengador, celoso, juez…y al que se le pide pan diario y se pide perdón por los pecados cometidos (las dichosas y antiguas “deudas y deudores”?)

¿Escribió Jesús una poesía, en el polvo de una baldosa del templo y con ello salvó la vida de la “mujer adúltera?.
Siempre me gustó esta anécdota (que supongo que cualquiera la recuerda y, sobre todo, ese añadido: “y se fueron, uno tras otro, empezando por los más viejos”.

La escena y la pregunta era una trampa. Contestara sí o no, iría contra Él. Ya no sería el Maestro Bueno o sería un pecador que incumplía la Ley de Moisés.
Pregunta trampa como la de si había que pagar o no el tributo al César, diera la respuesta que diera iría contra Él.

¿Solución?. No responder, en un primer momento (garabateando en el suelo) y luego lanzarle a la cara: “el que de vosotros esté libre…”, y, luego, agachándose otra vez, sigue garabateando, hasta que se fueran los acusadores) o responder saliéndose por los cerros de Úbeda (“dad al César lo que es….”)
Es la única escena en que se ve a Jesús escribir (¿o garabatear?. Nunca lo sabremos). Únicamente pudo leerlo (si es que era escritura) o verlo (si eran garabatos) la mujer amedrentada, echada a sus pies, por sus acusadores, como si fuera un saco de inmundicia, de pecado y con la cara pegada al suelo.
Y la respuesta: “Yo tampoco te condeno”

A la mujer la salva de ser lapidada, según la Ley de Moisés, y Él se salva de ser acusado de no pagar y de incitar a que no se paguen los impuestos al Estado.

Una pregunta que surge: ¿Lo que escribió en el suelo (si es que escribió) iba dirigido a la adúltera o a los acusadores?

La escena es un canto, un poema a la compasión y, al mismo tiempo, una condena de la hipocresía.

¿Sería una poesía lo que escribió? Entonces la poesía habría salvado la vida de una mujer a la que, como a todas las mujeres de entonces, ni siquiera se les podía enseñar las Escrituras.

¿Y el último grito, el de la cruz, encarándose con Dios, echándole en cara por qué lo había abandonado, como acusándolo de que, puesto que sabía que era inocente y no culpable, por qué permitía lo que estaba ocurriendo?
Este grito parece ser uno de los pasajes más ciertos de la narración de la pasión.

Es el grito de la humanidad doliente.
¿Quién, ante una desgracia, considerada inmerecida, no le ha echado en cara a Dios un “porqué”?
¿Por qué ha tenido que morir mi hijo en una guerra contra la que estaba en contra?.
¿Por qué esta enfermedad?...
¿No es el grito de los judíos en los campos de exterminio?. ¿Por qué?
¿No es el grito de los condenados sin juicio por tantos dictadores?. ¿Por qué lo permite Dios?
¿No es el grito de los padres ante el tener que ingresar a su hijo en un manicomio (o como ahora se diga (frenopático)?.
¿No es el grito de los que mueren sin saber por qué mueren?

¿Será el grito del miedo del recién nacido, ante el misterio que la vida le deparará en el futuro?

El grito de Jesús, el grito del profeta que se siente abandonado por su Dios.

Quizá ese último grito sirvió para aliviar todos los gritos de la frágil humanidad a la que la vida no la trata bien y que ve a su alrededor tanto dolor inútil, a tanto inocente perseguido, acusado y condenado por un poder despótico e inclemente.

Aunque, hablando de poesía, personalmente me gusta el arte de ligar, el diálogo de cortejo, de camelar a la samaritana en la fuente. Entablar contacto, nada menos que con una samaritana, Él que era galileo, y que nunca, a nivel de pueblo, se llevaron bien.

¿Lo recuerdan?

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