domingo, 3 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (29)




He dicho muchas veces (y me reitero) que para la convivencia, en un estado democrático, lo óptimo es que el Estado sea laico, no sólo no confesional, dando libertad de y a las religiones, pero sin apostar por ninguna y para propiciar el entendimiento entre ellas en su funcionamiento.
Y lo que pareció que iba a ser el destino general del mundo: laicidad, liberalismo, Ética universal con los Derechos humanos como “un código “genético” de la sociedad moderna” resulta que siguen vigentes y bien arraigados los fundamentalismos: judío, musulmán y cristiano (sobre todo en USA).

Es más, el fundamentalismo islámico, aprovechando la democracia y el estado de las libertades de muchos países europeos/occidentales, desde dentro mismo del sistema democrático, y aprovechándose de él, están comprometiendo tanto nuestra seguridad como nuestras libertades, lo que da pie a que políticos autoritarios quieran, y prometan, no sólo expulsar a los sospechosos o activistas, sino cerrar la puerta por dentro y no dejar entrar de manera ilegal o sin papeles a ninguno de ellos.
Y cuando el clima social se siente inseguro escucha y fácilmente conecta con fundamentalistas políticos que prometen acabar con ese clima de inseguridad expulsando y/o no dejando entrar a los sospechosos de poner en peligro la seguridad al intentar imponer su ideología fanática y fundamentalista, a base de imponer controles.

Y el ciudadano normal, celoso de sus derechos y cumplidor de sus deberes, desea vivir seguro y libre, pero constata que ciertas autoridades políticas y culturales se pliegan a las voces integristas que, o bien se sienten ofendidos por caricaturas o bien reclaman derechos ya superados en Occidente (turnos en piscinas para mujeres y varones, comidas acorde con sus creencias, vestimenta que convierte en anónimas a las mujeres, cortar calles en las horas de oración,…) o querer prohibir fiestas centenarias (la de moros y cristianos) o querer cambiar escudos de ciudades en las que aparecen cristianos pisando cabezas moras, recordando historias pasadas y reales (no deseos ni imaginaciones)

Recuerdo haber estado en la cola de un espectáculo y una mujer mora se me cuela delante. Le llamo la atención para que se ponga en la cola y me montó un circo llamándome de todo (poco educado, intransigente, xenófobo, sobre todo)

Pero es que ese fundamentalismo islamista también se practica, con atentados, bombas y muertes, en sus propios países islámicos que se hayan acercado, más o menos, al régimen democrático y de libertades, cuanto más en países occidentales, porque si la verdad es una y ellos están en posesión de la misma,…..todo lo demás y todos los demás….

El querer imponer la Sharia (teológicamente revelada y como única legalidad vertebradora de esa comunidad) a los creyentes musulmanes, en países occidentales que se rigen por leyes civiles…

En otro lugar he distinguido los 6 tipos de Islamismo (porque no es único y uniforme) y cómo algunos de esos tipos son incompatibles con la convivencia democrática y sus usos políticos y sociales, pero no todos lo son.
La forma de vestir de una mujer musulmana no es la misma en Turquía o Túnez que la de Arabia Saudí.
Incluso los creyentes de ambos sexos que viven entre nosotros, en los países europeos, o en USA, ellas tan “tocadas”, de menos a más, y ellos tan como los del país en que están.
O los no creyentes o no practicantes, del ámbito cultural islámico, que viven semiclandestinos en Estados teocráticos, o parcialmente desarraigados de sus comunidades de origen en los nuestros.
Y es que se puede ser musulmán de formas disidentes, lo que solemos olvidar y ponemos el grito en el cielo cuando ocurre un atentado terrorista de unos fanáticos, no de “todos” los musulmanes.

Y no existe sólo una y única interpretación del Corán, sino varias, como en las demás religiones del Libro (por ejemplo, en el Catolicismo la versión oficial y vaticana versus la versión de los Teólogos de la Liberación o los seguidores del Opus, de Legionarios de Cristo,…).

Y son las versiones menos mayoritarias, sobre todo en el Islam, las que suelen recurrir a la violencia como método de afirmación, hacerse visibles y dejarse oír.

Ocurre que hay, hoy, países musulmanes donde el ateísmo y la apostasía son castigados de forma tan rigurosa como lo fueron en la Ginebra de Calvino o en la España de la Inquisición.

¿Alguien puede imaginarse que las naciones de toda Europa estuvieran sometidas a un régimen político teocrático como el actualmente vigente en el Vaticano (que es un Estado europeo)?

Lo que les hace falta a la mayoría de los musulmanes no es una religión mejor sino un gobierno mejor, porque el problema no son las sutilezas teológicas sino las instituciones cívicas, desentendidas de las directrices religiosas y más preocupadas por las libertades civiles.

En esencia, el islamismo, pues, no tiene que ser más refractario a la democracia liberal que el catolicismo (recordemos a la Iglesia sentada en el Parlamento Español durante el franquismo y su “democracia orgánica”).

¿Cómo los más fanáticos pueden ser doblegados y cómo es posible escapar de los cepos ideológicos asfixiantes?
No es necesario ir a los países musulmanes, basta con repasar la historia europea, la del Cristianismo occidental.

Hoy, la distancia entre las libertades individuales en cualquier democracia europea y los que están sometidos a la Sharia, es enorme, sobre todo en las mujeres por una interpretación fundamentalista del Corán.

Interpretar cualquier atentado terrorista musulmán como la respuesta a una provocación, a una ofensa, a quienes más daño les hace es a los propios musulmanes no fundamentalistas y democráticos, integrados en países europeos.

No hace tanto que, en nuestra España, hablar de “un vasco” era hablar de “un etarra”.

El multiculturalismo obtuso pone a todos los credos y culturas en el mismo platillo de la balanza, a la misma altura, como si quienes aprueban arrojar desde las alturas a una persona por ser homosexual fuese igual que admitir no sólo la opción sexual homosexual, sino reconocer su unión como matrimonio.

Cuando una religión organiza el estado la sociedad, sobre todo los no confesos con esa religión, lo tienen crudo.

Para que un país de cultura islámica hubiera podido o pudiera instaurar un régimen democrático habría sido/sería necesario una previa secularización de los espíritus y de las instituciones y los individuos ser personas libres y autónomas y no una gota más de agua de la piscina religiosa donde las instancias religiosas o el dictador religioso de turno no permite que nadie asome la cabeza.

Sabemos que eso, en el siglo XXI, es un anacronismo, pero de ese magma puede salir de todo, sobre todo de lo peor.

Cuando en nuestra España, ahora mismo, algunas personas denuncian sentirse heridos por ver atacado su “sentimiento religioso”, me he preguntado muchas veces cómo es eso posible siendo el sentimiento religioso algo tan íntimo y personal.

¿Os imagináis que un neurótico o un fanático denunciaran e intentaran prohibir ciertos espectáculos culturales porque hieren sus “sentimientos religiosos”?

Si en las fiestas de Moros y Cristianos hay que suprimir del espectáculo a los moros, para no ultrajar a los musulmanes, como lo políticamente correcto, es como si los italianos exigieran que, en nuestras Semanas Santas, se suprimieran las figuras de Pilatos, Herodes y los centuriones para no ofender al gobierno italiano.

No hay tal islamofobia sino una fobia contra la intransigencia y los comportamientos violentos de ciertos musulmanes, y no una postura xenófoba generalizada contra los miembros de una etnia o un grupo cultural.

La “falacia de la generalización” la solemos lanzar a las primeras de cambio.
Y no es verdad.
Es una “falacia”.

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