miércoles, 10 de diciembre de 2014

ATEÍSMO (y 4)

2.- CONDICIONES EXISTENCIALES CONCRETAS QUE PROVOCAN ATEÍSMO.

        Si las circunstancias generales que alimentan y arropan la sociedad, como acabamos de ver, no llevan necesariamente a la opción atea, pudiera ser que sí lo fueran las condiciones particulares: la muerte, el dolor, el sufrimiento, la pobreza… Es lo que vamos a ver.

        No es cómodo vivir como hombre. Para el cuarzo todo es mucho más fácil. El cuarzo no tiene problema, no tiene que elegir, el cristalizará en el sistema que por naturaleza le corresponda, y a dejar pasar que el tiempo lleve a cabo el proceso. Pero el hombre…..el hombre es un ser en lucha por vivir desde el mismo momento de nacer. Es un ser agónico (la agonía es la última lucha de la vida contra la muerte)

        El hombre es un ser esencialmente en lucha:
        - En lucha consigo mismo (entre su querer y su deber, entre su deseo y su obligación, entre lo que me gustaría hacer y lo que debería hacer), y tiene que elegir, y puede equivocarse, y pueden no coincidir.
        -En lucha con los demás, con sus semejantes, con los que tiene que convivir y con los que, seguramente, no coincidirá en muchas cosas.
        -En lucha con el entorno, con lo que le rodea, a lo que tiene que conocer bien para poder dominarlo.

        Vivencia y convivencia. Habérselas consigo mismo, con los demás y con lo demás.

        El hombre no es que esté agobiado en algunos momentos, es que es, en su esencia, un ser agobiado y agobiante. Agobiado por todo y por todos, pero, sobre todo agobiado por sus limitaciones, por su finitud, por no poder hacer, por no poder ser todo lo que a él le gustaría hacer y ser. Y, encima, además, tiene que elegir, tiene que optar.

        Suelen decir los filósofos que mientras que el animal muere, pero no la sabe, el hombre se muere. Es más, el hombre, aún cuando está vivo, sabe que tiene que morir. Piensa no en la muerte, sino en “su” muerte. “El hombre es un ser para la muerte” –dicen los existencialistas. El hombre vive, pero de cara a la muerte. No es morir, sino tener que morir, vivir mentalmente su muerte por anticipado. Vivir pensando en morir, en tener que morir.

        Los demás hombres, para mí, fenecen. Son hechos que ocurren. Leo esquelas mortuorias, asisto a entierros, acompaño en misas de difuntos…pero yo “me muero”. Lo mío es un acontecimiento personal cuya muerte sufro, en cuotas adelantadas, y a la que yo no podré asistir. Soy yo, todo entero, el que muere, no sólo mi cuerpo. No es que desaparezca mi yo, es que soy yo quien desaparezco. Y además, seguro, segurísimo, con toda seguridad, que moriré, pero es que, para acabarlo de rematar, no sé, ni nadie sabe, cuándo. “Muerte segura, hora incierta”. He ahí el gran problema humano que no tiene el animal.

        La muerte, el dolor, la culpabilidad, la lucha, la limitación, la ignorancia,… A todos y cada uno nos afecta, todos estamos tocados. ¿Engendrarán estas situaciones existenciales, tan individuales, ateísmo?.

        Podemos reflexionar sobre la defunción, que es una proyección social de la muerte y que se traduce en cosas como: certificado de defunción, ataúdes, honras fúnebres, testamentos, funerarias, entierro….Pero pensar, en primera persona, sobre mi propia muerte, es imposible. Pensar en la muerte no es morirse, es pensarla mientras uno sigue vivo pensando. Es fácil acudir, asistir, a la muerte en tercera persona, a la muerte del vecino del quinto, o al amigo de tu padre en el pueblo. La muerte en segunda persona ya no me resbala, ya me duele. La muerte de quien lleva tu sangre es un poco tu muerte. Ya la razón se nubla, los sentimientos, multiplicados, afloran; los porqués surgen. Porque la muerte de un ser querido siempre es y será injustificable. La muerte aniquila a todo el ser vivo, lo anonada, lo convierte en nada. Aunque no pueda aniquilar el haber vivido y los recuerdos. Pero la presencia real se convierte en ausencia definitiva. Y tú siempre eres más que mi recuerdo de ti. Y ya, lo del más allá, esto ya nos desborda. Primero inventamos. Primero creamos el cielo, luego creemos en él, pero nunca sabemos ni sabremos nada de él. He aquí el gran problema del más allá.

        El acto de morir y el hecho de estar muerto están impregnados de una tremenda opacidad. Nos inquieta tanto que igual podemos lanzarnos hacia Dios que hacia no Dios, puede surgir la esperanza o la desesperación, ver una salida o el callejón sin salida.

        La muerte también es bivalente o ambivalente. La muerte llegará, ¿cuándo?, a su hora, ¿a qué hora?. No lo sé. “Hora certa, sed hora ignota” – decían los antiguos.

        ¿Cuál es el sentido de la muerte?, ¿para qué morimos? (no por qué: uno puede morir por un accidente o por un cáncer). ¿Para qué morimos?. Para nada. ¿Cuál es el sentido de la muerte?. Ninguno. La muerte es un sinsentido.¿para qué tengo yo que morirme?, ¿para qué tienes tú que morirte?. El ateo dirá que para nada. El creyente, al fondo, vislumbra una lucecita de esperanza. Será fundada o infundada, pero es esperanza, espera la gloria, (a lo mejor injustificadamente, pero la espera). El ateo no tiene nada que regalar al converso al ateísmo. Dirá que ya es regalo el sacarlo de su error, pero es un error que ni es demostrable que lo sea ni que no lo sea. El creyente, sin embargo, puede ofrecerle al ateo el paraíso, que lo haya o no es otra cosa.

        Simone de Beauvoir, existencialista, se extrañaba de que su madre, religiosa, creyente y practicante, en el lecho de muerte, estuviera más preocupada por curarse que por llegar a la vida eterna. La madre amaba las salidas y las puestas del sol, el amor y los paseos, pero con el fallecimiento se le negaba ya todo eso. “Todos los hombres son mortales – dice ella – pero para cada hombre su muerte es un escándalo”

        La muerte, pues también es ambivalente, son posibles las dos salidas, aunque la pérdida de un ser amado causa tanta pena en el creyente como en el ateo, tanta pena en el ateo como en el creyente, a pesar de que el creyente crea que lo recuperará en la otra vida y el ateo crea que lo ha perdido para siempre. Esta pérdida duele igual. Nadie desea la muerte del ser querido ni aunque crea que se va a vivir eternamente. El pájaro en la mano más que los 99 volando.

        La muerte es el gran fracaso. Tras él uno no ve nada el otro vislumbra una luz seguramente imaginaria y sólo deseada. No es que sea un gran consuelo, pero algo consuela. Para el otro un consuelo imaginario no es un consuelo, sino un psuedoconsuelo, un autoengaño. Elijan Uds. Nadie les va a sacar de la duda.

        Mientras estamos vivos, como sabemos que tenemos que morir, nuestra vida es una vida a tientas. Uno sueña con topar con algo que lo salve, el otro sólo espera que se demore el batacazo final que pondrá fin a su vida.

        Pero ¿Y EL DOLOR?.

        “El dolor – dice Simone de Beauvoir – es un escándalo, fruto de un paranoico o de un sádico. Dios no puede existir, sería el Dios padre del hambre, de la violencia, del sufrimiento, de la opresión”.

        Dice, piensa, el ateo que el dolor infligido a un inocente no tiene perdón. Dios sólo tiene una excusa, que no existe. Esto dice y piensa el ateo. La presencia del mal no causa dificultad alguna al no creyente; sino al revés, refuerza su incredulidad, la justifica. Pero…¿y al creyente?. Ese niño que nace para morir por una enfermedad absurda, rara, desconocida.. ¿Por qué?. ¿Puede alguien responder?. ¿Cómo compaginar ese hecho con el hecho de la Omnipotencia, la Sabiduría y la Paternidad de Dios?.

        ¿Han leído Uds. “La peste” de Albert Camus?. Ese pequeñín que muere apestado, entre sufrimientos terribles, con el rostro retorcido y la mirada perdida; las lágrimas de ese esposo junto al cadáver de la amada…Pero ¿Por qué?.
        ¿Por qué el mal no distingue entre culpables e inocentes, entre niños inmaculados y mayores con el alma emponzoñada?. Nada puede disculpar a Dios del sufrimiento del inocente. Todas las justificaciones son malabarismos verbales. Una cosa es el mal que uno se ha buscado y lo ha encontrado, que jugaba con fuego y se ha quemado, pero ¿Que le toque a ese pequeñín la lotería sin llevar ningún boleto, porque ni siquiera saber jugar?

        Dice A. Camus que “Dios es demasiado bueno para que pueda existir”. “El ateísmo es – dice- el presupuesto de la caridad”.

        Si hay Dios a Él le toca preocuparse por todos estos problemas; si somos nosotros los que tenemos que preocuparnos, es porque Él no existe.

        Frente a la resignación nosotros, los ateos –dice- declaramos la guerra a la guerra, al dolor y a la miseria, guerra al sufrimiento inútil e injustificable, guerra a la injusticia, para mejorar las condiciones de los hombres.

        Que nadie piense, que nadie diga: “por algo será”, por nada es, por nada debería ser.
        Gran parte del ateísmo actual es una apuesta a favor de la antropología, negando la teología y obviando a Dios.

        ¿Y qué decir de nuestra FINITUD?. Otra característica individual. Los hombres, no es que tengamos anemia, es que somos unos seres anémicos, menguados, deficientes, limitados. Somos seres finitos.

        “El hombre es una pasión inútil”, un corredor condenado a correr sin meta a la que llegar, y que morirá corriendo, morirá reventado de cansancio, o de agotamiento o de accidente, pero sin haber llegado a ninguna parte porque no hay parte donde ir, meta a la que llegar. Es algo absurdo. ¿Recuerdan aquella película de Tom Hank?

        Sólo el que es consciente de ese absurdo que es la vida parará en un mirador, en un merendero, disfrutará del paisaje, de la puesta del sol o de los acantilados, porque ¿qué igual me da seguir corriendo y salirme de la cuneta en el Klm 45 o en el 92, si al final lo que hay es la caída sin yo proponérmelo?.

        Y, mientras, “Dios calla”. ¡Qué elocuente este silencio de Dios¡

        ¿Es la muerte una cadena o una liberación?.

        Solemos decir, y estamos convencidos de que vivimos en la Edad Contemporánea. Yo, más bien, opino que después de pasar por la edad del cielo y transitar por la edad de los hombres estamos en la edad de las cosas. Ésta sí que es nuestra cadena, nuestra cárcel, nuestro cepo, La tiranía del tener.

        Producir cosas. Consumir cosas. Consumir, consumir. Consumir hasta sexo. “Hacer el amor” ¡qué barbaridad¡, como si el amor pudiera ser hecho.¡confundir afectividad con fisiología¡, ¡confundir el amor con actividad genital¡ Como si el amor fuera ese tan sólo contacto fisiológico que se compra y que se vende, a tanto la media hora. ¿Qué tendrá que ver “hacer el amor” con “amarse”?. El amor es sentimiento, compañía, ayuda, solidaridad, sufrimiento compartido y gozo compartido, alegría compartida. La sola presencia del amado conforta al amante.

        ¿Recuerdan la canción: “ni se compra ni se vende el cariño verdadero, ni se compra ni se vende. No hay en el mundo dinero para comprar los quereres….”?.


        ¿Qué decir de la LUCHA, de la AGONÍA?. Una lucha sin fin, absurda. Subir y subir y subir para morir, cansado, en las alturas. Correr, correr, correr, para morir en la carretera, reventado. Luchar por conquistar, por imponerse a lo otro y a los otros. Supongo que lo saben Uds. la agonía es la última y definitiva lucha que la vida libra contra la muerte y que, irremisiblemente, perderá.

        Antes los cielos te maravillaban; mirabas las estrellas y veías a Dios. Hoy los cielos te invitan, te llaman, te incitan, te reclaman para que los conozcas y, conociéndolos, los domines.

        Y de nuevo la pregunta insistente: “luchar siempre, luchar más, luchar sin parar, morir luchando, ¿por qué?, ¿para qué?
        La fatiga, el cansancio que produce el tener que luchar. ¡Que pare ya todo esto, por favor¡. No puede existir un Dios tan sádico que te cree para que tú sigas creando y muriendo en el intento.
        ¿Para qué me trae Dios a este mundo?. No puede existir un Dios que me crea y me condena a una constante agonía desde el momento mismo de vivir.

        Qué decir de la IGNORANCIA?.

        Los hombres sabemos cosas, pero desconocemos muchas más; y aquellas pocas que sabemos las sabemos mal. Somos básicamente, esencialmente, ignorantes.
        Ha ocurrido que el hombre desde la ignorancia ha llegado a Dios y ahora, desde la ciencia, está prescindiendo de Él.
        Ya lo decía Stº. Tomás: “las dos grandes objeciones que pueden formularse contra Dios: que la ciencia prescinde de Él y el Mal en el mundo lo excluye”.
        No es que la Ciencia pruebe que Dios no existe, pero sí lo ha eliminado del universo. Si antiguamente Dios era el gran profesor de los hombres, hoy no juega ningún papel en el proceso del conocimiento.

        La Ciencia ha llegado a su mayoría de edad y se ha sacudido todo tipo de tutelas, y sobre todo, la tutela religiosa.
        En la medida en que Dios desempeñaba un papel explicativo en el mundo, hoy resulta ya inútil.

        Como ven Uds. UN LÍO. Todo esto es un inmenso LÍO.
         Lo mismo, exactamente lo mismo,  mientras a uno le sirve para afirmar y agarrarse a Dios, eso mismo a los otros les confirma la necesidad de no creer en Él.

           


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