domingo, 9 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS ( 1 )


LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS 

Hasta no hace tanto tiempo Dios habitaba normalmente en la cultura occidental, sobre todo en España, “reserva espiritual de Europa”.
Yo mismo, de pequeño, rezaba el rosario por las noches, en familia, al calor de la lumbre de la chimenea.
Nunca se nos olvidó santiguarnos al sentarnos a la mesa, antes de comer, de rezar antes de acostarte, nunca falté a misa los domingos y “fiestas de guardar”, confesaba y comulgaba a menudo,…como todos los niños de mi pueblo.

Hoy ya no se estila.

Ese Dios tan presente y necesario ya está ausente porque nos hemos instalado en un sentido de la vida inmanente.

Y no es que seamos ateos o antiteos militantes, no, estamos instalados en la “indiferencia agnóstica” en la que ya no están esas antiguas preguntas de ¿cuál es el sentido de la vida? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?....
Estas cuestiones últimas quizá, todavía, se encuentren en la mente o en el corazón de las viejecitas que acuden, muchas a diario, a rezar el rosario a la iglesia y que rezan el “ángelus”.

Pero en los adolescentes y jóvenes ya no.
Sus preocupaciones son otras, más a mano, más de andar por casa.
La juventud, sobre todo, se ha vuelto “arreligiosa” y viven y planifican su vida sin esas últimas o penúltimas preguntas.

El indiferentismo y el agnosticismo invaden la vida ordinaria.
Las iglesias –como decía Alberti- están quedando como lugares de visitas turísticas para contemplar creaciones artísticas.

La sociedad moderna es el resultado de la producción económico-industrial y el consiguiente estado burocrático-administrativo.
La revolución científico-técnica, el desarrollo de las ciencias experimentales, la matematización del universo, el pensamiento mecanicista,…son los cimientos, creados por el hombre, sobre los que se ha asentado la vida moderna.

Dios ya no nos hace falta para todo esto.
Trabajar en vez de rezar para tener el “pan nuestro de cada día”, trabajar y abonar la tierra para que produzca en vez de rezarle a Dios o a la virgen protectora para que llueva o para que deje de llover,…

El hombre comenzó a ser consciente de sus propias capacidades creadoras y manipuladoras de la naturaleza.

Descubrió las leyes naturales que rigen en la naturaleza y, ateniéndose a ellas, se dio cuenta de que el antiguo Dios ya estaba demás, no le hacía falta.

Fue independizándose de Dios cuando fue consciente de que tenía en sus manos el instrumento del progreso en todos los órdenes: astronómico, físico, económico y moral.
Progreso infinito (pues no se veía un final) del conocimiento y el avance infinito hacia la mejoría social y moral.
Todo dependía del adecuado uso del mismo.
Había descubierto lo que, hasta entonces, parecía que Dios se lo había ocultado.

Aunque, a la larga, este optimista progreso se redujo a la productividad gracias al desarrollo tecnológico y al control tecnocrático.

En esta evolución del pensamiento y de la cultura tuvo mucho que decir el liberalismo entendido como “actitud racional y mentalidad que reflexiona sobre el hombre, la sociedad, la política, la economía,…creando una nueva visión (“Weltanschauung”) y una nueva moral laicizada.

El espíritu del liberalismo es naturalista, proclive, pues, a eliminar valores y finalidades trascendentes, elaborando una antropología de la felicidad como tendencia y disfrute de los bienes naturales.

La felicidad es terrena y consiste en disfrutar de lo terreno.
La vista ha dejado de dirigirse en vertical y se mueve en horizontal.
El cielo está en la tierra.
El arriba está en el abajo.
Lo eterno es el tiempo.

La razón es, pues, la mediadora entre el hombre y la naturaleza y es en ésta donde se encuentra el cielo, un cielo terrenal.

El racionalismo es un racionalismo hedonista individual y organizativo de la sociedad para una cooperación eficaz que repercuta en todos.


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