martes, 11 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS (2)


La sociedad moderna es la manifestación de la producción capitalista y una organización social racional-burocrática.

Este uso cotidiano de artefactos técnicos y automáticos propicia una manera de ver la realidad y de pensar creando una mentalidad previsora y controladora para mermar o suprimir lo malo e incrementar lo bueno.
La razón, pues, sirve de acelerador y de freno y debemos aprender a no equivocarnos en el uso de los mismos.

Pero esta mentalidad operativa, al irse haciendo automática, empobrece el pensamiento reduciendo la razón a un razonamiento tecnológico.

Los nombres de las cosas sólo indican cómo funcionan.
La cosa es su función, lo que elimina la crítica y el pensamiento contrastante, la lógica de la protesta, imposibilitando un pensamiento trascendente.

El desarrollo de la racionalidad científica ha ido parejo a un retroceso en las cuestiones del porqué y del para qué porque se limita a disfrutar de los hechos inmediatos sin pararse a buscar sus causas, ni eficientes (“porqué”) ni finales (“para qué”) reduciendo su investigación al “cómo”.

¿No hay una contradicción entre la soledad individual y la reunión de las muchedumbres, o de las masas, en las ciudades gigantescas, en los ejércitos, en los partidos?
Nunca ha tenido el individuo a tanta gente alrededor y nunca ha estado tan solo.
Coexistimos con los que viven en nuestra misma urbanización, sin convivir con ellos, y con el “buenos días” como única comunicación o “hay que ver cómo está el tiempo”

El predominio de la racionalidad instrumental tiende a evacuar la pregunta por el Absoluto.
Perdidos, anónimamente, entre tanta gente alrededor, sin encuentros gratificantes entre personas, como usuarios de un autobús, pensando cada uno en sus problemas sin entablar conversación que podría enriquecernos.

Se nos ha roto el vínculo con lo trascendente que durante toda la historia estuvo presente.

La secularización nos envuelve por doquier, todo se nos ha hecho “humano, demasiado humano”

La modernidad ha sido la madre (o es la hija) de la secularización.

La religión ha dejado de ejercer un influjo directo sobre las estructuras asociativas, donde las procesiones semanasanteras son fenómenos sociales y lúdicos más que religiosos y los matrimonios y bautizos no son sino ocasiones para sentarse en la mesa y disfrutar de placeres culinarios.
Los novios piensan en la ganancia que supondrá lo que se han gastado y lo que han recaudado y el niño en los regalos que piensa recibir.

El hombre secular está seguro de sí mismo porque domina/puede/cree que puede dominar todo lo que le afecta, sin tiempo, ni deseo de preguntarse por lo trascendente.

El hombre secular es primo-hermano del hombre tecnológico, ocupado en y con el presente o con lo que puede, del futuro, hacerlo presente.
Los “expertos” han asfixiado a los “sabios”.
No sólo ya no es religioso sino que se ha instalado en lo “post-religioso” y no siente necesidad de nada que pudiera ser considerado sagrado.
No sólo “ha muerto Dios” (pero no por haberlo matado sino por inanición) con Él ha muerto todo lo divino.

Los símbolos religiosos por excelencia, como la cruz, ha pasado a ser un abalorio que se lleva colgado al cuelo o pende del lóbulo de la oreja como un adorno más, sin connotación religiosa alguna y la Iglesia, como Institución religiosa, ha perdido su prestigio, antaño tan potente, habiendo perdido toda autoridad, ya no sólo religiosa sino también moral al apearse sus jefes de los votos que voluntariamente prometieron: pobreza, castidad y obediencia.

Los temas religiosos están, en otro tiempo casi únicos, ayunos en la literatura, en el arte, en la filosofía, en la cultura, en los medios de comunicación y difusión, en los negocios, en la vida.
Pocos son los que se quedan en el dial de Radio María o en la retransmisión de la santa mita televisiva, buscando el de los 40 principales o retransmisiones deportivas.

Poco pudo la Contrarreforma católica contra la Reforma protestante, favorecedora del desarrollo científico-tecnológico y del liberalismo, tanto económico como político.

“Por sus obras los conoceréis” –sentenciaba el cristianismo primitivo y que se concretaría en “si triunfas en esta vida, con los negocios, es un signo de que Dios está contigo, de que estás en el buen camino y estás predestinado a la vida eterna” de un protestantismo calvinista poniendo en valor la secularización.

La antigua “legitimación tradicional desde arriba” queda reemplazada por la “legitimación desde dentro”

La religión, como producto cultural, ha casi desaparecido del mercado por falta de compradores-consumidores, pasando a ser un simple y mero asunto privado convertida en “religión invisible”.

Religión invisible y “a la carta” en que se toma un dogma que gusta y se deja otro que no atrae, la religión ha pasado a ser un producto de autoservicio, “sírvase Ud. mismo”.

Las verdades y los valores, como la naturaleza y la política, ya no son expresión directa de la voluntad divina, sino lo que piensan y las aspiraciones de hombres concretos en situaciones históricas determinadas.

Nadie, pues, tiene derecho a imponer sus creencias y valoraciones a los demás.

Una fe, en este clima de secularización, es una “fe a la intemperie”, carente de abrigo cultural de las mayorías cognitivas y de la presión social.
La fe, esa fe como reducto y práctica privada, está amenazada por la falta de plausibilidad socio-cultural.

La integración social puede provenir por el deporte o por la música, pero ya no por la religión, lo que sí ocurrió durante tantos años.

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