viernes, 14 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS ( y 5) RELIGIÓN Y POSTMODERNIDAD


RELIGIÓN Y POSTMODERNIDAD.

El carácter privado de lo religioso en la cultura actual, unido al antiautoritarismo, al antiinstitucionalismo y a la mentalidad consumista arroja luz sobre la religión en los jóvenes.

Los jóvenes aceptan ciertas verdades religiosas pero pasan olímpicamente de otras, no confían en la Iglesia y menos en los curas (y más con lo que está cayendo últimamente, que es lo que se sabe, no todo lo que hay) y no aceptan que quienes son célibes (voluntariamente prometido) pero no pobres (a pesar de su voto de pobreza) vengan a darles lecciones de cómo tienen que vivir la sexualidad, precisamente ellos, que no deberían practicarla.

Practican (si lo hacen) una religión a la carta en cuyo menú, y a voluntad, ponen nuevos platos o prescinden de otros, una “religión light” en la que las creencias no se traducen en acciones, en comportamientos y cuyos ritos (si los hay) son más sociales que religiosos.

Una religión a la carta en que no existen los compromisos.

Es el típico “creo en Dios pero no en los curas” (creo que son sinceros en lo segundo, lo que no sé es qué entienden y cómo conciben a Dios)

La postmodernidad (creencia en las potencialidades liberadoras de la técnica y de la democracia representativa, con esa mentalidad pragmática, con esa visión fragmentaria de la realidad, con ese antropocentrismo relativizador, con ese atomismo social, con ese hedonismo, con esa renuncia al compromiso, con ese desenganche institucional (político, religioso, familiar,…) es el fiel testigo de la crisis de los valores y de la actitud religiosa.

Es la consecuencia de la derrota del ideal iluminista y científico-positivista del proyecto moderno.

El saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, los sindicatos,…ya han dejado de funcionar como principios absolutos e intangibles y, en distintos grados, ya nadie cree en ellos.

Han entrados en crisis las “narrativas maestras” que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad.
Crisis, pues, de las concepciones omniabarcantes y totalizadoras.
Y, frente a ellas, pluralismo, eclecticismo, relativismo,…

La postmodernidad se caracteriza por una “producción excesiva de artefactos y una inflación de la teoría” al tiempo que un rechazo a la reducción instrumental de la razón y el olvido del poder de la imaginación y de los símbolos.

La postmodernidad es, también la oposición a un burdo pragmatismo y el despertar de nuevas fórmulas de espiritualidad que tienen sus orígenes en los movimientos contraculturales de los años 50 y 60, cuando ellos fueron la “conciencia desmodernizante” como reacción crítica a las contradicciones de la modernidad: destrucción de la naturaleza, empobrecimiento del hombre al que se le amputa su libertad, bolsas de pobreza y delincuencia, crisis de identidad, política de bloques, colonialismo,…

Frente a ese “desorden establecido” la contracultura postuló sus “contradefiniciones”: gratificación inmediata y no diferida, la irracionalidad (formas de conocimiento más allá de las palabras, del análisis y de la explicación), comunalismo frente a individualismo competitivo, liberación sexual, cooperación espontánea (organización social filoanarquizante),…

Esta contracultura fue caldo de cultivo de un neomisticismo y el descubrimiento de la filosofía y espiritualidad orientales.

Y si es cierto que la contracultura acabó manipulada y fagocitada por el propio sistema capitalista que la engendró como reacción, también lo es que las inquietudes espirituales han subsistido hasta nuestros días, incluso reverdecen.

Es, la llamada “venganza de lo reprimido”, un reencantamiento del mundo por la vía de una “trivialización de lo religioso” que la sitúa en los horóscopos, ufología, búsqueda de experiencias místicas por los caminos de Oriente.
Un pulular de prácticas encaminadas a alcanzar el éxtasis y el encuentro con uno mismo.

Son, sobre todo en USA, las sectas, los movimientos, cultos y terapias que componen la oferta espiritual, donde se mezcla la magia con la sugestión, con la búsqueda de lo novedoso y anómalo y, quizá, autenticas inquietudes religiosas, pero fuera de la tradición.

Y es que el consumo y la opulencia no son sinónimos de autorrealización auténtica.

Se da, pues, un rechazo de esa hegemonía de la razón instrumental y de la sociedad organizada y consumista y que no proporciona una identidad satisfactoria.

Por otro lado, los nuevos movimientos sociales juveniles (pacifismo, ecologísmo,…) presentan aspectos filo-religiosos, traspasados de un utopismo para-religioso de armonía y solidaridad mundial con los hombres y la naturaleza.

En algunos de ellos se manifiesta una sensibilidad que reivindica planteamientos éticos con pretensiones de universalidad, que implican  una “visión del mundo, de la sociedad y del hombre que rompen con el presente dominante y la cerrazón ante las preguntas metafísicas”.

Está siendo la Filosofía de la Ciencia la que está consiguiendo que la Ciencia Empírica deje de ser el paradigma de la racionalidad y del conocimiento objetivo.
Lo intra-atómico, por ejemplo, está más allá del sentido común.
Las partículas atómicas pueden ser quantos de energías, vibraciones,… constructos teóricos.
Así, el científico, como el hombre de la calle siguen estando ante el misterio de la realidad, lo que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones de la realidad y hacia las cuestiones últimas.

Pero no debemos olvidar que el sujeto humano, como persona, es un valor supremo y la postmodernidad, como la estamos viendo, no parece un proyecto viable, al prescindir del sujeto.

El hombre –como nos recordaba Ortega- se nos muestra como algo inconcluso, por terminar, inacabado, haciéndose, en su pensamiento y en su acción.
Y, aunque se nos aparezca todo como algo relativo, hay en el hombre una capacidad de querer, una voluntad de desarrollo y de realización total, que se concreta en una aspiración radical y originaria, a ser, a conocer, a amar absolutos que no satisface ninguna de sus realizaciones particulares.

Hay una inadecuación entre su “causa eficiente” y su “causa final”

Las clásicas pruebas de la existencia de Dios de la Teología Natural, más que asegurar la existencia de Dios, lo que muestran es la finitud del hombre.

La respuesta religiosa ha sido, a lo largo de la historia, la forma más frecuente de intentar satisfacer esa necesidad de superar y encontrar significado a las experiencias que amenazan con el caos y el sinsentido: el error, la injusticia, el sufrimiento y la muerte.

Nos consideramos agentes imposibles de terminar con esos males con nuestras propias fuerzas.

Eso es por lo que el hombre es el único animal religioso, porque es el único que experimenta su indigencia ante los retos de la vida de los hombres.

La postmodernidad muestra una huida ante las cuestiones últimas pero éstas son insoslayables a la condición humana.
Si el hombre quiere vivir humanamente tendrá que enfrentarse a ellas.

¿Se puede tener esperanza sin fe?

Una Ética Universal tiene que tener en cuenta a los muertos.
El sentido integral de la vida humana tiene que incluir el destino de los muertos, lo que implica no poder concebir la Historia ateológicamente.
Por eso, para Horckheimer, la teología es la “esperanza de que lo injusto no sea la última palabra”, “la expresión de un anhelo, de una nostalgia de que el asesino no pueda triunfar sobre la víctima”

Y si la “inmortalidad es indemostrable, la muerte es necesaria e incomprensible”

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