jueves, 13 de febrero de 2020

LA CRISIS DE LOS VALORES RELIGIOSOS (4) LA CULTURA DEL CONSUMO.


El individuo actual vibra sobre un transfondo nihilista y una búsqueda inútil de significado.
Sobrevive en un mundo social gaseoso en el que los otros no existen y él sólo procura respirar y vivir, sin ataduras ni compromisos, sólo mirando y actuando desde su ombligo, el centro de un mundo sin centro.

Adiós, pues, al proceso de ser persona para lo que es indispensable, necesario, la relación interpersonal para coactuar con ellas.

Adiós al sacrificio, al ascetismo, al autocontrol, a la valoración positiva del trabajo, al ascenso personal,… ocupado en la búsqueda y conquista de gratificaciones inmediatas, renuncia al aplazamiento de los mismos.

El sistema tiene necesidad de hombres así, trabajadores para tener un salario, ahorradores y contribuyentes para mantener el sistema, consumidores y ciudadanos hipotecados.

Hipotecar su vida futura por el consumo del presente y sin ya poder deshipotecarse.

¿Cómo armonizar la “eficacia” del orden económico con la “igualdad” del orden político y el “hedonismo” del orden cultural?

El pluralismo político le permite al individuo el autoservicio, tan legítima su opción, como quien opta por otro producto de la estantería del supermercado y, además, tenemos conciencia de coincidir (y no cuestionárselo) en ser igualmente consumista.

Este individualismo narcisista no aspira a una sociedad auténtica sino a una sociedad polimorfa, a un mundo abigarrado que ponga todas las formas de vida a disposición de cada individuo para que cada uno elija lo que más le apetezca sin pararse a reflexionar si es bueno o malo, bello o feo, justo o injusto,…aquello por lo que opta.
Lo que hay en la estantería social es una serie infinita de placeres diferentes e iguales que le gritan al individuo “cógeme a mí”.

Además de que, elija lo que elija, es consciente de que puede dar marcha atrás y cancelar su anterior opción sintiéndose “libre” al hacerlo, porque sabe que puede hacerlo.

La pregunta es si puede haber auténtica libertad sin obedecer a la razón y sin autonomía de juicio para orientarse correctamente.

La sociedad de consumo, pues, fomenta la existencia de individuos sin referencias propias (impresionado por lo más llamativo), sin voluntad (sólo con el capricho del momento).

Es el “yo débil”, desubstancializado, zombi,…

Este hedonismo renuncia (es incapaz de) recuperar nada del pasado, sin compromiso con el futuro, obsesionado con vivir a tope el presente que considera perpetuo.

El “aquí y el ahora”, sin cuestionarse cómo fue antes o cómo puede ser después.

“Mañana” es “hoy”, “luego-después” es “ahora”.
El tiempo ha desaparecido como tiempo y ha pasado a ser eternidad (sin un antes ni un después), sin historia y sin proyecto.

Es lo típico de la juventud, y todos queremos ser y mantenernos jóvenes, como el estilo ideal de vida.

El proceso de conversión al hedonismo del consumo, emprendido por las sociedades industriales occidentales, llenando las estanterías de la vida de productos atractivos y atrayentes, sabiendo que, una vez probados, pueden ser devueltos a la estantería o tirados a la basura siendo sustituidos por otros, sin reflexión, es lo que se lleva, es lo que hacen los jóvenes en sus fines de semana, es la “idolatría de los valores juveniles” a lo que aspiran los que ya no son jóvenes y los que aún no lo son.

Todo esto, y más, resulta incompatible con las exigencias de conversión y autenticidad religiosas, que implican un vivir responsable, comprometido y fiel a un proyecto de sentido.

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