martes, 25 de diciembre de 2018

RAZÓN Y PASIÓN EN LA ÉTICA ( y 4)


Es falsa la exclusividad: o Razón o Sentimiento.

La excesiva confianza en la “racionalidad ética” trajo como consecuencia la Filosofía de la Sospecha (Nietzsche, Marx y Freud).
Y a la “muerte de Dios” sucedió la “muerte de la metafísica” y de aquí la muerte o agonía de la propia posibilidad del quehacer ético en cuanto actividad normativa y normativizadora.

Y alguna interpretación del marxismo llegó donde había llegado el sofista Trasímaco: que la moral era un invento de los fuertes, un engaño, una argucia ideológica para tener sometidos a los más desvalidos.

Igualmente, algunos seguidores del positivista Comte, que había abogado por una ética nueva, una ética ilustrada y por el uso ponderado de la razón en la ética, malinterpretando ese positivismo parieron el “positivismo lógico” con su oposición a la razonabilidad en su uso práctico, en su uso en ética, defendiendo que los enunciados éticos son sólo “emotivos”, profundamente emotivos, cuando el “sentimiento ético de la vida” es el más profundo de los sentimientos, el que nos confiera la identidad, el que nos hace ser unos individuos determinados, el que nos confiere una paz y un equilibrio emocional particular, el que nos lleva a vivir gozosamente en el disfrute del deleite más profundo, más arraigado, más perenne.

Los sentimientos morales pertenecen a una categoría propia e irreductible a ningún otro sentimiento.

Intentando la síntesis Kant-Hume, razón-pasión en Ética, los sentimientos morales son “pasiones racionales”, sentimientos conformados de acuerdo con la razonabilidad.

El sentimiento ético de la vida es la expresión de esa pasión humana por vivirse y convivir, por hacerse uno a sí mismo y participar en la hechura del universo social, cultural, político y, por supuesto, moral.

El sentimiento ético de la vida supone que deseamos llegar a ser lo más excelentes posible y cooperar a la transformación radical de un mundo de relaciones afectivas precarias, a un mundo de generosidad en las prestaciones de ayuda mutua que genera grandeza de ánimo.

¿No deberíamos hacer una crítica concienzuda al exceso de racionalismo que nos asalta, que nos rodea, que respiramos?

Preponderancia, hoy, de lo racional, del consenso de personas racionales, supervaloración del discurso y del diálogo racional entre seres casi escandalosa y fríamente racionales.

La ética anglosajona contemporánea defiende la “racionalidad práctica” en base al puro cálculo interesado para llevar a cabo acciones prudencialmente racionales que benefician a las partes implicadas, pero moverse exclusivamente por el autointerés poca ayuda y cooperación mutua puede esperarse para generar moralidad, cuando la moral supone, precisamente, una ruptura con y una superación de autointerés.

¿Qué puede interesarnos o importarnos desde el desinterés afectivo por los demás con tal de que a mí me reporte mayores beneficios?

¿Qué es más racional: optar por un mínimo seguro o por un máximo no asegurado?
De hecho, las sociedades capitalista extremas funcionan bajo el supuesto de que el riesgo es racional y rentable, reduciendo al mínimo las prestaciones y servicios sociales proporcionados por el Estado.

El sentimiento ético de la vida no supone el abandono de la actividad racional humana, y mucho menos el abandono de la actividad racional en ética, pero defiende que debemos utilizar, al unísono, corazón y cabeza como partes inseparables e indisolubles del ser humano, superando todos los dualismos (platónico, kantiano, cristiano,…)

Este sentimiento ético de la vida nos lleva a no mentir cuando no sea estrictamente necesario para salvar valores jerárquicamente más altos, a no faltar a nuestras promesas, a universalizar nuestros  principios, a respetar nuestros acuerdos y compromisos, a ser dignos y a amar la dignidad de los demás, trabajar por la liberación, emancipación y bienestar de todos los seres humanos.

El mundo en que vivimos es como es y está como está y es, partiendo de este hecho sobre el que debemos montar el mundo ideal que queremos que haya y en el que queremos vivir.

Pero la fuente de gratificación que produce el sentimiento ético de la vida sólo la experimentan los que ya lo practican y es desconocida por los que sólo han oído hablar de ellas pero no han estado en contacto con ello.

Una “razón apasionada” que nos mueva a ser fieles a nosotros mismos, a nuestras causas, a nuestros sueños y unas “pasiones racionales” que nos ayuden a incrementar nuestra “simpatía” y “benevolencia”.
Es lo que necesitamos para configurar y proyectar modelos nuevos de vida y de convivencia  que nos hagan, como anunciaba Epicuro, felices en la práctica de la virtud, virtuosos en la práctica y disfrute de la felicidad.

Para ello debemos superar los viejos e improcedentes dualismos entre razón-pasión en ética, razón y deseo, entendimiento y sentimiento, superando las morales religiosas, y poder aspirar a una teoría ética no sólo racional, sino razonable y a una convivencia en democracia.

Negar la cooperación y vinculación estrecha entre razón y pasión en ética es, simplemente, amputar al ser humano, reducirlo y mermarlo.

Proclamar el continuo razón-pasión en ética es la única forma inteligente y eficaz de defender la dignidad de toda la persona humana (la persona humana en su integridad psíquico-somática) y de toda persona humana (el conjunto universal de todos los seres humanos.

FIN

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