viernes, 18 de octubre de 2019

BARUCH SPINOZA O ESPINOSA ( 8 ) EL AMOR INTELECTUAL DE DIOS ("AMOR DEI INTELLECTUALIS")


EL AMOR INTELECTUAL DE DIOS

Pero de ese mal encuentro ineludible no hay nada que pensar, nuestro pensamiento tiene que ser pensamiento de la vida, de lo que queremos hacer, de cómo conseguir y conservar la alegría y, en último término, está el amor intelectual de Dios, es decir, la aceptación de la naturaleza tal como es, en el cosmos y en nosotros; en un amor a Dios, por supuesto, que no espera ni premios ni correspondencias.

Borges dedicó dos hermosos sonetos a Spinoza, uno de los cuales termina diciendo: “El más puro amor le fue otorgado. El amor que no espera ser amado”

Ese es el punto básico de la ética de Spinoza: el mal y el bien moral, los vicios y las virtudes, todo proviene de un mismo impulso que nadie, mientras vive, cesa de sentir con plena urgencia.

Spinoza nos asegura que “el odio y el remordimiento son los dos enemigos capitales del género humano”, pero, también tales “enemigos” provienen del amor que nos profesamos, del deseo de ser y de la búsqueda de cómo asegurar mejor nuestra alegría.

No se puede reformar nuestro deseo, el amor propio que nos constituye.

Lo único reformable es nuestro entendimiento, la inteligencia que ha de guiarnos.

Lo que los moralistas supersticiosos no comprenden es que, de la misma propiedad de la naturaleza humana de la que se sigue que los hombres son misericordiosos, se sigue que, también, son envidiosos y ambiciosos.

Es la reflexión lo que nos permitirá discernir entre lo que aspirando a la alegría nos lleva al odio y a la tristeza y aquello que realmente desemboca en el júbilo que nos corresponde.

AL MARGEN DEL DOGMATISMO

Hay hombres que se debaten miserablemente en la superstición, el terror, el dogmatismo y la jactancia, incapaces de pensar rectamente –incluso incapaces de desear realmente la actividad de pensar en libertad- .
Mientras tanto, hay otros que deben someter su ignorancia a las castas sacerdotales que manipulan los libros sagrados y plegar su independencia bajo ños dictados interesadamente irracionales de la tiranía.

La razón  es denostada, pues, porque ni tiembla ante los fantasmas, ni halaga el desenfreno de las pasiones, ni adula o fomenta la prepotencia del poderoso.

En realidad, las propuestas cartesianas para la instauración de un nuevo “ordo mentis” son tímidas e insuficientes.
En este sentido, Spinoza nunca fue en realidad cartesiano.
Sus verdaderos intereses nunca fueron, como los de Descartes, de orden fundamentalmente cognoscitivo y científico.

Si Spinoza indagaba por un nuevo “ordo mentis” era para conseguir, por este medio, un nuevo “ordo mundi”.

En esta línea Spinoza compuso su “Tratado teológico-político” para “demostrar que la libertad del pensamiento filosófico no sólo es compatible con la piedad y la paz del Estado, sino que es imposible destruirla sin destruir al mismo tiempo esa paz y esa piedad”.

Pero, en verdad, esta obra, incomparablemente libre y audaz, fue mucho más allá en sus logros que en sus propósitos.
No sólo examina desde una perspectiva decididamente racionalista la Biblia, realizando de los portentosos sucesos que cuenta y de las exégesis sacerdotales que de ellas se han hecho, una crítica ilustrada mucho más vigorosa y sutil de lo que un siglo más tarde se permitiría Voltaire, sino que también plantea algunos interrogantes fundamentales sobre la condición humana y sus serviduembres.

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