martes, 4 de julio de 2017

EL AMOR EN SAN AGUSTÍN (3). INSISTENCIA DE FLORIA EMILIA



Fue bajo esa higuera, en Cartago, donde se conocieron por primera vez y, al momento, surgió el flechazo entre ellos que ya no volvería a separarlos hasta que la suegra se interpuso e influyó tanto en su hijo, Aurelio Agustín, que éste la separó de sí, enviándola, de nuevo, a Cartago y habiendo tenido que renunciar a la custodia de Adeodato (Diosdado, “dado por Dios”), que quedaría bajo la protección de la abuela, Mónica, Santa Mónica.

Contra esa primera parte de mi tesina (“noli foras ire”) es contra la que se rebela Floria, incitándolo, de nuevo, a que “salga fuera”, al mundo, al mundo de las cosas, de los árboles, de las mujeres, y salga de ese laberinto en que lo han encerrado los teólogos, tras “renunciar al mundo y bautizarse para salvar su alma”.

¿Acaso no creó Dios al hombre: “varón y mujer los creó”?.

Floria intenta hacerle ver que ella, como mujer, también es obra de Dios y ha sido pospuesta a favor de “Santa Continencia”.

Y si todos los religiosos “se casan con Continencia” ¿qué va a ser de las mujeres en esa nueva iglesia cristiana que trata de imponerse?
Y ya barrunta el futuro de “la mujer”.

Esta carta es su “Confesión” en respuesta a las Confesiones de Agustín.

La brevedad de la vida es un tópico de la filosofía helenística y su fórmula latina, “Vita brevis”, es el título que eligió el filósofo, profesor y escritor noruego, Jostein Gaarder para “La carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín” que, según la ficción, habría sido redactada poco después del 400, y como contestación a las famosas Confesiones del obispo de Hipona.

Como es sabido, Aurelio Agustín (nacido en Tagaste, Numidia, en el 354 y muerto, como obispo, en Hipona en 430)  tuvo un serio problema con las pasiones del cuerpo y del alma, sobre todo con “las concupiscibles”: los lascivos y lujuriosos apetitos de la carne.

Le gustaban a muerte las mujeres, pero parece ser que le molestaba profundamente que le gustaran tanto las mujeres, que casi no pudiese prescindir de ellas en la cama o que cuando consiguió prescindir de ellas en el lecho no pudiera siquiera hacerlo en sueños…

Ha renunciado a las mujeres, a Floria Emilia, en el estado de vigilia, en la vida consciente, pero, en sueños, se le despierta el inconsciente y sueña con ella.

“¿Es que, cuando duermo, no soy yo mismo, Señor Dios Mío?”

Se sabe que Floria Emilia fue su compañera-amante-amantísima durante más de doce años.

Le dio un hijo, Adeodato, extraordinariamente inteligente, pero que murió joven.

Y Agustín, que tras su conversión se convertiría en  obispo de Hipona y el principal padre doctrinal de la Iglesia, en 385 mandó a Floria Emilia sola y de vuelta a Cartago, ciudad de la que su queridísima amante y la madre de su hijo (del que la apartó) era natural, y ello para comprometerse –por su madre, Mónica- con una joven heredera, de alta categoría social.

El matrimonio con ésta no llegó nunca a formalizarse, porque ella no tenía, aún, edad para casarse.

Pero Agustín, convertido al cristianismo (387), decidió elegir el celibato y la continencia, seguro de que en ella encontraría la pureza que el Señor le pedía, a cambio de la salvación eterna de su alma.

En sus cartas apócrifas, Floria Emilia le hace los reproches que una mujer abandonada haría a un amante tan madrero como obsesionado con “la salvación de su alma”:

-“amabas más la salvación de tu alma que a mí”.

Pero a ello suma una potente querella contra cierta interpretación del neoplatonismo y del cristianismo que hace de los apetitos algo malo en sí…

-“Que Dios prefiere que el hombre viva en celibato” - escribes.

“Yo no tengo ninguna fe en un Dios así”.

También vemos en la epístola de Floria la resistencia del paganismo frente al triunfante cristianismo.

San Agustín habría abandonado el culto a Venus -bajo el que ella y él fueron felices- por un culto desaforado a Continencia, un culto propio de eunucos y castrados.

En efecto, un versículo de San Mateo (19,12) había incitado a algunos primitivos cristianos a dejarse castrar, entre ellos el gran Orígenes (185-254), padre oriental de la Iglesia.

En la novela de Gaarder, Floria ha llegado a ser una mujer culta, pero representa un humanismo que exalta los valores del mundo sensible, frente al ultramundanismo agustiniano y cristiano, al que acusa de tener una importante vena maniquea (y creo que con toda razón, El Bien y el Mal)

Dice haber consagrado, desde que los separaron, su vida a la Verdad, dice Floria haberse hecho filósofa.

Pero su filosofía no es desde luego la del puritanismo cristiano que abomina de la carne.

Así, reprocha al Agustín cristiano –tan distinto del que ella hubo conocido como “pareja de hecho”- su falta de jovialidad:

“esos sombríos aires de fondo presentes en todos tus libros: “nadie está limpio de pecado delante de Ti, ni siquiera el niño que vive desde hace un día (en el recién nacido)”

Le reprocha su consideración de todos los deseos como pecaminosos, su desprecio a los sentidos y cualquier forma de placer asociada a ellos…

“Quizá tu desprecio por el mundo de los sentidos proceda de los maniqueos y de los platónicos más que del propio Nazareno”

Como si los deseos y los sentidos no fueran también obra de la creación divina o como si todos sus deleites fueran malos.

Contesta a la filosofía sombría y ultramundana de Agustín desde la autoridad irónica de Cicerón:

“Nada es tan absurdo que no pueda haber sido dicho por un filósofo”.
                                                                                                                   
San Agustín lamentaba en sus Confesiones que si en la vigilia había conseguido librarse en parte de las imágenes lujuriosas, no lo había conseguido en sueños:

“En mi memoria, de la que tan extensamente he hablado, siguen viviendo las imágenes de aquellas cosas que quedaron grabadas por la costumbre. Cuando estoy despierto se agolpan sobre mí languidecidas, pero es en sueños cuando me arrastran a la delectación e incluso al consentimiento y a algo muy parecido al acto real”.

Floria, en plan psicoanalista, pone en relación los apetitos mal resueltos de su antiguo amante con un complejo de Edipo no superado, dada su extraña, y demasiado estrecha relación con la madre, Mónica (Santa Mónica):

“Permanecimos juntos hasta que Mónica o Continencia nos separó a la fuerza”.
                                                                                                              
Y Floria pone en duda que sea inteligente creer que uno pueda salvarse de “los apetitos pecaminosos” eligiendo la castidad o la continencia.

Sólo en un momento de su reproche, está dispuesta a hacer alguna concesión:

“Como Eneas, también tú tenías un cometido más grande y más importante que el amor”

Pero puede que los arrepentimientos de Agustín respecto a su licenciosa vida sexual y sensual anterior en realidad vayan referidos a otro tipo de relación, tenida por indigna, desde una consideración machista de las relaciones con las mujeres:

“Quizá sea nuestra profunda amistad lo que más te avergüenza”.

Porque en la amistad lo que prima son las relaciones igualitarias y nunca de superioridad.

Por eso San Agustín la excluye, a Floria Emilia, de sus relaciones amistosas, que exalta en las Confesiones, pero ya sólo entre varones.

Un machismo que ve en la mujer la tentación del mundo, frente a la salvación en Dios, un machismo asociado al papel asignado por el Antiguo Testamente a Eva en la condena a Adán.

Eva siempre fue, y la mujer seguiría siéndolo, un instrumento del maligno…



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