lunes, 18 de julio de 2011

LA NEOMODERNIDAD

Andaba yo liado, empantanado, en el Postmodernismo y me entero que la Postmodernidad “ha muerto”. Adiós, pues, al culto al caos, al individualismo, a lo identitario y vuelta al Estado, el mejor gestor del orden, de la seguridad, de la estabilidad, el garante de la igualdad y de la protección social.
Ser “funcionario del Estado” es la meta de la mayoría de los ciudadanos, porque lleva incluida la seguridad del puesto de trabajo.
Y todo por la “crisis”, la dichosa crisis. La gente ya no quiere aventuras, quiere la estabilidad.
-“Arrégleme los papeles para cobrar una paguita, Doctor”-

La Neomodernidad es como la modernidad pero en la sociedad global.
En esta Neomodernidad lo que prima es la economía (el dinero, si no todo, casi todo lo arregla) y no, ya, la cultura; la distribución de los recursos prima sobre lo identitario; la lucha por la igualdad, “todos los hombres somos iguales, no desiguales”.
“Hacienda somos todos”, por lo tanto, “todos a pagar” y que paguen más los que más tienen. La equidad fiscal es justa. Si de 100 me retienen 20, al que tenga 1.000, que le retengan 200.

“Políticas de la igualdad” frente a “políticas de la diferencia”. Basar los derechos en las diferencias es un error, una locura, un callejón oscuro y peligroso.
¿Qué derechos tienen los calvos por ser calvos, por ser diferentes, al no tener pelo?, ¿o los negros por ser negros, por ser diferentes a los blancos? ¿o las mujeres por ser mujeres y no ser varones?.

¿Qué mérito puede ser haber nacido con pelo, o blanco, o varón?.

Cuando oigo decir que “todo es relativo”, que “todo vale”, me pregunto si “todo vale igual”. Porque valen 2 euros y valen 20 euros, pero éstos valen más.
Las éticas de la solidaridad, de la igualdad, del esfuerzo, de la responsabilidad, de lo social,…. valen más que los comportamientos que persiguen lo contrario.

La gratificación inmediata, el triunfo relámpago, el hiperconsumo, el individualismo,… deben dejar de cotizar en bolsa.

Cuando la crisis hace mella y muerde, surge el miedo.

Orden y seguridad asociados al bien común y a la solidaridad trae consigo garantizado el triunfo.

Los valores densos de la Neomodernidad versus los valores líquidos del Postmodernismo.

Pero en esta cuesta de Enero, más cuesta que ningún otro Enero, al menos para 4,5 millones de parados, veo por doquier la incitación al consumir por consumir. “No voy a “pisar” las rebajas, las voy a “machacar” ”.

Y nos llenamos la boca con palabras bonitas, y gritamos eslóganes y consignas bien sonantes, “energías limpias, no contaminantes y renovables”, “economía sostenible”,…. mientras los grandes problemas los tenemos ahí, sin encontrar tan siquiera soluciones aproximadas: el desempleo, la jubilación, las pensiones, las identidades excluyentes, la xenofobia, viendo al foráneo como enemigo competidor del puesto de trabajo, la pérdida de competitividad, los mercados financieros,…
Y es, en esta situación, cuando, más que nunca, nos harían falta políticas de izquierdas, pero no para distribuir riqueza (que no la hay) sino para administrar la escasez.
Pero los no necesitados ya se han puesto a buen recaudo.

Y los nostálgicos bucólicos siguen aireando el “Nucleares NO”, mientras tenemos que comprar, carísima, a la vecina Francia, la energía que no tenemos y que podríamos tener.
Los nuevos campos sembrados de placas fotovoltaicas, como si fueran hortalizas, y las montañas con sus molinillos al viento, como si fuera una permanente Navidad, destrozando la estética del paisaje, y los ecologistas, de “pensamiento Alicia”, defensores acérrimos de la cigarra primaveral, no dicen ni “mu”.
Y, mientras, subvencionamos el carbón al tiempo que cerramos centrales nucleares.

¿Alguien puede entender todo esto?

La Neomodernidad, que debería imponer la Razón estratégica sobre la cruda realidad, se pierde en diálogo de sordos, mientras la bola de nieve sigue creciendo, incrementando, exponencialmente, el caos postmodernista.

Y en plena crisis, con bajada de salarios a los funcionarios y la congelación de las pensiones, y se decreta el tarifazo.
Dice mi ministro que es “lo que cuesta un cafelito” (me imagino dónde se lo tomará él), pero varios “chocolates del loro” dan para una buena chocolatada.

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