miércoles, 20 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (37)



Y al naturalizarlo todo lo no natural deja de ser interesante, porque tampoco es ya útil.

Conocemos desde lo que necesitamos o pretendemos, reconocemos desde lo que somos y si sólo somos naturaleza y nada hay en nosotros como una chispa del alma, nos instalaremos en el mundo de lo calculable, de lo manipulable, de lo utilitario.

Nadie conoce a un humano en cuanto humano si sólo lo conoce como humano, si no se reconoce en él.
Ese reconocimiento mutuo en el otro, eso es lo sagrado, no el conocimiento de lo otro.
“Lo sagrado son los otros”
NO a la esclavitud, NO a la pena de muerte, NO al maltrato.
Las personas, por el mero y simple hecho de existir, tienen “dignidad” y no precio, son dignos y merecedores de respeto, porque no son cosas. Y ninguna cosa es respetable, aunque sea muy cara.

Lo sagrado ha sido lo que la Iglesia ha considerado “sagrado”: objetos sagrados, lugares sagrados, personas sagradas,… y en otras culturas han sido sagrados algún tipo de árbol, algún río, algún animal,…
Lo sagrado era lo “tabú”, lo prohibido, lo que sólo podía ser tocado o comido por el intermediario ante Dios.

Todavía recuerdo lo embarazoso del cura de mi pueblo cuando, dándole la comunión a una joven, la hostia se le cayó por el canalillo de la muchacha.
¿Cómo recuperarla sin tocarle los pechos?
O cuando la hostia se le caía al suelo y tenía que ponerse de rodillas y con una paño consagrado limpiaba y limpiaba para no dejar rastro alguno de la hostia en el suelo porque la hostia estaba consagrada y Dios estaba presente en la hostia, en su substancia, igual en un trocito que en la hostia entera, como igual de pan es un trocito que el pan entero. La cantidad es sólo un accidente.

Nadie que no fuese el sacerdote (“persona sagrada o consagrada”) podía tener acceso a tocar con las manos la hostia, el “cuerpo de Cristo”, lo que sería un sacrilegio (“Profanación de algo que se considera sagrado, especialmente cuando el profanador conoce el valor sagrado de lo que profana”).

El sacrilegio es, pues, una profanación (“Tratamiento ultrajante o irrespetuoso que se hace de algo que se considera sagrado o digno de respeto”), una transgresión ligada a esa creencia religiosa. En este caso por la creencia de que, tras la pronunciación de las palabras: “Éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre”. Se producía el misterio de la transubstanciación y el pan dejaba de ser pan y el vino dejaba de ser vino y se convertían en la substancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, siguiendo el modelo de la metafísica de Aristóteles de las categorías substancia-accidentes.

Y todo por la creencia de la autoridad eclesiástica, sin la posibilidad de la más mínima verificación.

Y como el sacerdote, lo es “in aeternum”, aunque colgase los hábitos seguía siéndolo y nadie podía despojarlo del sacerdocio por lo que, una vez secularizado, si pronunciaba las palabras sagradas creaba un problema hasta social.

¿Es que, para que algo sea sagrado, hay que apelar a instancias divinas o sobrenaturales, directa o indirectamente?

Lo cierto es que, si miras a la forma de pensar y de actuar de las personas parecen dividirse en dos bandos enfrentados: “fanáticos sin fronteras” frente a “pragmáticos sin fronteras” por lo que el encontronazo, manifiesto o latente, siempre está ahí.

“Pensar la vida, ésa es la tarea” o como afirma Ortega: “La realidad primordial, el hecho de todos los hechos….lo que me es dado es “mi vida” y mi vida es…hallarme yo en este mundo….en este instante….haciendo lo que estoy haciendo… “se acabaron las abstracciones” (ironía orteguiana).

La verdad es que, precisamente ahora, tras el hecho de los hechos, tras la vida, comienzan las abstracciones.

Pero, como he escrito en otro lugar, la vida, mi vida, tiene dos registros: el biológico (que tiene que ver con el cuerpo) y el biográfico (que hace referencia a la estructura entera cuerpo-alma-espíritu)

Podemos afirmar que nacemos por azar y que si seguimos vivos es por chiripa, porque las amenazas internas y externas nos reclaman constantemente para no dejarnos “guadañar”.

“Nos “nacen hombres” (biología), nos “hacen humanos” (un tipo de hombres según familia, sociedad, cultura,..), nos “hacemos personas” (Ése soy yo, mi yo, el responsable por haberme dejado llevar o por haber cortado con lo anterior y haber optado por este camino. Es mi “biografía” de la que soy el principal (si no el único) autor y responsable.

Primero somos “cuerpos” sólo después “humanos” y, finalmente “personas” de ahí que nadie se extrañe que primero sea la “higiene” y, sólo después, la “Ética”

La vida es del cuerpo (“biología”), sólo después, llegará la “biografía”, en un permanente y constante “feed back”

Lo valioso para la “vida” es lo que nos defiende de la enfermedad y del deterioro, lo “saludable” y nos resguarda de la muerte, alejándola, al menos un poco, retrasándola aunque sabemos que es inevitable y que al final…caeremos, todos, en el abismo, en la perdición, en la desaparición.
Vivir es luchar por sobrevivir, aplazar lo irremediable, aplazar la fecha de caducidad.

Son muchos lo que afirman que están dispuestos a dar su vida (lo más sagrado) por sus hijos, o por su Dios, o por un ideal, y no les importaría morir por ello.
Aunque parezca o sea una paradoja.

Si en lo biológico (en el cuerpo) lo opuesto a la vida es la muerte, y por eso se pelea, en lo biográfico, en la vida del espíritu, la vida incluye contar con la muerte.

¿Es más realista quien se atiene a lo corporal que quien se guía por el espíritu (que sería el idealista, el de la ensoñación?

Si el animal se apega al presente, si para él la vida es la supervivencia, es porque ignora la certeza de la mortalidad y la pelea por la vida es la estrategia de su “inmortalidad”, no morir, no dejarse matar, mientras vive es inmortal porque desconoce que, después, en un después más corto o mas largo, la muerte le llegará.
El animal vive el presente como una inmortalidad que no sabe que es provisional.
Él es sólo un “ejemplar” de la especie y no le afecta totalmente la vida o la muerte de sus congéneres, él es una realidad individual.

El hombre no funciona así, porque no sólo tiene cuerpo y sabe y anticipa la mortalidad que sabe que llegará, por eso podrá vivir más intensamente mientras está vivo, que es más que una mera supervivencia.

¿Y por qué conformarse con sólo vivir, en esta vida, sabiendo que morirá, cuando puede soñar, desear, anhelar otra vida, más dilatada (incluso eterna) y mucho mejor, tras esa muerte futura cuando se haga presente?

El hombre, que puede dar la muerte por descontada, cree en la otra vida tras la muerte.
Y cree en ella porque la desea.

martes, 19 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (36)



Lo normal es recurrir a los mitos que, de momento, calman y colman la inquietud por no saber y el ansia de saber.

La necesidad legítima del mito como legítima autodefensa es la base de la civilización, una idea (ideal) junto a una experiencia (real) como el ropaje que arropa el cuerpo para presentarse en público y poder moverse, porque desnudo, como se te arruga y se te encoge el alma….
El dual mundo: el físico y real y el simbólico e imaginado.
¿Qué sería del cuerpo sin vestido?
Y peor: ¿qué sería de un vestido sin un cuerpo dentro?

Vernos desnudos, pero en la intimidad, pero vernos vestidos, en sociedad.

Lo visible se complementa y se apoya en lo invisible.

Ni todos los vestidos valen para todos los cuerpos y, viceversa, no todos los cuerpos pueden pasear todos los vestidos.
¿Quién soy “yo” más “yo”, el de debajo de la ducha o el que pasea por el parque?

Tenemos necesidad de conocimientos verificables y demostrables para habérnoslas con la exterioridad diurna de lo real pero estamos convencidos de que ese entramado de razones no abraza, sino que esquiva o minimiza lo más íntimo y propio que nos constituye.

Mitos y leyendas de lo religioso que atienden a los sueños y anhelos pero que fracasan al no poder pasar el filtro de la verificabilidad pero de lo que no podemos prescindir.
No se vive de los sueños, pero sin sueños no se puede vivir.

“La imposible verificabilidad de la fe religiosa nos permite percibir las verdades que cuenta, mientras que las verdades de la ciencia, respaldadas por autoridades, ocultan las verdades que cuentan y hacen inaprensible la realidad humana” (Sentencia de T.S Eliot)

Desconfiamos de los mitos porque nos engañan pero, a la vez, necesitamos mitos aceptables, alguno, al menos, que se ocupe de lo que nos importa y cuyo engaño resulte tolerable aunque, después de todo, se prefiera vivir racionalmente desengañado.

“¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el problema!  ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos liberado del torbellino de la vida!” (Hamlet)

“Quien carece de Arte y de Ciencia, tenga Religión; quien tiene Arte y Ciencia ya tiene Religión” (Goethe)

Las artes, la literatura, la música,…son expediciones hacia esas dimensiones humanas que nada tienen que ver con estrategias evolutivas.
Son esos espacios en que el alma descansa y se regodea lúdicamente al ver y captar la realidad de otra manera distinta y superior.
De ahí la pobreza del analfabeto.

Esas experiencias estéticas no intentan competir con los instrumentos racionales para entender y manejar la realidad.
Coexisten con ellos y los complementan aportando un plus más allá de la utilidad.

Pero hoy, y cada vez más, el arte se desliza hacia el entretenimiento, a ser meramente decoración más que discernimiento y comprensión.

Nuestra capacidad productiva ha hecho que ya no tengamos que ir a buscar nada, porque todo está ya ahí, a mano, disponible, en la estantería, basta con alargar la mano.
Hoy se consume arte como se consumen tomates, y se vende y se compra como si fuera un producto vital.
Se puede vivir sin arte, pero se vive mal, sin dejar volar la imaginación y disfrutar del vuelo y mientras se vuela.

No es que nuestra civilización sea tecnológica, es que la tecnología es nuestra civilización, no hay, pues, ni “alianza de civilizaciones” ni “lucha o conflicto de civilizaciones”, como si hubiera dos o más, enfrentadas o conciliables.

La única civilización existente es la “civilización tecnológica” y en ella están instalados los ateos y los creyentes, los cristianos y los musulmanes, los orientales y los occidentales,…aunque luego unos estén en clase “Business” y otros en clase turista, incluso de pie, incluso agarrados al tren de aterrizaje, pero nadie está ajeno al avión.
Unos comerán en restaurantes de lujo y otros rebuscando en los contenedores, unos irán en coches de lujo y otros en bicicletas destartaladas o simplemente andando, pero todos están ahí, agarrados a la vida.

Nuestro mundo es un mundo desacralizado, todo tiene un precio, todo es vendible y comprable, el único valor universal es el dinero, lo calculable.
No es que hayamos perdido el sentido de lo sagrado, es que lo hemos extirpado, como si fuera un forúnculo.

¿Qué valor puede tener lo que no tiene utilidad, utilidad presente o futura?

Lo sagrado debería ser lo otro, lo aparte de lo natural, pero lo hemos naturalizado todo.
Lo sagrado, que debería ser lo opuesto a lo trivial, lo realmente valioso, cuando lo pasas por el cedazo de la utilidad pasa a ser algo trivial, lo que ya apenas vale.

domingo, 17 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (35)



Hoy, nuestro tabú es la “democracia representativa” que no tiene que ser eterno y será sustituido por otro y, aunque lo más fácil es derribarlo, lo difícil es sustituirlo por otro que haga mejores (o al menos las mismas) funciones.

Quizá el “humanitarismo” (humanista y laico), como lo ponen en práctica muchas ONGs, podía ser un buen sustituto de la religión (revelada) y mejor que el término “progreso” con connotaciones económicas y tecnológicas y como excusa, muchas veces, para esquilmar a los países del tercer mundo más que para ayudarlos a progresar.
Aunque es verdad que el progreso científico y técnico tiene muchas ventajas económicas, alimenticias, sanitarias, educativas, comunicacionales, deportivas…pero suelen estar en manos de élites interesadas y no de la población que lo usa. .

Habitualmente se afirma que “todo lo tecnológicamente posible acabará llevándose a cabo lo apruebe o no lo aprueba la moral tradicional”
Es decir, lo tecnológicamente posible será, antes o después, socialmente lícito.

Recuerdo el primer transplante de corazón realizado por el sudafricano Dr. Barnard, allá por el 1.967 y el lío de opiniones en contra que surgieron, sobre todo por los moralistas tradicionales.
Hoy un transplante de corazón es tan normal como sacarse una muela.
Veremos a ver cuando sean los transplantes de cerebro o parte de cerebro o el implante de chips en el cerebro,…

Hoy es el dinero el elemento común más sólido y universalmente acatado en las sociedades occidentalizadas (que son casi todas, por no decir todas) el que manda; conseguirlo, conservarlo, aumentarlo, multiplicarlo, invertirlo,…es la tarea más reputada, la que requiere menos explicación y justificación, pero que se basa en la “fe”, en el “crédito” y sirve como referencia para casi todos, si no todos, los valores, tanto para el valor del egoísmo (el que más acumula) como del altruismo (el que más da).

El lenguaje del provecho económico es el más internacional de todos, comprar al menor precio y vender al mayor precio y, en medio, la ganancia, el incremento de capital.
Y aquí no hay diferencia entre creyentes, ateos o agnósticos, blancos o negros, varones o mujeres,…como decía la canción: “todos queremos más, y más y más, y mucho más” y, en esto no hay herejes a quienes perseguir o quemar.

No sé hasta qué punto puede decirse que, hoy, los Derechos Humanos y el Dinero son como unas religiones pero nada que ver con lo que en otro tiempo significó Dios, los dogmas, la veneración por lo sobrenatural.

Las religiones no fueron solamente ideologías de vertebración social porque, a nivel personal, brindaron a sus fieles una protección y una esperanza trascendentes que ningún principio ético, legal o político es incapaz de ofrecer.
Es la que, al comienzo, hemos denominado “función salvífica o de salvación” o, como otros lo denominan, “rescate de la perdición”.

Nos salva (nos rescata) de la perdición del tiempo, del acoso irremediable de la muerte, nos eleva a la eternidad.
Esto, y más, es lo que han ofrecido a los hombres las religiones a través de sus administradores, intermediarios ante Dios y depositarios de la verdad.
Y por medio del culto se han sentido amparados al considerarse partícipes, con su fe y con sus obras, de una trama con final feliz.

Hoy, esas grandes “tecnologías de la salvación” están en crisis (y el integrismo islámico teocrático o terrorista es parte de esa crisis de fe, una confirmación y no un desmentido).

Por supuesto, y como siempre que hay un original, aparecen los sucedáneos baratos, o extravagantes, y de peor calidad que sería algo así como la calderilla del gran capital religioso tradicional.

Cada uno puede hacerse su propio cóctel con los ingredientes que la “new age” ha puesto en el mercado, desde la astrología a las gemas curativas, desde el tarot a la bola mágica, desde los posos del café a los tantras, desde la lectura de las manos al lavado de las energías negativas, los horóscopos,…puede verse el porvenir, el futuro, el peligro…
Imposible levantar acta completa de todos estos fuegos artificiales, estos sucedáneos baratos y/o extravagantes de la fe de las religiones.

Se dice que siempre hay que creer en algo y quien abandona la fe tradicional en Dios tendrá que creer en otras cosas, creencias alternativas y sucedáneas de ese Dios, tan arbitrarias como la antigua creencia.

¿En qué puede creer hoy, cuál sería la creencia razonable y verosímil, de una persona adulta, ilustrada, crítica, puntilloso racional hasta el extremo,…?
¿Qué puede responderse?

Cada uno es cada uno, pero todos tenemos nuestras preocupaciones e inquietudes, nuestros temores y nuestros ideales, todos, siempre sometidos a las urgencias de lo cotidiano.
Pero todos, al mismo tiempo, somos criaturas filosóficas a las que nos asaltan preguntas metafísicas y nos preguntamos qué va a ser de nosotros y qué va a ser de este mundo con metástasis de injusticia, de hambre y de muerte.

Pero, cuando de lo circundante y familiar, para lo que tenemos soluciones más o menos a mano y más o menos eficaces, das un salto a lo metafísico y general, a lo ultraterreno, a la muerte, a lo que se escapa a tu dominio, ¿qué hacer?.

sábado, 16 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (34)


Me he preguntado muchas veces si habrá alguna religión que entusiasme a quien esto escribe, este agnóstico, racionalista y critico.
Y si me pregunto por las religiones es porque me niego a admitir a las autoridades eclesiásticas, desde el Papa hasta el último cura de pueblo, y me basta con repasar la historia de los papas o la historia de la Iglesia.

No puedo fiarme de ellos.

A las religiones (como he escrito en otros lugares y que habrá que preguntárselo a Google) se les han atribuido, al menos, SEIS funciones:

1.- Función EXPLICATIVA (descartada desde hace varios siglos cuando la Razón buscó y encontró causas que explicaban el origen del universo, de la vida, del hombre, de la conciencia,… es decir, cuando aparecieron las ciencias.

2.- Función SOCIALIZADORA o de COHESIÓN SOCIAL (codificando, reafirmando y reforzando valores fundamentales de la sociedad, tales como la solidaridad, el compañerismo, el altruismo,...) y justificando decisiones políticas, laicas o religiosas,

3.- Función ORDENADORA (con su moral religiosa imponiendo preceptos y obligaciones en esta vida en vistas a la otra), apoyando dictaduras, predicando cruzadas (que no son sino guerras con intereses terrestres, reales o espurios), presentes en parlamentos

4.- Función PSICOLÓGICA (satisfaciendo el ansia de saber (y no saberlo) con respuestas tranquilizadoras o calmantes ¿Por qué morimos? ¿Hay algo después de la muerte?...

5.- Función ECOLÓGICA (prohibiendo la pesca y la caza de ciertas especies, en determinados lugares, en determinados períodos, dándole de comer (a las vacas en la India)… para que los espíritus no se enfaden con nosotros.

6.- Función SALVÍFICA O SALVADORA (Salvarnos ¿de qué? Es un asunto de fe, de creencia, no de razón) a no ser los lugares sagrados, escondites de tenorios donde la justicia terrestre no puede entrar.

Y es verdad que durante gran parte de la historia las religiones han cumplido, para bien o para mal) funciones de cohesión social (SOCIALIZADORA) y así los hombres pasaron de ser un “amontonamiento” caótico a ser una “comunidad”.

¿Cómo cumplieron las religiones esta función sociopolítica? Nos lo tendrán que decir los sociólogos, los antropólogos, los historiadores,….los científicos y no la propia religión y sus ministros, que darán una versión optimista e interesada.

Pero el término “religión” es muy problemático porque lo que se “re-liga” es porque anteriormente ha estado “ligado” y posteriormente “desligado” (Dios crea y nos “liga”, con el pecado quedamos “desligados” y tiene que bajar Dios en persona para “religarnos” de nuevo). De ahí que en muchas culturas, ajenas a este esquema de creación no se use esta palabra.

Pero, conceptualmente (no etimológicamente) “religión” sirve para denominar cualquier gran principio abstracto, ideal y unificador al que se le puede reconocer la función de dar sentido a la interacción humana, funciones de vertebración y cohesión social.

Todos sabemos que basta un polvo, bien o mal echado, consentido o violado, entre una mujer y un varón (obvio la inseminación artificial y la fecundación in vitro) aportando un espermatozoide y un óvulo para que salga un feto, pero eso no es, todavía, realmente, una cría humana y para que el proceso llegue a su fin son necesarios mitos, prohibiciones, leyes,… (humanos).
Las religiones han sido las que han propiciado estos elementos del proceso (obligación, prohibición, pecado, condena,…) y, todo ello, basado en la revelación de Dios en el Libro, la Biblia, aunque desde la Ilustración la gran revelación humana por la que nos regimos se llaman Derechos Humanos,


viernes, 15 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (33)




Las dos condiciones indispensables de cualquier sistema democrático, bases de la laicidad, son:

1.- El Estado debe estar vigilante y velar porque a ningún ciudadano se le “imponga”  una afiliación religiosa o se le “impida” ejercer la que ha elegido.
2.- El respeto a las leyes del país debe estar por encima de los preceptos particulares de cada religión.

Las Iglesias pueden hacer recomendaciones morales a sus fieles pero no exigirlas al resto de la comunidad, como muy a menudo ocurre.

El abuso, fundamentalmente, viene del clero pero, a veces, los políticos, para arañar votos, suelen convertir en programa público lo que sólo debería pertenecer al ámbito de la conciencia de cada cual.

¿Y la educación?

Por una parte, los padres tienen derecho a formar a sus hijos en la religión que ellos profesan pero, por otra, la sociedad debe garantizar a cada neófito los instrumentos intelectuales necesarios y la información suficiente sobre otras alternativas, de modo que cada cual pueda elegir libre y responsablemente sus creencias cuando alcance la debida madurez para ello.
Nadie, pues, debe estar determinado desde la cuna a profesar tales o cuales creencias, por respetables que ellas sean.

Los padres tienen derecho a transmitir a los hijos sus valores y su visión espiritual de la vida, bien de manera directa, en la familia, bien a través de intermediarios que crean adecuados, pero esa no puede ser la única perspectiva que reciban los niños, blindándolos contra cualquier otra forma de pensar.

Ni en lo moral, ni en lo intelectual, pueden ser los padres los únicos intervinientes.
La escuela no sólo es un derecho del niño, es un deber para los padres y su incumplimiento podrá ser denunciado y debidamente castigado.

No se educa a los niños para la “armonía familiar” sino para la “armonía social”, por lo tanto la responsabilidad de la enseñanza le corresponde a la sociedad entera.

Si el niño, al llegar a la adolescencia, se comporta de acuerdo con lo que sus padres quieren pero de modo que la comunidad democrática resulte lesionada, la educación habrá causado más daño que beneficio.

Entre los emigrantes suele no ser rara la respuesta de que no es la sociedad en la que están la que les dificulta la integración, sino los propios padres.

Estamos asistiendo, en España, a que la mayor amenaza para los maestros/profesores no proviene de los alumnos, sino de sus padres que, ingenuamente, creen a pies juntillas lo que sus hijos les cuentan y tal como se lo cuentan, lo que a veces es la autojustificación para sus bajas calificaciones (“mi maestro/profesor me tiene tirria”)

En la primitiva cristiandad se esperaba a que los niños se hicieran mayores y pidieran voluntariamente ser bautizados, o no, lo que hoy no se admite porque se ve normal que el niño recién nacido pertenece, obligatoriamente, a la religión de los padres.

¿Afiliación religiosa por cuestión hereditaria?

¿Sería mucho pedir que se esperara a la edad adulta para que una persona, con conocimiento de causa, opte por esto o por lo otro?
¿No sería más lógico?

Pero en el cristianismo salta la sentencia: “si el niño muere sin bautizar muere en pecado (el original) por lo que no podrá entrar en el cielo”
Porque sabemos que el rito para entrar y pertenecer a la Iglesia es el bautismo, que borra el pecado original.

Son los padres que intentan encerrar ideológicamente a sus hijos en la ortodoxia familiar, sin permitirles “contagios exteriores”, los que más se oponen a que sea el Estado laico el que los eduque en valores, para formarlos como personas y que puedan libremente elegir la religión por la que opten.

Como todos quienes me sigan en mi recorrido intelectual y moral saben que soy un defensor acérrimo de la Cultura Religiosa (instrumento fundamental para entender la historia, el arte, la literatura, …) y un acérrimo opositor a que la Religión se imparta en los centros públicos con el agravante añadido de que los profesores no pasan el filtro de la idoneidad y son nombrados a dedo por el Obispo de turno (y despedidos por causas morales: estar divorciado, o separado, o “arrejuntado”…) pero cobrando, en nómina mensual, del erario público, del Estado.

Y cuando se afirma que en los centros públicos se impartan, además, otras religiones, peor todavía.
Ninguna religión, no todas las religiones, que en la mente en formación del niño lo desprotege más que lo auxilia al no tener aún criterio formado propio.

No se necesitan escuelas para formar creyentes, sí las necesitamos para formar seres pensantes, autónomos y críticos.

El niño no puede, todavía, discernir entre la libre discusión racional y las predicaciones religiosas y proféticas, la primera busca la verdad, la segunda la obediencia y la mente del niño saldría confusa.

La teocracia es incompatible con la democracia, basada en razones, y no en revelaciones.

El ideal político es “mejorar este mundo”, el ideal religioso es “alcanzar el otro mundo”
Son actitudes muy distintas y, muchas veces, opuestas.

Proclamar que “otro mundo es posible” es bifronte, pero a los humanos lo primario es “este mundo el que es posible mejorar” y a ello deben dedicarse los políticos representativos del pueblo que los ha elegido, para eso y no para otra cosa.

En las sociedades democráticas debe estar garantizada la “libertad de conciencia”, pero ésta no es absoluta, tiene el límite del “bien social” que no puede salir perjudicado de una decisión libre y que, por ello, también debe ser responsable y responder de las consecuencias de esa decisión voluntaria.

Tienes derecho a nadar, pero dentro del río.
Tienes derecho a caminar, pero no a entrar en la propiedad privada.

“Ser” y “estar”.

Tú puedes optar por “ser” de una forma o de otra, según tus preferencias pero “estás” en una sociedad que busca la convivencia armónica de todos y, en caso de colisión entre tu “ser” personal y tu “estar social”, éste debe primar.

El “ser” es una búsqueda personal pero el “estar” es una exigencia conjunta, fundamentadota de las libertades que permiten la pluralidad de identidades o formas de ser.

El laicismo democrático no tiene otro objetivo que éste.

jueves, 14 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (32)


(Tras un descanso vacacional continúo con mis reflexiones/obsesiones agnósticas)


El Estado está obligado a formar ciudadanos, no creyentes.

Estoy cansado de repetir que, cuando un alumno salga de la escuela o del instituto es libre para irse de paseo, jugar al fútbol, irse a su casa a estudiar o ir a la parroquia más cercana al centro y/o a su vivienda para recibir instrucción religiosa.

La iglesia, como espacio, es el lugar adecuado para la catequesis y la formación religiosa, y es allí donde deben estar los curas o pastores de las confesiones correspondientes.

Se puede ser/se debe ser, además de creyente practicante ser un buen ciudadano y ésta es la misión del Estado, la “ciudadanía”, y no la “religiosidad”, que debe ser enseñada en los lugares religiosos.

Todos sabemos (sobre todo los que hemos estado muchos años implicados en la enseñanza) las famosas notas del cura correspondiente que, además, no está ahí por haber aprobado una oposición, sino por el método digital, nombrado por el Obispo, pero pagado por el estado.

En la próxima reforma de la Constitución, cuando ella sea, sería necesario romper el Concordato con el Vaticano y su consecuencia, sacar la religión de la escuela.

¿Los padres tienen derecho a la educación de sus hijos? Por supuesto que sí, pero si quieren una educación religiosa que acudan a los colegios religiosos, pero no a la escuela pública.

Neutralidad total, pues, del Estado ante las diversas confesiones religiosas, no prohibirlas (allá ellas) pero cerrarle el paso a la escuela pública.

Cuando, alegremente, se denuncia cómo se hiere el “sentimiento religioso”, eso mismo podía decir un ateo de cómo la exhibición pública de creencias hiere sus sentimientos ateos.

Recuerdo mis tiempos de profesor en Córdoba y cómo los creyentes aplaudían la actitud no sólo tolerante, sino respetuosa del ento9nces su alcalde, comunista, Julio Anguita, durante cuyo mandato se dieron todas las facilidades a todas las cofradías para procesionar sus imágenes, cerrando al tráfico rodado las calles de “la carrera procesional”.

Las religiones son –y no creo que haya alguien que lo dude – formas de expresión de valores, de experiencias, de anhelos humanos, sabiéndose mortales en este mundo transitorio.

Despreciarlas por su nulo carácter científico es una señal de incultura, pues las tradiciones religiosas pertenecen a la interpretación y valoración de la existencia humana en el mundo, no a la descripción del funcionamiento del mundo, que corresponde a la ciencia.

Pero como hemos expuesto antes, las orientaciones morales y sociales de los textos sagrados son sumamente ambiguas (por no decir algo peor).
Como provienen de épocas muy antiguas y de circunstancias históricas diferentes de las actuales, tomar literalmente sus preceptos son, con frecuencia, opuestos a los valores cívicos de la modernidad.

Me viene a la mente el mandamiento del día del Señor, el Domingo en el cristianismo, dedicado al Señor, con la obligación de oír “misa entera” y con la prohibición de trabajar (y yo me imagino a ésta mi Málaga, sin autobuses, sin taxis, sin panaderías, sin bares, sin aviones ni trenes, sin gasolineras,…porque es el día del descanso obligatorio).
(Y tengo anécdotas de mi pueblo, multando por segar o por trabajar en la era, los domingos y “fiestas de guardar”, y…y……)

Los Libros Sagrados, sus preceptos, chocan de frente, totalmente, en el día de hoy con la vida moderna y, a veces, son recomendaciones monstruosas.

Releo, a veces, el Antiguo Testamento y tengo que cerrarlo por los mandatos de Yahvé, celoso y sanguinario, a su pueblo con los creyentes en otros dioses.

El que cree, cree y experimenta una verdadera creencia, otra cosa es que sea verdad lo creído.

La experiencia religiosa es totalmente privada y no hay criterio objetivo para justificar su verdad y cuando entran en conflicto con verdades científicas y universales deben volver a su ámbito privado.

Cuando hay colisión entre la legislación de una sociedad democrática y un mandato o prohibición de un libros sagrado, deben prevalecer los valores instituidos en aquella, en la legislación democrática.

Lo que costará mucho a los dogmáticos creyentes que afirmarán que la verdad revelada debe estar por encima de la verdad humana.
La situación insostenible que se produciría si los dogmáticos de todas las religiones tuvieran que convivir en una sociedad democrática.
Si cada grupo afirma y se reafirma en su singularidad cultural la tragedia está anunciada a no ser que todos se consideren “ciudadanos” de la misma comunidad política sin afectar a su singularidad religiosa.

Todos deben cumplir las mismas normas de circulación o las obligaciones con Hacienda y cumpliendo sus liturgias y rituales religiosos en sus lugares respectivos sean los viernes, los sábados o los domingos.

Son las Constituciones correspondientes los fundamentos normativos y los límites a su propia legitimidad.

Pero, igual que los creyentes tienen sus derechos en manifestar sus creencias, también los no creyentes tienen los suyos a exteriorizar libremente sus críticas antirreligiosas y anticlericales (y se me viene a la mente la manifestación, en España, con la “Procesión del Coño Insumiso”.

Igual que hay religiosos convencidos, con sus derechos, también hay/puede haber antirreligiosos convencidos, con los suyos.
Y las creencias y tradiciones religiosas no deberían gozar de ninguna bula especial, que tantas veces se reclama.

Nadie pone en duda que las religiones generan miedo, supersticiones, sumisiones intelectuales y, todas o casi todas ellas se rigen por promesas imposibles de saber su cumplimiento.
La unión que ellas causan entre la comunidad en la que rige choca o puede chocar con otra comunidad que se rige por otra religión por lo que la sociedad en que ambas se encuentran queda tocada.
Y si para el creyente es más importante su credo, y se reafirma en él, que las obligaciones de la ciudadanía que comparte con todos, el problema está servido y habrá que controlar a sus autoridades eclesiásticas, las enseñanzas que promueven y las pretensiones de poder que comportan.

Y todos sabemos que los discursos religiosos están llenos de falsedades, distorsiones y mucha propaganda y es la cultura laica la que debe promover la crítica de estas cosas.

Una sociedad laica es aquella en la que es posible desenmascarar las imposturas del clero y, en general, de los profetas religiosos poniendo a disposición de los ciudadanos instrumentos para emanciparse de las enseñanzas religiosas.

El Estado tiene todo el derecho a inmiscuirse en las enseñanzas religiosas si éstas crean o pueden crear distorsiones en la convivencia ciudadana o en la salud mental del convencido creyente antes de que pase al estado de fanatismo con las posibles consecuencias terroristas que puede causar.

lunes, 4 de marzo de 2019

PALABRAS DE UN AGNÓSTICO (31)



Aunque Dios no existiera no todo estaría permitido (contra Dostoievski)

Aunque los Derechos Humanos provienen de la cultura cristiana llegarán a romper con la religión y con la sumisión a la jerarquía eclesiástica, obteniendo una autonomía ideológica y moral (lo que el Papa, inmediatamente, condenó)
Querer atar al defensor de los Derechos Humanos con la religión cristiana y si acepta a aquellos tiene que aceptar a ésta es como defender que puesto que el “domingo” (“Dominus”, “señor”) es el día de descanso para asistir a la liturgia y a los actos religiosos y darle gracias a Dios, el ateo no tuviera derecho a ese día de descanso, aunque no vaya a la iglesia a…

Los Derechos Humanos, tal como son considerados actualmente, están desvinculados de la religión cristiana.
Y no digamos de la religión musulmana que, considerando que los Derechos Humanos eran eurocéntricos y prooccidentales elaboraron su “Carta islámica de los Derechos Humanos” y que comenzaba afirmando que Alá es el autor de la ley y la fuente de todos los Derechos Humanos lo que, para ser viables, exigen creer en Alá y someterse al Islam, admitiendo lo que el Corán expresa: mutilación para el que roba, la sumisión de la mujer al varón,…y considerando como crimen capital la incredulidad y la apostasía.

O sea, son el reverso de los Derechos Humanos laicos y universalistas, nada que ver con dependencias de la fe ni con sumisión a autoridades eclesiásticas.

La laicidad del Estado democrático se establece sobre el principio de que la legitimación de las instituciones ni necesita ni acepta una justificación teocrática, sino que dicha justificación se basa en un fundamento cívico, que es la voluntad libremente expresada por los ciudadanos.

En cuestiones políticas o legales “Dios debe guardar silencio”, no se le debe preguntar, no es ni necesario ni conveniente.
Yo le he expresado, muchas veces, de forma interrogativa y dirigida a las autoridades eclesiásticas: “¿Pero no pueden Uds. dejar de meter a Dios en estos asuntos, meramente humanos?”

No ir contra Dios, sino dejarlo aparte, además de que como Dios es ubicuo, igual está en una iglesia, que en una carpintería, que en una agencia de viajes, que en la propia casa, pudiendo contactar con Él en la intimidad.

La vertebración de la comunidad democrática no se debe a ningún principio religioso, ni de ningún altar ni siquiera de ninguna Patria, sino a la voluntad libremente expresada de los ciudadanos.

Son los ciudadanos, indirectamente, a través de sus representantes los autores y los destinatarios de las leyes, en una plano de igualdad: iguales en la autoría a través de la votación (cada ciudadano un voto) como en su destino: “iguales ante la ley”.

Para un laico la primera verdad es la separación de Iglesia y Estado, de la esfera religiosa y de la esfera política, porque en ésta caben todos los ciudadanos (sean creyentes, ateos, agnósticos o mediopensionistas) en aquella sólo caben los creyentes.

Mientras el término “laicismo/laicista” se toma como un extremismo anticlerical y enemigo de la religión, el término “laico/laicidad” sólo denota la separación entre lo civil y religioso.

Mientras el “laicista” pretende combatir/combate lo religioso por medio de lo civil, el “laico” sin exaltarse, templadamente, pide la separación de ambos ámbitos.

“Laicidad” y “laico” son los conceptos que deben aplicarse a los países democráticos europeos.

Mientras el “laico” sólo “pide que haya esa separación de poderes,  el “laicista” es un combatiente, un luchador contra la ingerencia del poder eclesiástico en la esfera política, negándole todo poder coercitivo, ni directo ni indirecto.

El “laico” no es un “comecuras”, “ateo”, anticristiano,…y “laico” puede serlo cualquier creyente.

En nuestra Constitución no aparece el término “laico” sino el término “aconfesional” y que muchos hacen malabarismo lingüísticos para diferenciarlos.
Según éstos “aconfesional” quiere decir que el Estado no tiene ninguna religión en particular, ninguna “confesión religiosa” pero debe favorecerlas a todas (o a ninguna) por igual, pero, como por cultura y tradición, España ha sido y es principalmente católica, de ahí el Concordato con la Santa Sede, firmado por primera vez en tiempos de Franco y cuyos efectos son muy importantes, sobre todo en el terreno educativo, con la exigencia, y consecución, de introducir la asignatura de Religión, además evaluable y cuya nota influye en la media del alumno, en el curriculum del alumnado en enseñanza primaria y enseñanza media.
Ya no como asignatura independiente, pero sí como opcional con la Ética.

Y esto es una barbaridad.
Primero, porque un estado aconfesional no debe ceder en el terreno educativo ninguna enseñanza religiosa, de una confesión, en los centros públicos.

Segundo que la Ética sí debería ser obligatoria para todos los alumnos a lo largo del curriculum.