viernes, 19 de abril de 2013

LOS FILÓSOFOS DE LA SOSPECHA.

Tan de moda que ha estado, últimamente, la “deconstrucción” y, seguramente, fueron los Filósofos de la Sospecha (Marx, Nietzsche y Freud) los primeros deconstructores del pensamiento y de la metodología falsacionista de K. Popper con sus métodos de las “genealogías”.
Marx contra las Ideologías, Nietzsche contra la Metafísica y Freud contra la religión (la “neurosis obsesiva”).
Los tres, a su manera, intentan (¿lo consiguen?) acabar con las ilusiones de una humanidad que trascendería la realidad material (de la Historia, de la Vida y de las Pulsiones).
A pesar de las semejanzas, hay diferencias entre ellos, ya que Marx y Freud seguían siendo herederos de las Luces y sus críticas son racionalistas, mientras que Nietzsche va por otro camino.
Mientras aquellos dos, para pensar lo irracional de las ideologías y del inconsciente no abandonan la razón sino que la aplican, porque hay una lógica en las ideologías y sus consecuencias y una lógica en los lapsus, en los sueños, en la vida psíquica.
Pero quieren, pretenden, ambos, (¿lo consiguen?) fundar nuevas ciencias: una ciencia de la Historia y de la Economía y una ciencia del Inconsciente y de la vida psíquica.
Uno, Marx, pretende revolucionar la sociología (sin dejar de ser sociólogo), mientras el otro (Freud) intenta hacer lo mismo con la medicina, (sin dejar de ser médico).
Nietzsche, sin embargo, es distinto, porque critica “La” Ciencia y su voluntad y pretensión de Verdad, como una emanación típica de las fuerzas reactivas que nada tienen que ver con lo científico.
La deconstrucción de la verdad, en Nietzsche, no es desde las ciencias para inaugurar otra  nueva ciencia.
Si la realidad es concreta y móvil, heraclítea, como el río ¿cómo va a poder captarla la ciencia con sus conceptos universales, fijos, estáticos? ¿Puede captarse desde el puente la corriente del río?-
La pregunta clásica y típica es: ¿“quien psicoanaliza a los psicoanalistas”?, porque un buen psicoanalista debe haber pasado, él mismo, por un análisis. Y eso sólo podrá hacerlo un psicoanalista, previamente analizado y haber aclarado, previamente, su historia y sus relaciones con su propio inconsciente, para poder entender el inconsciente de los otros.
¿Y cómo puede combinarse la subjetividad del analista y la objetividad de lo analizado?
Para pretender llegar a la objetividad del inconsciente del otro antes tendrá que haber llegado a la objetividad del inconsciente propio.
Sólo desde la propia experiencia de su inconsciente podrá interpretar el inconsciente de los psicoanalizados.
Toda interpretación de un hecho supone la existencia de ese hecho.
Pero, cuando Nietzsche afirma que “no hay hechos sino interpretaciones” está diciendo que no hay sujeto que interprete un objeto interpretado.
El genealogista Nietzsche, como el psicoanalista Freud o el crítico de las ideologías Marx, ellos son los que interpretan las creencias, los ídolos, las ilusiones, que son síntomas que tienen relación con el inconsciente que los han engendrado.
Los analizados y los ideologizados no lo saben, y Freud y Marx, desde y con la razón, tendrán que hacerlo ver, interpretándolo.
Pero Nietzsche va más allá.
Es la propia interpretación la que es producida por su propio inconsciente, reflejo de sus propias fuerzas vitales (sin relación a otra cosa más allá de ellas).
Y esas fuerzas vitales, las causantes de la interpretación, son irreductibles y se escapan de la conciencia.
Es el propio inconsciente el que interpreta, y no la razón, ¿cómo va a resultar lo interpretado?
La interpretación Nietzscheana, al contrario de la de Marx y Freud, no tiene pretensión alguna de cientificidad.
En tanto que son productos de fuerzas inconscientes que están encastrados en el propio intérprete tendría que haber otro genealogista que los interpretara, pero él mismo también necesitaría de otro genealogista que…. y así, hasta el infinito.
En Nietzsche, pues, ya no es una interpretación racional de un inconsciente ideológico y/o psíquico, sino que la propia interpretación es, ya, inconsciente.
Todo es, en Nietzsche, como la noria, como un círculo vicioso o en espiral.
Somos fuerzas vitales inconscientes y no podemos librarnos de ellas para poder juzgar, conscientemente, lo otro.
No podemos salir del mundo para interpretar el mundo, como no podríamos analizar nuestra sombra si no fuéramos cuerpos opacos.
Nuestra interpretación del mundo no puede fundarse en algo más allá de nuestra vida.
Tenemos estas gafas, no podemos ver sin ellas, pero con ellas sólo podemos ver lo que ellas nos permiten ver. No podemos saber ni podemos ir más allá de ellas.
“Ni con ellas, ni sin ellas” podemos saber si existe algo más allá de ellas. Todo es vital y sólo vital. Nada podemos saber más allá de la propia interpretación, que viene producida por la propia vida.
Lo único que hacemos es expresar nuestro estado vital. Esa es la verdad. No que haya una verdad de una realidad más allá de nuestra vitalidad.
Nada trasciende a la vida.
“El mundo, para nosotros, se ha vuelto infinito, en el sentido de que no podemos negarle la posibilidad de prestarse a una infinitud de interpretaciones, de las que ninguna podría alzarse  con el título de “La Interpretación” (en detrimento de las demás). No hay verdad última. Todo es ilusión”.
En la época moderna es el “relativismo escéptico” el que afirma la imposibilidad de alcanzar una verdad objetiva, porque la subjetividad del cognoscente siempre tiene que estar presente (como uno de los sumandos) e influyendo, lo que hace imposible la objetividad (ni de la Verdad, ni de la Bondad, ni de la Belleza, ni…ni…).
La posición de Nietzsche sería un perspectivismo sin sujeto ni objeto, sino sujetos múltiples y distintos, con sus múltiples y distintas interpretaciones, sin perspectiva única ni posibilidad de una verdad científica independiente.
Todo es un baile sin fin de interpretaciones subjetivas.
¡ADIÓS¡ PUES, METAFÍSICA. ¡ADIÓS¡
Es tajante, Nietzsche. Va más allá de la sospecha.
No es que la Filosofía no pueda, nunca, ser una Ciencia, es que no puede haber Ciencia, por la imposibilidad de la verdad más allá de ese baile infinito de interpretaciones.
Los filosofemas, grandes o pequeños, ni son ni pueden ser, ni verificables ni falsables.
¿Entonces?
Con la misma contundencia puede afirmarse A que No A, porque no hay razones ni para una ni para otra.
Ninguna experimentación puede, ni confirmar ni falsar las palabras, las tesis de los filósofos.
¿Es, pues, la filosofía, un discurso hueco, que habla pero nada dice?
Pero ¿merecería la pena, incluso, discurrir, sobre la oquedad, sabiendo que nunca y con nada puede llenarse/rellenarse?
¿Estaría de más sacar del error a los llenadores/rellenadores de huecos?

1 comentario:

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