martes, 4 de septiembre de 2012

INTELIGENCIA Y RAZÓN


He escrito muchas veces que mi abuela María era analfabeta pero, a la vez, muy inteligente.
Muchos lectores me respondían que eso era una contradicción y no tenía más remedio que explicárselo.
Entre saber resolver un problema familiar y/o matrimonial y saber resolver un problema matemático, yo lo tengo muy claro. El primero es un “problema de inteligencia”, el segundo es “un problema racional”.

Sabemos de científicos notables que son capaces de entender, de explicar y de aplicar “la teoría cuántica”, pero que, sin embargo, no son felices. Es decir, son muy buenos “en razón”, pero “muy poco inteligentes”.
Más aún, a veces, la “razón” es un obstáculo a la “inteligencia”.

He escrito también, muchas veces, que Dios (si existe) no es/no necesita la “razón” pero que es/tiene que ser (si existe) “sumamente inteligente”.

“Razonar” es “discurrir”, es “ir corriendo/pasando/avanzando” de verdad en verdad hasta llegar a la solución.
Los hombres somos, según Aristóteles, “animales racionales”. No tenemos más remedio. No es una panacea, pero peor es no serlo. Son muy pocas las verdades que conocemos “intuitivamente” (los axiomas clásicos, las tautologías, y poco más).
Hemos necesitado aprender a “discurrir”, a “razonar”, para llegar a donde hemos llegado, pero eso nos ha ocurrido por ser poco “inteligentes”.

Durante casi toda la historia de la humanidad el hombre ha identificado “inteligencia” y “razón”, pero ésta es un concepto demasiado estrecho para incluir todas las funciones de la “inteligencia”.

Dice J.A. Marina que “la inteligencia no tiene como función principal el “conocimiento” (las verdades) sino dirigir el “comportamiento” (los actos, la conducta) para salir bien librados, bien parados, con éxito, de las situaciones en que nos encontramos”.

O sea, que, perdidos en la montaña, en la noche, sin agua y sin comida, saldría mejor parado (seguramente) un pastor analfabeto que un premio Nobel de Física, porque en la misma situación, en las mismas circunstancias, el pastor saldría mejor librado, sería más inteligente, porque sería capaz de desenvolverse mejor.

Mi abuela dominaba las circunstancias en que se encontraba y salía triunfante de ellas.

Cuando algunos, muchas veces, tras una conferencia, se me lamentaban de su poca inteligencia, lo primero que les preguntaba es si eran felices. Y, entonces, tenía que explicarles todo esto que ahora estoy escribiendo.

No es igual la “forma de conocer” que la “forma de vivir”, entendiendo el medio en que se existe, respondiendo adecuadamente a las situaciones en que se encuentra.

“Ser inteligente” no consiste en “conocer el mundo” como conjunto de cosas, sino en “saber vivir” en él, de forma que el mundo no constituya una agresión y sacarle todo el jugo poniéndolo a su servicio.

La Razón no tiene edad. Se puede ser muy racional en la juventud, en la madurez, en la mal llamada tercera edad,….
Pero la inteligencia, la sensatez, es otra cosa.

Las Instituciones suelen tratarnos a los viejos de manera racional, pero, casi siempre, muy poco inteligentemente.
Están empeñados en enseñarnos “el arte de envejecer”, que consiste en atenerse a normas racionales para “vivir más años”, pero no “para vivirlos mejor”, para “ser más felices”.
Como si “tener más vida” fuera “ser más felices”.

Nuestras Instituciones no saben que fue la Razón (querer “conocer la verdad”, además por un atajo) la que expulsó a Adán y a Eva del paraíso, mientras que la Inteligencia es la forma de poder regresar a él.

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