lunes, 17 de octubre de 2011

PENSAR Y AMAR “EN UNIVERSAL”



Un filósofo español dejó escrito: “Lo que no es tradición es plagio”.

Nadie, nunca, comienza de cero. Cuando todavía vamos de la mano, al mismo tiempo, nos están llenando los bolsillos, así que cuando comenzamos a caminar por la vida, quizá no seamos conscientes pero, llevamos a nuestra espalda una mochila llena de saberes, de consejos, de ideas, de creencias, de calificaciones y descalificaciones, de amores y de desamores, de experiencias, de aciertos y de errores, de recuerdos, de relaciones, de odios, de ideales, de deseos, de frustraciones,…
Antes de empezar a caminar por la vida, o mejor aún, para poder caminar, necesitamos ir vestidos, no podemos salir ahí fuera desnudos, salimos al camino ya pertrechados.

Para organizar nuestro presente, el pasado nos es tan necesario, para no desorientarnos, como lo es el futuro hacia el cual dirigirnos.

Para poder construir el edificio de nuestra vida nos es necesario un espacio vital, pero éste, siempre está ya ocupado con pequeñas construcciones que otros han levantado. Es la tradición.

Lo edificado puede ser que sea de nuestro agrado o no, en todo o en parte. Habrá pues que mantenerlo, retocarlo o destruirlo.

En nuestra vida siempre hay frutos que otros han sembrado.

La tradición siempre es necesario tenerla en cuenta, para retocarla o para derribarla, pero nunca tenemos la necesidad de mantenerla y repetirla.
La tradición siempre está necesitada, al menos, de arreglos.

Del hecho de “haber sido así” no se infiere que “deba seguir siendo así”.

Por ejemplo, hemos pasado, tras la Ilustración, del “amor cristiano universal”, porque TODOS somos hijos de Dios, al “amor humano globalizado”, porque TODOS somos hombres, iguales en dignidad como personas.
Seguimos siendo “universalistas”, antes por motivos religiosos, ahora, sencillamente, por motivos humanos.

De un tiempo a esta parte, por doquier, se nos está vendiendo, como la mejor mercancía, tanto la alianza de civilizaciones como la equiparación de todas las culturas, al ser éstas, inconmensurables; tanto el relativismo extremo como la justicia global o el amor a la humanidad.

Eslóganes cosmopolitas como “no seas egoísta”, “comparte tu casa y tu sueldo”, “hay que ser solidarios”, “la tierra no es nuestra, la tenemos en depósito, para entregársela, mejor, a nuestros hijos”….

Desde apadrinar un niño hasta contribuir mensualmente, con una cuota, como socio de no sé qué O.N.G., humanitaria a secas, o también religiosa.

Hay quien está tan obsesionado por el calentamiento global que se le olvida dejar el coche en el garaje.
Hay quien está tan obsesionado por el efecto invernadero que se le olvida ir al bosque a cortar leña porque en su casa hay tres niños que pasan frío.
Hay quien está tan obsesionado por el hambre en el mundo que descuida el alimento de su familia.
Hay quien piensa tanto en los demás que se le olvida que en su casa hay tres hijos, que son tres mentes en blanco y que van a ser escritas y que si no es él el que lo hace, otros lo harán por él, además con mala letra, con renglones torcidos y borrones incluidos.

Nos está dando por pensar “en universal”.

Guillermo de Okham decía que: “el hombre no existe, realmente”. “Hombre” es, sólo, una palabra, un nombre, (“nominalismo”), los que realmente existen son esos que van caminando por la calle, los individuos concretos”. Nadie ha visto ni verá al “hombre” por la calle. Por la sencilla razón de que no existe.

El “amor a la humanidad” ¿es, realmente, amor?.
El pensar “en universal”, “globalmente”, ¿es, realmente, pensar?.

Si uno quiere amar a la humanidad que empiece a hacer una tortilla de patatas y una buena cena a sus hijos.
Si uno quiere descontaminar el mundo y dejarlo como una patena, que empiece barriendo su casa y lavando los platos.
Si uno quiere abrazar a la humanidad entera, que empiece abrazando y dándole besos a su pareja y a sus hijos.

Lo demás, quizá, venga “por añadidura”.

Prefiero los archipiélagos, diseminados, a los continentes, macizos.

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